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Arqueólogo Del Umbral El Gemelo Perdido Crónicas Del Eclipse — Libro I

Arqueólogo Del Umbral El Gemelo Perdido Crónicas Del Eclipse — Libro I

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Mundo mágico / Reencuentro
Popularitas:152
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Luciano creía ser un arqueólogo común, hasta que unas ruinas antiguas lo transportaron a un mundo de magia, monstruos y profecías. Allí, el Vigilante del Sello ve en él al gemelo perdido de una leyenda. Para sobrevivir, Luciano deberá dominar una magia ligada a sus emociones y forjar alianzas inesperadas. Pero su regreso ha despertado un viejo rencor: Blake Kane, su propio hermano gemelo, lo busca consumido por el odio y los celos. Mientras una antigua calamidad amenaza con destruirlo todo, ambos hermanos avanzan hacia un reencuentro que podría salvar el mundo... o reducirlo a cenizas. ¿Podrá Luciano reclamar su verdadero destino?

NovelToon tiene autorización de Benito Leal para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 1 - La noche de los dos cabellos

El Sello del Eclipse latió una vez.

Edran Vaelor abrió los ojos en la oscuridad de la cámara y supo que los gemelos habían nacido.

No fue un sonido. Tampoco una vibración que pudiera sentirse bajo los pies. Fue una ausencia: durante el espacio de un suspiro, la prisión dejó de ejercer presión contra su conciencia.

La cámara se encontraba bajo Nhal-Erya, la isla que protegía aquella herida entre dimensiones. Allí, ocho arcos de piedra sostenían el Sello del Eclipse, la barrera que mantenía aislada a Vaer-Nhal del resto de Elyndra. Vaer-Nhal no era un reino ni una tierra que pudiera alcanzarse navegando. Era una prisión fuera del mundo, construida para encerrar aquello que los antiguos no habían logrado matar.

Edran llevaba tantos años custodiándola que había aprendido a reconocer su presión como otros reconocían los latidos de su propio corazón. Mientras continuara allí, constante e insoportable, significaba que el prisionero seguía contenido.

Por eso aquel instante de silencio lo aterrorizó.

Las inscripciones grabadas sobre los ocho arcos perdieron el brillo. Estaban escritas en Aetheryn, la lengua original empleada por quienes primero comprendieron cómo las emociones daban forma a los ocho atributos. Pocos aventureros vivos podían leerla y muchos menos pronunciarla sin que las palabras se volvieran contra ellos. Edran conocía cada signo. Ninguno debía apagarse.

Después llegó el golpe.

Las líneas del sello ardieron con una luz blanca que se volvió negra en los bordes. La presión regresó de improviso y obligó a Edran a apoyar una mano sobre la piedra. A través de ella sintió dos pulsos recién formados en algún lugar de la superficie: uno abría cuanto tocaba; el otro cerraba el mundo alrededor de sí.

Luz y Oscuridad.

No como conceptos ni como fuerzas sin rostro, sino alojadas por primera vez en dos vidas recién nacidas.

La profecía no había mentido sobre el nacimiento. Solo esperaba que se equivocara sobre lo que vendría después.

—Maerys —murmuró Edran.

Abandonó la cámara antes de que los guardianes exteriores alcanzaran a preguntarle qué ocurría.

La noche de Nhal-Erya estaba inmóvil. La isla, apartada de las rutas comerciales y rodeada por acantilados, existía para vigilar el sello sin atraer miradas. Sus habitantes conocían las tormentas, las bestias aladas y los rumores sobre antiguas ruinas, pero casi ninguno sabía qué dormía realmente bajo sus pies.

Ni el mar golpeaba las rocas ni las bestias se atrevían a cruzar sobre la costa.

Edran corrió hacia la casa de piedra donde Maerys Kane había permanecido oculta durante los últimos meses. La vivienda se alzaba lejos del pequeño poblado y de los puestos de vigilancia, protegida por sellos que ocultaban cualquier rastro de Luz u Oscuridad. Había sido elegida para que los gemelos nacieran sin que nadie pudiera sentirlos.

El latido del Sello acababa de demostrar que el escondite nunca habría sido suficiente.

Darien tendría que haber estado allí. Su ausencia seguía pareciendo un error que el mundo podía corregir si alguien se negaba a aceptarla durante suficiente tiempo.

