Samantha Torres solo quería salvar su pastelería y cuidar de su hermana menor; jamás imaginó que una bandeja de crema pastelera la llevaría directamente a los brazos del hombre más peligroso, arrogante y fascinante de la ciudad: Viktor D'Angelo.
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Una deuda inesperada
Viktor D'Angelo
Cometí un error.
Lo supe exactamente siete segundos después de salir de la pastelería.
Porque mientras caminaba hacia el automóvil, descubrí que estaba sonriendo.
Sonriendo.
Yo.
Viktor D'Angelo.
El mismo hombre que había pasado años escuchando que parecía incapaz de experimentar emociones humanas básicas.
El mismo hombre que dirigía reuniones capaces de hacer temblar a ejecutivos experimentados.
El mismo hombre que rara vez encontraba algo divertido.
Y aun así...
Una simple conversación con Samantha Torres había logrado arrancarme una sonrisa.
Otra vez.
—Esto se está volviendo preocupante.
La voz de Ian llegó desde atrás.
No me molesté en girarme.
—¿Me estás siguiendo?
—Técnicamente sí.
—Eso es ilegal.
—Técnicamente también.
Entró al automóvil sin invitación.
Como siempre.
El conductor ni siquiera pareció sorprendido.
Porque Ian llevaba años haciendo exactamente lo mismo.
—¿Qué quieres?
—Ver cómo evoluciona el desastre.
—¿Qué desastre?
—Tú.
Suspiré.
—Eres insoportable.
—Y tú estás enamorado.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Viktor.
—Ian.
—Viktor.
—Bájate del coche.
—No.
Lo ignoré.
Era más sencillo.
Muchísimo más sencillo.
Al menos hasta que Ian decidió convertirse nuevamente en una molestia profesional.
—¿Sabes qué es lo más divertido?
—No.
—Que ella todavía no tiene idea.
—¿Idea de qué?
—De que la apuesta ya empezó.
Por primera vez lo miré.
—No hagas nada estúpido.
—Demasiado tarde.
—Ian.
—¿Qué?
—Hablo en serio.
—Yo también.
Malas noticias.
Muy malas noticias.
Porque Ian solo utilizaba ese tono cuando estaba convencido de algo.
Y cuando Ian estaba convencido de algo...
El mundo normalmente terminaba sufriendo las consecuencias.
---
Esa noche trabajé hasta tarde.
Demasiado tarde.
Mi oficina estaba prácticamente vacía.
Las luces de la ciudad brillaban al otro lado de los ventanales.
Y sobre mi escritorio descansaban suficientes documentos para arruinar el sueño de cualquier persona normal.
Por desgracia.
Yo no era una persona normal.
Mi teléfono vibró.
Clara.
—¿Qué ocurre?
—Tenemos un problema.
Nunca eran buenas noticias.
Jamás.
—Habla.
—La auditoría de Torres & Asociados encontró irregularidades.
Mi atención se enfocó inmediatamente.
—¿Qué tipo de irregularidades?
—Facturas alteradas.
Movimientos sospechosos.
Transferencias que no coinciden.
Fruncí el ceño.
Conocía esa empresa.
Una pequeña firma encargada de servicios contables para varios negocios locales.
Nada particularmente importante.
O al menos eso creía.
—¿Quién está involucrado?
—Todavía lo estamos investigando.
—Hazlo rápido.
—Sí, señor.
La llamada terminó.
Y durante varios segundos me quedé observando la pantalla.
Torres.
El apellido me resultaba familiar.
Demasiado familiar.
Entonces lo recordé.
Samantha.
¿Coincidencia?
Probablemente.
Torres era un apellido común.
Aun así...
Algo no terminaba de convencerme.
---
Al día siguiente llegué a Crema Chantilly más temprano de lo habitual.
No porque quisiera verla.
Claro que no.
Simplemente...
Bueno.
No tenía una buena excusa.
Y eso era irritante.
Cuando entré, Samantha estaba sola.
Sentada frente a una mesa.
Revisando papeles.
Su expresión era distinta.
Más seria.
Más cansada.
Más preocupada.
—Buenos días.
Levantó la cabeza.
Y por primera vez desde que la conocía, no respondió inmediatamente con una broma.
Mala señal.
—Hola.
Definitivamente mala señal.
Me acerqué lentamente.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
Mentira.
Terrible mentira.
—Torres.
—D'Angelo.
—¿Qué ocurre?
Ella suspiró.
Y por un instante pareció debatirse entre responder o no.
Finalmente dejó los documentos sobre la mesa.
—Solo son problemas.
—Eso no responde la pregunta.
