La devoción de la Santa Duquesa fue una vez el faro de esperanza para su pueblo. Con un toque, curaba heridas y consolaba almas. Pero su mundo se derrumbó la noche en que su hermana, casada con el hijo del rey, fue falsamente acusada de envenenar a la hija de la concubina real.
Sus súplicas de clemencia fueron ignoradas. Su pueblo le dio la espalda. Y ante sus propios ojos, vio cómo su hermana perdía la cabeza.
Rota por el dolor, pero con una determinación de acero, la Duquesa se retira a su hogar ancestral. Mantiene una imagen impecable, serena y devota ante el mundo. Pero tras esa máscara de pureza, se teje una red de astucia y alianzas sagradas. No busca violencia burda. Busca desmantelar, pieza a pieza, a quienes la traicionaron, empezando por el mismísimo rey.
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Capítulo 19: El Pacto de los Aliados Silenciosos
La luz de las antorchas oscilaba suavemente sobre las paredes de granito del Torreón del Dragón de Plata. Sobre la inmensa mesa de roble, un pequeño cilindro de cuero con el sello roto de los espías imperiales yacía junto a la tira de pergamino cifrada que acababa de llegar desde las entrañas de Mortemer.
Lysandra sostenía la pluma con firmeza, traduciendo cada símbolo con una rapidez metódica. A su lado, recortándose contra la penumbra de la estancia como un guardián de bronce y sombras, Cassian observaba el proceso en absoluto silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos carmesí fijos en la caligrafía del documento.
Al terminar de descifrar la última línea, Lysandra dejó caer la pluma sobre la mesa. Su respiración se volvió pausada, pero en el fondo de sus pupilas zafiro brilló un destello de una emoción humana que llevaba semanas sepultada bajo el hielo.
—Es de Felipe —murmuró ella, rompiendo la quietud—. Ha enviado los mapas de las guarniciones internas de la capital, los horarios de patrulla de los guardias del rey y los registros de la magia negra que la concubina Morgana utiliza sobre Aldous.
Cassian dio un paso al frente, inclinando su alta figura para examinar la tira de pergamino. Su rostro, sin embargo, permaneció tenso, esculpido en una desconfianza implacable.
—Un príncipe de la Casa Real de Mortemer entregando las claves del castillo de su propio padre a un imperio extranjero —dijo Cassian con una voz baja y áspera, impregnada de un claro escepticismo—. Resulta demasiado oportuno, Duquesa. Felipe es el hijo del hombre que ejecutó a tu hermana. La sangre de Aldous corre por sus venas.
Lysandra alzó la mirada de golpe, clavando sus ojos azules en el príncipe heredero con una firmeza desafiante.
—Felipe amaba a Elara con toda su alma —replicó ella, y su voz sonó tan afilada como un dardo de plata—. No juzgues su lealtad por la corona de su padre. Él vio cómo le arrebataban a su esposa en esa plaza pública y no pudo hacer nada porque estaba encadenado por los guardias del rey. Si Felipe arriesga su vida enviándome esto, es porque desea ver caer esa corona tanto como yo.
—O porque su padre y la concubina han descubierto tu paradero y están usando a tu cuñado como carnada para atraerte al sur —argumentó Cassian sin ceder un solo milímetro—. Las trampas más letales siempre se visten con los rostros de aquellos en quienes confiamos. No puedo permitir que construyamos una campaña militar basándonos en las promesas de un hombre que habita en el nido de nuestros enemigos.
—¡Es mi familia, Cassian! —exclamó Lysandra, poniéndose de pie de golpe. Las palmas de sus manos se apoyaron con fuerza sobre la madera de la mesa—. Es el único aliado que nos queda dentro de las murallas de Mortemer. Felipe me ha dejado claro que quiere ser la daga que corte los cimientos de la corona desde adentro. No voy a ignorar su ayuda solo porque a tus generales del norte les aterre la sombra de una traición.
La estancia se llenó de un silencio sofocante. El aire se volvió pesado, cargado de una electricidad magnética que quemaba el espacio entre ambos.
Cassian la miró desde su imponente altura. Aunque las palabras de su madre resonaban en su mente —recordándole que no debía pedirle flores a un desierto quemado ni presionar los sentimientos de una mujer rota—, el instinto visceral de protegerla de una muerte segura amenazaba con romper su compostura. No podía soportar la sola idea de que ella caminara hacia una emboscada en la tierra que ya le había arrebatado a su hermana.
—Si el mensaje de Felipe es real, lo utilizaremos —sentenció Cassian, dando un paso intimidante hacia ella y acortando la distancia hasta que casi pudo sentir el calor de su respiración—. Pero no viajarás a la frontera sin mi supervisión. No moverás un solo pie fuera de este castillo hacia el sur sin estar escoltada por la división personal de la Guardia del Dragón Negro. Mis hombres responderán por tu vida con la suya.
Lysandra irguió la espalda, y lejos de amedrentarse por la presencia abrumadora del heredero, dio un paso al frente para encararlo. Un destello de furia aristocrática encendió sus facciones de porcelana.
—No me des órdenes en mi propia guerra, príncipe —siseó ella con la voz temblando de rabia contenida—. Me prometiste el respaldo de tu imperio, no una jaula de plata ni un ejército de carceleros. No soy una dama indefensa a la que tu corte deba proteger, ni soy una pieza en tu tablero, Cassian. Ni tuya, ni de nadie.
Cassian apretó los puños a los costados de su casaca de cuero. La chispa de orgullo, autoridad y coraje que ardía en el rostro de Lysandra lo cautivó con una fuerza destructiva. En ese instante, contemplando a la soberana de plata enfrente de él, comprendió que jamás podría gobernar sobre su voluntad, solo marchar a su lado.
El príncipe se inclinó levemente hacia adelante, sosteniendo la mirada helada de la joven con unos ojos carmesí que ardían con un juramento silencioso.
—No eres una pieza, Lysandra. Eres la reina —declaró Cassian con una voz tan grave y profunda que pareció retumbar en los cimientos del torreón—. Y no voy a dejar que te maten antes de que reclames tu venganza.
Lysandra congeló las palabras en su garganta. El peso tras la afirmación del príncipe del norte fue tan rotundo, tan desprovisto de arrogancia y tan cargado de un respeto absoluto hacia su poder, que la rabia que le quemaba el pecho se disipó para convertirse en un sobrecogimiento silencioso.
Sostuvo la mirada de Cassian durante varios segundos. La distancia entre sus rostros era de apenas un par de centímetros; podía ver el reflejo del fuego de la chimenea bailando en las pupilas rojas del hombre que estaba dispuesto a mover legiones enteras solo para asegurar su marcha.
Lysandra dio un paso atrás muy despacio, recuperando el control de su compostura con la elegancia de una duquesa.
—Si la Guardia del Dragón Negro marcha conmigo, responderá ante mis mandos tácticos —condicionó ella, con la voz recobrando su tono sereno y firme.
—Responderán ante tus órdenes como si fueras la mismísima Emperatriz —asintió Cassian sin dudarlo, inclinando levemente la cabeza en señal de respeto—. Descifra el resto del código de Felipe. Mañana al amanecer convocaremos la mesa de guerra.
Cassian dio media vuelta y atravesó las puertas del torreón, dejando a Lysandra a solas en la biblioteca. La joven miró la tira de pergamino sobre la mesa y luego la puerta por la que el príncipe se había retirado, sintiendo por primera vez que el manto de sombras con el que planeaba cubrir Mortemer ya no lo cargaba en soledad.
Por eso muchas veces es mejor ayudar a un perro.