Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.
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Capítulo 19
Capítulo 19
Lo que cambia
La primera semana de la mentira sobre las pastillas fue invisible.
Valentina se levantaba temprano, tomaba el anticonceptivo, bajaba a la cocina, se servía café con crema y se sentaba frente a Alejandro mientras él leía el periódico en la tablet. La rutina era la misma de siempre, pero ahora tenía un subtexto que le cambiaba el sabor a todo: cada taza de café, cada cena, cada vez que sus manos se rozaban al pasarse la sal, estaba cargado con la pregunta de por qué él había puesto un límite que la protegía sin conocer, supuestamente, la verdad.
Nana Carmela fue la primera en notar el cambio.
—Le dejé el ácido fólico junto a su jugo, señora. El doctor dice que hay que empezar antes.
—Gracias, Nana.
—Y le preparé pollo con espinacas para la comida. Hierro. Es importante.
Valentina todavía no había visto a ningún doctor. Pero Nana Carmela tenía su propia red de información doméstica y había interpretado la palabra "preparación" a su manera. El jugo verde del desayuno apareció el martes. Las cenas empezaron a incluir salmón dos veces por semana. Y en el baño de la habitación principal, junto al cepillo de dientes que Valentina seguía sintiendo prestado, apareció un frasco de ácido fólico con una nota de Nana: "Una diaria. Con el desayuno."
Alejandro vio el frasco, miró a Valentina y no desmintió la versión delante de Nana. Cuando se quedaron solos, señaló con la barbilla el cajón donde ella guardaba los anticonceptivos. El acuerdo seguía en pie.
El miércoles por la tarde, mientras Valentina traducía un contrato en la oficina, la puerta se abrió de golpe.
—¡CUÑADA!
Fabián Torres entró como entraba a todos los lugares: ocupándolo entero. Llevaba una chamarra de cuero sobre una playera blanca, el pelo despeinado con la cantidad exacta de producto que requería parecer despeinado, y una bolsa de papel que dejó sobre el escritorio de Valentina con un golpe seco.
—Regalos. Para el sobrino que todavía no existe, pero que ya me tiene sin dormir.
Valentina abrió la bolsa. Adentro había un par de botitas tejidas color amarillo, un babero que decía "Mi tío es el guapo" en letras bordadas, y una sonaja de plata con las iniciales F.T. grabadas en el mango.
—Fabián, ni siquiera estoy embarazada.
—Eso es un tecnicismo. —Se sentó en la orilla del escritorio, cruzó los brazos—. Necesito que me expliques cómo pasó esto. Porque hace un mes mi hermano trataba el matrimonio como un trámite fiscal y ahora sabe dónde se compra ácido fólico. ÁCIDO FÓLICO, Mariana. Alejandro Quirós, el hombre que desayuna café negro y resentimiento, está tomando vitaminas y leyendo estudios de fertilidad. ¿Qué le hiciste?
—No le hice nada.
—Mentira. Algo le hiciste. Algo le hicieron. Porque ayer lo vi en el gimnasio y me dijo que dejó el whisky. El whisky, cuñada. Ese hombre lleva bebiendo whisky desde los diecinueve años. Y de pronto un día decide que su cuerpo es un templo porque va a ser papá. ¿Tú sabes lo que es eso?
Valentina se mordió el interior de la mejilla para no sonreír.
—Es la preparación.
—La preparación. —Fabián repitió las palabras como si fueran de otro idioma—. Mira, yo no sé qué está pasando entre ustedes dos, pero te voy a decir algo: mi hermano no ha estado así de... presente desde que éramos niños. No sé si es por ti o por la idea de ser padre o por las dos cosas, pero lo que sea que estés haciendo, sigue haciéndolo.
Se bajó del escritorio, caminó hacia la puerta y se detuvo.
—Ah, y si es niño, se va a llamar Fabián. No es negociable.
Salió antes de que Valentina pudiera responder. El silencio que dejó era del tamaño del hueco que le había abierto en el pecho con la frase "mi hermano no ha estado así de presente." Porque Valentina no estaba haciendo nada. Lo que Alejandro hacía —dejar el whisky, informarse, proteger una decisión futura sin obedecer a su abuela— iba más allá del plan, más allá de Mariana. Apuntaba a algo que Valentina no se atrevía a nombrar.
Guardó las botitas amarillas en el cajón del escritorio. La sonaja de plata la dejó sobre la mesa, y la luz de la ventana le arrancó un destello que le picó los ojos.
…
Esa noche, Valentina tocó a las once como siempre.
Pero algo había cambiado en la rutina del arpa. Antes, Alejandro se sentaba en el sillón del estudio y cerraba los ojos. Ahora se sentaba más cerca, en la silla de lectura, a tres metros del arpa. Y ya no cerraba los ojos. La miraba.
