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Bajo La Luna De Desierto: El Contrato Del Alfa

Bajo La Luna De Desierto: El Contrato Del Alfa

Status: Terminada
Genre:Vampiro / Hombre lobo / Mafia / Completas
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Para salvar a su clan de la ruina, Zaira acepta un matrimonio forzado con Tariq Al-Rashid, el despiadado Alfa de la mafia vampírica de Dubái. Obligada a renunciar a su libertad, se adentra en un palacio de lujo y misterio que parece salido de Las mil y una noches. Pero el peligro real la espera al cruzar el umbral: el hombre con el que debe casarse no es su prometido inicial, sino el implacable y magnético padre de este, un inmortal de mirada abrasadora que esconde el secreto de un viaje en el tiempo. Entre sedas, dunas plateadas y miradas que queman, Zaira descubrirá que la línea entre el odio y la pasión más ardiente es tan fina como un suspiro.

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Capítulo 21: El Vínculo de Sangre y la Promesa de la Eternidad

Cinco años transcurrieron desde la noche sagrada en que el llanto del pequeño Kaelen resonó bajo la luna llena de Dubái. Cinco años en los que el imperio de la dinastía Al-Rashid no solo expandió sus dominios hacia los confines más remotos de Asia y América, sino que consolidó una era de paz y prosperidad jamás vista en la historia del inframundo.

​Las catacumbas de Isfahán y las conspiraciones del pasado eran ahora relatos distantes que descansaban en los archivos secretos de la torre. Bajo la guía conjunta del Alfa supremo y la Reina Zaira, la casa imperial gobernaba con una mano de hierro envuelta en guante de seda. Ningún cartucho se disparaba en el Mediterráneo sin el consentimiento expreso de la corona, y ninguna familia de la mafia se atrevía a cuestionar el equilibrio perfecto alcanzado por la pareja.

​En la fortaleza de verano de la familia Al-Rashid, una propiedad majestuosa enclavada en los acantilados de la costa de Omán, el sol de la tarde comenzaba a teñir las aguas turquesas del golfo con destellos de oro viejo y carmesí. Las terrazas de mármol blanco, rodeadas de jardines frondosos cargados de jazmines, palmeras y fuentes de piedra, recibían la brisa fresca que ascendía desde el mar.

​En el patio central, el sonido de las espadas de entrenamiento de madera resonaba con un ritmo seco y constante.

​Con apenas cinco años de edad, Kaelen Al-Rashid se movía con una agilidad y una destreza que desafiaban cualquier lógica humana. El joven príncipe, vestido con un traje ligero de lino negro y botas de cuero, esquivaba los embates del capitán de la guardia imperial con una sonrisa astuta en los labios. Sus ojos, un fenómeno fascinante donde el ámbar ardiente de los Alfas se mezclaba con el azul astral de las sacerdotisas de la luna, brillaban con la chispa del depredador nato y la inteligencia antigua de su madre.

​Desde el balcón superior de la fortaleza, Zaira contemplaba la escena apoyada sobre la balaustrada de piedra esculpida.

​Llevaba un vestido fluido de seda verde esmeralda con mangas acampanadas y bordados de hilo de oro en los puños, una prenda que resaltaba la calidez de su piel canela y la majestad de su postura. Su cabello oscuro, largo y deslumbrante, caía en ondas sobre su espalda, sujeto únicamente por una peineta de plata con la forma de la luna creciente. Aunque los años habían pasado, la belleza de la reina permanecía intacta, madurada por la dignidad de la maternidad y el poder absoluto.

​Detrás de ella, la silueta colosal de Tariq se recortó contra la penumbra del gran salón.

​El Alfa avanzó con esa caminata felina y silenciosa que ni el tiempo ni la paz habían cambiado. Vestía una túnica de lino azul noche sin mangas, dejando al descubierto los hombros esculpidos en bronce y los brazos cruzados por cicatrices antiguas que narraban mil batallas. Las marcas doradas de su estirpe latían bajo su piel con una serenidad majestuosa.

​Tariq se posicionó a la espalda de Zaira, rodeando su talle con sus brazos gigantescos. Pegó su pecho de roca contra la espalda de la joven e hundió el rostro en la curva de su cuello, inhalando el perfume a jazmín y mar que lo había cautivado desde el primer día.

