Una joven condenada como villana renace antes de su muerte y, al descubrir el legado oculto de las Espinas, deberá aliarse con el temido Duque Raven para enfrentar una antigua conspiración que amenaza al Imperio.
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Capítulo 19: El Cuervo del Norte
El norte los recibió con nieve.
Al principio fueron apenas pequeños copos perdidos entre la niebla, casi invisibles sobre los hombros de sus capas. Luego, conforme avanzaron por los caminos montañosos, la nieve comenzó a caer con más fuerza, cubriendo rocas, ramas y senderos hasta convertir el mundo en una extensión blanca y silenciosa.
Aria jamás había estado tan al norte.
En su vida anterior había escuchado historias sobre aquellas tierras.
Historias de inviernos interminables.
De fortalezas construidas sobre piedra negra.
De soldados que no retrocedían.
Y de un duque al que todos temían nombrar en voz alta.
Kael Raven.
El Monstruo del Imperio.
El nombre apareció por primera vez al tercer día de viaje.
Se habían detenido en una pequeña posada de frontera, un edificio de madera oscura con techo inclinado y ventanas empañadas por el frío. Dentro, el aire olía a sopa caliente, leña húmeda y lana mojada.
Liam prácticamente se dejó caer sobre una silla.
—Si vuelvo a ver nieve después de esto, voy a considerarlo una amenaza personal.
Aldric se sentó frente a él.
—Todavía no has visto nieve de verdad.
Liam lo miró con horror.
—Eso tenía que ser mentira.
Aria no respondió. Su atención estaba puesta en los hombres reunidos cerca de la chimenea.
Tres comerciantes discutían en voz baja con un cazador local. Sobre la mesa tenían jarras de cerveza, guantes de cuero y un mapa mal doblado.
—Nadie cruza hacia Blackstone en esta época —decía uno de los comerciantes—. Ni por todo el oro del sur.
—Entonces no cruces —respondió el cazador.
—No es tan simple. El paso oriental está cerrado.
—Mejor cerrado que vigilado por los hombres del duque.
El segundo comerciante hizo una señal supersticiosa con los dedos.
—No hables así de él.
Liam, que escuchaba con la misma falta de discreción de siempre, se inclinó hacia Aria.
—Creo que llegamos a la parte interesante.
Aldric le dio un golpe suave en la nuca.
—Disimula.
—Estoy disimulando.
—Fatalmente.
Aria ocultó una sonrisa.
Luego volvió a escuchar.
El cazador bajó la voz.
—Dicen que el Duque Raven regresó hace dos semanas de la frontera del hierro.
—¿Solo?
—Con treinta hombres.
—¿Y los invasores?
El cazador bebió un trago antes de responder.
—No regresó ninguno.
El silencio cayó sobre la mesa vecina.
Uno de los comerciantes tragó saliva.
—Por eso lo llaman monstruo.
Aria sintió que algo se movía en su memoria.
La corte imperial adoraba los rumores.
En su primera vida, había escuchado versiones de esa misma historia muchas veces. Kael Raven aparecía siempre como una figura distante y aterradora. Un hombre sin piedad. Un comandante que no conocía el miedo. Un duque cuyo estandarte hacía temblar a pueblos enteros.
Pero también recordaba otra cosa.
El día en que anunciaron su muerte.
Había sido en la capital.
Un invierno mucho más lejano.
Aria recordaba el salón lleno de murmullos, los nobles fingiendo preocupación y los ministros evitando mirarse entre sí.
Kael Raven había muerto en una campaña del norte.
Eso dijeron.
El Monstruo del Imperio había caído.
Y después de su muerte, todo comenzó a quebrarse más rápido.
Las fronteras cedieron.
Los nobles discutieron.
La Orden avanzó entre sombras.
Y meses después, Aria fue acusada de brujería.
Recordar aquello le heló la sangre más que el invierno.
Si Kael Raven estaba vivo en esta línea de tiempo, entonces su muerte aún podía evitarse.
Y quizás, solo quizás, evitar su muerte significaba cambiar también el destino del Imperio.
—Estás muy callada —dijo Aldric cuando abandonaron la posada.
Aria ajustó la capa sobre sus hombros.
—Estaba pensando.
—Eso suele ser peligroso.
—He escuchado ese nombre antes.
Aldric no preguntó cuál.
Sabía perfectamente a cuál se refería.
—Kael Raven.
Aria asintió.
—En la capital hablan de él como si fuera una bestia.
—La capital habla demasiado.
Aquella respuesta le llamó la atención.
—¿Lo conoces?
Aldric caminó en silencio durante varios pasos.
La nieve crujía bajo sus botas.
—Conocí a su padre.
Aria lo miró.
—¿Eran aliados?
—Más que eso.
La respuesta fue breve, pero cargada de algo que ella no pudo descifrar del todo.
Dolor, quizá.
Culpa.
Memoria.
—Los Raven protegían el norte —continuó Aldric—. Pero antes de eso, protegían algo más antiguo.
—El juramento.
—Sí.
Liam, que caminaba detrás de ellos, levantó la vista.
