En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.
Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.
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capitulo 9
La verdad descubierta sobre la cicatriz de William no la liberó; la encadenó a una angustia mucho más profunda. Saber que el monstruo que asfixiaba a Asque compartía el mismo pasado que el niño que una vez fue su luz la llenó de una desesperación activa. Evelyn ya no podía permitirse ser una prisionera pasiva. Necesitaba una salida, una defensa, una forma de romper el control que él ejercía sobre su cuerpo y su mente.
A la hora de la cena, la pesada puerta se abrió para dar paso al habitual carrito de plata. Esta vez, Evelyn no se retiró al rincón. Se obligó a sentarse a la mesa de té, manteniendo la mirada baja, adoptando la sumisión fingida de quien ha sido finalmente doblegado por el hambre. La joven sirvienta, al verla dispuesta a comer, suspiró con un alivio visible y comenzó a disponer los platos de porcelana con manos temblorosas.
Evelyn observó los utensilios. Junto al plato de sopa de verduras y el pan, reposaba un pequeño cuchillo de mesa. No era un arma de guerra, pero la hoja de acero templado, aunque roma para la carne, era lo suficientemente afilada como para cortar la piel o servir de amenaza. Su corazón comenzó a latir con fuerza en sus oídos, un tamborileo sordo que amenazaba con delatarla.
—Puedes retirarte —dijo Evelyn con voz suave, fingiendo cansancio—. Comeré a solas.
La sirvienta hizo una reverencia apresurada y salió, cerrando la puerta con llave tras de sí.
En cuanto el pestillo encajó, Evelyn actuó. Sus dedos se cerraron sobre el mango de plata del cuchillo. El metal frío le transmitió una falsa sensación de seguridad. Con movimientos rápidos, deslizó el utensilio dentro de la manga de su desgastada túnica de boticaria, asegurándolo contra su antebrazo con la banda de lino de su corpiño. Sentir el acero contra su piel la hizo respirar con un poco más de soltura. No pretendía asesinar a William; quería una moneda de cambio, un seguro de vida para cuando él decidiera cruzar la línea de su espacio personal de nuevo.
Sin embargo, su pequeña victoria duró apenas unos minutos.
La cerradura volvió a girar con un chasquido metálico seco y autoritario. No era el ritmo pausado de la medianoche; era una entrada abrupta. William entró en la habitación, aún con la chaqueta militar de gala puesta, pero con el rostro ensombrecido por una rigidez absoluta. No había cansancio en sus facciones esta vez; solo una fría determinación que heló la sangre de Evelyn.
Él no dudó. Caminó directamente hacia ella, sus pasos firmes devorando la distancia sobre la alfombra clara. Evelyn se puso en pie de un salto, retrocediendo hasta que la mesa de té quedó entre ambos. Su mano derecha se deslizó instintivamente hacia su manga izquierda.
—Dámelo —ordenó William. Su voz no era un grito, sino un susurro gélido que llenó cada rincón del cuarto.
—No sé de qué hablas —respondió ella, forzando una calma que no sentía, mientras sus dedos buscaban el mango oculto.
William soltó un suspiro de desprecio. En un movimiento rápido y coordinado, rodeó la mesa y le sujetó la muñeca izquierda con una fuerza implacable. Evelyn soltó un jadeo de dolor cuando sus dedos se cerraron sobre su hueso, bloqueando cualquier circulación. Con su mano libre, William deslizó los dedos por la manga de la túnica de ella, localizando el bulto de metal y extrayendo el cuchillo de mesa con una facilidad humillante.
Arrojó el utensilio sobre la mesa de té, donde el metal tintineó contra la porcelana como una burla a su intento de rebelión.
—¿De verdad creías que podías ocultarme algo en esta casa? —William la soltó, dándole un leve empujón que la obligó a apoyarse contra el borde de la cama—. Cada rincón de esta habitación, cada respiración tuya está bajo mi supervisión. Eres una aficionada jugando a la guerra, Evelyn.
Evelyn se frotó la muñeca dolorida, mirándolo con un odio que ya no intentaba ocultar. El contraste entre la cicatriz que recordaba de la mañana y la crueldad de su agarre actual la hacía querer gritar.