​—Tiene tu velocidad, Zaira —murmuró Tariq, su voz grave resonando en el pecho de la reina como un trueno distante—. En dos años más, la guardia no podrá mantener su ritmo en el terreno de práctica.

​Zaira sonrió, recostando la cabeza contra el hombro del Alfa y cubriendo los puños de Tariq con sus manos.

​—Tiene la furia de su padre y la paciencia de mi sangre —respondió ella, girando levemente el rostro para rozar los labios de Tariq—. Pero lo más importante es que crece en un mundo donde no tiene que esconderse de las sombras de Jafar ni de las traiciones de la corte.

​Tariq soltó un bajo gruñido de satisfacción. Inclinó la cabeza y capturó los labios de Zaira en un beso ardiente, posesivo y cargado de ese fuego primitivo que el paso de los años solo había conseguido intensificar. Zaira se giró entre sus brazos, rodeando el cuello del inmortal y correspondiendo al beso con la misma entrega salvaje que consumía sus noches en el lecho imperial.

​Cuando finalmente se separaron, los ojos del Alfa brillaban con destellos dorados.

​—El consejo de los ancianos ha enviado los informes desde Persia —dijo Tariq, deslizando sus dedos por la mejilla de Zaira con infinita delicadeza—. El santuario subterráneo de Isfahán ha sido purificado por completo. Las energías del antiguo portal se han estabilizado, y las sacerdotisas sobrevivientes reclaman la presencia de su reina para bendecir el nuevo altar de la luna.

​Zaira alzó las cejas, sorprendida.

​—¿El santuario? —preguntó ella—. Pensé que habíamos cerrado ese capítulo para siempre cuando destruimos el cáliz del Visir.

​—El pasado nunca se destruye por completo, pajarillo; se transforma —contestó Tariq, tomándola de la mano y guiándola hacia el interior del salón de la fortaleza—. Es hora de que Kaelen conozca el lugar donde nació la magia de su madre y donde el destino unió nuestras vidas a través de los siglos.

​Tres días después, el convoy imperial de la casa Al-Rashid cruzó los valles áridos y las montañas de la provincia de Isfahán.

​No viajaron en limusinas blindadas ni en helicópteros ejecutivos; Tariq y Zaira decidieron hacer el tramo final del recorrido a caballo, siguiendo las rutas antiguas del desierto, tal como lo hicieron las caravanas de la estirpe en los tiempos de la gran dinastía persa.

​Kaelen montaba un corcel árabe negro como la noche, entrenado especialmente para él. El pequeño príncipe dominaba las riendas con una seguridad pasmosa, cabalgando entre el gran semental de su padre y la yegua tordilla de su madre.

​Llegaron a la entrada de las gargantas de piedra al atardecer. La montaña, tallada por el viento durante milenios, abría sus entrañas a través de un arco de roca natural que conducía a la necrópolis oculta. Sin embargo, el ambiente tenebroso que una vez albergó los rituales oscuros de Jafar había sido erradicado por completo.

​A lo largo del desfiladero, antorchas de aceite de sésamo iluminaban el camino con una luz cálida y limpia. En la entrada del templo subterráneo, decenas de mujeres vestidas con túnicas de seda blanca y velos plateados —las descendientes del antiguo orden de las sacerdotisas de la luna— permanecían arrodilladas en reverencia absoluta.

​Al frente de la comitiva aguardaba la anciana Maestra de la Orden, sosteniendo un báculo de madera de olivo coronado por una esfera de lapislázuli puro.

​Tariq desmontó primero de un salto ágil, ofreciendo la mano a Zaira para ayudarla a descender. Kaelen desmontó de inmediato, situándose al lado de su madre y colocando la mano derecha sobre la empuñadura de su pequeña daga ceremonial, imitando la postura de la guardia de su padre.

​—Sea bienvenida, Reina Zaira, luz de las sombras y protectora del linaje —proclamó la anciana Maestra, alzando el báculo—. Sea bienvenido el Alfa Supremo y el heredero del sol y la luna.

​Zaira avanzó con paso firme, el vestido azul medianoche que llevaba para la ocasión ondeando con la brisa del valle. Posó la mano sobre el hombro de la anciana para pedirle que se pusiera de pie.