Valentina sentía la mirada como un peso físico sobre los dedos. Cada nota que arrancaba de las cuerdas pasaba primero por esos ojos oscuros que no parpadeaban, y después le llegaba al oído con un eco que no tenía nada que ver con la acústica de la habitación.
Tocó la pieza de Aurora. Después tocó otra que no estaba en el repertorio de Mariana: una melodía que su madre cantaba cuando lavaba la ropa, convertida en arreglo para arpa que Valentina había compuesto a los dieciséis años. Nunca la había tocado para nadie.
Cuando terminó, el silencio duró diez segundos.
—Esa no la conozco —dijo Alejandro.
—Es nueva.
—No suena nueva. Suena a algo que llevas mucho tiempo guardando.
Valentina soltó las cuerdas. Le temblaban los dedos y no era por el esfuerzo.
—A veces las cosas guardadas salen mejor que las nuevas.
Alejandro no respondió. Se levantó, caminó hasta la puerta, y ahí se quedó un momento de espaldas.
—Mañana tengo junta temprano. Pero quiero que toques algo distinto. No lo de Mariana. Lo tuyo.
Se fue.
Valentina se quedó con las manos sobre las cuerdas mudas del arpa. "Lo tuyo." Dos palabras que no debería haber dicho y que, sin embargo, había dicho como si fueran la cosa más natural del mundo. Lo tuyo. Como si supiera que había un repertorio que era de Mariana y otro que era de otra persona. Como si distinguiera entre las dos.
Le dolió el pecho. La certeza de que algo se estaba moviendo de lugar y ya no iba a poder regresarlo.
…
El jueves, Valentina fue al ginecólogo.
La cita la había hecho Alejandro. El consultorio estaba en Polanco, en un edificio de cristal con recepción de mármol y revistas que nadie leía. La doctora se llamaba Gutiérrez, tenía sesenta años y manos frías que olían a jabón quirúrgico.
—¿Cuánto tiempo llevan intentando?
—Todavía no empezamos. Queremos hacer los estudios primero.
—Bien. ¿Algún antecedente familiar de infertilidad?
La pregunta le aterrizó en el estómago como un puñetazo. Infertilidad. La infertilidad de Mariana era exactamente la razón por la que Valentina estaba sentada en esa silla de vinil, con las piernas abiertas bajo una bata desechable, haciéndose estudios con el nombre de otra mujer.
—No —mintió—. Ninguno.
La doctora le hizo un ultrasonido, le sacó sangre, y le dio una lista de recomendaciones que Valentina leyó en el auto de regreso: nada de alcohol, dormir ocho horas, reducir el estrés.
Reducir el estrés. Valentina casi se ríe.
Bruno la llevó de vuelta a la residencia en silencio. En el camino, el teléfono vibró con un mensaje de Mariana:
"¿Fuiste al doctor?"
"Sí. Todo normal. Los resultados salen en una semana."
"Perfecto. Recuerda: todo tiene que estar a nombre de Mariana Solís Navarro, como aparece en sus documentos. TODO."
Valentina bloqueó la pantalla y se quedó mirando el tráfico de Periférico. Los resultados saldrían normales, porque ella no era infértil. Los resultados dirían que "Mariana Solís Navarro" estaba perfectamente sana y lista para concebir. Y si el embarazo llegaba algún día, Mariana reclamaría al hijo como suyo y Valentina volvería a ser la sombra que siempre había sido.
A menos que no.
La idea le cruzó la cabeza por primera vez mientras Bruno frenaba en un semáforo de Reforma. No la pensó completa. No se atrevió. Pero la sintió como se siente un temblor antes de que llegue el terremoto: en las plantas de los pies, subiendo.
Esa noche tocó lo que Alejandro le había pedido. No la pieza de Aurora. No el repertorio de Mariana. Tocó algo suyo: una improvisación lenta, en tono menor, que empezaba con miedo y terminaba con algo que todavía no tenía nombre.
Alejandro la escuchó con los ojos abiertos. Cuando terminó, no dijo nada. Se levantó, le puso la mano en el hombro al pasar, y la dejó ahí dos segundos antes de seguir caminando.
Fue la primera vez que la tocó fuera de un contexto médico o de emergencia. Dos segundos. El peso de su palma se le quedó impreso a través de la tela del suéter. Antes de dormirse, Valentina se llevó la mano al hombro tres veces.
En la libreta, en la columna derecha, escribió: "Dijo 'lo tuyo'. Me tocó el hombro. Dos segundos."
Debajo, entre paréntesis: "(¿Y si no me voy?)"