Alessia Castelli nació para obedecer. Hija de una de las familias mafiosas más poderosas de Italia, jamás ha podido decidir sobre su propia vida. Ni a quién amar. Ni con quién casarse. Ni siquiera qué sueños perseguir.
El día de su boda arreglada, todo cambia cuando es secuestrada por Fabiano Conti, el temido líder de la organización rival. Para él, Alessia no es más que la única pieza capaz de devolverle a la persona que más ama.
Mientras una guerra entre familias amenaza con desatarse, ambos descubren que existen prisiones mucho peores que una habitación cerrada. Ella jamás ha conocido la libertad. Él hace mucho tiempo que olvidó cómo se siente vivir sin culpa.
Entre amaneceres frente al Mediterráneo, pequeños actos de rebeldía y decisiones que nunca antes les permitieron tomar, Alessia y Fabiano comenzarán a cuestionar todo aquello para lo que fueron criados.
Porque, a veces, el enemigo no es quien te roba la libertad... Sino quien te enseña, por primera vez, cómo se siente tenerla.
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La ausencia
Alessia
Despierto convencida de que hoy será mejor.
No sé por qué. Quizá porque ayer Fabiano estuvo extraño y me gusta pensar que solo fue un mal día.
Todos tenemos malos días.
Hasta los secuestradores.
Me río sola mientras me peino frente al espejo.
—Definitivamente necesito ayuda profesional —murmuro.
Me pongo unos jeans claros, el top rojo y, por supuesto, el enorme sweater de Fabiano.
No pienso devolverlo.
Jamás.
Ni aunque me amenace con toda La Corona.
Bajo las escaleras casi dando saltitos.
No porque tenga hambre. Porque... Bueno. Porque quiero verlo.
La idea me hace detenerme a mitad de la escalera.
¿Quiero verlo?
Claro. Es normal. Vivo en su casa.
Lo raro sería no querer verlo.
Asiento, satisfecha con mi propia explicación, y entro al comedor.
La enorme mesa está servida. Hay café, fruta, pan recién horneado y huevos. Pero la silla de Fabiano está vacía.
Miro alrededor.
—¿El señor Conti? —pregunto a una de las empleadas.
—Salió temprano, señorita.
—Ah.
Eso es todo.
Un escueto ah.
Me siento e intento desayunar.
El café sabe distinto. El pan también. Todo sabe... No sé.
Simplemente puaj, no sabe igual.
Después de apenas un par de bocados dejo los cubiertos.
—¿No tenías hambre? —pregunta Viola sin levantar la vista de lo que está haciendo.
—Sí.
—Pues no lo parece.
No respondo.
Salgo del comedor diciéndome que me da exactamente igual dónde esté Fabiano.
Exactamente igual.
Cinco minutos después estoy frente a su despacho.
La puerta está abierta.
Frunzo el ceño.
Quizá está en la terraza.
Camino hasta allá y solo encuentro el sonido del mar. Ni rastro de él.
Entonces bajo a la playa… Tampoco.
Me cruzo con uno de los guardias.
—¿Busca al señor Conti?
Mi corazón da un pequeño vuelco.
—¿Yo? No —me obligo a responder.
Nadie necesita saber que la chica secuestrada anda buscando a su secuestrador por todos los rincones de la propiedad.
Inclina su cabeza y sigue caminando.
Qué vergüenza.
No lo estoy buscando.
Simplemente... Estoy paseando.
Eso es. Paseando.
Media hora después vuelvo a pasar frente al mismo guardia. Esta vez carraspea para ocultar una sonrisa.
Maldición.
Cambio de dirección y entro a la cocina. Al menos ahí puedo distraerme.
—Buenos días —saludo.
Las mujeres responden con amabilidad. Incluso Viola parece de mejor humor.
—Hoy aprenderás a hacer pan —dice dejándome un delantal.
Mis ojos brillan.
—¿En serio?
—No te emociones tanto. Si sale duro se lo daremos a los guardias.
Sonrío.
—Qué cruel.
—Ellos sobreviven a los balazos. Sobrevivirán a tu pan.
La mañana transcurre entre harina, agua y levadura.
Aprendo a amasar.
A doblar.
A esperar.
Es extraño. Siempre imaginé que cocinar era hacer, pero la mitad consiste en esperar.
Espero que la masa crezca.
Espero que el horno caliente.
Espero.
Y mientras espero... Pienso en Fabiano.
Me descubro mirando la puerta cada vez que alguien entra.
—¿Esperas a alguien? —pregunta Viola.
—No.
—Has mirado esa puerta unas veinte veces.
—Solo...
Callo. Porque ni siquiera sé qué iba a decir.
Viola resopla.
—Los hombres llegan cuando tienen que llegar.
Parpadeo.
¿De qué está hablando? Yo no espero a nadie… creo.
Cuando el pan finalmente sale del horno siento unas ganas inmensas de que Fabiano lo pruebe.
La idea aparece sin pedir permiso.
Seguro le gustaría. Podría decirme si quedó bien. Podría... Me quedo inmóvil.
¿Por qué quiero que precisamente él lo pruebe?
Podría comerlo cualquiera.
Viola.
Los guardias.
Mattheo.
Pero no. Quiero que sea él.
Paso el resto de la tarde intentando convencerme de que eso no significa nada.
No funciona.
Subo a la sala y me siento frente al piano. Toco dos notas. Me equivoco y vuelvo a empezar. Me vuelvo a equivocar, porque no estoy prestando atención. Estoy pensando en un hombre que ni siquiera está aquí.
Qué ridículo.
Apoyo la frente sobre las teclas. El sonido desafinado llena la habitación.
—Muy elegante, señorita Castelli.
Levanto la cabeza sobresaltada.
No es Fabiano.
Solo uno de los guardias que pasa por el pasillo.
Sonrío por compromiso.
Cuando vuelve el silencio siento un vacío extraño. Como si hubiera esperado escuchar otra voz. Otra risa. Otra burla.
Me abrazo al enorme sweater. Todavía huele un poco a él.
Madera. Mar. Libertad… y algo más.
Cierro los ojos.
No. Esto no está bien. No debería importar.
Él me secuestró. Se supone que debería querer irme. Debería estar contando los días para volver a casa.
A casa.
La palabra duele.
Pienso en mamá.
La extraño. La extraño mucho.
Pienso en mi habitación. Pienso en mi guitarra. Pienso en... Lucio.
En Adriano.
En la boda.
En los vestidos.
En la jaula.
El aire abandona mis pulmones.
Si mañana Fabiano abre la puerta y me dice que puedo volver... Debería ser la mujer más feliz del mundo.
Debería.
Entonces... ¿Por qué me cuesta tanto imaginarme lejos de esta casa?
¿Por qué siento este peso aquí?
Apoyo la mano sobre mi pecho.
Mi corazón late deprisa. Muy deprisa.
No es miedo. Hace días que dejó de ser miedo.
Entonces... ¿Qué es?
No tengo respuesta.
Solo sé una cosa. Hoy la casa estuvo exactamente igual que siempre.
Los mismos pasillos.
La misma playa.
La misma cocina.
El mismo piano.
Y, aun así... Sentí que le faltaba algo.
No algo. Alguien.
Y esa idea me asusta mucho más que cualquier otra cosa.
Porque, por primera vez desde que llegué a la mansión Conti... No tuve miedo de perder mi libertad.
Tuve miedo de perderlo a él.
los niños iguales a Fabiano 🥰
construyeron una familia antes de casarse
Yesenia te felicito por otra historia excelente
Gracias 🌷