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Lo Siento, Mis Hijos No Necesitan Un Padre

Lo Siento, Mis Hijos No Necesitan Un Padre

Status: Terminada
Genre:CEO
Popularitas:137.7k
Nilai: 4.3
nombre de autor: Lucy-J

Enzo era un libertino; Camila, tranquila y reservada. Eran completamente opuestos, como el fuego y el agua.

Después de casarse, cuando le preguntaban por qué se había casado con Camila, Enzo encendía un cigarrillo y respondía con un tono burlón y serio a la vez:
—Fue mi familia quien lo decidió. ¿Qué podía hacer yo?

Cinco años de matrimonio fueron cinco años de guerra fría. Al final, fue ella quien tomó la iniciativa de pedir el divorcio.
Pero justo cuando Camila estaba a punto de irse, fue Enzo quien no pudo dejarla marchar.

NovelToon tiene autorización de Lucy-J para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Enzo colgó la llamada solo cuando el silencio se volvió insoportable.

El visor del celular se apagó, reflejando por un instante su propio rostro —duro, cerrado, casi irreconocible—. Permaneció sentado dentro del coche por algunos segundos, los dedos aún apoyados en la pantalla, como si pudiera volver atrás.

Pero no volvió.

A la mañana siguiente, embarcó para Brasilia.

El viaje había sido programado hacía semanas, una negociación importante con un grupo empresarial que exigía su presencia. Normalmente, él apreciaba ese tipo de desplazamiento: salas amplias, decisiones rápidas, gente nerviosa alrededor esperando su aval.

Esta vez, nada parecía suficiente.

El jet privado aterrizó bajo un cielo seco y claro. El calor de Brasilia subía del asfalto en ondas visibles. La comitiva de recepción aguardaba en la pista: dos directores, un asesor jurídico y un equipo de seguridad. Tratamiento de jefe de Estado.

—Señor Silva, es un honor recibirlo —dijo el director más viejo, estrechando su mano con entusiasmo.

Enzo apenas asintió.

Sin sonrisa.

Sin cordialidad extra.

Durante el trayecto hasta el hotel, respondió emails, revisó cláusulas contractuales e ignoró las tentativas de conversación informal. El aire acondicionado helado no conseguía disipar la irritación que parecía instalada bajo su piel.

En la reunión de la tarde, fue objetivo al punto de la brutalidad.

—Esa cláusula es inaceptable. —Empujó el contrato de vuelta por la mesa de vidrio—. O ajustan hoy, o cerramos aquí.

Los ejecutivos intercambiaron miradas aprehensivas.

Él hablaba bajo, pero había algo en su voz que recordaba a sentencia.

Al final, el acuerdo fue cerrado exactamente en los términos que exigiera.

Nadie osó contrariarlo.

Por la noche, hubo una cena formal en su homenaje.

Mesa larga, manteles blancos, cubiertos relucientes. El restaurante en el Lago Sur ofrecía vista privilegiada del espejo de agua reflejando las luces de la ciudad.

Enzo mantenía la postura impecable. Respondía cuando necesario. Bebía poco.

Parecía un hombre que compareció a un velatorio, no a una celebración.

Fue entonces que oyó una voz conocida resonar detrás de sí.

—Yo sabía que ibas a transformar Brasilia en un campo de guerra antes mismo de llegar.

Enzo se giró.

Thiago Menezes venía sonriendo, corbata torcida como siempre, la mirada viva de quien nunca llevaba la vida totalmente en serio.

Amigo de infancia.

Compañero de peleas en la escuela.

Único que aún osaba hablar con él sin filtro.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Enzo preguntó, frío.

—Vine a salvar el humor de esta mesa. Y a traer noticia buena.

Thiago se sentó al lado de él sin invitación.

Sacó del bolsillo una pequeña caja decorada.

—Dulce de leche artesanal. Recuerdito oficial.

Enzo frunció el ceño.

—¿Para qué?

Thiago abrió una sonrisa larga, casi infantil.

—Marcela está embarazada.

