Sinopsis
Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.
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El último corte Cap 23
El trabajo de picar verduras no fue mi primera opción. Ni la segunda. Fue la única que encontré después de buscar durante semanas, cuando mi abuela ya estaba con nosotras y los gastos se habían multiplicado. La señora de las sopas —nunca supe su nombre, solo le decía "señora"— necesitaba a alguien que llegara a las cinco de la mañana y picara hasta el mediodía. Pagaba poco, pero pagaba. Y en ese momento, cada moneda servía para los pañales de mi abuela, para sus medicamentos, para los pasajes de la universidad.
Recuerdo el primer día llegué con mi delantal limpio y mis ganas. El olor a cebolla me golpeó en la puerta. Era una cocina enorme, con ollas del tamaño de bañeras, fuegos industriales que rugían como la computadora pero con más peligro. En el centro, una mesa de acero inoxidable. Sobre la mesa, montañas de verduras.
—Veinte kilos de cebolla —dijo la señora, señalando un costal—. Después, treinta de papa. Y si terminás temprano, zanahoria.
Veinte kilos. Lo repetí en mi cabeza para creérmelo. Agarré el cuchillo más grande que había en la repisa. Era pesado, filoso, con el mango gastado por tantas manos anónimas.
—¿No tienes experiencia? —preguntó la señora, viendo cómo sujetaba el cuchillo.
—No mucha.
—Aprendé rápido. Las sopas no esperan.
Las primeras cebollas me hicieron llorar como nunca. No era el llanto emotivo de las películas. Era un ardor químico, ácido, que me vaciaba los ojos y me dejaba cegada. Me los restregaba con el dorso de la mano, pero eso empeoraba todo. La señora me gritó desde el fondo:
—¡No te toques los ojos, carajo! ¡Usá el pico de la mesada!
No entendía qué era "el pico de la mesada". Después supe que era un grifo especial para lavar verduras. El agua fría aliviaba un poco, pero apenas. Mis ojos quedaron rojos como los de un conejo.
En la primera hora, había picado apenas dos kilos de cebolla. La señora se acercó, miró mi trabajo, negó con la cabeza.
—Así no sirves. Tenés que picar más fino. Más parejo. Las sopas no pueden tener pedazos grandes.
Me mostró cómo se hacía. Su cuchillo volaba sobre la tabla. Tac-tac-tac-tac. La cebolla se desarmaba en cubitos perfectos, casi transparentes. Parecía fácil. No lo era.
Pasé tres horas con las cebollas. Terminé los veinte kilos con los dedos amoratados, la espalda rota, la ropa impregnada de un olor que no se iría ni con diez lavados. Después vinieron las papas. Treinta kilos de papas. Pelarlas era otra tortura. La cáscara se pegaba a mis dedos. El almidón dejaba una capa pegajosa que me secaba la piel. A eso de las diez de la mañana, me corté.
Fue un corte chico, en la punta del índice izquierdo. Pero en una cocina donde todo es cebolla y sal, arde como el infierno. La señora me tiró un apósito y cinta.
—Cubrite y seguí.
Seguí. No había otra.
Salía de ahí al mediodía con las manos llenas de cortes, los dedos envueltos en cinta adhesiva porque los apósitos se acababan rápido. Me cambiaba en la puerta de la casa de la señora —no quería que mi madre me viera tan hecha pedazos— y me iba directo a la universidad.
En el colectivo, la gente se alejaba. El olor a cebolla era fuerte, imposible de disimular. Una vez, un señor me dijo: "¿Vendés sopas?". Le dije que sí, para no explicar. Prefería que creyeran que vendía sopas antes que decirles que las picaba por dos monedas.
En la facultad, el olor también me delataba. Valentina, la de la mochila cara, una vez puso cara de asco cuando me senté a su lado. No dijo nada, pero se cambió de lugar. Lucía, en cambio, se sentaba a mi lado sin importarle el olor.
—¿A qué apestas hoy? —preguntaba, riéndose.
—A cebolla. Siempre a cebolla.
—Es un olor a triunfo.
Pero el cansancio no era solo el olor. Era despertarme a las cuatro de la mañana, ir a picar verduras, correr a la universidad con los dedos cortados, volver a casa para cuidar a mi abuela, estudiar hasta la medianoche y dormir apenas cuatro horas. Era un ciclo infernal que no terminaba nunca.
Había días que llegaba a la cocina de la señora y me quedaba parada frente a la montaña de verduras sin poder moverme. El cuerpo me pedía tregua. Pero la señora no entendía de treguas.
