Ximena Reyes creyó que su matrimonio con Víctor Rivas era lo único que le quedaba después del accidente que la dejó en cama. Pero la verdad era mucho más cruel: su esposo no solo tenía una amante, también había escondido un hijo con ella, había tomado control de su empresa y estaba esperando el momento perfecto para deshacerse de Ximena sin dejar pruebas.
Encerrada en su propia casa, vigilada, debilitada y sin poder mover las piernas, Ximena parecía no tener salida.
Hasta que entendió algo.
Víctor podía quitarle el teléfono, sus documentos, su dinero y hasta su cuerpo.
Pero no podía quitarle la cabeza.
Con ayuda de su mejor amiga Nadia, un médico frío que parece saber más de lo que dice y las grietas que empiezan a abrirse entre sus enemigos, Ximena decide dejar de suplicar.
Si su esposo quería verla muerta, primero tendría que verla levantarse.
Y esta vez, cada mentira, cada golpe y cada traición iba a cobrarse con intereses.
NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19
Capítulo 19
En el módulo del Registro Civil había fila.
Víctor no soltó mi silla ni un segundo.
—Puedo formarme yo —dije—. Tú siéntate un rato.
—Te quedas aquí.
No insistí.
Me tenía puesta delante de él como equipaje.
Si yo hablaba con alguien, él escuchaba.
Si intentaba mover la silla, sus manos estaban en los mangos.
El trámite avanzaba lento. Sellos, pantallas, niños llorando, parejas discutiendo por actas.
Yo llevaba el comunicador escondido bajo el cabello.
Cuando una familia empezó a pelear junto a la ventanilla y el ruido cubrió mi voz, murmuré:
—Nadia, estamos adentro.
—Cinco minutos.
El funcionario revisó los papeles de Víctor y frunció el ceño.
—Falta la validación del comité.
—La traemos después —respondió él.
—Sin eso no queda cerrado.
—Ya lo sabemos.
Yo bajé la mirada.
Nada cerrado.
Todo pendiente.
Eso quería.
Mientras el expediente siguiera abierto, yo seguía siendo necesaria.
Nadia aventó una bolsa rota sobre el mostrador.
—¡Quiero levantar una denuncia! ¡Me acaban de robar!
Varias personas voltearon.
El funcionario de la ventanilla frunció el ceño.
—Señorita, tiene que pasar a recepción.
—¿Recepción? ¿Y si el tipo se me va? Traía mis tarjetas, mi INE, todo. ¿Qué clase de módulo es este?
Esa mujer podía convertir una sala gris en teatro.
Víctor se tensó detrás de mí.
Nadia giró la cabeza como si acabara de verme por casualidad.
Sus ojos se abrieron.
—¿Ximena?
Mi garganta se cerró.
Hacía días que no la veía de frente.
Ella corrió hacia mí.
Víctor se interpuso.
—Cuidado. Está delicada.
Nadia lo miró de arriba abajo.
—Delicado te voy a dejar yo si no te quitas.
La gente volvió a mirar.
Víctor sonrió con una rigidez que le marcó la mandíbula.
—No hagas escándalo.
—¿Escándalo? Fui a su casa, me dijeron que estaba fuera recuperándose, luego desapareció. ¿Dónde la tenías?
Yo bajé la cabeza y dejé que los ojos se me llenaran de lágrimas.
Víctor no podía responder con golpes ahí.
No frente a funcionarios.
No frente a cámaras.
—Ha estado enferma —dijo él—. Y tú llegas gritando.
—Porque soy su amiga, no su carcelera.
El funcionario carraspeó.
—Señor Rivas, falta una firma. ¿Puede pasar?
Víctor dudó.
No quería dejarme.
Tampoco podía soltar el trámite.
—Dos minutos —le dijo a Nadia—. Y no la alteres.
Nadia se arrodilló frente a mí apenas él se alejó.
Sus manos apretaron las mías.
—Te ves de la fregada —susurró, con la voz rota.
—Gracias por el cumplido.
Quise reír.
Me salió un sollozo.
Ella deslizó algo pequeño dentro de mi manga.
—Micrófono para el coche. Y otra cosa: los papás de Yareli llegaron a la ciudad.
Mi mente cambió de carril de golpe.
—¿Por qué?
—Dinero. Les llegó el chisme de que su hija ya metió al niño a tu casa y creen que ahora sí les toca cobrar.
Perfecto.
Esa familia siempre había sido una plaga.
Por primera vez, la plaga podía servirme.
—Haz que vayan a la casa.
—¿Hoy?
—Hoy.
—Hecho.
Víctor volvió con los papeles en la mano.
—Ya.
Nadia se levantó de inmediato y cambió de cara.
—Entonces dime cuándo puedo ir a verla.
—Cuando esté mejor.
—Eso dijiste la otra vez.
—Nadia —dije, fingiendo cansancio—, no pelees.
Víctor empujó mi silla.
Antes de salir, se volvió hacia ella.
—Y no le digas nada a sus papás. No quiero preocuparlos.
Ahí estaba la amenaza.
No la dijo con voz alta.
No hizo falta.
Mis padres seguían en sus manos.
En el coche, dejé que las lágrimas corrieran.
—¿Por qué no la dejas verme?
—Porque no sabes controlarte.
