Elías tiene 19 años. Pospone la universidad por la muerte de su hermana y se va a Moonvale a trabajar de bibliotecario de día y mesero de noche.
Una noche encuentra dos bebés abandonados en la biblioteca. Nadie los reclama. Si los deja, irán a un orfanato. Decide criarlos como suyos.
Lo que no sabe es que Lyra y Milo no son normales. Crecen muy rápido, aúllan a la luna y sus ojos brillan como lobos. Son hombres lobo, los últimos Alfa.
Ahora tiene que comprar una cabaña en el bosque, aprender a ser papá lobo, protegerlos de los cazadores del pueblo y no enamorarse del veterinario que le está ayudando a criarlos.
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CAPÍTULO 11 - Primavera
La nieve se fue en tres días. Se derritió y dejó barro por todos lados y olor a tierra mojada.
Lyra y Milo cumplieron un año en primavera. No sé el día exacto porque nadie anotó cuando nacieron en el bosque, pero Elena me dijo que los encontraron en septiembre, así que elegí el quince.
Marta hizo torta con harina de piñón. Don Héctor trajo una vela. Silas trajo un juguete de cuero que hizo él: una pelota con cascabel adentro.
Les puse ropa nueva. Bueno, nueva para nosotros. Pantalones de lana gruesa que no rompían tan rápido porque ya les cortaba las uñas mejor.
Marta trajo flores amarillas del campo y las puso en un frasco. Dijo que en primavera las brujas del bosque se esconden y dejan a los niños tranquilos. No le creo, pero las flores olían bien.
Yo me hice dos trenzas esa mañana. Silas me enseñó la semana anterior frente al espejo de su cabaña. Me dijo que así no se me enredaba cuando Lyra me jalaba el pelo jugando.
—Te ves como guerrero antiguo —dijo cuando terminó, orgulloso—. Guerrero con trenzas castañas.
—Me veo como Elías con trenzas —dije—. Basta.
Me miré en la ventana. Tenía el cabello castaño largo hasta la mitad de la espalda, dividido en dos. No me veía como niña. Me veía como yo con más trabajo en el pelo.
Lyra me vio y se rió.
—Mamá dos —dijo, señalando las trenzas, y me las jaló.
—Sí —le dije—. Hoy mamá tiene dos.
—Papá —intenté, por jugar—. Papá dos.
—Mamá dos bonita —repitió ella, con esa ternura que me hacía olvidar que quería que me dijera papá.
Milo ya caminaba casi bien. Se paró al lado de la torta y la miró fijo. Tenía colmillos que se le veían cuando reía.
—Mamá, ¿qué es? —preguntó.
—Torta —dije—. Para ustedes.
No sabían soplar vela. Soplaron los dos juntos con fuerza y escupieron un poco de saliva sobre la torta. Todos nos reímos fuerte.
Don Héctor sacó una radio vieja y puso música. Bailamos en la biblioteca, con barro en los zapatos, con la puerta abierta y el bosque verde afuera.
En mitad del baile, entró una camioneta. Era la asistente joven de servicios sociales, la que me había mirado la trenza en Coyhaique. Venía sola, sin la señora de lentes.
—Elías —dijo—. Vine a ver control mensual. No avisamos para ver condiciones reales.
Me asusté. La biblioteca estaba desordenada, con calcetines de cuero en el suelo, con platos con papilla, con mi trenza chueca.
—Pase —dije.
Miró todo. Miró a Lyra con dos trenzas imitándome, porque le había hecho dos colitas con lana. Miró a Milo con su pelota de cuero.
—Están grandes —dijo—. Y se ven sanos.
—Subieron dos kilos cada uno —dijo Silas, que apareció con leña—. Acá tengo registro.
La asistente anotó.
—¿Cómo los llama usted? —me preguntó a mí.
—Lyra y Milo —dije—. A veces lobitos, cuando rompen algo.
—¿Y ellos cómo le dicen a usted?
Tragué.
—Me dicen mamá —dije—. A veces mamá bonita, mamá dos. Yo les digo que soy papá, pero les sale mamá. No los corrijo fuerte porque...
—¿Porque le gusta? —preguntó, sin mala onda.
—Porque cuando me dicen mamá me abrazan —dije—. Y suena con cariño. No suena como burla. Me dicen mamá linda y me tocan la trenza y se ríen. Si les digo no, se ponen tristes.
La asistente sonrió.
—Mi sobrina le dice papá a su mamá porque le gusta cómo suena papá —dijo—. Los niños no entienden de géneros, entienden de quién los cuida.
Se agachó y le preguntó a Lyra:
—¿Él es tu mamá?
—Mamá bonita —dijo Lyra, abrazándome la pierna—. Mamá papá.
—Ya veo —dijo la asistente.
Don Héctor se metió:
—Señorita, este chico tiene moño, trenza, lo que quiera, pero esos niños no lloran de hambre. Yo los veo todos los días. Si el pelo largo fuera delito, yo también estaría preso porque mi hija me hace trenzas.
La asistente se rió.
—En mi informe anterior puse que el cuidador tiene pelo largo atado y que los menores lo identifican como figura materna principal. No puse que era problema. Puse que era vínculo.
Silas se cruzó de brazos.
—Si ponen que su pelo es problema, yo firmo que yo también tengo pelo largo y que también me dicen papá a veces —dijo—. Y que si quieren sacarle a los niños por una trenza, que me saquen a mí también del pueblo.
—Nadie va a sacar a nadie —dijo la asistente—. Al contrario. Vine a decir que cerramos expediente. Que pueden quedarse acá sin control mensual. Solo control cada seis meses.
Me quedé quieto.
—¿En serio?
—En serio —dijo—. Están mejor que muchos niños que veo en Coyhaique con casa grande y pelo corto.
Se fue en su camioneta, dejando barro marcado.
Cuando se fue, Silas me abrazó por detrás, con Lyra y Milo entre medio.
—Viste —dijo—. Te dije que esa trenza limpia servía.
—Me defendiste otra vez —le dije.
—Y te voy a seguir defendiendo cada vez que te miren la trenza y se rían —dijo—. Hasta que aprendan a hacerte trenzas ellos también.
Lyra se soltó de mi pierna y se puso a bailar otra vez con la radio. Milo la siguió en cuatro patas, ladrando bajito, feliz.
—Mamá, baila —dijo Lyra, jalándome las dos trenzas.
—Papá baila también —corregí, riendo.
—Mamá papá baila —dijo ella, mezclando, con ternura infinita, y me dio un beso con torta en la boca.
Bailamos los cuatro en la biblioteca con barro en el suelo, con dos trenzas castañas bailando en mi espalda, con una torta de piñón a medio comer y con el bosque de Moonvale verde de nuevo afuera.
Por primera vez sentí que primavera no era solo que se fuera la nieve.
Era que nadie en el pueblo me decía ya Elías del moño para reírse.
Me decían mamá papá cuando Lyra y Milo gritaban y todos entendían quién era.