Segunda temporada de VEINTICUATRO (BL)
Han pasado Dos años.
Dylan Lara ya no es el novato impulsivo que corría en pistas ilegales. Ahora es uno de los corredores más temidos del circuito internacional. Fama, contratos millonarios y un lugar asegurado entre los mejores. A su lado sigue Nathaniel Liu, el hombre que lo secuestro, lo protege… y lo ama con una intensidad que roza lo posesivo.
Pero el éxito siempre atrae algo más que admiradores.
Un nuevo corredor irrumpe en sus vidas. Nadie sabe de dónde salió. Nadie conoce su pasado. Solo hay un detalle inquietante: parece saber demasiado.
Mientras la competencia se vuelve más violenta, los sabotajes más precisos y viejos secretos familiares comienzan a salir a la luz, Dylan descubre que el peligro no está solo en la pista. Alguien lo observa. Lo estudia. Lo desea.
Quiere poseerlo.
Cuando el amor se mezcla con obsesión, celos y poder… ¿quién cruzará primero la línea roja?
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Capítulo 18: Mensajes no deseados
La casa los recibió con su calidez habitual. El aroma a pan recién horneado y café se filtraba desde la cocina, mezclándose con el suave murmullo de la televisión encendida en algún lugar del fondo. Doña Rosa apareció en el recibidor apenas cruzaron la puerta, con su delantal puesto y una sonrisa que iluminaba todo su rostro.
—¡Ay, mis niños! —exclamó, abriendo los brazos—. ¡Por fin llegaron! Ya estaba preocupada.
Dylan sonrió, sintiendo cómo el cansancio del viaje se mezclaba con el alivio de estar de vuelta. Se acercó a la señora Rosa y la abrazó con fuerza, apoyando la barbilla en su hombro.
—Hola, Rosa. Te extrañé.
—Ay, cariño, yo también te extrañé —respondió ella, acariciándole la espalda con ternura—. Pero ya estás aquí, y eso es lo que importa. ¿Comiste algo en el avión? ¿Quieres que te prepare algo?
—Después, Rosa —dijo Dylan, soltándola con una sonrisa cansada—. Ahora solo necesito sentarme un momento.
Caminó hacia el salón con pasos lentos, sintiendo cómo el agotamiento se apoderaba de cada músculo de su cuerpo. El sillón grande, el que siempre había sido su favorito, lo recibió con su mullido abrazo. Dylan se dejó caer sobre él, apoyando la cabeza en el respaldo y cerrando los ojos.
Solo un momento, pensó. Solo un momento para descansar.
El sueño llegó antes de que pudiera contar hasta diez.
Nathan lo observó desde el marco de la puerta, con una sonrisa suave que solo aparecía cuando Dylan no lo veía. El chico estaba profundamente dormido, con el rostro relajado y la respiración acompasada. Parecía más joven así, sin las preocupaciones del mundo en sus hombros.
Doña Rosa pasó a su lado y susurró, como si temiera despertarlo:
—Pobre muchacho. El viaje debe haber sido agotador.
—Lo fue —respondió Nathan, en voz baja—. Pero ya está en casa.
Se acercó al sillón y se agachó junto a Dylan, observando sus facciones tranquilas. Un mechón de cabello había caído sobre su frente, y Nathan sintió la tentación de apartarlo, pero no quiso despertarlo.
—Dylan —murmuró suavemente—. Vamos, sube a la habitación a dormir.
No hubo respuesta. Dylan seguía profundamente dormido, sin siquiera un movimiento que indicara que había escuchado.
Nathan sonrió, negando con la cabeza. —Dormilón.
Estaba a punto de alzarlo en brazos cuando escuchó el sonido. Una vibración, breve pero insistente, proveniente del bolsillo del pantalón de Dylan. El teléfono.
Nathan dudó un segundo. No quería invadir su privacidad, pero la vibración se repitió, y algo en su interior le dijo que no era una notificación cualquiera. Con cuidado, deslizó la mano en el bolsillo de Dylan y sacó el teléfono.
La pantalla iluminada mostraba una serie de mensajes de un número desconocido. Nathan frunció el ceño. No reconoció el número, y el hecho de que no estuviera guardado en los contactos de Dylan le pareció extraño.
