Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
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Capítulo 18: El día después
El sábado amaneció gris y sin prisa.
Nico se despertó tarde, miró el techo un momento, parpadeó y la noche anterior volvió a él como una oleada. El apartamento de Jean: pequeño, humilde, pero ordenado, la bombilla sin pantalla, las sillas desparejadas, la cámara rota en la mesita de noche. No tenía mucho, eso era evidente.
Nico se quedó mirando el techo. Él nunca había tenido que preocuparse por el dinero, sus padres le daban más que suficiente. Podría ayudar a Jean, pero sabía que no podía ofrecerlo, no así, no todavía, Jean era orgulloso y a Nico eso le gustaba, aunque le doliera un poco.
Estar en el espacio de Jean, que él le hiciera un té, poder apreciar su olor de cerca durante un rato — era más de lo que había esperado para esa noche. Solo podía agradecerle al mal tiempo por haberle dado esa oportunidad.
Buscó el móvil en la mesita, lo encendió, abrió el chat con Jean. Escribió, borró, volvió a escribir.
Lo envió, dejó el móvil sobre la cama.
Sabía que Jean no contestaría de inmediato, debía estar trabajando, Offline los sábados era un hervidero. Se levantó, se duchó, se vistió, puso el café a calentar.
El móvil sonó.
Nico lo cogió casi al instante.
Nico sonrió, leyó el mensaje dos veces. Quería responder ya, escribirle algo más, alargar la conversación, pero se contuvo. Mauro tenía razón: había que ir con calma, no quería asustarlo.
Dejó el móvil sobre la mesa, preparó el desayuno: tostadas con mermelada y café. Se sentó a comer mientras repasaba los apuntes de Teoría de la Arquitectura, pero su mirada se desviaba una y otra vez hacia la pantalla apagada.
Terminó de desayunar, fregó los platos y entonces, sin poder contenerse más, cogió el móvil y escribió:
<¿Tienes mucho trabajo hoy? Al ser sábado, Offline debe estar bastante movido.>
Lo envió y esperó.
Pasó una hora. Nico limpió la mesa, ordenó los apuntes, hizo la cama, cada dos o tres minutos miraba el teléfono. Nada. Se sentó a estudiar, pero las palabras se le escapaban, pensaba en Jean detrás de la barra, corriendo de un lado a otro, sirviendo cafés, secando tazas.
El móvil vibró.
Nico sonrió al leerlo, respondió rápido, sin pensar:
Envió el mensaje, lo leyó otra vez. Demasiado insistente, demasiado pronto. ¿No ibas a ir con calma? Te lo acabas de decir, Nicolás, no quieres asustarlo.
Pero el mensaje ya estaba enviado.
Esta vez la respuesta tardó menos.
Nico suspiró. No era un no rotundo, era un "hoy no" y tenía sentido, habían salido ayer. Jean necesitaba su espacio. Se levantó de la mesa, decidió hacer su rutina de los sábados: limpiar, pasar la aspiradora, lavar la poca ropa sucia, mantenerse ocupado. No pensar.
El móvil sonó otra vez.
Nico sintió que el corazón le latía con fuerza, una taquicardia tonta que no podía controlar. Su sonrisa se ensanchó, respondió sin pensar:
Nico se dejó caer en la silla, el móvil todavía en la mano, mañana iba a verlo otra vez.
Y entonces lo recordó.
Los domingos comía en casa de sus padres.
No podía cancelarles —no esta vez—, su madre se pondría triste si no lo veía el fin de semana, pero tampoco quería cancelarle a Jean, no iba a perder esa oportunidad. Marcó el número de su madre, ella atendió al segundo tono.
—¿Nico? ¿Pasa algo?
—Mamá, ¿puedo ir hoy a verlos? Mañana tengo algo que hacer.
Hubo un silencio breve al otro lado, luego, la voz de su madre, cálida como siempre.
—Claro, hijo. No tengo nada especial preparado como los domingos, pero tú puedes volver cuando quieras, no tienes que pedir permiso.
Nico sonrió.
—Voy para allá.
Se vistió rápido: vaqueros, sudadera, zapatillas. Agarró las llaves y salió.
———
La casa de sus padres olía a pan recién horneado y a las rosas del jardín, su madre lo recibió en la puerta con un beso en la mejilla y una mirada que lo recorrió entero.
—Te veo bien —dijo.
—Lo estoy —respondió Nico, y era verdad.
Su padre estaba en el jardín, podando unos setos, al verlo dejó las tijeras, se acercó y le dio una palmada en la espalda.
—Qué raro verte un sábado —dijo, con una sonrisa—. ¿Aburrido?
—Algo así —mintió Nico.
Pasaron la tarde juntos. Comieron en la cocina, sin la formalidad de los domingos. Su madre sirvió una tortilla y una ensalada, y su padre contó alguna anécdota de la constructora, todo era igual que siempre, pero Nico notaba algo distinto en su madre. La forma en que lo miraba, como sus ojos se posaban en él cuando miraba el móvil. Porque Nico miraba el móvil, lo abría, lo cerraba, lo volvía a abrir. No escribía, solo miraba el chat, el último mensaje de Jean, como si pudiera desaparecer.
—¿Estás esperando algo? —preguntó su madre, mientras su padre se levantaba a buscar más pan.
Nico levantó la cabeza.
—No. Bueno, sí, he conocido a alguien.
Su madre dejó el vaso sobre la mesa, no dijo nada, esperó.
—No pasa nada todavía —se apresuró a añadir Nico—. Solo... nos estamos conociendo. Es complicado.
Su madre lo miró, esa mirada suya que siempre veía más de lo que Nico quería mostrar.
—¿Te gusta?
—Sí —dijo Nico y la palabra le salió con más peso del que esperaba—. Pero no es como las otras veces, es diferente y tengo miedo de meter la pata.
—¿Por qué ibas a meter la pata? —preguntó su madre.
Nico se quedó en silencio un momento, no podía explicarle todo: la edad de Jean, su herida, su desconfianza. No era su historia para contarla.
—Porque es importante —dijo al fin— y no quiero que salga mal.
Su madre asintió, le puso la mano en la muñeca, un gesto suave.
—Entonces ve despacio. Pero ve.
Nico la miró. Su madre sonreía, esa sonrisa que le había visto toda la vida, la que nunca le pedía explicaciones.
—Eso estoy intentando —dijo.
El padre volvió con el pan, la conversación giró hacia otros temas. Nico guardó el móvil en el bolsillo, oero la idea de Jean seguía ahí, latiendo suave, como una promesa que aún no se atrevía a pronunciar.
———
Esa noche, antes de dormir, Nico le escribió:
La respuesta tardó diez minutos.
Fue lo último que leyó antes de cerrar los ojos. Mañana a la una estaría en una cafetería con Jean y esa certeza, pequeña y cálida, lo acompañó hasta el sueño.