—¿Vas a golpearme ahora? —desafió ella, levantando la barbilla—. ¿Vas a encerrarme con tus torturadores porque le temes a un cuchillo de mantequilla?
William la contempló en silencio, su rostro convirtiéndose en una máscara de piedra imperturbable. Su mirada azul descendió un segundo hacia las muñecas enrojecidas de ella antes de volver a sus ojos.
—No —dijo él, con una calma que resultó más aterradora que cualquier amenaza física—. La violencia física es el recurso de los comandantes débiles, y yo no lo soy. Tu fuerza no reside en tus manos, Evelyn; reside en tu voz. En esa molesta capacidad que tienes de creer que tus palabras pueden cambiar el mundo.
William caminó hacia la puerta, pero antes de abrirla, se giró hacia ella con una sonrisa carente de toda calidez.
—A partir de este momento, se establece el castigo del silencio. Durante tres días, nadie en esta mansión te dirigirá la palabra. Los guardias no responderán a tus preguntas, la sirvienta no te mirará y yo no vendré a escucharte. Experimentarás lo que es la verdadera insignificancia en Asque.
—¡William, no puedes hacer esto! —gritó ella, dando un paso al frente.
—Ya lo he hecho —respondió él, saliendo de la habitación y cerrando la puerta.
El primer día del castigo comenzó con una quietud sepulcral. Cuando la sirvienta entró a retirar el carrito y dejar el desayuno, Evelyn intentó hablarle.
—Por favor... ¿cómo está Leo? ¿Sabes algo del sector sur? —preguntó, con la voz cargada de una súplica genuina.
La joven criada se movió como un autómata. No levantó la vista del suelo, no hizo ningún gesto y sus manos no vacilaron al recoger los platos. Era como si Evelyn fuera un fantasma, una presencia incorpórea que no merecía la más mínima interacción. La puerta se cerró y el silencio regresó, denso y sofocante como el polvo de una tumba.
Para la tarde del segundo día, el aislamiento comenzó a mellar la resistencia de Evelyn de una forma que ella no había previsto. La boticaria que siempre había estado rodeada del bullicio de los enfermos, de los gritos de los niños y del murmullo constante de la resistencia, se descubrió a sí misma hablando en voz alta solo para escuchar el sonido de una voz humana. El silencio de la habitación gótica se convirtió en una lija que desgastaba sus nervios. Cada crujido de la madera, cada ráfaga de viento contra el ventanal del acantilado sonaba amplificado, recordándole su absoluta soledad.
Sentía una opresión constante en el pecho, una claustrofobia mental que la obligaba a caminar de un extremo a otro del cuarto hasta que las piernas le dolían. Intentó mirar por la ventana, pero la caída mortal hacia el río gris solo le recordaba que la muerte era la única que no guardaba silencio allí fuera.
Lo que Evelyn no sabía era que, en el despacho principal del ala norte, el castigo era una vía de doble sentido.
William estaba sentado frente a una hilera de monitores de seguridad de alta definición. La pantalla central mostraba la habitación de Evelyn desde un ángulo elevado. Él no había atendido sus asuntos militares en todo el día; sus generales se quejaban de su inusual distracción, pero su mente estaba atrapada en esa pantalla.
Observaba cada uno de sus movimientos con una atención que rayaba en la patología. Vio cómo ella se abrazaba a sí misma junto a la chimenea apagada, cómo sus labios se movían en susurros inaudibles y cómo su mirada café se dirigía a veces hacia la cámara del techo con una mezcla de reproche y desesperación. La vulnerabilidad de Evelyn, su lento desmoronamiento bajo el peso del silencio, en lugar de satisfacerlo, le producía una inquietud insoportable.
Él quería romper su voluntad, pero verla marchitarse en el monitor le despertaba un vacío en el estómago que el Comandante no lograba comprender. Se frotó la cicatriz oculta de su antebrazo bajo la manga del uniforme, sintiendo que el castigo del silencio lo estaba aislando a él tanto como a ella.