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LA CONDESA Y EL DEMONIO DEL MAR

LA CONDESA Y EL DEMONIO DEL MAR

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Amor eterno / Amor prohibido / Completas
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

En un rincón olvidado del Caribe, donde el salitre marca la piel y las olas susurran secretos prohibidos, nace una historia de orgullo, sangre y una pasión indomable. Clara de la Riva es la personificación de la pureza: de piel tan blanca como la espuma del mar y poseedora de un apellido que evoca nobleza. Sin embargo, tras los muros de su decadente mansión, el hambre y la ruina acechan. Su madre, una Condesa que se aferra con uñas y dientes a un título que ya no puede pagar, ve en la belleza de su hija la única salida para recuperar la gloria perdida.
Pero el destino tiene otros planes y llega al puerto bajo el nombre de Luis "Satán". Él es un hombre que no conoce leyes, un marinero de estatura imponente, músculos forjados por la tormenta y manos grandes capaces de dominar el océano. Luis ha crecido sin nombre y sin pasado, cargando con el estigma de ser un "hijo de nadie", mientras se convierte en el dueño absoluto de las rutas comerciales y del respeto —o el terror— de quienes lo ro

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: La Voz de los Viejos del Mar

Salieron al amanecer, con la luz todavía gris y el puerto envuelto en una neblina baja que olía a sal y a madera vieja. Luis llevaba la casaca limpia, el anillo de los Villalobos en la mano derecha, y un cuchillo de marinero escondido en la bota, porque hay hábitos que no se cambian aunque cambien los tiempos. Clara llevaba el pelo recogido en un moño bajo, un vestido de tela oscura, y una libreta pequeña en la que pensaba apuntar todo lo que se dijera, porque sabía, con esa intuición que tienen las mujeres de mar, que las palabras de los pescadores, si no se escribían en el momento, se las llevaba el viento.

Caminaron por la calle principal, desierta a esa hora, hasta llegar al muelle viejo, que era un embarcadero de piedra y madera que llevaba más de cien años soportando temporales, tormentas y silencios. En la punta del muelle, sentados en unos banquetes de madera, con las piernas colgando sobre el agua y las manos enredadas en las redes, los esperaban cinco hombres. Eran los últimos pescadores que recordaban la noche en que Rodrigo Villalobos había salido a pescar y no había vuelto. Habían aceptado hablar con ellos porque don Evaristo, la noche anterior, les había enviado un mensaje con uno de sus pasantes, y porque el nombre de don Evaristo, en aquel puerto, era todavía más serio que el del gobernador.

Los cinco se llamaban, cada uno a su modo, con la mezcla de respeto y desconfianza que se les tiene a las personas de la casa grande: estaban Tomás el Manco, que había perdido una mano en una explosión de un barco inglés y que desde entonces leía el mar con la única que le quedaba; estaba Agustín el Ciego, que no era ciego del todo, pero que veía tan poco que se guiaba por el olor del viento; estaba Eulogio el Cojo, que caminaba con un bastón de carey y que conocía cada piedra del fondo de la bahía; estaba Casimiro el Mozo, el más joven de todos, que tenía ochenta años y que todavía se tiraba al agua en los meses de calor; y estaba, por último, don Fidel, que era el más viejo, el más callado, y al que todos llamaban "el patriarca", porque había sacado a la mayoría de ellos a pescar cuando no eran más que unos críos, y porque tenía una memoria que parecía no acabarse nunca.

Luis les estrechó la mano a todos, uno por uno, con la solemnidad con la que se estrecha la mano de un hombre al que se le va a pedir que cambie el mundo, y les dijo, con la voz clara de un Villalobos que ha vuelto a su casa:

—Buenos días tengan ustedes, señores. Y antes de que les diga por qué estamos aquí, quiero que sepan que sé el riesgo que corren, y que no les voy a pedir que digan nada que no quieran decir. Si me quieren ayudar, los escucho. Y si no me quieren ayudar, me voy por donde vine, y les doy las gracias por el tiempo que me han regalado.

Los cinco se miraron, y don Fidel, que no había abierto la boca en toda la mañana, le respondió, con la voz cascada de un hombre que ha gritado contra el viento toda la vida:

—Muchacho, no te hemos esperado tres horas en este muelle para que te vayas. Si no quisiéramos hablar, no habríamos venido. Habla tú, y nosotros te contestamos. Que para eso somos viejos, y los viejos, en este puerto, ya no tenemos nada que perder.

Luis respiró hondo, les contó quién era, les contó que era hijo de Rodrigo, les contó que sabía que su padre no había muerto en el mar, les contó que la Condesa sospechaba de Adrián desde hacía veinticinco años, y les preguntó, con la voz más firme que pudo, qué fue lo que vieron aquella noche.

El silencio que siguió fue largo, espeso, un silencio de mar, un silencio que parecía tener peso. Eulogio el Cojo fue el primero en hablar, y lo hizo mirando al agua, como si lo que iba a decir se lo estuviera dictando el fondo del mar:

—Yo estaba aquí, muchacho, aquí mismo, con mis redes, cuando tu padre salió. Eran como las seis de la tarde, y el mar estaba tranquilo, tan tranquilo que daba miedo, porque en este puerto uno sabe, por la experiencia, que cuando el mar se queda quieto, está tramando algo. Tu padre salió solo, como siempre, con su bote, y a los pocos minutos lo vi pasar a lo lejos, por la bocana, hacia el norte. Y detrás de él, pero a una distancia que a mí se me hizo rara, venía otro bote, uno más pequeño, uno que no tenía luces. Yo pensé que era alguno de los muchachos que salía a recoger nasas, pero no era un muchacho, muchacho. Era Adrián.