Deslizó el dedo de Dylan sobre el lector de huellas para desbloquear el dispositivo y abrió la conversación.
Su mandíbula se tensó al leer.
"Ha pasado muchos años, mi querido Dylan."
"No esperaba que me hubieras olvidado tan rápido."
"Pero ya habrá tiempo para recordar."
Nathan siguió deslizando hacia arriba. No había más mensajes. Solo esos tres, enviados con un intervalo de minutos entre ellos, como si el remitente estuviera esperando una respuesta que nunca llegaba.
No había nombre. No había datos personales. Solo esas palabras, tan crípticas como inquietantes.
Nathan apretó los dedos alrededor del teléfono, sintiendo cómo la rabia comenzaba a burbujear en su pecho. No era solo el contenido de los mensajes. Era el hecho de que Dylan no le hubiera dicho nada. Que hubiera guardado silencio sobre alguien que lo contactaba con tanta familiaridad.
Pero más que la rabia, lo que sentía era preocupación.
Miró a Dylan, que seguía dormido en el sillón, ajeno a todo. Su rostro seguía tranquilo, sin rastro de angustia o miedo. No sabía que Nathan había visto los mensajes. No sabía que su secreto había sido descubierto.
Nathan guardó el teléfono de nuevo en el bolsillo de Dylan con el mismo cuidado con el que lo había sacado. Luego, sin hacer ruido, se agachó y pasó una mano sobre el cabello de su novio, acariciándolo con ternura.
—¿Qué estás ocultando, gatito? —susurró, con una voz que mezclaba dulzura y determinación—. Y quién te está escribiendo.
Dylan no se movió. Siguió dormido, ajeno a la tormenta que se gestaba en la mente de Nathan.
Nathan se incorporó lentamente, con la mirada fija en el rostro de Dylan. Había algo en esos mensajes que no le gustaba. Algo que no encajaba. Y estaba decidido a descubrir qué era.
—Rosa —dijo, volviéndose hacia la cocina—. ¿Puedes preparar una taza de té? Creo que voy a necesitarla.
—Claro, hijo —respondió ella desde la distancia—. ¿Quieres que suba a Dylan?
—No se, preocupe yo lo hago.
_____
Nathan se quedó unos segundos más observando a Dylan, con la respiración acompasada y el rostro tranquilo. Luego, sin hacer ruido, se agachó y deslizó un brazo bajo sus rodillas y el otro bajo su espalda. Lo levantó con cuidado, sintiendo el peso familiar de su cuerpo contra el suyo.
—Siempre tan ligero —murmuró, casi para sí mismo, con un tono que mezclaba ternura y reproche—. Algún día vas a aprender a comer como la gente.
Dylan ni siquiera se movió. Estaba profundamente dormido, su cabeza inclinada hacia el pecho de Nathan, buscando instintivamente el calor de su cuerpo. Era un gesto tan natural, tan suyo, que Nathan sintió un nudo en el pecho.
Subió las escaleras con pasos lentos y firmes, cuidando de no golpear las paredes ni hacer ruido. La habitación los recibió con la penumbra de las cortinas entreabiertas y el olor a sábanas limpias. Nathan lo depositó sobre la cama con la misma delicadeza con la que lo había levantado, acomodando su cabeza en la almohada y estirando sus piernas.
Dylan se revolvió apenas, buscando la almohada con un gesto instintivo, y se hundió en ella con un suspiro de satisfacción. Nathan lo observó un momento, sus dedos acariciando el borde de su mandíbula con una lentitud deliberada.
—Gatito —murmuró, su voz apenas un susurro—. Odio que me ocultes cosas.
Una sonrisa se dibujó en sus labios, pero no era una sonrisa feliz. Tenía un filo peligroso, una mezcla de posesividad y determinación que solo aparecía cuando algo tocaba lo que él consideraba suyo. Y Dylan era suyo. Había sido suyo desde el momento en que lo vio por primera vez en aquella pista, y no iba a permitir que nadie se interpusiera entre ellos.
Pero no iba a reaccionar con violencia ni con amenazas vacías. No era su estilo. Prefería la precisión, la información, el control.
Se inclinó y besó la frente de Dylan con suavidad, un gesto que contrastaba con la intensidad de sus pensamientos. Luego se giró y salió de la habitación, cerrando la puerta tras él con un clic suave.
