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La Ciudad De La Mafia

La Ciudad De La Mafia

Status: En proceso
Genre:Mafia
Popularitas:226
Nilai: 5
nombre de autor: Arnold Alonso

una ciudad controlada por dos grandes mafiosos que se odian pero en el camino encontrarán enemigos en común será que los haran unirse?

NovelToon tiene autorización de Arnold Alonso para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La trampa perfecta

La Ciudad de la Mafia: Enemigos de Sangre

Capítulo 19: La Trampa Perfecta

La oscuridad cayó sobre el hangar como una manta de sombras.

Antonio Romano apretó inmediatamente su arma.

Víctor Moretti hizo lo mismo.

A su alrededor, los hombres de ambos grupos comenzaron a moverse nerviosamente mientras la alarma resonaba por toda la instalación militar.

El sonido era ensordecedor.

Metálico.

Constante.

Como si todo el complejo hubiera despertado.

—¡Linternas! —gritó Antonio.

Varios haces de luz atravesaron la oscuridad.

Pero aquello no mejoró la situación.

Las enormes estructuras del hangar proyectaban sombras inquietantes.

Cualquier persona podía estar escondida allí.

Observándolos.

Esperándolos.

—Esto no me gusta nada —murmuró Víctor.

—Por una vez estamos de acuerdo.

La radio de Antonio crepitó.

Era Gabriel.

—¿Qué ocurre?

—Las luces se apagaron.

—Lo sabemos.

—Salgan de ahí.

Ahora.

Antonio frunció el ceño.

—¿Por qué?

Del otro lado hubo unos segundos de silencio.

Luego Gabriel respondió.

—Porque Verónica acaba de descubrir algo.

En el centro de operaciones, Verónica observaba antiguos planos de la base.

Su rostro había perdido el color.

Sofía fue la primera en notarlo.

—¿Qué pasa?

Verónica señaló uno de los documentos.

—Esta instalación no fue diseñada como una base militar común.

Gabriel se acercó.

—¿Qué significa eso?

La mujer pasó varias páginas.

Y encontró lo que buscaba.

—Hay sistemas de aislamiento.

—¿Sistemas de aislamiento?

—Puertas blindadas.

Compartimentos sellados.

Mecanismos de emergencia.

El corazón de Gabriel se aceleró.

—¿Estás diciendo que pueden quedar atrapados?

—Estoy diciendo que Mauricio probablemente quiere que queden atrapados.

En el hangar, Antonio recibió el mensaje.

—Tenemos que salir.

—¿Ahora? —preguntó Víctor.

—Ahora.

Los grupos comenzaron a retroceder.

Pero apenas avanzaron unos metros cuando un estruendo sacudió la instalación.

Las enormes puertas del hangar descendieron desde el techo.

Toneladas de acero.

Blindaje militar.

Las salidas quedaron bloqueadas.

—¡Maldita sea! —rugió Antonio.

Los hombres corrieron hacia las puertas.

Inútil.

No se movían ni un centímetro.

La trampa se había cerrado.

A varios kilómetros de distancia, Mauricio Varela observaba varias pantallas.

Cada rincón de la instalación aparecía ante sus ojos.

Sonrió.

Todo avanzaba exactamente como había previsto.

Uno de sus asistentes se acercó.

—Los equipos están listos.

—Perfecto.

—¿Iniciamos la siguiente fase?

Mauricio observó la imagen de Antonio y Víctor atrapados.

—Sí.

Es hora.

De repente, la alarma se detuvo.

El silencio resultó aún más inquietante.

Durante unos segundos nadie habló.

Luego una voz resonó a través de los altavoces de la instalación.

—Buenas noches.

Antonio reconoció inmediatamente aquella voz.

Mauricio Varela.

—Bienvenidos.

La voz sonaba tranquila.

Segura.

Como si estuviera dando la bienvenida a unos invitados.

—Debo admitir que me decepcionaron.

Antonio apretó los dientes.

—¿Dónde estás?

Su pregunta quedó sin respuesta.

—Esperaba algo más elaborado.

Algo más inteligente.

Pero supongo que incluso los mejores terminan siendo predecibles.

Víctor levantó la vista hacia los altavoces.

—¡Da la cara!

La respuesta fue una carcajada.

—Todavía no.

En el centro de operaciones, Gabriel escuchaba cada palabra.

—Está jugando con ellos.

—Siempre lo hace —respondió Verónica.

—¿Podemos ayudarlos?

La mujer observó los planos.

—Tal vez.

—Tal vez no es suficiente.

—Lo sé.

Pero es lo único que tenemos.

Dentro del hangar, la voz continuó.

—Durante años observé esta ciudad.

Durante años vi cómo pequeños reyes se peleaban por pequeños tronos.

Antonio sintió crecer su furia.

—Mientras ustedes luchaban por calles y edificios, yo construía algo mucho más grande.

Las luces se encendieron repentinamente.

Todos levantaron las armas.

Pero no había enemigos.

Solo pantallas.

Docenas de pantallas gigantes distribuidas por el hangar.

Y en cada una aparecía Mauricio Varela.

Sonriendo.

—Mírenlos.

Antonio.

Víctor.

Los dos hombres que pasaron media vida intentando destruirse.

