Un matrimonio forzado. Un contrato escrito con odio. Un hombre que juró no sentir nada.
Para salvar a su familia, Aria acepta convertirse en la esposa de Dante Volkov, el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad. Las reglas de Dante son claras: "En público, la esposa perfecta; en privado, no eres nada".
Lo que él no esperaba es que Aria no nació para ser sometida. Entre miradas cargadas de tensión, secretos oscuros y una atracción inevitable, la línea entre el odio y la obsesión comenzará a borrarse.
¿Quién caerá primero en su propio juego?
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Ecos en la penumbra
El trayecto de regreso a la mansión transcurrió en un silencio denso y sofocante. Aria reacomodó su vestido negro, se limpió las manos con una toallita húmeda y se giró hacia la ventana, evitando a toda costa la mirada de Dante. Él, por su parte, se subió el pantalón, se abrochó el cinturón con parsimonia y se recostó en el asiento, observándola de reojo mientras la luz de los faros de la ciudad iluminaba esporádicamente el interior del vehículo.
Ninguno de los dos se atrevió a decir una sola palabra. La carga de lo ocurrido en el auto flotaba entre ambos como una bomba de tiempo.
Al llegar a la mansión, el chofer les abrió la puerta. Aria bajó de un salto, sin esperar a Dante, y caminó a pasos apresurados cruzando el vestíbulo.
Dante abrió la boca para llamarla, sintiendo el impulso repentino de decirle algo —cualquier cosa para romper el hielo que volvía a congelar el aire—, pero se tragó sus palabras al ver la prisa con la que ella subía la gran escalinata hacia el ala oeste. La escuchó cerrar la puerta de su habitación con un sonido seco que resonó en toda la casa.
Dante soltó un largo suspiro, pasándose las manos por la cara, y caminó a pasos pesados hacia su propio dormitorio en el ala este.
En su habitación, Aria se apoyó de espaldas contra la puerta de madera, respirando agitadamente. Se llevó una mano al pecho, sintiendo el corazón latir desbocado contra sus costillas. Se miró al espejo del tocador, notando los labios aún hinchados y el rubor marcado en sus mejillas.
—Tonta... ¿qué hiciste? —se recriminó en un susurro cargado de frustración—. Solo fue una cosa del momento. No significa nada. Mañana todo seguirá normal.
Se quitó los tacones de golpe, se deshizo del vestido y caminó hacia la ducha, dejando que el agua helada le borrara de la piel el rastro del perfume y los besos de Dante. Tenía que mantener la cabeza fría; ceder al deseo no formaba parte del plan para recuperar su libertad.
Por otro lado, Dante caminaba de un lado a otro en su lujosa habitación. Se sirvió un vaso de whisky doble, pero ni el alcohol lograba calmar la tormenta en su cabeza. No entendía qué le estaba pasando. Él era un hombre pragmático, frío y calculador. ¿Por qué demonios no simplemente le firmaba el divorcio, cobraba sus favores y la dejaba ir?
Intentó convencerse a sí mismo de que no sentía nada más allá de una atracción física brutal y la molesta frustración de no tener el control absoluto sobre ella. Solo era curiosidad. Nada más.
Decidido a probarse a sí mismo que cualquier otra mujer podía provocarle lo mismo, Dante tomó las llaves de su auto deportivo, bajó las escaleras sin hacer ruido y salió de la propiedad rumbo a un exclusivo antro nocturno en el centro de la ciudad.
Desde el balcón de su habitación, con una bata de seda blanca envuelta alrededor de su cuerpo, Aria observó en silencio el rugido del motor y las luces rojas del auto de Dante perdiéndose en la oscuridad de la noche.
Una punzada extraña e inesperada le oprimió el pecho, pero apretó los puños, dio media vuelta y cerró las cortinas.