Sus ojos eran azules como el mar. Y Noah Lobo quedó atrapado desde el primer instante en que la vió.
Noah tiene poder, domina parte de la mafia italiana y rusa, y nada se le resiste. Pero ella es Eliza Romano: una mujer curvilínea, de belleza deslumbrante, esposa de otro hombre. Lo que nadie sabe es que ese apellido es una cadena. Que ella fue arrancada de su tierra, raptada a los dieciocho y obligada a casarse. Y que cada día finge ser feliz para proteger a su pequeña hija.
Cuando la niña le confiesa que su padre maltrata a su madre, Noah decide que ya basta. Luca Romano tiene una reputación… pero Noah tiene a la familia más temida de Europa. Y esta vez no se trata de negocios.
Ella no es de nadie. No cuando él está dispuesto a quemar el mundo entero por tenerla.
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Con su recuerdo.
Noah🩶
No logro dormir. Me doy vueltas en la cama una y otra vez, y su imagen no se aparta de mi mente. No desde que la vi por primera vez en Siena, parada frente a mí, asustada pero hermosa, con esos ojos azules que me atraparon el alma sin que yo pudiera hacer nada. Y ahora… ahora que probé sus labios, que sentí su respiración contra la mía, que supe lo que se siente tenerla entre mis brazos y saber que me desea también… es mucho peor.
La quiero. La quiero para mí, solo mía, de todas las formas en que un hombre puede querer a una mujer. Pero me contengo. Porque la conozco. Sé lo que ha vivido. Sé que nunca tuvo nada parecido a una relación normal: ni citas, ni salidas, ni alguien que la mirara y la viera a ella, no como una posesión. Nunca nadie la cortejó, nunca nadie la esperó, nunca nadie le dio la opción de decir sí o no. Y merece todo eso y más. Merece que la traten como la reina que es. Merece que sepa que puede elegir, que puede confiar, que puede amar sin miedo a ser destrozada.
Estoy dispuesto a esperar. Un día, un mes, un año… lo que haga falta. Nunca he esperado por nadie. Pero por ella… esperar valdrá cada segundo de mi puta vida.
Pero hoy fue difícil tenerla tan cerca, enseñándola a defenderse, sentir su cuerpo contra el mío, su calor, su olor, el modo en que me miraba como si yo fuera algo sagrado… me consumió por dentro. Cada roce despertó algo que lucho por mantener bajo control. Y ahora aquí, solo en la oscuridad, el deseo arde con una fuerza que me quema. Me duele el miembro. Estoy duro, palpitante, a punto de reventar solo de pensarla.
Me levanto, abro el cajón de la mesita y con una vergüenza que nunca creí sentir saco el anillo vibratorio que guardé ahí hace tiempo. Me desnudo por completo, me recuesto y lo coloco en mi longitud. Enciendo el aparato y la sensación me recorre entero: intensa, directa, justo donde más lo necesito.
Cierro los ojos y la imagino a ella. Su figura suave y curvilínea que anhelo abrazar. Su cabello que quiero acariciar. Sus ojos azules que me miran con esperanza. Su voz diciendo mi nombre. La imagino bajo mí, encima de mí, como quiera que sea, mientras yo la adoro.
El placer crece rápido, arrollador, y no trato de detenerlo. La llamo en mi mente, la nombro en voz baja, una y otra vez, como si estuviera aquí conmigo. Y cuando llego al límite, me corro con fuerza, derramándome sobre mi propio vientre, y su nombre se me escapa en un susurro roto.
—¡Oh, Eliza...!
Quedo tendido, sin aliento, temblando, y por primera vez el alivio no me vacía, sino que me llena de ella.
🩶🩵🩶🩵🩶
Eliza🩵
No puedo dormir. Me doy vueltas entre las sábanas y cada vez que cierro los ojos lo veo a él. No sé cómo pasa, pero de pronto mi mano baja despacio, sin que yo me lo proponga, hasta donde nunca he dejado que nadie toque y me toco como nunca me atreví a hacerlo.