En el pasillo, sacó su teléfono y buscó el contacto de Marcus. Sabía que su amigo estaba de vacaciones con su esposa, pero esto no podía esperar. Era un experto en tecnología, el mejor que conocía para rastrear números y conexiones digitales. Si alguien podía averiguar quién estaba detrás de esos mensajes, era él.
El teléfono sonó varias veces antes de que Marcus contestara. Su voz llegó con un tono de incredulidad apenas disimulada.
—Nathan. Son casi las once de la noche. ¿Tienes idea de a qué hora estamos?
—Sí —respondió Nathan, sin inmutarse—. Pero necesito tu ayuda.
—¿Ahora?
—Ahora.
Hubo un suspiro al otro lado de la línea, seguido de un murmullo femenino que Nathan identificó como la voz de Claire, la esposa de Marcus. Luego, Marcus habló de nuevo, su tono entre resignado y curioso.
—Está bien, está bien. Dime qué necesitas. Pero que sea rápido, Claire ya me está mirando con esa cara de "vas a dormir en el sofá".
—Necesito que rastrees un número de teléfono —dijo Nathan, directo al grano—. Y que me digas a quién pertenece.
—¿Eso es todo? ¿Un número de teléfono? ¿A estas horas?
—No es un número cualquiera. Alguien le está escribiendo a Dylan. Mensajes extraños. Y quiero saber quién es.
El silencio al otro lado de la línea se alargó un par de segundos. Marcus debía estar procesando la información, evaluando si valía la pena interrumpir sus vacaciones por eso.
—¿Y no puedes esperar hasta mañana? —preguntó finalmente.
—Podría —admitió Nathan, con una calma que ocultaba su impaciencia—. Pero prefiero no hacerlo.
Marcus suspiró de nuevo, pero esta vez había un dejo de resignación en el sonido. —Eres un desgraciado, ¿lo sabes? Bueno, pásame el número. Pero no prometo tenerlo todo para mañana. Esto puede llevar tiempo.
Nathan sonrió, una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos. —No importa. Mientras tengas algo, me sirve.
—Claro que te sirve —murmuró Marcus, con un tono que mezclaba sarcasmo y comprensión—. Eres un obsesivo de primera, Nathan Liu. No has cambiado nada en todos estos años.
—No pienso cambiar —respondió Nathan, con la misma calma—. No cuando se trata de él.
—Lo sé, lo sé. Por eso te ayudo. Te paso el contacto de un colega que puede rastrear el número con más precisión que yo. Es un experto en este tipo de cosas. Pero te advierto, Nathan... si esto es solo una paranoia tuya, vas a tener que pagarme bien por la interrupción.
—Te pagaré el doble.
—Ahora sí estoy interesado. Pásame el número.
Nathan le dictó el número desconocido que había visto en el teléfono de Dylan, escuchando cómo Marcus lo anotaba al otro lado.
—Recibirás noticias mías en unos días —dijo Marcus, antes de colgar—. Y Nathan... cuida a ese chico. No sé qué está pasando, pero si alguien está jugando con él, no va a terminar bien para esa persona.
—Lo sé —respondió Nathan, su voz más baja—. Por eso voy a asegurarme de que no vuelva a ocurrir.
Colgó y guardó el teléfono en el bolsillo. Se quedó un momento en el pasillo, mirando la puerta cerrada de la habitación donde Dylan dormía. Había algo en el aire, una sensación que no podía ignorar. Algo estaba pasando. Y él iba a descubrir qué era.
Porque Dylan era su familia, su hogar, y no iba a permitir que nadie lo lastimara. Ni ahora, ni nunca.
Caminó de vuelta hacia la habitación, abrió la puerta con cuidado y se deslizó en la cama junto a Dylan. El chico se movió apenas, buscando el calor de su cuerpo con un gesto automático. Nathan lo rodeó con el brazo, atrayéndolo hacia su pecho, y apoyó la barbilla en su cabeza.
—Mañana —murmuró para sí mismo—. Mañana sabremos quién es.
Afuera, la noche seguía su curso. Dentro de la habitación, solo se escuchaba la respiración profunda de Dylan y el latido constante del corazón de Nathan, firme y decidido.
morí olvidada reviví intocable 🤭