Sinopsis:
Un matrimonio por conveniencia de dos años. Dos mentes calculadoras dispuestas a todo.
Emma creía que Dilan era el títere perfecto para lograr su venganza familiar y luego desaparecer con su herencia. Dilan sabía que Emma era un lobo con piel de cordero desde el día en que la conoció, y la eligió por eso.
Cuando las mentiras salen a la luz y el imperio de piezas se derrumba, ella exige la libertad que estipulaba el contrato. Pero él tiene una nueva condición: "Úsame, destruye a quien quieras, pero te quedas conmigo". Una historia de amor obsesivo, secretos y poder donde el peligro más grande no son los enemigos externos, sino la atracción entre los dos. Una pregunta que Emma no sabe cómo responder: ¿Se puede ganar una guerra cuando tu mayor enemigo está dispuesto a entregarte todo con tal de que lo ames?
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19
Emma
Dilan caminó hacia mí con lentitud, acortando el espacio.
—¿Sobre qué querrías hablar conmigo, Emma? ¿Acaso tienes más secretos guardados bajo la manga? —preguntó, destilando un sarcasmo hiriente mientras me escaneaba el rostro.
—No. Realmente ya no me queda ninguno —respondí, sosteniéndole la mirada con firmeza a pesar del dolor—. Así que he decidido que lo correcto es que acabes con este matrimonio de una vez por todas. Firma los papeles.
Dilan soltó una risa seca, dejó caer la colilla al suelo y la pisó con la punta de su zapato formal, sin dejar de mirarme.
—Ya sé la verdad de todo, Emma. No sigas montando este teatro melodramático conmigo —soltó, dando un paso más hacia mí—. Sé perfectamente que estás mintiendo de nuevo en este instante, intentando alejarme solo para mantenerte a salvo de tus tíos.
Aparté la mirada de inmediato, sintiendo un vuelco en el estómago. ¿Qué es lo que sabe? No podía permitir bajo ninguna circunstancia que descubriera el plan alternativo de mi tía de ofrecerle a Elena en matrimonio en cuanto yo quedara fuera del mapa.
—¿Te da miedo mirarme a la cara ahora, Emma?
—Me da vergüenza —confesé en un murmullo.
—¿Vergüenza por qué? ¿Por haberme mentido antes o por seguir haciéndolo justo ahora?
—No tengo idea de qué estás hablando, Dilan.
—Tu madre... o mejor dicho, tu tía. Ella sabe perfectamente a qué me refiero —soltó él, cruzándose de brazos—. Me llamó por teléfono anoche, justo después de que tú me confesaras toda tu verdad en tu departamento. ¿Tienes idea de lo que me dijo?
Lo miré con genuina confusión, esperando el golpe.
—Me aseguró que estás intentando apartarme y forzar el divorcio porque tu verdadero plan es marcharte del país con otro hombre. Me dijo que solo me utilizaste para arruinar la reputación y el futuro de tu hermana Elena, porque desde el primer momento sabías perfectamente que yo requería una esposa para cumplir con las exigencias de la junta...
—¡Eso no es cierto! —le interrumpí, sintiendo cómo la indignación me encendía las mejillas—. ¡Yo no quiero marcharme con ningún otro hombre, no inventes!
—¿Así que es falso? ¿No me estás usando para destruir a tu hermana?
—¡No! Todo esto es... es mucho más complicado de lo que crees.
—Tengo todo el tiempo del mundo para escucharte —dictaminó Dilan, tomando asiento en el sofá de cuero de la oficina y extendiendo los brazos sobre el respaldo—. Dime qué demonios está sucediendo realmente. Sabes perfectamente que yo tengo el poder para resolverlo.
—¿Acaso no piensas divorciarte de mí? Dijiste afuera que...
—No lo dije en serio —me interrumpió, y una pequeña sonrisa calculadora asomó en la comisura de sus labios—. Solo quería ver el miedo en los ojos de tus tíos. Y en los tuyos.
—Dilan, esto no es un juego gracioso.
—Nadie más que tú y yo sabíamos la ubicación exacta y el valor real de esas tierras fiscales, Emma. Pero por desgracia, ahora mis queridos suegros están intentando usar esa información para ganarme la jugada ante el consejo. No puedo darte el divorcio y dejarte ir tan fácilmente, no cuando tengo una guerra que ganar.
—¿Qué es lo que planeas hacer entonces?
—Usarte. Es un trato justo por el plano que entregaste, ¿no crees?
—No quiero seguir viviendo en una mentira, Dilan. No quiero seguir mintiendo.
—Entonces no lo hagas. A partir de este momento, ya no lo necesitas.
—Dilan...
Él se puso de pie con movimientos felinos y se acercó a mí drásticamente. Su mano subió con firmeza hacia mi rostro, tomándome de la barbilla para obligarme a clavar mis ojos en los suyos.
—Debo admitir que yo también tenía mis propias razones ocultas contigo, Emma. Yo también quería obtener algo de ti desde el principio; lastimosamente, resultaste ser tan compleja como lo predije.
—¿De qué estás hablando? —intenté zafarme de su agarre dando un paso atrás, pero Dilan fue más rápido: me tomó de la cintura con fuerza, pegando mi cuerpo al suyo de manera inflexible.
—Mis padres necesitaban una nuera perfecta, una mujer que les brindara la seguridad y el estatus que la empresa requiere ante los accionistas. Y yo sabía que tú eras la candidata ideal; tenías la inteligencia, el porte y la astucia para serlo.
Su pulgar comenzó a delinear mi labio inferior con una caricia pausada, mientras sus ojos se oscurecían por el deseo contenido.
—Emma, no te vas a ir de mi lado. No mientras sigas siendo legalmente mi esposa —sentenció. Y antes de que pudiera replicar, me besó.