Pero Darien llevaba muerto desde antes de que sus hijos respiraran.

Había descubierto que alguien buscaba a los gemelos antes incluso de que existieran nombres para ellos. Lo encontraron sin su Arma Nodal y con la Oscuridad arrancada del cuerpo, como si sus asesinos hubieran querido borrar no solo al hombre, sino también todo rastro de aquello que había aprendido.

Edran divisó la primera figura junto al sendero.

Parecía humana hasta que giró la cabeza. El rostro no tenía ojos; solo una hendidura vertical llena de humo. Una segunda forma descendió del tejado apoyándose en cuatro extremidades demasiado largas. Otras se movían entre los árboles.

Eran esbirros surgidos de Vaer-Nhal: fragmentos de voluntad capaces de atravesar una fisura del sello aunque su verdadero amo continuara encerrado.

La fractura había permanecido abierta menos de un latido, pero había sido suficiente.

Edran extendió dos dedos y pronunció una orden en Aetheryn. No pidió ayuda a ningún dios ni convocó una fuerza extranjera. Impuso al Viento la forma exacta que deseaba y pagó el mandato con un tirón doloroso en los pulmones.

El aire se endureció frente a él.

La primera criatura chocó contra la barrera invisible. La segunda trató de rodearla, pero una línea de Viento le cortó las piernas. Ninguna sangró. De sus heridas brotó una oscuridad espesa que se arrastró hacia la casa como si recordara el camino.

Desde el interior estalló la Luz.

Las ventanas se cubrieron de blanco. La puerta salió despedida y Maerys apareció con el cabello pegado al rostro por el sudor, todavía pálida por el parto. Sostenía a uno de los niños contra su pecho. En la otra mano llevaba un aro de metal segmentado que se abría y cerraba alrededor de un centro luminoso.

Era su Arma Nodal.

No se trataba de un arma común, sino de una extensión de su vínculo mágico: un instrumento construido para contener sus Nexos, obedecer a sus movimientos y canalizar varios atributos sin obligarla a cambiar de equipo. Otro llanto llegaba desde el interior.

—Llegas tarde —dijo ella.

—Solo por unos minutos.

—En una noche como esta, eso cuenta como una vida.

Maerys lanzó el aro. Sus segmentos se separaron en pleno vuelo, atravesaron a una criatura desde distintos ángulos y regresaron a su mano envueltos en filamentos luminosos.

Había sido una aventurera de alto rango y una Aethari antes de apartarse de la élite para ocultar su embarazo. Los Aethari no constituían una raza: eran individuos excepcionales de distintos pueblos, elegidos por su dominio de varios atributos y por su conocimiento del Aetheryn. Durante generaciones habían sido la mayor autoridad mágica de Elyndra.

Aquella noche, ni siquiera ese título podía devolverle la fuerza perdida durante el parto.

El cuerpo de Maerys recordaba cómo luchar, pero también recordaba que acababa de traer dos niños al mundo. Sus rodillas temblaron cuando recibió el arma.

Edran llegó hasta ella y vio al pequeño que sostenía. Tenía el cabello negro, húmedo y abundante. No lloraba. Sus ojos apenas abiertos seguían el humo que reptaba por el suelo, como si ya supiera que debía vigilarlo.

—Blake —dijo Maerys, adivinando la pregunta—. El que está dentro es Lioren.

Un estruendo sacudió la parte trasera de la casa.

Edran quiso ordenar una retirada, pero el bosque entero comenzó a moverse. Había contado doce criaturas. Luego veinte. Después dejó de intentarlo. No habían cruzado por accidente. La fisura podía explicar cómo llegaron, pero no cómo habían encontrado aquella casa.

Alguien en Elyndra les había mostrado dónde buscar.

Maerys también lo comprendió.

—No vienen por mí.

—No permitiré que los alcancen.

—Eso mismo dijo Darien.

No fue un reproche. Por eso dolió más.

Edran tomó a Blake y entró en la casa. Lioren descansaba en una cesta rodeada por sellos de protección. Un mechón blanco asomaba bajo la manta. Dos rostros casi idénticos, separados por colores imposibles. Luz y Oscuridad sin culpa, sin juramentos, sin saber que el mundo ya había comenzado a exigirles una respuesta.

La pared se abrió hacia adentro.

