NovelToon NovelToon
Prisionero del amor más oscuro

Prisionero del amor más oscuro

Status: Terminada
Genre:CEO / Posesivo / Maltrato Emocional / Completas
Popularitas:8.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Sofía Marquez

Santiago Reyes tiene veinte años, estudia literatura en la UNAM y no le debe nada a nadie. Hasta que León Villanueva —CEO de uno de los grupos empresariales más poderosos de México— decide que Santiago le pertenece.
Lo que comienza como una seducción imposible de rechazar se transforma en una pesadilla: una mansión cerrada con llave, cámaras en cada esquina y un hombre que dice "te amo" mientras le quita la libertad.
Santiago intenta escapar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cada intento fracasa. Cada castigo es peor que el anterior. Pero Santiago no se rinde.
Hasta que un día, León abre la puerta.
Y Santiago descubre que lo más aterrador no es estar encerrado con un monstruo.
Es darse cuenta de que el monstruo ha aprendido a amarte de verdad.

NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

Capítulo 19: Aprendiendo a soltar

Solo siguió mirando la puerta abierta, esperando que volviera a cerrarse.

No se cerró.

Esa fue la primera cosa distinta.

La puerta permaneció abierta toda la mañana, aunque Santiago no se movió de la cama. Andrés entró dos veces, siempre avisando desde el pasillo antes de cruzar. Don Tomás dejó agua, caldo y una bandeja con fruta cortada a una distancia que no obligaba a Santiago a estirar demasiado la mano.

León no entró.

Esa fue la segunda cosa distinta.

Santiago escuchó sus pasos varias veces. Los reconocía ya sin querer: más pesados que los de Don Tomás, más contenidos que los de Andrés. Siempre se detenían al otro lado de la puerta. Siempre se quedaban allí unos segundos. Siempre se iban.

El cuerpo de Santiago reaccionaba igual.

Hombros tensos. Rodillas al pecho. Respiración corta.

Pero la puerta seguía abierta.

Andrés lo revisó al mediodía. No tocó el tobillo; dejó la crema sobre la mesa y le explicó otra vez cómo aplicarla si quería. Santiago no lo hizo delante de él.

—Está bien —dijo Andrés—. Hazlo cuando estés solo.

Santiago lo miró por primera vez más de un segundo.

—¿Por qué estás aquí?

La voz salió rasposa por falta de uso.

Andrés no respondió rápido.

—Porque León me llamó.

Santiago bajó la mirada.

—Entonces eres de él.

—Soy su amigo. No soy suyo.

La diferencia era pequeña, pero Andrés la dejó sobre la mesa sin empujarla.

—Y ahora mismo estoy aquí como médico. Eso significa que si él hace algo que te ponga peor, se lo voy a decir. Si tengo que gritarle, le grito.

Santiago no sonrió.

Pero el hombro izquierdo, apenas, bajó.

Andrés lo notó y fingió no notarlo.

—Hoy puedes intentar sentarte junto a la ventana si quieres. Sin salir. Solo cambiar de lugar.

—¿Es orden?

—Es opción.

Esa palabra todavía sonaba extraña.

Opción.

Santiago tardó casi una hora en usarla. Se puso de pie solo, con la mano en la pared, y caminó hasta la silla junto a la ventana. El tobillo dolió, pero menos que antes. Desde allí veía una parte del jardín y el camino donde León solía detenerse antes de entrar.

León apareció a las cinco.

No en la habitación.

En el jardín.

Santiago lo vio desde la ventana. León estaba de pie junto al sendero, con el saco en la mano, hablando con Andrés. No levantaba la voz, pero la postura de Andrés decía suficiente.

—No vas a entrar si no te dice que sí —dijo Andrés.

—Solo quiero verlo.

—Lo estás viendo desde el jardín.

—No es lo mismo.

—Para ti no. Para él, puede ser la diferencia entre respirar y entrar en pánico.

León se pasó una mano por la cara.

Santiago no podía oír cada palabra, pero entendió el gesto.

Por primera vez, León no ganó la discusión.

Esa noche, Don Tomás llevó una charola con caldo y un vaso de agua. Detrás de él, en el pasillo, León esperaba con las manos vacías.

—El señor pregunta si puede hablar desde la puerta —dijo Don Tomás.

Santiago miró el caldo.

El cuerpo dijo no antes que la boca.

Andrés, sentado en una silla del pasillo con una taza de café, levantó la vista.

—Puede decir que no.

Santiago tragó saliva.

No quería verlo.

También quería decirle algo que llevaba días clavado en la garganta.

—Desde la puerta —dijo.

Don Tomás se apartó.

León apareció en el marco, pero no cruzó. Tenía ojeras, la barba crecida y una camisa que parecía haber usado todo el día. Ya no se veía impecable. Eso no le devolvía nada a Santiago, pero le quitaba una capa de mentira al mundo.

—Gracias —dijo León.

Santiago no respondió.

Andrés se quedó en el pasillo, visible.

León miró sus manos antes de hablar.

—No voy a entrar.

—Eso ya lo dijo Andrés.

La frase salió baja, pero salió.

León la recibió como si fuera más de lo que merecía.

—Quería que lo oyeras de mí.

Santiago miró la bandeja.

—Oírte no sirve de mucho.

León cerró los ojos un segundo.

—Lo sé.

No dijo "pero".

Eso también fue distinto.

—El sótano está cerrado —dijo León—. Nadie va a bajarte ahí otra vez.

