Hace doscientos años, el Sistema Solar comenzó a desaparecer. Uno a uno, sus planetas fueron derrotados en el Torneo Galáctico de Federaciones, condenando a millones de habitantes a la esclavitud. Hoy, solo la Tierra sigue con vida.
Marcus Bandeira, entrenador de la Federación del Sistema Solar, recibe una misión imposible: reunir a los descendientes de Marte, Venus, Mercurio, Saturno, Urano y otros mundos desaparecidos para formar un equipo capaz de desafiar al invencible Rhusthym Kar, pentacampeón durante cincuenta años.
No juegan por un trofeo.
No juegan por la gloria.
Juegan para impedir que la Tierra desaparezca para siempre.
En un universo donde cada derrota borra miles de vidas y cada victoria compra un poco más de tiempo, once jugadores descubrirán que vencer al mejor equipo de la galaxia exige mucho más que talento.
Exige demostrar que incluso un planeta condenado todavía puede luchar por su último partido.
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El hombre que veía los pies
La nave de Omicron aterrizó en Vulcano al amanecer. Mientras Buffar y Baresi recorrían las instalaciones, los androides médicos comenzaron a registrar a los nuevos miembros.
Chilavar pasó por el escáner biomédico sin decir una palabra. La pantalla holográfica parpadeó y mostró su ficha:
> **Posición asignada: Delantero.**
> **Especialidad: Precisión. Lectura espacial.**
Marcus sonrió ante los datos.
—Perfecto. Tenemos un delantero.
Johann Platiné, sentado en un banco con el bastón entre las piernas, no dijo nada. Solo observaba a Chilavar con esos ojos grises que parecían ver más allá de lo evidente.
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Durante toda la mañana, Chilavar entrenó como delantero.
Los androides lo sometieron a pruebas exhaustivas. Velocidad de aceleración. Potencia de disparo. Control de balón. Definición en el área. Regate en espacios reducidos.
Al mediodía, los datos aparecieron en la pantalla principal del campo.
> **Lectura espacial: Excelente.**
> **Precisión: Muy buena.**
> **Velocidad: Buena.**
> **Regate: Aceptable.**
> **Uno contra uno: Dificultad para superar defensas.**
Marcus se cruzó de brazos, evaluando los resultados.
—No es el delantero más explosivo que he visto —admitió—. Pero tiene algo. Será un buen delantero.
Johann permaneció en el banco. No habló. No asintió. No corrigió.
Solo observaba.
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Mientras tanto, Buffar no podía entrenar.
Los androides médicos lo llevaron a una cámara de adaptación atmosférica. Dos horas de exposición controlada para que sus músculos se ajustaran a la presión de Vulcano.
Marcus se preocupó.
—¿Está enfermo?
—No —respondió el androide médico, con su voz plana—. Su cuerpo simplemente aún cree que está en la fábrica de escudos.
Marcus asintió, pero no pudo evitar mirar hacia la cámara, donde Buffar permanecía inmóvil, respirando lentamente mientras los sensores ajustaban su fisiología.
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A media tarde, Buffar finalmente salió de la cámara.
Los androides lo condujeron a la portería principal. Comenzaron las pruebas de portero.
Primer lanzador: Xaren.
El mercuriano colocó el balón. Respiró. Disparó con precisión quirúrgica.
Buffar se estiró. Lo atrapó.
Segundo disparo.
Buffar lo detuvo de nuevo.
Los androides sonrieron, si las máquinas pueden sonreír.
> **Tiempo de reacción: Excelente.**
> **Cobertura de portería: Óptima.**
Marcus aplaudió.
—Ese es mi portero.
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Segundo lanzador.
Llamaron a Chilavar.
Marcus sonrió, frotándose las manos.
—Ahora veremos qué tan bueno es realmente nuestro delantero.
Chilavar colocó el balón. Ni siquiera tomó carrera.
Disparó.
**¡GOL!**
El balón entró, pegado al poste. Buffar ni siquiera lo vio pasar.
Segundo disparo.
**¡GOL!**
Tercero.
**¡GOL!**
Cuarto.
Buffar logró tocarlo con la punta de los dedos... pero aun así terminó dentro.
Marcus aplaudió, impresionado.
—¡Excelente! ¡Sabía que era un gran delantero!
Los androides comenzaron a proyectar estadísticas.
> **Precisión: 99,8 %.**
> **Potencia: Excelente.**
> **Control de balón: Sobresaliente.**
Buffar apretó los dientes. Miró la red. Sacó el balón de nuevo.
Otra vez.
Otra derrota.
Gol.
Gol.
Gol.
Finalmente, explotó.
—¡¡Maldición!!
Golpeó el poste con el puño.
—¡No puedo detenerte!
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Chilavar caminó calmadamente hacia él.
Recogió el balón. Lo sostuvo entre las manos. Y negó lentamente con la cabeza.