Edran cubrió las cestas con su cuerpo. Maerys gritó una palabra de mando y la habitación se llenó de líneas luminosas. Tres criaturas se deshicieron, pero otras ocuparon su lugar. Una garra atravesó el costado de Maerys. Ella no cayó. Cerró la mano sobre el brazo que la hería y lo convirtió en ceniza blanca.

—Llévatelos —ordenó.

—Los cuatro saldremos.

—Siempre fuiste un pésimo mentiroso.

El techo cedió. Edran levantó una barrera mientras sostenía a Blake contra el pecho. Cada impacto contra la protección comprimía el aire de sus pulmones. Lioren comenzó a llorar.

El sonido fue pequeño, humano, y aun así las criaturas retrocedieron.

La Luz dormida del niño había respondido al miedo. No lanzó un ataque ni obedeció una orden. Abrió por un instante todas las posibilidades a su alrededor, como si el mundo se negara a cerrarse sobre él.

Maerys miró a sus hijos. La expresión de su rostro cambió. Ya no era la antigua Aethari ni la aventurera que había sobrevivido a umbrales prohibidos. Era una madre calculando qué parte de sí misma podía quemar para comprarles otro segundo.

—No abras una brecha —advirtió Edran al sentir cómo reunía la energía—. No tienes un ancla.

Una brecha no era una puerta común. Abrirla significaba separar dos puntos del mundo o, si la magia perdía su rumbo, perforar la frontera hacia un lugar desconocido. Sin un ancla que fijara el destino, Maerys no tendría forma de elegir dónde terminaría.

—Tengo dos —respondió ella.

La Luz brotó de su cuerpo.

No descendió del cielo ni respondió a una divinidad. Salió de su esperanza, de su terror y de la decisión brutal de que sus hijos vivirían aunque ella no pudiera acompañarlos.

Las piedras se separaron sin romperse. Entre ellas apareció un espacio que no pertenecía a Elyndra: un lugar frío, silencioso, cubierto por formas de roca que ninguno de los dos conocía.

La brecha tiró de todo.

El arma escapó de la mano de Maerys. La cesta de Lioren se deslizó por el suelo. Edran intentó alcanzarla, pero una criatura se aferró a su espalda y lo obligó a proteger a Blake. Maerys atrapó la manta blanca durante un instante.

Sus dedos resbalaron.

Lioren, el arma y una lluvia de fragmentos luminosos desaparecieron al otro lado.

—¡Ciérrala! —gritó Edran.

Maerys volvió hacia él una mirada en la que ya quedaba muy poca vida.

—Cuida a Blake.

La abertura se contrajo. El mundo desconocido se redujo a una línea y después a un punto. Maerys cayó de rodillas. Edran destruyó a la criatura que lo sujetaba y llegó hasta ella antes de que tocara el suelo.

No hubo despedida.

La Luz había consumido incluso eso.

Blake empezó a llorar por primera vez.

Edran permaneció entre las ruinas con el niño en brazos. Las criaturas supervivientes retrocedieron hacia el bosque, llamadas por una voluntad que todavía no podía abandonar su prisión.

Habían perdido a Maerys.

Habían perdido a Lioren.

El Sello del Eclipse seguía en pie, pero su presión ya no era la misma.

Entonces Edran sintió una tercera resonancia.

No pertenecía a ninguno de los gemelos. Era el rastro de Vaer-Nhal extendiéndose más allá del bosque: otros esbirros habían cruzado lejos de la casa, protegidos por la confusión del nacimiento.

No eran Zhaerun. Zhaerun continuaba encerrado al otro lado del Sello, en la dimensión que había sido convertida en su prisión. Pero aquellas criaturas llevaban su hambre de conocimiento, su voluntad y su paciencia.

Mientras Edran contemplaba el último resplandor de la brecha, comprendió que aquella noche no solo había separado a dos hermanos.

También había iniciado la cuenta regresiva para el regreso de Zhaerun.

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Milaidys Santana
Un inicio lleno de acción y drama... espero leer más /Ok/
Wilken Blanco
Interesante inicio, rápido y lleno de acción e intriga. Espero leer que más tienes para escribir.
Benito Leal: Muchas gracias por leer, espero que en los próximos capítulos puedas disfrutar de toda la magia que tiene este mundo
total 1 replies
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