la vida de Giovanna no era color de rosa, pero la noche en que todo cambió descubrió que aquella persona que debería haberla protegido, la había condenado.
¿que ocurre cuando el monstruo arrastra consigo a la persona que mas amas en este mundo? ¿puedes perdonar que alguien te arrebate a tu madre por error?
Aleksei creyó que estaba vengando a su hermana, pero descubrió su error y ahora debe pagar las consecuencias.
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un sorbo de vida
La nieve continuaba cayendo sobre Moscú.
Lenta.
Silenciosa.
Inagotable.
Desde el interior de la mansión, el mundo parecía cubierto por un inmenso manto blanco que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Giovanna observaba aquel paisaje desde la ventana de su habitación.
Como hacía cada mañana.
Como hacía cada tarde.
Como hacía cada noche.
Sin embargo, algo era diferente.
Por primera vez desde que había llegado a Rusia, sus pensamientos no estaban completamente vacíos.
Una imagen regresaba una y otra vez a su mente.
Una pequeña maceta.
Una planta marchita.
La tierra absorbiendo lentamente el agua.
Era extraño.
Nunca había pensado demasiado en ello.
Pero durante toda la noche aquella imagen había permanecido con ella.
Incluso había soñado con el invernadero.
Con el aroma del jazmín.
Con la luz atravesando los cristales.
Con las rosas blancas que la hermana de Alekséi tanto había amado.
Y por primera vez en muchos días, al despertar, el recuerdo de su madre no había sido lo único que ocupaba su corazón.
La extrañaba.
Dios.
Cómo la extrañaba.
A cada segundo.
A cada respiración.
A cada latido.
Pero el dolor ya no era la única cosa presente.
Ahora también existía aquella pequeña planta.
Aquella vida diminuta que luchaba por mantenerse en pie.
Giovanna apoyó la frente contra el cristal frío.
Y durante unos instantes observó cómo los copos descendían lentamente desde el cielo.
—Mamá...
La palabra escapó en un susurro.
Su reflejo en la ventana parecía el de una desconocida.
Más delgada.
Más pálida.
Más triste.
Los días sin comer habían dejado marcas evidentes.
Incluso ella podía notarlo.
Y entonces un pensamiento inesperado apareció en su mente.
Uno que la sorprendió.
¿Qué diría su madre si la viera así?
La respuesta llegó inmediatamente.
La regañaría.
Primero lloraría.
Después la abrazaría.
Y finalmente la obligaría a sentarse a la mesa.
Aquella idea arrancó una sonrisa tan pequeña que apenas existió.
Pero estuvo allí.
Durante un instante.
Y luego desapareció.
Un golpe suave sonó en la puerta.
Giovanna no respondió.
Tampoco hacía falta.
La puerta se abrió lentamente.
Elena entró llevando una bandeja.
Como cada mañana.
Té caliente.
Pan recién horneado.
Algo de fruta.
Nada extravagante.
Nada pesado.
Simplemente comida.
La mujer avanzó despacio.
Sin hacer ruido.
Sin presionar.
Durante los últimos días había aprendido que cualquier insistencia era inútil.
Incluso contraproducente.
A veces el dolor necesitaba espacio.
Y Giovanna estaba hecha de dolor.
—Buenos días, querida.
La muchacha permaneció en silencio.
Elena colocó la bandeja sobre la mesa.
Preparándose para marcharse.
Como siempre.
Sin esperar nada.
Sin hacerse ilusiones.
Porque durante seis días aquella misma comida había terminado en la basura.
Intacta.
Pero entonces ocurrió algo.
Algo tan pequeño que estuvo a punto de no notarlo.
Giovanna giró la cabeza.
Muy lentamente.
Y observó la bandeja.
Elena se quedó inmóvil.
Sin respirar.
Sin moverse.
Sin decir una sola palabra.
La muchacha permaneció observando el té durante varios segundos.
Como si estuviera librando una batalla invisible.
Como si aquel simple gesto requiriera más fuerza de la que poseía.
Y quizás era cierto.
Porque a veces seguir viviendo exigía mucho más valor que rendirse.
Finalmente se levantó.
Sus piernas temblaron ligeramente.
Elena sintió un nudo en la garganta.
Pero continuó guardando silencio.
Giovanna caminó hasta la mesa.
Se sentó.
Y observó la taza humeante.
El aroma llenó suavemente la habitación.
Durante unos segundos pareció dudar.
Sus dedos rodearon la porcelana.
Buscando calor.
Buscando algo.
Lo que fuera.
Entonces levantó la taza.
Y bebió.
Un único sorbo.
Nada más.
Pequeño.
Insignificante.
Pero suficiente.
Elena tuvo que apartar la mirada.
Porque sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
No por el té.
No por la comida.
Sino por lo que aquello significaba.
La muchacha volvió a dejar la taza sobre la mesa.
Y permaneció inmóvil.
Como si el simple acto de beber hubiera agotado todas sus fuerzas.