El mundo alrededor pareció continuar normalmente —cubiertos tintineando, conversaciones cruzadas— pero algo dentro de Enzo quedó estático.

—Tres meses —continuó Thiago, ojos brillando—. Yo oí el corazón hoy por la mañana. Cara… es surreal.

Él hablaba con las manos, gesticulando, describiendo la consulta, el ultrasonido, el miedo inicial que viró euforia.

—Yo me imagino… un hijo corriendo por la casa. Llamándome papá. —Rió, emocionado—. Yo nunca pensé que iba a sentir eso.

Enzo tomó un sorbo del vino.

—Felicitaciones.

La palabra salió seca.

Thiago inclinó la cabeza.

—Podrías parecer un poco más feliz por mí.

—Estoy feliz.

—No parece.

Enzo posó el vaso con fuerza un poco mayor de la necesaria.

—¿Quieres que llore?

Thiago respiró hondo, aún intentando mantener el buen humor.

—Sabes que vas a ser el padrino, ¿no? Mi “perro de buenas noticias”. Siempre fuiste el primero en saber de las cosas.

Enzo soltó una risotada corta.

—Pobre criatura.

La sonrisa de Thiago vaciló.

—¿Cómo así?

—Va a nacer feo y hediondo, saliendo al padre.

La frase cayó como piedra.

—¿Cuál es tu problema? —Thiago replicó, ofendido.

—Solo estoy siendo realista.

—¿No consigues simplemente decir “felicitaciones” sin escupir veneno?

Enzo se inclinó hacia atrás en la silla.

—Tal vez porque yo no encuentre nada de especial en reproducción.

La provocación fue demasiado lejos.

Thiago golpeó la mano en la mesa.

—Cinco años de matrimonio, Enzo. Cinco. Y tú nunca quisiste hijo. ¿O nunca conseguiste?

El aire cambió.

Algunos invitados miraron discretamente en la dirección de ellos.

Enzo levantó los ojos despacio.

—Repite.

Thiago, ya tomado por la rabia, no retrocedió.

—Tú vives diciendo que no te importa. Pero vives implicando cuando alguien habla de familia. Pareces niño que no puede tener el juguete y dice que es feo.

Enzo se levantó abruptamente.

La silla se arrastró en el suelo con ruido áspero.

—Cuidado.

—¿O qué? —Thiago se levantó también—. ¿Vas a despedirme de tu vida como haces con todo el mundo? ¿O vas a admitir que duele?

La palabra quedó suspendida entre ellos.

Duele.

Enzo avanzó un paso.

—No sabes de lo que estás hablando.

—Sé sí. —Thiago apuntó el dedo en el pecho de él—. Tú te crees superior, pero estás vacío. Y descargas eso en los otros.

Algunos hombres de la seguridad ya se aproximaban discretamente.

—Tal vez deberías gastar parte de esa fortuna yendo a un andrólogo —disparó Thiago, en un impulso final—. Yo pago la consulta, si necesitas.

El puñetazo vino primero en la forma de un empujón violento.

Enzo no pensó.

La rabia acumulada —la llamada no finalizada, la imagen de Camila con otro hombre, el silencio que nunca terminaba— todo explotó en aquel instante.

Él asestó una patada contra la pierna de Thiago, que perdió el equilibrio y cayó contra una silla.

El restaurante se sumió en choque.

—¡No hables de lo que no entiendes! —Enzo rugió.

Thiago intentó levantarse, igualmente furioso.

—¡Eres infeliz, Enzo! ¡Y haces cuestión de arrastrar a todo el mundo junto!

La seguridad intervino antes de que la pelea escalase.

Thiago fue contenido.

Enzo permaneció parado, respirando pesado, los puños cerrados.

Los ojos ardían.

Él no pidió disculpas.

No miró hacia atrás al salir.

En Río de Janeiro, la rutina de Camila comenzaba a recuperar cierta normalidad.