—No.
Buffar lo miró, confundido.
—¿No qué?
—No estás perdiendo por mi culpa.
Silencio.
—Estás mirando en el lugar equivocado.
Buffar frunció el ceño.
—¿Qué?
Chilavar lo tomó del brazo. Lo llevó a un rincón de la portería.
—Quédate aquí.
Luego se giró hacia el resto del grupo.
No llamó a Xaren.
No llamó a Marado.
No llamó a Vex.
Llamó a Cholo Solís.
—Tú.
Todos levantaron la mirada.
—Patea.
Cholo sonrió, confundido.
—¿Seguro?
—Sí.
Marcus incluso dio un paso atrás.
*«Ahora veremos un disparo de verdad»*, pensó.
Cholo colocó el balón. Tomó distancia. Respiró. Y disparó.
Pero antes...
Mucho, mucho antes...
Chilavar ya estaba volando.
Cuando el balón salió...
él ya estaba allí.
**¡PLOP!**
Lo atrapó con ambas manos.
Silencio absoluto.
El balón de Cholo.
El disparo que ninguna máquina había podido detener.
Acababa de ser atrapado.
Marcus abrió lentamente la boca.
Los androides dejaron de escribir.
Uno incluso mostró en pantalla:
> **ERROR.**
> **RESULTADO INESPERADO.**
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Cholo caminó lentamente hacia él.
Miró a Chilavar.
Luego al balón.
Luego lo miró de nuevo.
—¿Cómo...?
Chilavar puso el balón en el suelo. Se acercó a Buffar. Y señaló los pies de Cholo.
—Ahí mismo.
Todos miraron.
—El balón miente.
—Los pies no.
Se agachó. Marcó con un dedo el pie de apoyo. Luego la rodilla. Luego la cadera. Luego el tobillo.
—El disparo estaba aquí.
—No aquí.
Golpeó suavemente el balón.
—Tú vienes de detener proyectiles.
Miró a Buffar.
—Empieza a detener personas.
Buffar se quedó inmóvil. Como si acabara de descubrir otro deporte.
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Johann se levantó del banco.
Empezó a reír.
Lentamente.
Muy lentamente.
Marcus nunca lo había visto reír.
El anciano apoyó el bastón en el suelo.
*Tac.*
—No...
No...
No...
Dijo, casi conmovido.
—Llevo cincuenta años buscando a uno así.
Marcus preguntó, desconcertado.
—¿Qué ha encontrado?
Johann señaló a Chilavar.
—No es un delantero.
Hizo una pausa.
—Es un portero...
Otra pausa.
—...que entiende cómo piensa un delantero.
Y justo ahí...
Marcus comprendió.
No habían encontrado un goleador.
Habían encontrado al único hombre capaz de detener al mejor goleador de la galaxia.
Y, por primera vez desde que comenzó la plantilla del Sistema Solar, Johann Platiné sintió que ya no estaba formando un equipo para competir.
Estaba formando un equipo capaz de cambiar la forma en que toda la galaxia entendía el fútbol.
Buffar estaba allí de pie, con el pecho subiendo y bajando, los ojos fijos en Chilavar. Por primera vez desde que llegó a Vulcano, el estoico saturnino parecía vulnerable. Había pasado tres años y medio deteniendo proyectiles, leyendo trayectorias, calculando ángulos de impacto. Pero nunca había aprendido a leer a las personas.
Chilavar caminó hacia él. No sonrió. No ofreció consuelo. Simplemente le extendió el balón.
—Ahora es tu turno —dijo Chilavar en voz baja—. Pero esta vez... mira sus pies.
Buffar tomó el balón. Sus manos, que habían atrapado láseres y desviado proyectiles cinéticos sin inmutarse, temblaron ligeramente. Miró a Cholo, que se preparaba para otro disparo. Luego bajó la mirada hacia los pies de Cholo.
El pie de apoyo. La rodilla. La cadera. El tobillo.
Por primera vez, Buffar vio lo que Chilavar veía.
Marcus observaba desde la banda, con la mente a mil por hora. Once jugadores. Once planetas distintos. Once formas de resistencia forjadas en el infierno de Omega. Pero esto... esto era algo completamente diferente. No se trataba solo de construir un equipo. Se trataba de revolucionar el juego mismo.
Johann se apoyó en su bastón, con los ojos grises brillando por una emoción que Marcus nunca había visto antes. Esperanza.
—Cincuenta años —murmuró Johann, casi para sí mismo—. Cincuenta años esperé a alguien que pudiera ver lo que otros no pueden.
Marcus miró a Chilavar, que ya caminaba de regreso al centro del campo, con la expresión inalterada, como si no acabara de destruir todo lo que creían saber sobre el fútbol.
El Sistema Solar ya no solo tenía un equipo.
Tenía un arma.
Y Omega no tenía idea de lo que se le venía encima.