Tras la muerte de su padre, Haruto Saitō hereda una montaña de deudas que parecen imposibles de pagar. Desesperado por proteger a su madre, a su hermana y a la mujer que ama, acepta trabajar para una organización criminal creyendo que solo será por un tiempo. Pero cada deuda saldada exige un precio mayor, y cada decisión lo aleja un poco más del hombre que alguna vez fue.
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La Persona que Elegimos
La lluvia no dejó de caer durante tres días.
Haruto siempre había pensado que Tokio era una ciudad que nunca se detenía.
Los trenes.
Las luces.
Las personas caminando con paraguas.
Todo seguía funcionando sin importar lo que ocurriera.
Pero ahora entendía algo.
La ciudad no seguía adelante porque fuera fuerte.
Seguía adelante porque nadie tenía tiempo de detenerse.
Ryō seguía en aquel edificio.
No era una prisión.
Eso era lo más extraño.
Tenía una habitación.
Comida.
Su teléfono.
Incluso podía caminar por el pasillo.
Pero no podía salir.
La puerta siempre estaba cerrada.
Haruto había vuelto tres veces en una semana.
Las tres veces habló con él.
Las tres veces se fue sin llevárselo.
Y cada vez que se marchaba, sentía que estaba abandonando una parte de sí mismo.
—¿Por qué no me sacas?
La pregunta de Ryō fue directa.
Estaban sentados frente a frente.
Separados por una mesa pequeña.
Haruto miró el vaso de agua entre sus manos.
—No es tan fácil.
Ryō soltó una risa amarga.
—Antes tampoco era fácil.
Pero igual venías.
Cuando mi padre murió, fuiste tú.
Cuando perdí el trabajo, fuiste tú.
Cuando me echaron de mi departamento, fuiste tú.
Haruto apretó los labios.
—Ryō...
—No.
Déjame terminar.
Su voz no era de enojo.
Era peor.
Era decepción.
—Siempre pensé que tú eras la persona que nunca iba a rendirse conmigo.
Haruto bajó la mirada.
Porque sabía que era verdad.
Él había sido esa persona.
Antes.
Esa misma tarde, Shinji lo esperaba en la oficina.
Sobre el escritorio había una carpeta.
Haruto no necesitó abrirla.
Ya sabía lo que era.
—¿Qué quiere que haga?
Shinji lo observó.
—Quiero saber qué aprendiste.
Haruto permaneció en silencio.
—Aprendiste a pelear.
No.
—Aprendiste a observar.
Tampoco.
Shinji se acercó lentamente.
—Aprendiste algo mucho más importante.
Haruto levantó la vista.
—Que no puedes salvar a todos.
Las palabras le dolieron porque eran ciertas.
Shinji abrió la carpeta.
Dentro había fotografías.
Ryō entrando en casinos.
Ryō hablando con prestamistas.
Ryō entregando información.
—Tu amigo no llegó a esta situación por culpa nuestra.
Haruto miró las fotos.
Cada una era una prueba.
—Él eligió.
Silencio.
—Y ahora tú también tendrás que elegir.
Esa noche Haruto volvió al edificio.
Ryō levantó la vista cuando entró.
Esta vez no sonrió.
Ya sabía.
—¿No vas a sacarme?
Haruto tardó demasiado en responder.
Y ese silencio fue suficiente.
Ryō cerró los ojos.
—Entiendo.
Haruto sintió que algo se rompía.
—Ryō...
—No.
Está bien.
De verdad.
Se levantó lentamente.
Caminó hasta la ventana.
—¿Sabés qué es lo peor?
Haruto no respondió.
—Siempre pensé que iba a perderte porque algún día te cansarías de ayudarme.
Se dio vuelta.
—Nunca pensé que sería porque dejarías de querer hacerlo.
La frase lo atravesó.
Porque no podía negarla.
Ya no sabía si no quería salvarlo...
O si simplemente había aprendido a no hacerlo.
Cuando salió del edificio encontró a Kenji esperando.
—¿Qué decidiste?
Haruto no contestó.
Kenji lo miró unos segundos.
Después asintió.
—Entiendo.
Caminaron hasta el automóvil.
Antes de subir, Kenji habló.
—¿Sabés qué es lo más peligroso de la organización?
Haruto lo miró.
—No es la violencia.
No es el dinero.
No es el miedo.
Abrió la puerta del auto.
—Es que muchas veces te dan razones que tienen sentido.
Y cuando una mentira tiene suficiente verdad...
Deja de parecer una mentira.
Esa noche Haruto volvió a casa.
Encontró a su madre doblando ropa.
Yui haciendo tarea.
La escena era exactamente igual a meses atrás.
Pero él ya no era el mismo.
Su madre levantó la vista.
—¿Aiko llamó?
Haruto se quedó quieto.
—No.
Mentira.
No había llamado.
Pero él tampoco la había buscado.
Su madre bajó la mirada.
—Es una pena.
Haruto entró a su habitación.
Sacó el dibujo de Yui.
Lo dejó sobre el escritorio.
Después sacó la fotografía vieja donde aparecía con Ryō.
Los dos adolescentes sonriendo.
Antes de las deudas.
Antes de su padre.
Antes de la organización.
Antes de convertirse en alguien que podía mirar a un amigo encerrado y pensar en términos de decisiones.
Guardó la fotografía en un cajón.
No la rompió.
No la tiró.
Eso habría sido demasiado fácil.
Simplemente la escondió.
Como había empezado a esconder todo lo que todavía le importaba.
Al día siguiente, Shinji le entregó una nueva tarea.
Haruto abrió el sobre.
Leyó la dirección.
Y sintió que el estómago se le cerraba.
Era el mismo edificio donde estaba Ryō.
Levantó la vista.
—¿Por qué?
Shinji no respondió de inmediato.
Solo dijo:
—Porque algunas personas necesitan saber quiénes son realmente.
Haruto miró nuevamente la dirección.
Y entendió algo horrible.
No le estaban pidiendo que matara a Ryō.
Todavía no.
Le estaban pidiendo algo mucho más cruel.
Que estuviera presente cuando dejara de ser capaz de salvarlo.