—Es mi amiga.
—Y yo soy tu esposo.
La palabra esposo me dio náuseas.
Me incliné como si fuera a acomodarme la cobija sobre las piernas. Víctor miraba al frente.
Metí el micrófono entre el asiento y la consola.
Ahí quedó.
Una semilla negra escondida en su coche.
Al llegar a casa, Yareli nos esperaba como si el trámite fuera una boda.
—¿Ya quedó?
—Falta la validación del comité —dijo Víctor—, pero ya está avanzado.
—Entonces mañana Toño puede ir con ustedes.
—Mañana lo llevo yo —dijo él.
Yareli sonrió como si le hubieran dado una corona.
Yo asentí.
—Yo no voy. Estoy agotada.
—Descansa, Xime —dijo ella—. De verdad, gracias.
Su gratitud me daba asco.
Esa tarde comí mejor que en muchos días.
Carne guisada.
Arroz.
Flan.
La señora de la casa recibió premio por servir de herramienta.
Al día siguiente desperté con voces en el oído.
El micrófono del coche funcionaba.
—No se mueva, mi amor —decía Yareli—. Papá va a llevarnos al comité.
Toño reía.
Víctor arrancó.
—Hay que admitirlo —dijo Yareli después de un rato—. Xime sirvió.
—Siempre ha servido.
Me quedé quieta.
No era cariño.
Era utilidad.
—¿Te estás ablandando? —La voz de Yareli cambió—. Víctor, yo soy tu mujer. Yo te di un hijo.
—No dije nada.
—Pero lo pensaste. Ayer cuando volvió del módulo la miraste distinto.
—No empieces.
—Cuando me case contigo, también voy a poder ayudarte con la empresa.
—La casa y la empresa ya están en tus manos —dijo él, cansado.
Se me heló la sangre.
La empresa.
Así que no solo ocupaba mi cama.
También mis oficinas, mis proveedores, mis pagos, mi gente.
Doña Elena tenía que moverse rápido.
Más tarde, el micrófono se quedó en silencio. Seguramente llegaron al comité.
Yo guardé el comunicador en el dije y llamé a Marisol.
—Ayúdame a lavarme.
Ella entró con una toalla tibia.
—Señora, antes de subir me avisaron de la caseta. Hay dos personas afuera. Dicen que son los papás de la señorita Yareli.
Nadia no perdía tiempo.
—Déjalos pasar.
—¿Está segura?
—Sí. Y súbelos.
Mientras Marisol bajaba, bebí despacio la papilla de carne que me había dejado. Necesitaba que me vieran tranquila, débil, casi inútil.
Los padres de Yareli subieron con pasos torpes.
Traían ropa de pueblo, zapatos gastados y una bolsa de naranjas como ofrenda barata. La madre entró primero. Al verme en la cama se sobresaltó.
—Ay, señora Ximena... pensé que no estaba.
Interesante.
Yareli les había vendido otra versión.
Quizá les dijo que yo ya no vivía ahí.
Quizá que estaba por morirme.
Sonreí con suavidad.
—Aquí sigo. ¿Buscan a Yareli?
El padre quiso hablar, pero la madre se adelantó.
—Sí. Venimos por la muchacha. No nos contesta. Su hermano se casa y ella quedó de ayudarnos.
—¿Ayudarlos cómo?
—Pues con la casa, la camioneta, la boda, la muchacha... todo eso cuesta.
—¿Cuánto necesitan?
—Dos millones.
El padre le dio un codazo.
—Cállate.
Ella se sacudió.
—¿Por qué me voy a callar? Si mi hija ya es señora de casa grande. Tiene dinero.
Yo abrí los ojos con la inocencia justa.
—¿Yareli tiene tanto?
—Claro que tiene. Hace unos meses nos mandó más de doscientos mil para poner una fonda. ¿De dónde sacó eso si no?
El padre la volvió a mirar con furia.
—Ya cállate, vieja.
Yo fingí no notar la pelea.
—Tal vez Víctor le prestó.
—Pues que preste más —dijo la mujer—. Si mi hija le dio un hijo, algo le toca.
Ahí estaba.
La raíz podrida hablando sin filtro.
—Cuando vuelva, hablo con ella —dije—. Si prometió ayudar, debe cumplir.
La madre sonrió, aliviada.
—Usted siempre fue buena, señora Ximena.
Sí.
Tan buena que crié a la serpiente que después se metió en mi cama.
Les pedí a Marisol que los acompañara a la salida.
No se quedaron a comer.
Tenían miedo de que Yareli regresara y los corriera.
Desde la ventana entreabierta escuché su discusión en el jardín.
—¿Por qué le dijiste lo de los doscientos mil? —gruñó el viejo—. ¿Y si descubre lo de la chamaca?
—No descubre nada. Esa señora está enferma. Ya ni piensa.
Tomé un sorbo de agua.
Ya ni piensa.
Repetí la frase en silencio.
Qué cómodo era para todos creer eso.
Ellos acababan de dejarme una cantidad, un motivo y una sospecha.
Dos millones.
Doscientos mil.
Yareli no ganaba eso.
Víctor odiaba soltar dinero.
La empresa estaba bajo sus manos.
La cuchilla ya estaba sobre la mesa.
Solo faltaba que la amante volviera a entrar.