Cuando la envidia habla
En un mundo donde las emociones no solo se sienten… también pueden escucharse.
Los sentimientos son capaces de transformarse en ondas de sonido que revelan lo que el corazón intenta ocultar. La felicidad puede iluminar, la tristeza puede quebrar, pero existe una voz mucho más peligrosa: la envidia.
Nacida de los pensamientos más oscuros, la envidia puede convertirse en un arma capaz de destruir sueños, romper vínculos y convertir la confianza en una traición inesperada.
Porque cuanto más cerca dejas a alguien, más profundo puede llegar la herida.
Pero… ¿qué ocurre cuando la envidia deja de ser solo una emoción y comienza a hablar por sí misma?
En un mundo donde los sentimientos tienen voz, descubrirás que el peor enemigo no siempre está frente a ti. A veces vive dentro de aquellos que dicen quererte… y otras veces, dentro de tu propio corazón.
Una historia sobre la ambición, los secretos, las heridas invisibles y la emoción más peligrosa de todas:
la envidia
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Capitulo 4 — Alas de cristal
"Mientras tú miras el cielo... yo me encargo de cortarte las alas."
No todas las personas soportan ver a alguien volar.
Algunas aplauden.
Otras admiran.
Pero existen quienes levantan la vista únicamente para preguntarse por qué no fueron ellas quienes alcanzaron el cielo primero.
La envidia conocía esa mirada.
Era una de sus favoritas.
Porque antes de cortar unas alas...
Primero debía convencer a alguien de que nunca debieron existir.
—Qué hermoso es ver cumplir un sueño... —dijo la esperanza.
La envidia sonrió.
—Depende de quién sea el soñador.
El silencio envolvió a las demás emociones.
La esperanza sabía que aquella respuesta escondía una verdad incómoda.
No todos celebraban el éxito ajeno.
Algunos solo fingían hacerlo.
Había quienes construían su vida paso a paso.
Horas de esfuerzo.
Fracasos.
Caídas.
Lágrimas que nadie veía.
Pero cuando finalmente llegaban a la cima...
Los demás solo observaban el último escalón.
—Seguro tuvo ayuda.
—Todo le salió bien.
—No era tan difícil.
La envidia disfrutaba escuchando aquellas frases.
No porque fueran ciertas.
Sino porque convertían el sacrificio en suerte.
Y cuando el esfuerzo desaparecía...
También desaparecía el mérito.
—No necesito destruir sus sueños —susurró la envidia.
—Solo necesito convencerlos de que los sueños de otros
valen menos.
Era suficiente.
Un comentario.
Una duda.
Una comparación.
Las alas no se rompían de inmediato.
Se agrietaban lentamente.
Como el cristal.
Casi en silencio.
La tristeza contempló aquellas grietas.
Había aprendido que muchas personas dejaban de creer en sí mismas por una sola frase escuchada en el momento equivocado.
El miedo observó desde la distancia.
Sabía que una inseguridad podía crecer hasta convertirse en una prisión.
La esperanza intentaba reparar cada fisura.
Pero la envidia siempre llegaba antes.
Porque las palabras hirientes viajaban más rápido que las palabras de aliento.
—¿Sabes qué es lo más curioso de los seres humanos? —preguntó la envidia.
Nadie respondió.
—Muchos no soportan que alguien llegue más lejos...
Aunque ese alguien jamás les haya hecho daño.
Solo basta verlo brillar.
Eso es suficiente.
La voz se perdió entre millones de pensamientos.
En una oficina.
En una escuela.
En una familia.
En un grupo de amigos.
Los escenarios cambiaban.
La historia era la misma.
Siempre aparecía alguien incapaz de soportar la luz de otro.
La envidia nunca empuñaba un arma.
Prefería algo mucho más elegante.
Las palabras.
—No lo lograrás.
—No eres tan especial.
—Hay personas mejores que tú.
—No te emociones demasiado.
Frases pequeñas.
Tan comunes que parecían inofensivas.
Sin embargo...
Cada una caía sobre unas alas recién nacidas.
Y el peso comenzaba a sentirse.
Al principio apenas dolía.
Después costaba avanzar.
Finalmente...
Había quienes dejaban de intentarlo.
No porque fueran incapaces de volar.
Sino porque alguien logró convencerlos de que el cielo no les pertenecía.
La esperanza levantó la voz.
—Todavía pueden creer en ellos.
La envidia soltó una risa baja.
—Lo sé.
Por eso nunca hablo primero.
Espero.
Espero a que aparezca una herida.
Una duda.
Un fracaso.
Entonces solo termino el trabajo que el miedo y las comparaciones comenzaron.
La esperanza guardó silencio.
Era cierto.
La envidia jamás llegaba sola.
Siempre encontraba la puerta entreabierta.
El viento recorrió el mundo.
Miles de personas perseguían un sueño.
Miles más observaban desde abajo.
Algunos inspirados.
Otros...
Consumidos lentamente por una pregunta.
"¿Por qué ellos sí?"
La envidia cerró los ojos.
Aquella pregunta era música.
No porque anunciara una victoria inmediata.
Sino porque sabía lo que ocurriría después.
Una comparación.
Luego otra.
Después una crítica disfrazada de consejo.
Y, finalmente...
Unas alas menos.
Antes de desaparecer entre el murmullo de los corazones,
volvió a susurrar con una calma inquietante.
—No hace falta empujar a quien ya aprendió a dudar de sí mismo.
Solo basta con recordarle que hay alguien volando más alto.
Y mientras siga mirando el cielo con resentimiento...
Nunca descubrirá que las alas que perdió...
No se las corté yo.
Las dejó caer por escuchar mi voz.