—No necesito ayuda.
—Tampoco la ofrecí.
Eso logró arrancarle una pequeña sonrisa.
Victoria.
Mínima.
Pero victoria.
—La dueña del local aumentó el alquiler.
—¿Cuánto?
—Demasiado.
—Eso no es un número.
—Porque no quiero decirlo.
—¿Por orgullo?
—Probablemente.
La observé durante unos segundos.
Y comprendí algo.
Samantha estaba asustada.
Intentando ocultarlo.
Intentando mantenerse fuerte.
Pero asustada.
Y por alguna razón aquello me molestó.
No ella.
La situación.
Porque conocía esa mirada.
Había visto esa misma expresión en el espejo demasiadas veces años atrás.
Cuando aún tenía algo que demostrar.
Cuando aún necesitaba luchar por cada espacio que ocupaba.
—Lo resolveré.
Ella soltó una risa breve.
—Claro.
—¿Qué significa eso?
—Significa que los millonarios siempre creen que todo puede resolverse con dinero.
—Muchas veces puede.
—No esta vez.
Ahí estaba otra vez.
El orgullo.
La terquedad.
La fuerza.
Era fascinante.
Y peligrosamente admirable.
---
La campanilla sonó.
Interrumpiendo la conversación.
Un hombre entró en la pastelería.
Traje barato.
Sonrisa desagradable.
Y una actitud que no me gustó desde el primer segundo.
No fui el único.
Porque Samantha se tensó inmediatamente.
—Buenos días.
—No para mí.
El hombre dejó unos documentos sobre el mostrador.
—Tienes una semana.
—Lo sé.
—La propietaria está cansada de esperar.
—Ya dije que pagaré.
—No parece.
Mis ojos se estrecharon.
No me gustaba su tono.
Ni la forma en que la observaba.
Ni nada relacionado con él.
—¿Hay algún problema?
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
El hombre me miró.
—¿Y tú quién eres?
Buena pregunta.
Porque no tenía ninguna razón para intervenir.
Absolutamente ninguna.
—Un cliente.
—Entonces toma tu café y no te metas.
Error.
Grave error.
Porque pocas personas hablaban así delante de mí.
Y normalmente terminaban arrepintiéndose.
—Viktor...
La voz de Samantha sonó como una advertencia.
Ignoré la advertencia.
—Creo que sí voy a meterme.
El hombre dio un paso hacia mí.
Yo no me moví.
Ni un centímetro.
—Escucha...
—No.
—¿Perdón?
—Tú escucha.
El silencio llenó la pastelería.
Peligroso.
Incómodo.
Absoluto.
—Ella dijo que pagará.
Así que pagará.
—Eso no te incumbe.
—Ahora sí.
Por primera vez el hombre pareció darse cuenta de que algo no encajaba.
De que yo no era simplemente un cliente cualquiera.
Lo vi en sus ojos.
La duda.
La incomodidad.
El reconocimiento.
Entonces ocurrió.
Porque el color desapareció lentamente de su rostro.
—Espere...
Demasiado tarde.
Ya había entendido quién era.
Y eso cambió completamente la situación.
—Señor D'Angelo.
Ahí estaba.
La diferencia entre Samantha y el resto del mundo.
Ella nunca reaccionaba así.
Nunca.
—Creo que ya terminamos aquí.
El hombre tragó saliva.
Tomó los documentos.
Y salió apresuradamente de la pastelería.
La puerta se cerró.
Silencio.
Luego Samantha se giró hacia mí.
Y cruzó los brazos.
Oh.
Eso no parecía gratitud.
—¿Qué?
—¿Qué fue eso?
—¿Qué fue qué?
—Eso.
—No sé de qué hablas.
—Sí lo sabes.
—Probablemente.
Ella me señaló.
—No necesitaba que me rescataras.
—No te rescaté.
—Lo hiciste.
—Lo ayudé a encontrar la salida.
—Viktor.
—Samantha.
—Eres imposible.
—Eso me han dicho.
Intentó mantenerse seria.
Intentó.
Fracasó.
Porque terminó sonriendo.
Y por alguna razón aquella sonrisa hizo que todo valiera la pena.
Incluso la discusión.
Incluso el problema.
Incluso la extraña sensación que comenzaba a crecer dentro de mí.
Una sensación que llevaba años evitando.
Y que ahora resultaba imposible ignorar.
Porque sin darme cuenta...
Había adquirido una deuda inesperada.
No con Samantha.
Sino conmigo mismo.
La deuda de descubrir por qué una simple pastelera era capaz de importar tanto.
Continuará...☕