Darly Mosquera es una mujer colombiana de 32 años que aprendió desde muy joven que la vida rara vez regala caminos fáciles.
Estudió cosmetología y estética, y gracias a años de esfuerzo, sacrificio y largas jornadas de trabajo logró construir el sueño que parecía imposible: abrir su propio spa en su ciudad natal. Sin embargo, el éxito profesional nunca logró llenar por completo los vacíos que llevaba en el corazón.
Mientras lucha cada día por cuidar a su madre, quien padece una enfermedad congénita que se ha agravado con el paso de los años, Darly intenta mantenerse fuerte y seguir adelante. Soñadora, noble y creyente del amor a la antigua, siempre imaginó una historia de amor sincera, de esas que duran para toda la vida.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de una dolorosa separación ocurrida hace apenas cuatro meses, decidió cerrar las puertas de su corazón. Cansada de las decepciones, prometió no volver a enamorarse y dedicarse únicamente a disfrutar la vida sin compromisos
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CAPÍTULO 11 ENTRE LA CULPA Y EL DESEO
El teléfono de Santiago sonó varias veces antes de que finalmente contestara.
—Hola, por fin apareces. Desde anoche no sabía nada de ti. ¿Se puede saber dónde estabas o con quién? —preguntó Isabella con evidente molestia.
—Hola, mi amor. ¿Cómo estás? Tranquila, no te enojes. Estuve en una reunión con unos socios. Anoche no pudieron asistir y enviaron a uno de sus asistentes. La reunión se alargó más de lo esperado y apenas acabo de llegar al hotel. Por eso no pude responderte.
—¿Y por qué llamé a tu mánager varias veces y tampoco contestó?
—Porque estaba conmigo. También estaba ocupado en la reunión.
—Perdóname, amor. Me imaginé muchas cosas.
—No pasa nada. Solo entiende que estoy trabajando.
—Lo sé. Es que te he extrañado demasiado.
—Yo también te extraño, pero estoy concentrado en el trabajo.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—Voy a bañarme, comer algo y descansar. Estoy agotado.
—¿Y mañana ya regresas?
Santiago guardó silencio unos segundos.
—Creo que no. Todavía hay algunos asuntos pendientes por resolver. Tal vez viaje el sábado para recoger unas cosas y luego ir directo al concierto que tengo programado.
—¿Entonces ni siquiera tendrás tiempo para mí?
—Amor, entiéndeme. Intentaré llegar temprano el sábado para verte un rato. La próxima semana será solo para nosotros.
—Está bien... ¿Y si me llevas contigo al concierto?
—No puedes. Trabajas este fin de semana, ¿recuerdas?
—Tienes razón. Se me había olvidado.
—Nos veremos pronto.
—Te amo.
—Yo también te amo. Cuídate.
La llamada terminó.
Darly había despertado minutos antes.
Todavía llevaba puesta una camisa de Santiago que le quedaba enorme y que apenas cubría parte de sus piernas.

Al escuchar la conversación sintió una presión incómoda en el pecho.
Había escuchado cada palabra.
Cada mentira.
Cada promesa.
Cada "te amo".
Esperó unos segundos antes de acercarse.
Santiago se sobresaltó al verla.
—Buenos días, hermosa.
Ella ignoró el comentario.
—¿Hablabas con tu prometida?
Santiago suspiró.
—Sí.
—Escuché toda la conversación.
El silencio se hizo pesado.
—Darly...
—Escuché todas las mentiras que le dijiste.
Por primera vez desde que la conocía, Santiago no encontró una respuesta rápida.
—No me siento orgulloso de esto.
—Entonces ¿por qué lo haces?
—Porque desde que te conocí algo cambió dentro de mí.
Ella levantó una ceja.
—¿Entonces la culpa es mía?
—No.
Negó inmediatamente.
—La culpa es completamente mía. Tú estás soltera. La persona comprometida soy yo.
Darly sostuvo su mirada.
Aquellas palabras eran ciertas.
Y precisamente por eso dolían tanto.
Porque demostraban que ambos sabían que aquello estaba mal.
Santiago se acercó lentamente.
—No sé qué me pasa contigo.
—Eso no cambia nada.
—Lo sé.
Por un momento permanecieron en silencio.
Ninguno sabía cómo solucionar una situación que se había complicado demasiado rápido.
Lo que comenzó como una atracción inesperada se estaba convirtiendo en algo mucho más peligroso.
Sentimientos.
Y los sentimientos siempre complicaban todo.