Pero no apartó la bandeja.
No regresó inmediatamente a la ventana.
Simplemente permaneció allí.
Sentada.
Respirando.
Y para Elena aquello fue más hermoso que cualquier palabra.
La mujer salió de la habitación casi corriendo.
Necesitaba compartir aquella noticia.
Necesitaba contárselo a alguien.
Porque después de tantos días observando cómo una joven se apagaba lentamente, acababa de presenciar algo extraordinario.
La esperanza.
---
Alekséi se encontraba en su despacho cuando escuchó la puerta abrirse.
Levantó la vista.
Y encontró a Elena.
Agitada.
Emocionada.
Con lágrimas brillando en sus ojos.
Por un instante el miedo atravesó su pecho.
Se puso de pie inmediatamente.
—¿Qué pasó?
La mujer sonrió.
Una sonrisa enorme.
Inesperada.
—Bebió té.
Alekséi parpadeó.
Confundido.
—¿Qué?
—Bebió té.
El ruso permaneció inmóvil.
Procesando aquellas palabras.
—¿Solo té?
La emoción en el rostro de Elena aumentó todavía más.
—Sí.
El silencio llenó el despacho.
Y entonces la mujer negó suavemente con la cabeza.
—No lo entiendes.
Alekséi frunció el ceño.
—Explícamelo.
Elena respiró profundamente.
Y respondió con una voz cargada de ternura.
—Hoy eligió quedarse.
Aquellas palabras golpearon algo dentro de él.
Porque comprendió exactamente lo que quería decir.
No se trataba de una taza de té.
No se trataba de comida.
No se trataba de nutrición.
Era una elección.
Pequeña.
Frágil.
Pero una elección al fin.
Después de días caminando hacia la oscuridad.
Giovanna acababa de dar un paso en dirección contraria.
Y eso cambiaba todo.
---
Aquella tarde, Alekséi decidió no visitar el invernadero.
Tampoco fue a la habitación de Giovanna.
Simplemente continuó trabajando.
Revisando informes.
Buscando pistas.
Esperando alguna noticia de Carlo.
Pero cada cierto tiempo sus pensamientos regresaban a la misma imagen.
Una taza de té.
Resultaba absurdo.
Ridículo incluso.
Había pasado gran parte de su vida enfrentándose a hombres armados.
Negociando con criminales.
Sobreviviendo a guerras.
Y sin embargo una muchacha bebiendo té parecía haberlo afectado más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Cuando cayó la noche, finalmente caminó hacia el invernadero.
No esperaba encontrar a nadie.
Solo necesitaba despejar la mente.
Pero al abrir la puerta de cristal se detuvo.
Giovanna estaba allí.
Arrodillada frente a la pequeña planta que había regado el día anterior.
No se había dado cuenta de su presencia.
Observaba las hojas con atención.
Como si estuviera buscando cambios invisibles para el resto del mundo.
Alekséi permaneció inmóvil.
Sin interrumpirla.
Y entonces vio algo.
Una de las hojas.
Pequeña.
Todavía débil.
Pero ligeramente más erguida que el día anterior.
Apenas una diferencia.
Casi imposible de percibir.
Sin embargo estaba allí.
La planta seguía viva.
Giovanna extendió una mano.
Rozó una hoja con infinita delicadeza.
Y durante unos segundos permaneció observándola.
Después tomó nuevamente la regadera.
Añadió un poco más de agua.
Solo un poco.
Lo necesario.
Nada más.
El ruso observó la escena en silencio.
Y una idea inesperada apareció en su mente.
Quizás las personas no eran tan diferentes de las plantas.
Quizás ninguna vida volvía a florecer de golpe.
Quizás la recuperación no ocurría en un instante.
Quizás todo comenzaba exactamente así.
Con una gota de agua.
Con una hoja que se negaba a caer.
Con un sorbo de té.
Con una razón diminuta para seguir adelante.
La muchacha se puso de pie lentamente.
Y por primera vez desde que había llegado a Rusia, no parecía una sombra.
Seguía triste.
Seguía rota.
Seguía perdida.
Pero ya no parecía alguien que hubiera renunciado completamente al mañana.
La luz de la luna atravesó los cristales del invernadero.
Iluminando las flores.
Las hojas.
Y aquella pequeña planta que se aferraba obstinadamente a la vida.
Alekséi observó la escena durante unos segundos más.
Luego se marchó sin hacer ruido.
Sin interrumpir.
Sin decir nada.
Porque comprendió algo importante.
No era el momento de empujar.
No era el momento de exigir.
Era el momento de esperar.
Dejar que creciera.
Dejar que sanara.
Dejar que encontrara por sí sola las razones para permanecer en este mundo.
Y mientras la nieve seguía cayendo más allá de los cristales, una pequeña planta y una muchacha herida libraban exactamente la misma batalla.
La batalla de seguir vivas un día más.
Y aquella noche, por primera vez desde la muerte de su madre, Giovanna ganó.