—¿Eso significa que el duque monstruo también forma parte de todo esto?
Aldric no respondió de inmediato.
Aria tocó el fragmento bajo su capa.
El cristal permanecía frío.
Pero cada vez que miraba hacia el norte, parecía pesar más.
—El mapa nos envió hacia él —dijo ella.
Liam suspiró.
—Fantástico. Me encanta cuando los objetos mágicos deciden nuestras amistades.
El viaje continuó.
Los caminos se volvieron más difíciles.
El viento cortaba la piel y las noches parecían más largas que en cualquier otra parte del Imperio. Muchas veces tuvieron que refugiarse bajo rocas salientes o entre árboles cubiertos de hielo.
Aldric no mencionó la Orden, pero todos sabían que seguía siendo una amenaza.
Cada huella extraña.
Cada rama quebrada.
Cada ave que alzaba vuelo demasiado rápido.
Todo podía ser una señal.
Una vez encontraron restos de una fogata apagada.
Aldric se agachó, tocó las cenizas y frunció el ceño.
—Dos días.
Aria miró alrededor.
—¿La Orden?
—Probablemente exploradores.
Liam se abrazó con fuerza a su capa.
—No me gusta que ellos también viajen hacia el mismo lugar.
—A ellos tampoco les gustará cuando lleguemos primero —respondió Aria.
Aldric la miró de reojo.
—Cada día suenas más segura.
—¿Eso es malo?
—Depende de si es confianza o terquedad.
Liam levantó la mano.
—Creo que es terquedad.
Aria lo ignoró.
Esa noche, mientras Liam dormía y Aldric vigilaba cerca de la entrada de la cueva donde se habían refugiado, Aria sacó el fragmento.
La luz plateada era débil, pero constante.
No sabía por qué, pero sentía que el cristal se volvía más inquieto cuanto más se acercaban a Blackstone.
Como si reconociera algo.
Como si respondiera a una presencia lejana.
—El cuervo protegerá el segundo —murmuró.
Aldric habló desde la oscuridad:
—Los Raven siempre protegieron demasiado.
Aria levantó la vista.
—Eso sonó personal.
El viejo Cuervo tardó unos segundos en responder.
—La noche en que la Casa Raven cayó, yo no estaba allí.
Aria guardó silencio.
Aldric no la miraba. Su rostro estaba vuelto hacia la nieve que caía fuera de la cueva.
—El padre de Kael me envió lejos unos días antes. Dijo que necesitaba investigar movimientos de la Orden.
—¿Crees que lo hizo para salvarte?
—Ahora lo creo.
Su voz era baja.
—Entonces, cuando regresé, Blackstone ya estaba cerrada. La antigua mansión Raven había ardido. Casi todos murieron.
—Kael sobrevivió.
—Sí.
—¿Lo viste después?
Aldric negó.
—No de inmediato. Cuando volví a saber de él, ya no era un niño escondido entre ruinas. Era un soldado.
Aria entendió lo que no decía.
El dolor había convertido a Kael Raven en el hombre que la corte llamaba monstruo.
Y de pronto, el apodo le pareció cruel.
No porque Kael no pudiera ser peligroso.
Sino porque nadie parecía interesado en preguntar qué había destruido al niño antes de que el hombre se volviera temible.
Al sexto día, las montañas se abrieron.
Blackstone apareció al atardecer.
La fortaleza se alzaba sobre una colina rocosa, rodeada por acantilados y bosques blancos. Sus murallas oscuras parecían talladas directamente de la montaña. Torres cuadradas vigilaban el paso, y sobre la más alta ondeaba un estandarte plateado marcado con un cuervo negro.
No era hermosa.
No intentaba serlo.
Blackstone no había sido construida para impresionar a visitantes nobles.
Había sido construida para resistir.
Liam observó la fortaleza con la boca entreabierta.
—Bueno… definitivamente parece el hogar de alguien llamado monstruo.
Aldric no lo corrigió.
Sus ojos estaban fijos en el estandarte del cuervo.
Aria sintió que el fragmento vibraba bajo su capa.
Una vez.
Luego otra.
Como un corazón despertando.
Los guardias los detuvieron antes de cruzar el puente de piedra.
Eran soldados altos, cubiertos con armaduras oscuras y capas gruesas. No parecían sorprendidos por el frío ni por la llegada de desconocidos.
—Identifíquense.
Aldric dio un paso adelante.
—Aldric Ravenhart.
El efecto fue inmediato.
Los soldados intercambiaron miradas.
No de burla.
No de duda.
De reconocimiento.
Uno de ellos inclinó apenas la cabeza.
—Espere aquí.
Después desapareció hacia el interior de la fortaleza.
Liam se acercó a Aria.
—¿Tu maestro acaba de abrir una puerta solo diciendo su apellido?
—Parece que sí.
Aldric no apartó la vista de las murallas.
—Algunos nombres abren puertas.
—¿Y otros?
—Otros despiertan fantasmas.
Aria no preguntó más.
El soldado regresó minutos después.
—El duque los recibirá.
La puerta de hierro comenzó a abrirse.
El sonido fue profundo, pesado, como si una montaña exhalara.