Horas después, Darly permanecía bajo el agua de la ducha mientras las lágrimas se mezclaban con las gotas que caían sobre su rostro.
No entendía qué le estaba pasando.
Siempre había sido una mujer fuerte.
Independiente.
Responsable.
Jamás había sido amante de nadie.
Jamás se había involucrado con hombres comprometidos.
Entonces ¿por qué precisamente ahora estaba rompiendo todas sus propias reglas?
Apoyó las manos contra la pared.
—No puedes enamorarte de él —se dijo a sí misma.
Porque sabía perfectamente cómo terminaría aquella historia.
Ella saldría herida.
E Isabella también.
Y ninguna de las dos merecía eso.
Cuando finalmente salió del baño encontró a Santiago sentado frente a la ventana.
Parecía perdido en sus pensamientos.
—¿Ya te bañaste? —preguntó él al verla.
Darly asintió.
—Sí.
—¿Te sientes mejor?
—Voy a cambiarme para irme.
Santiago levantó la cabeza de golpe.
—¿Irte?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque esto ya se salió de control.
Él se puso de pie.
—Darly...
—No quiero seguir haciendo esto.
—Escúchame.
—No. Escúchame tú.
Ella respiró profundamente antes de continuar.
—No quiero meterme en una relación ajena. No quiero hacerle daño a otra mujer.
Santiago bajó la mirada.
—Yo tampoco quiero hacerle daño.
—Pero lo estás haciendo.
Aquellas palabras golpearon directo en su conciencia.
Porque sabía que tenía razón.
—Creo que lo mejor es terminar aquí.
Santiago sintió un vacío inesperado en el pecho.
La sola idea de no volver a verla le resultó insoportable.
Durante semanas había intentado convencerse de que aquello era solo una atracción pasajera.
Pero ya no podía seguir mintiéndose.
La necesitaba.
Le gustaba demasiado.
Y cada día que pasaba se volvía más difícil alejarse.
—¿Eso es lo que quieres?
Darly dudó.
Porque la verdad era que tampoco quería marcharse.
Pero sabía que era lo correcto.
—Sí.
La respuesta salió más débil de lo que esperaba.
Santiago lo notó.
Y decidió intentarlo una última vez.
—Entonces te propongo algo.
Ella lo miró.
—¿Qué?
—Si realmente va a ser una despedida... déjame compartir contigo estos últimos días.
—¿Últimos días?
—Quédate hoy. Quédate mañana. Y acompáñame este fin de semana.
Darly soltó una pequeña risa.
—¿No que tenías que viajar?
—Sí.
—Lo escuché perfectamente.
—Viajaré el sábado. Tengo que recoger unas cosas en Medellín y después ir a un pueblo donde tengo una presentación.
—Exacto.
—Entonces ven conmigo.
Ella abrió los ojos sorprendida.
—¿Qué?
—Acompáñame.
—¿Estás hablando en serio?
—Completamente.
Darly permaneció en silencio.
—Serían solo unos días más —continuó él—. Después de eso respetaré tu decisión.
—Santiago...
—Por favor.
Aquella palabra sonó sincera.
Casi desesperada.
Y eso la tomó por sorpresa.
Porque por primera vez no estaba viendo al artista famoso.
No estaba viendo al hombre seguro de sí mismo.
Estaba viendo a alguien que realmente tenía miedo de perderla.
—No sé si sea buena idea.
—Tal vez no lo sea.
—Entonces ¿por qué insistes?
Santiago sonrió con tristeza.
—Porque cada vez que imagino que te vas siento que me falta el aire.
Darly bajó la mirada.
Aquellas palabras lograron atravesar todas sus defensas.
Porque ella sentía exactamente lo mismo.
Y eso era lo que más miedo le daba.
Se acercó a la ventana.
Observó la ciudad durante varios segundos.
Intentando ordenar sus pensamientos.
Intentando ignorar lo que sentía.
Pero era imposible.
Finalmente volvió a mirarlo.
—Solo este fin de semana.
La expresión de Santiago cambió inmediatamente.
—¿Eso significa que aceptas?
—Sí.
Una sonrisa apareció en el rostro del cantante.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía.
—¿Por qué?
—Porque después de eso cada uno seguirá su camino.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Ninguno quiso responder.
Porque ambos sabían que, aunque intentaban convencerse de que aquello sería una despedida, cada día que pasaban juntos hacía más difícil separarse.
Y en el fondo, tanto Santiago como Darly comenzaban a sospechar que esta historia apenas estaba comenzando.