​—El templo ha vuelto a respirar —dijo Zaira, observando los relieves de la entrada, donde los antiguos grabados del culto a la noche habían sido restaurados con láminas de plata y oro—. La oscuridad de Jafar fue consumida por el fuego de nuestro amor.

​—El santuario aguardaba su bendición para sellar el nuevo ciclo, mi señora —contestó la Maestra—. El gran altar de la fuente de la vida está listo.

​La comitiva se adentró en la gran caverna subterránea. El recinto, que años atrás presenció la sangrienta batalla contra el Visir y la apertura del portal del tiempo, se transformó en un recinto sagrado de paz soberana. En el centro exacto de la sala, donde una vez estuvo el altar de sacrificios oscuros, erigieron una piscina circular de mármol blanco alimentada por un manantial subterráneo de agua cristalina.

​Sobre la superficie del agua, la luz de la luna llena penetraba a través de una oquedad natural en la bóveda de la cúpula, haciendo que el agua emitiera una luminiscencia azulada idéntica a la energía del ritual de la coronación.

​Tariq se detuvo junto al borde de la piscina, observando el reflejo de las estrellas en el agua.

​—Aquí fue donde casi te pierdo en el pasado, Zaira —habló el Alfa en un murmullo denso, su voz teñida por el recuerdo de la batalla en la que cruzó eras para rescatarla—. Aquí fue donde la magia de las sacerdotisas te arrebató de mis brazos para enviarte al siglo XXI.

​Zaira caminó hacia él, posando la palma de su mano sobre el pecho desnudo del Alfa, justo sobre el tatuaje ceremonial que sellaba su estirpe.

​—Y aquí fue donde demostraste que ni el tiempo ni la muerte pueden romper lo que la sangre y el alma han unido, Tariq —respondió ella, mirándolo a los ojos con una devoción sin límites—. No me perdiste. Me encontraste.

​El pequeño Kaelen se acercó al borde de la piscina, fascinado por la luz que emanaba del agua. Extendió la mano pequeña y tocó la superficie cristalina.

​En el instante en que los dedos del príncipe rozaron el agua, una onda de choque de luz dorada y azul se expandió por toda la caverna. Las runas de los pilares de piedra se encendieron de inmediato, y una brisa cálida y sagrada envolvió a los presentes. La magia del niño no era una fuerza destructiva; era la armonía perfecta de dos linajes antiguos fundidos en uno solo.

​Tariq sonrió con esa majestad impresionante que infundía respeto en todo el imperio. Se arrodilló al lado de su hijo y le posó la mano sobre el hombro.

​—Esta es tu herencia, Kaelen —dijo el Alfa con voz de mando y orgullo supremo—. La fuerza para proteger a los débiles, el acero para castigar a los traidores y el amor para mantener unida a la familia.

​El pequeño príncipe miró a su padre con la barbilla alzada y los ojos brillando en oro y azul.

​—Seré tan fuerte como tú, padre, y tan sabio como mi madre —prometió el niño con la firmeza de un verdadero rey Al-Rashid.

​La noche cayó sobre la necrópolis de Isfahán, y la celebración del nuevo santuario se prolongó con cantos tradicionales, antorchas de colores y banquetes servidos en las salas superiores de la fortaleza de piedra.

​Sin embargo, entrada la madrugada, Tariq y Zaira se retiraron a la cámara privada del templo, la habitación excavada en la roca donde milenios atrás descansaron los primeros reyes de la dinastía.

​El aposento estaba iluminado únicamente por la luz de un brasero de cobre que arrojaba destellos rojizos y dorados sobre los tapices persas y la enorme cama de caoba vestida con sábanas de lino negro.

​Zaira se hallaba de pie ante el gran espejo con marco de plata, desabrochando los alfileres que sujetaban su cabello. El vestido azul medianoche resbaló por sus hombros, cayendo al suelo y dejándola expuesta únicamente con la piel canela que brillaba bajo el resplandor de las llamas.

​Tariq emergió de las sombras de la estancia, habiéndose despojado de la túnica de gala. Su figura monumental, desnuda de la cintura para arriba, avanzó hacia ella como una tormenta contenida. Se detuvo detrás de Zaira, rodeando su cintura con sus brazos de hierro y pegando sus caderas contra la curva de la reina.