El pulso de Santiago se disparó. Andrés enderezó la espalda en el pasillo.

Santiago apretó los dedos contra la sábana.

—No uses eso como regalo.

León palideció.

—Tienes razón.

El silencio que siguió no fue cómodo. Pero no aplastó como antes.

—¿Qué quieres? —preguntó Santiago.

La pregunta no era amable.

León la contestó igual.

—Saber qué necesitas para comer un poco más. Para dormir. Para... no tenerme miedo cada vez que camino por el pasillo.

Santiago soltó aire por la nariz.

—¿Ahora te preocupa que te tenga miedo?

—Siempre me preocupó.

Andrés hizo un sonido seco desde el pasillo.

León corrigió, con la mandíbula tensa:

—No. Eso no es verdad. Me preocupaba perderte. No me importó suficiente cómo te sentías mientras no te fueras.

Santiago levantó la vista.

León no estaba mirándolo como en el restaurante. No había hambre en sus ojos. Había vergüenza.

Vergüenza real.

No arreglaba nada.

Pero era nueva.

—Necesito mi celular —dijo Santiago.

León se tensó.

Andrés lo miró de inmediato.

La lucha le cruzó la cara a León tan clara que Santiago la vio: miedo, cálculo, impulso de decir no.

—No puedo darte eso todavía —dijo al fin.

Santiago se rio una vez, sin humor.

—Entonces no preguntes qué necesito.

León bajó la cabeza.

—Puedo darte uno sin llamadas. Para música. Para leer.

—No necesito un juguete.

—Lo sé.

—Necesito hablar con Diego.

El nombre cayó entre ellos como una prueba.

León respiró hondo.

Andrés no dijo nada. Don Tomás tampoco.

—No hoy —dijo León.

Santiago cerró los ojos.

—Vete.

Esta vez León no intentó explicar.

—Está bien.

Se fue.

Santiago esperó el enojo. Esperó que volviera. Esperó el seguro en la puerta.

Nada ocurrió.

La puerta quedó abierta.

Esa noche comió medio plato de caldo.

No por León.

Porque necesitaba fuerza si algún día la puerta se abría de verdad.

Al día siguiente, Andrés autorizó una caminata corta en el jardín. León no fue. Don Tomás caminó a cinco pasos de distancia, y Andrés se quedó en la terraza con los brazos cruzados. La salida no estaba libre; el portón seguía cerrado, los guardias seguían allí.

Pero el cielo estaba encima.

Santiago se detuvo bajo el sol y cerró los ojos un segundo.

El aire no borró el sótano.

Le dio algo para comparar.

Cuando volvió a la habitación, encontró una nota sobre la mesa.

No estaba escrita por León. Era la letra de Andrés.

"Si necesitas que él se vaya, dímelo a mí."

Santiago leyó la frase tres veces.

Luego la dobló y la guardó en el bolsillo de la sudadera blanca.

Por la tarde, León volvió a detenerse en la puerta.

—Andrés dijo que caminaste.

Santiago estaba sentado junto a la ventana.

—Sí.

—Me alegra.

Santiago lo miró con cansancio.

—No lo hagas tuyo.

León abrió la boca.

La cerró.

—Está bien.

Esa respuesta, pequeña y tardía, no curó nada.

Pero Santiago no sintió el mismo pánico que la noche anterior.

Solo miedo.

El miedo, comparado con el terror, era casi un espacio.

—Pareces... —Santiago buscó la palabra, no por piedad, sino porque quería nombrar algo con precisión—. Pareces realmente asustado.

León apoyó una mano en el marco de la puerta, sin entrar.

—Lo estoy.

—No de que me vaya.

León tragó saliva.

—De haberte destruido.

Santiago sostuvo su mirada por primera vez sin apartarse de inmediato.

No lo perdonó.

No confió.

Pero vio la diferencia.

Y en medio de todo lo roto, esa diferencia fue apenas una brasa bajo los escombros.

1
LUANA
excelente
AralckShaira
Ay se me salen las lagrmitas solas😭😭😭😭
AralckShaira
Ufff que frases tan brillantes
AralckShaira
Ay caramba lloreee😭😭
AralckShaira
Para mí es una historia muy bien contada, fresca, distinta con un tema relativamente normal pero que talvez no se cuenta así, como lo está contando la artista de la pluma, excelente trabajo
AralckShaira
Está historia no me gusta.... Me fascina
AralckShaira
Que historia!!!!!
AralckShaira
Uffff estoy reconectada, me superencanta
AralckShaira
Estoy enamorada 🤭
AralckShaira
Un cliché muy bien presentado
AralckShaira
Excelente
AralckShaira
Me gusta te estilo, prome tu historia 🥰
Amy Katin
😭 pobre de Santiago, espero que pueda volver a sentirse vivo.
AralckShaira: El ser humano es otra cosa
total 1 replies
ISABELRUIZDIAZ[BETA]😈🖤
Buenos días Te quería decir que ahora encontré tu trabajo y este capítulo me lo voy a guardar para leer más tarde no te frustres ni te enojes Si es que todavía no consigues apoyo en esta aplicación pero en cualquier momento tu historia va a ser descubierto y vas a conseguir muchos seguidores así que por favor si quieres seguir publicando más capítulos si es que se puede está muy buena por lo que veo y nada Gracias esperemos más de tus ingeniosas ideas Saludos a usted😈
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play