Ella se despertaba temprano, preparaba el café de Lina y Luca, revisaba las mochilas, besaba las frentes aún soñolientas. El apartamento parecía más leve sin la presencia imprevisible de Enzo.

Sin discusiones súbitas.

Sin tensión en el aire.

Ella conseguía trabajar con más foco. Atender pacientes con calma. Sonreír de verdad para los hijos.

Por primera vez en meses, respiraba.

Pero el cuerpo no obedecía completamente.

En una tarde común, percibió algo extraño.

Respiró hondo.

Tal vez café de más.

Tomó agua.

Continuó.

Minutos después, el temblor volvió —más perceptible.

El corazón aceleró sin motivo claro.

Una sensación difusa de inquietud subió por el pecho.

Camila apoyó las manos en la mesa.

Reconocía aquel patrón.

No era físico.

Era ansiedad.

Somatización.

El cuerpo reaccionando a lo que la mente insistía en racionalizar.

La separación no era simple. Ni limpia. Ni resuelta.

Era un nudo apretado que ella fingía conseguir desatar sola.

Se recostó en la silla, cerrando los ojos.

“¿Por qué aún duele?”

El celular vibró sobre la mesa.

Nombre en la pantalla: Marcela Menezes.

Camila hesitó antes de atender.

—Hola, Marcela.

—¡Camila! —la voz era dulce, pero había tensión contenida—. Disculpa llamar así… ¿estás ocupada?

—Un poco, pero puedo hablar.

—Yo quería invitarte a pasar aquí en casa esta noche.

Camila frunció la testa.

—¿Aconteció algo?

Pequeña pausa.

—Enzo volvió para Río. Está aquí.

El mundo pareció encoger por un segundo.

—Él… ¿está ahí?

—Sí. Vino a ver a Thiago. —La voz de Marcela suavizó—. Ellos pelearon feo ayer. Yo creo que deberías saber.

El temblor en los dedos volvió.

Más intenso.

1
Yolanda Villamar
ya me estás cayendo gorda ya hubiera mandado los papeles del divorcio para que se ase pen 🤬🤬🤬🤬a
Rosario. Simoes Veloso
si ls madre no se metiera talvez el seris mas responsable ,pero es el wue estando casado sale con otra mujer ,mientras que la legitima la esconde,que mujer aguante eso...
Hilda Estrada
demasiado amor para ella😞
Hilda Estrada
si, ya basta de rogarle, de pedir tiempo 😢
Hilda Estrada
y x favor, escuchen!
Hilda Estrada
que bárbara, ocupar un espacio de paciente que realmente lo necesita,no,!!!
Hilda Estrada
un catedrático nos dijo: si las mujeres se enamoraran con el cerebro, no con el corazón, otra cosa seria😢
Hilda Estrada
te vas a arrepentir de tus palabras
Hilda Estrada
no sabe que existen sus hijos
Leticia Contreras
finalmente estan juntos despues de sufrir y llorar vale la pena 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰 el entendio
Leticia Contreras
ahy el amor cosa tan rara pero ahi esta
Leticia Contreras
ahora si ya se paso Camila se que esta dolida pero ni le importo que sus nin̈os estan sufriendo mirando a su padre casi moribundo no se vale
Leticia Contreras
los dos necesitan terapia en familia para que ya sea separados oh juntos superen todo lo pasado
Leticia Contreras
lo esta llebando al limite hasta que un dia no despierte
Leticia Contreras
nada esta bien el la quiere reconquistar se vale los dos estan enamorados
Leticia Contreras
los protegio a sus hijos y a Camila de verdad quiere intentarlo bamos con todo Enso
Leticia Contreras
bueno Enso por algo se empieza
Leticia Contreras
ahy que recordar cuando ella lo llamo en busca de alluda y el no le alludo por estar con la zorra de Laura
Leticia Contreras
por Dios ella es una profecional muy ecxelente nunca se gasto el dinero ni en sus hijos
Leticia Contreras
no estaba por dinero estaba porque lo amaba y aun lo ama solo que son dos seres que no saven dialogar y perdonarce el orgullo gana
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