Tomás el Manco, que estaba al lado, le pasó la palabra sin que nadie se la pidiera:

—Yo lo vi también, hijo. Y te digo más: lo vi remando con los dos remos, pero con un ritmo que no era el de un hombre que va a pescar, sino el de un hombre que va a alcanzar a otro. Y cuando tu padre llegó a la altura del bajo de los ahogados, ese que está a una milla de la costa, el bote chico aceleró, y yo, desde aquí, con la única mano que me queda, vi cómo se acercaba a tu padre por la popa, y vi, muchacho, te lo juro por la memoria de mi madre, cómo algo brillaba en la mano de Adrián. Algo que parecía un hacha, o un machete, o algo peor.

Agustín el Ciego, que estaba escuchando con los ojos cerrados, como si la neblina le molestara, abrió los ojos y dijo, con la voz de un hombre que ha visto más con los ojos cerrados que otros con los abiertos:

—Yo, muchacho, no vi nada, porque ya estaba medio ciego. Pero lo oí. Esa noche, el viento traía un sonido que no era el sonido del mar. Era un sonido más seco, más corto, un sonido de algo que se rompía, y luego un sonido de algo que caía al agua. Y después, muchacho, un grito. Un solo grito, un grito de hombre, un grito que no era de miedo, que era de sorpresa, que era el grito que pega un hombre cuando entiende que lo que le acaba de pasar no tenía que haberle pasado.

Los cinco pescadores se quedaron en silencio, y Luis, que tenía la cara empapada, no sabía si de la neblina o de las lágrimas, les preguntó, con la voz rota:

—¿Y el bote? ¿Qué pasó con el bote de mi padre?

Casimiro el Mozo, el más joven, el que todavía se tiraba al agua, fue el que respondió, y lo hizo con la voz firme de un hombre que ha esperado veinticinco años para decir lo que va a decir:

—Yo, muchacho, esa noche estaba en el agua, esperando a que mi padre saliera de faena. Vi, desde abajo, cómo el bote de tu padre se hundía. Y vi, también, cómo del bote de Adrián salían dos hombres que empezaron a buscar algo en el agua, durante un rato largo, hasta que uno de ellos, el más grande, levantó la mano con algo en ella, y los dos volvieron a su bote y se fueron hacia la costa. Yo me quedé quieto, muchacho, escondido entre las rocas, porque tenía miedo, tenía mucho miedo, y al día siguiente, cuando todo el puerto estaba buscando a tu padre, yo no dije nada. Te pido perdón, muchacho, te pido perdón en nombre de los cinco, y te juro, por la luz que nos alumbra, que si tu padre me estuviera viendo desde el cielo, estaría tan decepcionado de mí como lo estoy yo.

Luis se levantó del banquete, se acercó a Casimiro, y lo abrazó, y los otros cuatro se levantaron también y se unieron al abrazo, y los seis, juntos, lloraron un rato largo, en silencio, mientras la neblina se iba aclarando y el sol empezaba a entrar por la bocana del puerto. Clara, que estaba detrás, con la libreta empapada de las lágrimas que ella misma había derramado, les dijo, con la voz firme:

—Señores, lo que ustedes han dicho hoy no se va a perder. Se va a escribir, se va a firmar, y se va a llevar al juez que viene de Caracas. Y yo les prometo, por la memoria de mi padre, que no se va a perder. Ni una sola palabra.

Los cinco pescadores asintieron, y don Fidel, que no había dicho una sola palabra en toda la mañana, se levantó del banquete, se acercó a Luis, le puso la mano en el hombro, y le dijo, con la voz de un padre que reconoce al hijo que nunca tuvo:

—Muchacho, yo no te conocí de niño, pero tu padre sí lo conocí. Y te voy a decir una cosa: eras idéntico a él. No en la cara, no en el cuerpo, sino en los ojos. Tu padre tenía los mismos ojos que tienes tú: los ojos de un hombre que no sabe rendirse. Y ahora, muchacho, vete a hacer lo que tengas que hacer, y no mires atrás, que para atrás, en este puerto, no hemos dejado nunca nada que valiera la pena.

Luis le estrechó la mano, le dio un abrazo, y se fue del muelle con Clara del brazo, mientras los cinco pescadores, sentados otra vez en los banquetes, con las piernas colgando sobre el agua, los veían alejarse por la calle principal, y Eulogio el Cojo, que era el que mejor veía de todos, dijo, en voz baja, que es como se dicen las cosas que de verdad importan:

—Mírenlos, muchachos. Mírenlos bien, y acuérdense de esto. Porque dentro de muchos años, cuando los nietos nos pregunten qué hicimos aquella vez que se descubrió la verdad, vamos a poder decirles que estuvimos ahí, en el muelle, con los pies colgando, diciendo lo que había que decir.

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Nerika Moreno
Mientras más leo más me confundo 😠
Nerika Moreno
Esa Condesa está loca como rompe esa carta sin leerla, seguro ahí contaba secretos 😞
Nerika Moreno
Ya me perdí¿Quien es hermano de quién? que arroz con mango es ese🤪
Nerika Moreno
Que hermoso 😍 me muero de amor 🥰 quien no quiere un marinero grandote y q te cuide 🤪☺️
Zonia Guzman
El Adrián no creo que sea hijo de el ni la chica
Zonia Guzman
Esta como aburrida
Zonia Guzman
Que enredada pero que no sean hermanos porque entonces???
Liliana García
Tiene que haber gato encerrado, uds no pueden ser hermanos
Liliana García
Entonces son medios hermanos 😪😪😪
Enith García
Y te gustó, que rico!!!!
Enith García
Ese macho te puso a temblar la de abajo🤭
Enith García
Me encanta, buen inicio de obra
Vicenta Peñalver
así es no xq uno venga de abajo los demás valen más w uno todo lo bueno bien del corazón
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