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Solo Nosotros Dos

Solo Nosotros Dos

Status: En proceso
Genre:Yaoi
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: luana figueroa

Dos hombres, un amor inmenso y el sueño de ser papás. Él es un hombre trans, y juntos llevarán a su bebé en el corazón y en el vientre. No importa lo que digan los demás: esta familia se construye solo nosotros dos.

NovelToon tiene autorización de luana figueroa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Solo nosotros dos Capítulo 4: Cambios en el cuerpo, certezas en el alma

Pasaron las semanas y el tiempo pareció correr más rápido de lo que ninguno esperaba. Al principio, el cambio era casi imperceptible: apenas una pequeña curva que se notaba solo si él se miraba mucho al espejo, o si Lucas pasaba la mano con mucho cuidado sobre su cintura. Pero poco a poco, esa pequeña forma empezó a crecer, y con ella llegaron también las dudas que Mateo creía ya haber dejado atrás.

Durante unos días, volvió a sacar del fondo del armario las camisas más anchas y las chaquetas grandes, incluso cuando hacía calor. Se abotonaba hasta arriba, tratando de que nadie notara nada, como si ocultar su vientre fuera la forma de proteger quién era. Una tarde, mientras se miraba al espejo después de bañarse, se quedó mucho tiempo quieto, tocándose suavemente esa parte nueva de él. No le disgustaba, pero le daba miedo: miedo a que la gente viera eso y dejara de ver al hombre que era, a que todo lo que había luchado por construir se desdibujara ante una sola mirada.

Lucas entró en el cuarto en silencio, se acercó despacio y lo abrazó por la espalda, apoyando la barbilla en su hombro. No le preguntó qué le pasaba, no le dijo que no fuera tonto. Solo puso su mano sobre la de Mateo, que descansaba en el vientre, y habló muy bajito, mirándolos a los dos en el reflejo:

—¿Sabes qué veo yo? Veo al hombre más fuerte que conozco. Veo a la persona que amo, que tuvo el coraje de ser quien era a pesar de todo. Y ahora veo también al papá que lleva nuestro hijo ahí adentro. Esa panza no te quita nada, Mateo. Al contrario: te muestra todo lo que eres capaz de dar. Sigues siendo tú, el mismo de siempre, solo que ahora tienes un pedacito de nosotros dos creciendo contigo.

Esas palabras cayeron en su corazón como un alivio inmenso. Se dio vuelta y se aferró a él, dejando salir las lágrimas que había guardado esos días. Lucas lo abrazó con todas sus fuerzas, besándole la cabeza, las manos, la frente, hasta que Mateo sintió que el miedo se iba un poco más lejos.

Aun así, el embarazo trajo consigo cosas que no esperaba. Había mañanas en que se levantaba con náuseas que no lo dejaban ni probar bocado; otras veces le dolía tanto la espalda que tenía que acostarse un rato en el suelo para sentirse mejor; a veces se le hinchaban tanto los pies que no le entraban las zapatillas, y lloraba de cansancio sin entender por qué. Pero Lucas nunca se quejó, nunca se apartó. Cada mañana se levantaba antes que él para prepararle un té suave y unas galletas antes de que se levantara; por las noches le hacía masajes largos en la espalda y las piernas con aceite tibio, mientras le contaba cosas sencillas, como qué árboles había visto camino al trabajo o cómo jugaban los niños en la guardería. Cuando se le antojó comer mandarinas dulces a las dos de la mañana, Lucas se puso la campera y salió a buscarlas a la única tienda que sabía que abría hasta tarde, sin decir una queja.

—No tienes que hacer todo esto —le decía Mateo, avergonzado a veces.

—No lo hago por obligación —le contestaba él, besándole la mano—. Lo hago porque te amo. Porque tú cuidaste de nuestro sueño desde el primer día, y ahora te toca a ti dejar que yo te cuide a ti.

Llegó por fin el día de la primera ecografía en la que podrían verlo con más claridad. Entraron juntos a la sala, y Mateo se acostó en la camilla, agarrando la mano de Lucas con tanta fuerza que sus dedos se pusieron blancos. Cuando el médico pasó el aparato por su vientre y la imagen apareció en la pantalla, el silencio llenó la habitación. Ahí estaba: una pequeña figura, perfecta, con un corazón que latía rápido y fuerte, marcando su propio ritmo.

—Todo va excelente —dijo el doctor con una sonrisa—. El bebé se está desarrollando muy bien, y tú también estás aguantando todo de maravilla.

Mateo miró la pantalla y luego a Lucas, y vio que su pareja tenía los ojos llenos de lágrimas, con una sonrisa tan grande que le dolían los labios.

—Es real —susurró Lucas—. Es nuestro.

Pero no todo el mundo lo veía con esos mismos ojos. Una tarde, mientras iban juntos a comprar ropa de cuna en una tienda del centro de Montevideo, se detuvieron frente a unos bodys de color celeste y blanco. De pronto, escucharon detrás de ellos dos voces bajas, que no se preocuparon por ocultar:

—Mira eso… qué cosa tan rara. Un hombre caminando así, con esa panza. No debería andar por ahí, da mala imagen.

Mateo sintió como si le hubieran echado agua helada encima. Se tensó todo el cuerpo, sintió que la garganta se le cerraba y tuvo ganas de irse corriendo, de desaparecer. Lucas se detuvo en seco. Primero se giró hacia él, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos para darle calma, y luego miró hacia las personas que habían hablado, con voz tranquila pero firme, sin gritar pero sin dejar lugar a dudas:

—Lo que ven aquí es una familia. Él es mi pareja, es un hombre maravilloso, es el papá de nuestro hijo, y lo que hagamos o dejemos de hacer es asunto nuestro y de nadie más. Antes de juzgar, aprendan a respetar lo que no entienden.

Tomó a Mateo de la mano, recogieron las prendas que habían elegido y pagaron sin mirar a nadie más. Al salir a la calle, el aire fresco de la tarde les dio en la cara. Caminaron un rato hasta llegar a la rambla, y se sentaron en su banco favorito, mirando cómo el sol se iba escondiendo detrás del río. Mateo seguía un poco pensativo, pero ya no sentía ese peso en el pecho.

—Gracias —dijo, apretando la mano de Lucas—. A veces siento que debería explicarle mi vida a todo el mundo, defender quién soy una y otra vez… pero contigo es distinto. Siento que con tu sola palabra ya todo está bien.

Lucas se acercó y le dio un beso muy suave en el vientre, y luego en los labios.

—Yo sé quién eres. Sé que eres valiente, sé que eres bueno, sé que eres el amor de mi vida. El resto de la gente puede mirar lo que quiera, puede pensar lo que quiera: lo que importa es lo que tenemos nosotros aquí, en nuestro corazón y en nuestra casa. Vamos a tener días duros, seguro, pero nunca vas a tener que enfrentarlos solo. Siempre seremos solo nosotros dos.

Esa noche, al llegar a casa, Mateo se miró al espejo otra vez. Y por primera vez en mucho tiempo, en lugar de ocultarse, se puso de pie derecho, pasó la mano suavemente sobre su vientre y sonrió. No tenía miedo. Sabía que lo que venía sería hermoso, porque lo estaban construyendo juntos, tal como eran, sin pedir permiso a nadie.

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Brisa Romero
/Grin/
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