Con los dedos exploro mi pecho, pellizco suavemente uno de mis pezones y un escalofrío me recorre entera. La otra mano sigue bajando, despacio, temblorosa, hasta llegar ahí, a mi cøñø… y encuentro que estoy empapada, sensible, ardiendo solo de recordarlo. Me toco despacio, con timidez al principio, y luego con más seguridad, imaginando que es su mano la que me toca, y no la mía.
Recuerdo su altura, lo grande y fuerte que es, cómo su cuerpo se sintió pegado al mío durante el entrenamiento, sudado, caliente, sin camisa… su olor, su voz grave diciéndome que confíe en él… todo.
Me muerdo el labio para no gemir fuerte, temiendo que alguien me oiga, mientras sigo moviéndome, queriendo más, queriendo que sea él quien me haga sentir esto. Y entonces llega: una oleada de placer tan intensa, tan rica, que me deja sin aire, temblando de pies a cabeza. Nunca sentí nada igual.
—¡Uhm...!
Me quedo inmóvil, recuperando el aliento, y una pregunta tonta y dulce se me viene a la mente: ¿Cómo será? ¿Lo tendrá grande? ¿Cabrá en mí? ¿Sentiré su calor así de cerca de verdad algún día?
🩵🩶🩵🩶🩵
A la mañana siguiente...
Bajo a desayunar con el corazón a mil por hora. Cuando lo veo entrar a la cocina, alto, guapo, con el cabello aún algo húmedo de la ducha, me sonrojo hasta las orejas. No puedo evitarlo. Cada vez que lo miro recuerdo lo que hice anoche, pensando en él, y me da vergüenza y a la vez una cosquilleo en el vientre.
Él levanta la vista y me sonríe, y creo que nota que me puse roja.
—Buenos días, Eliza. ¿Dormiste bien?
—Sí… sí, muy bien —murmuro sin poder sostenerle la mirada—. ¿Y tú?
—Sí —responde, y su voz suena un poco más profunda de lo habitual—. Dormí bien.
Me siento frente a él y trato de concentrarme en mi desayuno, pero cada vez que lo miro lo encuentro mirándome a mí, y aparta la vista despacio, como si también él estuviera escondiendo algo. Marisol llega corriendo y se sienta entre los dos, y la conversación fluye, pero hay algo en el aire, algo nuevo y denso entre nosotros.
—Hoy hace un día hermoso —dice él—. ¿Les gustaría ir al parque después de almorzar? Podemos llevar algo de comer, caminar…
—¡Sí! —exclama Marisol—. ¡Vamos, por favor! Sería increíble hacer picnic.
Yo asiento, aún sintiendo el calor en las mejillas.
—Me encantaría.
Él me mira, y hay algo en sus ojos… algo que me hace pensar que no soy la única que soñó anoche ¿o serán solo ideas mías?.
—Perfecto —dice suavemente—. Entonces iremos.
Terminamos de desayunar y me levanto para recoger los platos, pero él se adelanta.
—Deha wyevla empleada se encargue. Tú ve a prepararte. Nos vemos en un rato.
—Gracias, Noah —le digo, y por un segundo nuestras manos casi se tocan sobre la mesa.
Me alejo hacia la escalera de la ma o de mi hija, y al girarme lo veo mirándome, con esa mirada que me recorre entera, y siento que me sonríe sin querer.
—¿Mamá? —me llama Marisol cuando estamos en la habitación.
—Dime, mi amor.
—¿A tí te gusta Noah?
—¿Eh...? —quedo tiesa y tartamuda con la pregunta de mi hija.
Hermosos capítulos donde tantas mujeres lo recibe como su familia ya no se va sentir sola.
Y ya esta cerca de encuentro 🔥🔥🔥 con Naoh, ya lo dos sienten esa química
Que emoción todas juntas¡