No fue un beso tierno, ni sutil, ni delicado como los anteriores. Al contrario; fue un beso brusco, posesivo, cargado de una agresividad y una urgencia que me descolocaron por completo. Intenté apartarlo sutilmente con las manos apoyadas en su pecho, sintiendo cómo me empezaba a faltar el aire ante la intensidad del encuentro.
—Dilan... —logré articular en un jadeo contra sus labios, necesitando imperiosamente respirar.
—Seguirás siendo mi mujer hasta que logre resolver este desastre financiero con las tierras. Solo cuando todo esté solucionado, consideraré darte el divorcio —declaró, fijando sus ojos en los míos sin soltarme.
—¿De qué hablas? ¿Qué pretendes que haga?
—Ayúdame a sacar a la empresa del agujero en el que la metiste por culpa de tu filtración. Si logramos neutralizar la jugada de tus tíos, entonces ya no habrá absolutamente nada que te mantenga atada a mí.
Dilan volvió a presionar sus labios contra los míos, esta vez con un hambre y una intensidad arrolladoras. Sus manos se movieron con una agilidad sorprendente por mis caderas, subiéndome con firmeza sobre el borde de su escritorio de caoba. Perdida en el calor de su cuerpo y en la desesperación del momento, le correspondí el beso con la misma fuerza. No sé qué demonios estoy haciendo... Lo correcto y lo sensato sería exigirle que firme el maldito divorcio de una vez, cometí un error imperdonable al traicionarlo... pero aquí estoy, aferrada a su cuello, besándolo como si la vida se me fuera en ello.
De pronto, él se apartó apenas unos centímetros para mirarme fijamente, con la respiración entrecortada.
—Vas a tener que contarme absolutamente todo sobre ti, Emma. No voy a tolerar una sola mentira más de ahora en adelante. No te voy a perdonar una segunda traición.
—No puedo prometerte algo así, Dilan —murmuré, con el corazón latiéndome a mil por hora.
—¿Por qué no?
—Porque suelo mentir con demasiada frecuencia... —le respondí en un hilo de voz, justo antes de volver a acortar la distancia para besarlo por iniciativa propia.
—Entonces vas a tener que darme una señal clara cada vez que intentes hacerlo —susurró él sobre mi boca, antes de darme un leve y adictivo mordisco en el labio inferior—. No me vuelvas a engañar, Emma.
El beso se tornó salvaje, devorándome por completo. Sin embargo, el sonido abrupto de la puerta de la oficina abriéndose de golpe nos obligó a separarnos de inmediato en medio de un sobresalto.
Al girar la cabeza, me topé con la incómoda escena: mi tío y Elena nos observaban fijamente desde el umbral, con rostros desencajados por la absoluta sorpresa. Detrás de ellos, Marina presenciaba la situación con las mejillas completamente encendidas por la vergüenza ajena.
—Lamentamos profundamente la interrupción... —atinó a decir Marina, dando un paso atrás con incomodidad.
Sentí que la tierra tragaba mi profesionalismo. Esto se iba a poner exponencialmente peor; ya tenía suficiente con lidiar con los constantes rumores de pasillo de la empresa, y ahora mis propios familiares tenían una prueba contundente y visual para difamarme y armar un escándalo.
—Me retiro a mis labores —anuncié con la voz más firme que logré impostar, acomodándome el sastre y bajándome del escritorio con dignidad corporativa.
Caminé a paso rápido hacia la salida, tomando a Marina del brazo para arrastrarla conmigo lejos de la mirada pesada de mis tíos.
—¡Por Dios, Emma, estabas besándote con él de esa manera! —exclamó Marina en un susurro ahogado en cuanto estuvimos a salvo en el área de los cubículos, cubriéndose la boca con una mano—. ¡Estaban encima del escritorio!
—Escúchame bien, Marina, no es lo que...
—¡Te has metido directamente con el presidente de la firma! No puedo creerlo de ti —añadió con una sonrisa traviesa y cómplice—. No intentes negarlo. Me quedó más que claro lo que vi: él prácticamente te estaba devorando la boca.
—Sí, lo sé, pero... te juro que todo esto es sumamente complicado.
—Emma, ese hombre está casado, deberías saberlo mejor que nadie en este edificio —me recordó Marina, ignorando por completo la verdadera identidad de la esposa del jefe.
Me mordí la lengua con fuerza para no soltar la verdad y gritarle que yo era esa esposa.
—Déjame explicártelo con calma después, por favor.
—Me lo vas a explicar, vaya que lo harás, pero no será en este momento porque tenemos una crisis que resolver y demasiado trabajo acumulado —sentenció Marina, guiándome del brazo directo hacia mi puesto de trabajo—. Mira esto con atención.
Extendió sobre mi escritorio un par de carpetas corporativas con sellos de alta confidencialidad. Comencé a escanear los folios a toda prisa, pero no logré terminar de leer la primera página debido al asombro.
—Creo que deberías hablar directamente con Dilan sobre este estatus legal, Marina. Yo no tengo la autoridad para revisar estos datos...
—Dilan fue quien me ordenó explícitamente que te entregara esta carpeta a ti, Emma. Me dijo que requería tu ayuda inmediata para procesar la estrategia —declaró Marina, señalándome una cláusula específica en la última hoja del contrato de adquisición.
Me quedé en absoluto silencio, conteniendo la respiración en un intento desesperado por no mostrar la inmensa sorpresa que me causaba el documento. Las firmas de autenticación estaban vigentes. Contra todo pronóstico y a pesar de la filtración de mis tíos, Dilan había ejecutado una contraestrategia impecable.
Dilan ya había conseguido legalmente la propiedad de las tierras.