Y ahora luchan juntos.

Qué ironía.

Víctor observó las pantallas.

—¿Qué quieres?

Mauricio cruzó las manos.

—Mostrarles la verdad.

—No nos interesa.

—Debería.

La sonrisa desapareció.

—Porque esta noche termina una era.

Mientras tanto, Sofía revisaba frenéticamente los planos.

De repente encontró algo.

—¡Aquí!

Gabriel se acercó.

—¿Qué encontraste?

—Un túnel de mantenimiento.

Verónica observó el plano.

—Olvidé que existía.

—¿Puede llevar hasta ellos?

—Sí.

Pero está lejos.

Gabriel tomó las llaves de una camioneta.

—Entonces vamos.

En el hangar, Mauricio seguía hablando.

—Antonio.

Tu abuelo construyó tu organización con violencia.

Tu padre la expandió con miedo.

Y tú la mantuviste mediante lealtad.

Antonio permaneció en silencio.

—Pero ya terminó.

La pantalla cambió.

Aparecieron imágenes de varios negocios de Antonio.

Almacenes.

Restaurantes.

Casinos.

—¿Qué es esto? —preguntó uno de sus hombres.

Entonces comenzaron las explosiones.

Una tras otra.

Las imágenes mostraban edificios ardiendo.

Vehículos destruidos.

Hombres corriendo.

Antonio sintió cómo se congelaba la sangre.

—No...

Mauricio sonrió.

—Sí.

La pantalla cambió nuevamente.

Ahora aparecían propiedades vinculadas a Víctor Moretti.

Garajes.

Empresas.

Bodegas.

Y entonces comenzaron a explotar también.

—¡Maldito bastardo! —gritó Víctor.

—Mientras ustedes estaban aquí, mis hombres actuaban.

La voz sonaba completamente tranquila.

Como si estuviera comentando el clima.

—La guerra no se gana reaccionando.

Se gana planificando.

A decenas de kilómetros, Ciudad Oscura comenzaba a convertirse en un caos.

Incendios.

Disparos.

Ataques coordinados.

Las familias mafiosas que aún se resistían a Mauricio estaban siendo golpeadas simultáneamente.

Era una operación gigantesca.

Y había sido preparada durante meses.

Quizás años.

Gabriel conducía a toda velocidad.

Sofía iba a su lado.

Verónica observaba el mapa.

—Más rápido.

—Ya voy rápido.

—No lo suficiente.

Gabriel apretó el acelerador.

Porque comprendía algo.

Mauricio no solo quería derrotar a Antonio y Víctor.

Quería destruirlos.

Completamente.

Dentro del hangar, la situación empeoraba.

Las comunicaciones comenzaron a fallar.

Los teléfonos dejaron de funcionar.

Las radios se llenaron de interferencias.

—Nos está aislando —dijo Víctor.

Antonio asintió.

—Lo sé.

Uno de sus hombres se acercó.

—Jefe.

Encontramos algo.

—¿Qué?

El hombre entregó una tableta electrónica.

Antonio la observó.

Había un temporizador.

Contando hacia atrás.

59 minutos.

El silencio se volvió absoluto.

—¿Qué significa eso?

Nadie tuvo que responder.

Todos comprendieron la respuesta.

A cientos de kilómetros, Mauricio observaba la cuenta regresiva.

—¿Está seguro? —preguntó uno de sus asistentes.

—Completamente.

—Podrían morir.

Mauricio lo observó.

—Ese es el objetivo.

Gabriel recibió una llamada inesperada.

Era Valeria Cruz.

—Escúchame con atención.

—No tengo tiempo.

—Hazlo.

La urgencia en su voz lo hizo callar.

—Encontré información sobre la base.

—¿Y?

—Mauricio almacenó explosivos militares allí hace años.

Gabriel sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿Qué clase de explosivos?

La respuesta llegó inmediatamente.

—Suficientes para borrar el complejo entero del mapa.

En el hangar, Antonio observaba el temporizador.

55 minutos.

Por primera vez en muchos años sintió algo que rara vez experimentaba.

Incertidumbre.

No sabía cómo salir.

No sabía cómo ganar.

Y aquello lo enfurecía.

—Vamos a encontrar una salida.

—¿Y si no existe? —preguntó uno de los hombres.

Antonio lo miró fijamente.

—Entonces la construiremos.

Mientras tanto, Mauricio se levantó de su silla.

Observó la ciudad iluminada a lo lejos.

El asistente volvió a acercarse.

—¿Qué pasará después?

Mauricio sonrió.

—Después de esta noche nadie podrá detenerme.

—¿Y Verónica?

Por primera vez la sonrisa desapareció.

—Ella cometió un error.

—¿Cuál?

Mauricio observó la fotografía de la mujer.

—Olvidó quién me enseñó a jugar.

La imagen quedó sobre el escritorio.

Y junto a ella había otra fotografía.

Una fotografía reciente de Gabriel Torres.

Porque la guerra ya no era solamente contra mafiosos.

Ahora también era contra quienes conocían la verdad.

Y Mauricio Varela estaba decidido a eliminar a todos los que pudieran desafiarlo.

Continuará en el Capítulo 20...

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STEEBAN VALBUENA
EPICO!!!🔥🔥🔥
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