​Sus manos, cargadas de un calor abrasador, ascendieron por el vientre de la joven hasta cubrir sus pechos, provocando un estremecimiento instantáneo que aceleró la respiración de Zaira.

​—Han pasado años, pajarillo... —murmuró Tariq cerca de su oído, su voz ronca y hambrienta rozando la piel sensible de su cuello—. Y cada mañana me despierto deseándote con la misma locura con la que me enfrenté al abismo para tenerte.

​Zaira echó la cabeza hacia atrás, buscando la boca del Alfa con desesperación.

​—Entonces no me hagas esperar, mi rey —susurró ella entre jadeos dulces—. Enséñame de nuevo cómo gobierna el Alfa en la intimidad de su santuario.

​Tariq soltó un gruñido salvaje y la giró entre sus brazos con una violencia calculada y posesiva. La tomó de la nuca y capturó su boca en un beso insaciable que devoró cualquier rastro de aire en la estancia. Sus manos recorrieron el cuerpo desnudo de Zaira con la devoción de un escultor y la codicia de un conquistador, marcando cada centímetro de su piel con besos ardientes y caricias de fuego.

​La elevó en sus brazos sin el menor esfuerzo y la depositó sobre el lecho de lino negro. Inclinándose sobre ella, el Alfa la cubrió con su cuerpo de piedra, uniendo sus almas y sus carnes en un ritual de pasión eterna que quemó hasta el amanecer. Cada movimiento entre ambos era una sinfonía de poder, placer y devoción absoluta; un incendio sin fin que ratificaba que ni la muerte ni el tiempo podrían separar jamás a los gobernantes supremos de la dinastía.

​Al despuntar el alba, los primeros rayos del sol de Persia cruzaron los ventanales arqueados de la cámara, iluminando la habitación con un tono dorado deslumbrante.

​Zaira descansaba plácidamente con la cabeza apoyada en el pecho al descubierto de Tariq, escuchando el latido lento, firme e inmortal de su corazón. El Alfa la rodeaba con un brazo protector, acariciando suavemente las ondas de su cabello oscuro con la yema de sus dedos.

​En la puerta de la estancia, la silueta diminuta de Kaelen apareció sin hacer ruido. El pequeño príncipe caminó descalzo hasta el borde de la litera imperial y miró a sus padres con una sonrisa amplia.

​Tariq sonrió con serena majestad, extendió el brazo libre y subió a su hijo a la cama, acomodándolo entre Zaira y él. El pequeño se acurrucó contra el costado de su madre, cerrando los ojos para disfrutar del calor de la familia.

​Zaira besó la frente de su hijo y luego alzó la vista para encontrar los ojos ámbar de Tariq, que la contemplaban con una plenitud absoluta.

​—Construimos una eternidad, Tariq —dijo Zaira en un susurro cargado de felicidad.

​—No, mi reina —contestó el Alfa supremo, besando sus labios con ternura infinita—. Esto apenas es el comienzo de nuestro legado.

​Y así, bajo la bendición del sol y la luna sobre las tierras antiguas de Persia, la dinastía Al-Rashid se erigió inmortal, cerrando el libro de las guerras pasadas para escribir la leyenda interminable de su amor a través de las eras.

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Martha Divas Delgado
o me encantó un asta pronto creo por k una historia así es hermosa 🥰
Martha Divas Delgado
🥰continuarán con su legado k bello zaira está embarazada☺️
Martha Divas Delgado
🤭 me gusta k tariq cuente los capítulos k faltan para finalizar la historia
Martha Divas Delgado
hay dios pensé k jafar los iba a atrapar 🥹 en el pasado
Martha Divas Delgado
me encantan esta historia le doy todo
Renata Mabel
🦆✨
Martha Divas Delgado
autora no tardes mucho en actualisar
Martha Divas Delgado
hayyyyy me encanta hay muchos peligros por dios
Martha Divas Delgado
🥰 me encanta es un camino k recorrerán juntos a ver k pasa con samir
Martha Divas Delgado
🥰 se está poniendo más buenaaaaaaaaaa🤭
Martha Divas Delgado
ufffffffff empesamos bien 🤭
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