Aria cruzó el puente con el corazón latiendo más rápido de lo que quería admitir.
No era miedo.
No exactamente.
Era la sensación de estar entrando en una parte del futuro que aún podía cambiarse.
El interior de Blackstone era tan severo como sus murallas.
Pasillos de piedra.
Antorchas altas.
Soldados moviéndose con disciplina silenciosa.
No había adornos innecesarios.
No había lujo.
Cada puerta, cada escalera y cada ventana parecían diseñadas con un único propósito: defensa.
Aria observó todo.
Aldric también.
Liam intentó hacer lo mismo, aunque su atención se desviaba constantemente hacia las armas, armaduras y soldados que cruzaban el patio.
—Aquí nadie sonríe —susurró.
—Tú tampoco lo harías si vivieras congelado —respondió Aria.
—Buen punto.
Los condujeron hasta una sala de estrategia.
Era amplia, austera y fría.
Mapas cubrían las paredes.
Banderines marcaban posiciones militares.
Sobre una mesa central descansaban piezas de madera que representaban tropas, rutas y fortalezas.
Una chimenea ardía al fondo, pero su calor apenas vencía el frío de la piedra.
Y junto a la mesa estaba él.
Kael Raven.
Aria lo reconoció antes de que alguien dijera su nombre.
Era alto, de hombros anchos, vestido con un uniforme militar oscuro sin adornos innecesarios. Su cabello negro caía ligeramente sobre su frente, y una cicatriz fina atravesaba una de sus cejas.
Pero fueron sus ojos los que hicieron que Aria se quedara inmóvil.
Grises.
Fríos.
Penetrantes.
Ojos de alguien que había visto demasiadas guerras y había aprendido a no apartar la mirada de ninguna.
Kael levantó la vista.
La sala entera pareció volverse más silenciosa.
Aldric inclinó apenas la cabeza.
—Duque Raven.
Kael observó primero a Aldric.
Durante un instante, algo antiguo cruzó su rostro.
No era sorpresa.
No del todo.
Quizá memoria.
Quizá una herida reabierta.
—Ravenhart —dijo—. Pensé que estabas muerto.
—Eso suele pasarme.
La mirada del duque no cambió.
Luego sus ojos se desplazaron hacia Liam.
Después hacia Aria.
Y allí se detuvieron.
Aria sintió el peso de aquella mirada.
La mayoría de las personas la observaban y veían a una joven noble.
Una muchacha demasiado seria para su edad.
Quizá bonita.
Quizá extraña.
Pero Kael no la miraba como si evaluara su apariencia.
La miraba como si intentara descubrir qué ocultaba debajo de la piel.
Como si reconociera que no era una simple visitante.
Como si el fragmento bajo su capa hubiera hablado antes que ella.
—¿Quién es ella? —preguntó Kael.
Aldric abrió la boca.
Pero Aria respondió primero.
—Mi nombre es Aria.
Kael no apartó los ojos de ella.
—Eso no responde mi pregunta.
La sala quedó demasiado quieta.
Liam contuvo la respiración.
Aldric cerró los ojos con resignación, como si ya supiera lo que venía.
Aria sostuvo la mirada del duque.
—Responde la parte que estoy dispuesta a responder por ahora.
Un soldado cercano abrió ligeramente los ojos.
Nadie hablaba así al Duque Raven.
Nadie sensato.
Kael permaneció inmóvil.
Luego, apenas perceptible, algo cruzó su mirada.
No una sonrisa.
Pero casi.
—Interesante.
El fragmento reaccionó.
Una luz plateada escapó bajo la capa de Aria.
Kael bajó la mirada.
Aldric también.
Aria sacó lentamente el cristal oscuro.
La sala pareció contener la respiración.
Sobre la pared, una antigua insignia plateada con forma de cuervo comenzó a brillar.
Kael se volvió hacia ella.
Por primera vez, su máscara perfecta se quebró.
Solo un poco.
Pero Aria lo vio.
El fragmento flotó sobre su palma.
Y una voz antigua resonó en la sala:
—La sangre ha encontrado al cuervo.
El silencio fue absoluto.
Kael miró el cristal.
Luego a Aria.
Sus ojos grises ya no parecían fríos.
Parecían peligrosamente despiertos.
—Empiecen desde el principio —dijo.
Aria cerró los dedos alrededor del fragmento.
La luz desapareció.
Pero el camino ya se había abierto.
Y con él, el destino del Monstruo del Imperio acababa de cruzarse con el de la heredera de las Espinas.
Más bien parece apodo como: Roberto Gómez Bolaños "Chespirito",
Javier López "Chabelo", Yolanda Montes "Tongolele", Roberto Cobos "Calambres", Germán Valdés "Tin Tan", Gaspar Henaine "Capulina", Manuel "Loco" Valdez, Jorge "Burro" Vanrranqui, etc.🤷♀️🙎♀️
Si apenas estás viviendo la segunda "según".🤨 "🤷♀️"
A no ser que ya tuvieras vivido otra antes de la de la higuera. Y entonces está sería la tercera y ya tendría sentido la frase de " sus dos vidas". 🧐