—¿Qué hacés parada? Las papas no se pelan solas.
—No puedo más —respondí una vez, con la voz rota.
La señora me miró. Por un segundo, algo se ablandó en su cara.
—Nadie puede —dijo—. Pero se hace igual. Sientate cinco minutos.
Me senté en un banco de madera, apoyé la cabeza contra la pared y cerré los ojos. Cinco minutos. Los conté uno por uno. Después volví a las papas.
El ahorro
Cada semana, la señora me pagaba en efectivo. Billetes chicos, algunos rotos, monedas que había que contar dos veces. Llegaba a casa, vaciaba el bolsillo sobre la mesa del comedor, y separaba el dinero en tres montones: uno para los gastos de la casa, otro para los medicamentos de mi abuela, y el último —siempre el más pequeño— para algo que había decidido en secreto.
—¿Qué es esa plata, hija? —preguntó mi madre una vez, viendo el tercer montón.
—Un ahorro —dije.
—¿Para qué?
—Para un computador nuevo.
Mi madre dejó de amasar. Me miró como si hubiera dicho una locura.
—¿Un computador nuevo? ¿Con lo que ganás picando verduras?
—Poco a poco, mamá. Como todo.
Ella no dijo nada más. Pero esa noche, cuando creyó que dormía, la escuché llorar. No de tristeza. De orgullo.
Pasaron los mese, pero yo seguía yendo a picar verduras con el propósito de ahorrar para un computador nuevo. La señora me fue aumentando el pago. No mucho, pero algo. Empecé a llevar mis propios guantes para no cortarme tanto. Mis manos se llenaron de callos. Ya no sangraban.
El tercer montón crecía. Era lento. Dolorosamente lento. A veces, una emergencia —un medicamento urgente, un pañal que no alcanzaba— me obligaba a romper el ahorro. Pero siempre volvía a empezar.
La compra
Nueve meses después de empezar a picar verduras, llegó la cifra que tanto esperaba. Era justo, sin un peso de más. Lo suficiente para comprar el computador más básico de la tienda de informática del centro. No el último modelo. No el más rápido. Pero nuevo. Mío.
El día que fui a comprarlo, mi madre vino conmigo. Caminamos bajo el sol, ella con su delantal guardado en la cartera, yo con el dinero en una bolsa de plástico bien apretada contra el pecho. La tienda era pequeña, con luces blancas y un olor a plástico caliente.
—Quiero el más barato —dije al vendedor.
Me mostró uno. Era gris, simple, sin brillos ni campanitas. Pantalla de catorce pulgadas. Teclado sin luces. Procesador básico.
—Es suficiente para estudiar —dijo el vendedor.
—Sí —respondí—. Es suficiente.
Pagamos con billetes sudados, algunos doblados, otros con los bordes rotos. El vendedor los contó dos veces. Después me entregó la caja.
—¿Se lo llevan así?
—Sí.
Caminé de regreso a casa con la caja en brazos, como si fuera un bebé. Mi madre caminaba a mi lado, sonriendo.
—Tu abuela estaría orgullosa —dijo.
—Lo sé.
Llegamos a casa. Dejé la caja sobre la mesa del comedor, al lado de la computadora ruidosa de don Rafael. La miré un largo rato. Después la abrí.
El computador nuevo estaba ahí. Impecable. Sin polvo. Sin ruido. Sin parpadeos. Lo encendí. La pantalla se iluminó en segundos, sin esperas, sin ventiladores que rugieran.
—Es hermoso —dijo mi madre.
—Es el fruto de nueve meses de cebollas —respondí.
Nos reímos. Lloramos un poco. Después conecté el módem USB, abrí un documento en blanco y escribí la primera palabra: "Gracias".
No a alguien en particular. A mí misma. Por no haberme rendido.
Esa computadora nueva no borró el pasado. La vieja de don Rafael seguía ahí, rugiendo a mi lado, recordándome de dónde venía. Pero la nueva era un símbolo: había llegado. No con plata prestada. No con un regalo. Con mis manos. Con mis cortes. Con mis horas bajo el sol y sobre las cebollas.
El computador nuevo fue testigo de mis lágrimas, de los trabajos que entregué a tiempo. Fue testigo de mi duelo y de mi vuelta a la vida.
Nunca me olvidé de la vieja computadora. La guardé en un placard, con una nota que decía: "Gracias, don Rafael".