Todos sabían que Víctor Moreira se había convertido en un hombre solitario tras su reciente y complicado divorcio con Ángela. Desde entonces, se había concentrado exclusivamente en una sola cosa: ser un padre intachable, enfocado en su trabajo y, sobre todo, en proteger el bienestar de su hija Angélica, una adolescente de quince años.
Pero nadie sabía sobre esos deseos sexuales que se encendieron con cada mirada recibida por Cecilia Morales, su nueva secretaria de veinte años. Una joven que fingía ser tímida, discreta y sumamente profesional ante el mundo, cuando en realidad ocultaba fantasías intensas y deseaba a ese hombre mayor y con autoridad solo para ella.
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Capitulo 13
El regreso a la ciudad marcó el final del viaje físico, pero el inicio de una realidad completamente nueva. El lunes por la mañana, el piso doce de la empresa recuperó su ritmo habitual de teléfonos sonando y pasos apresurados por los pasillos, pero para Víctor y Cecilia, la rutina ya no se sentía igual. La distancia profesional que mantenían frente al resto de los empleados ahora tenía un trasfondo ardiente, un secreto compartido que vibraba en el aire cada vez que sus miradas se cruzaban discretamente sobre el mostrador de la recepción.
Cecilia estaba sentada en su puesto, vistiendo una blusa de seda color perla cerrada hasta el cuello y una falda lápiz gris oscuro. Ante los ojos del mundo, era la viva imagen de la eficiencia y la sumisión profesional. Sin embargo, debajo del escritorio, cruzaba las piernas lentamente, sintiendo el roce de las medias de nylon y recordando las restricciones de la corbata de seda en la suite del hotel. Siguiendo la regla número uno que Víctor le había impuesto, cumplía cada tarea con una docilidad impecable, pero se aseguraba de sostenerle la mirada un segundo de más cada vez que entraba a dejarle la agenda del día.
A las cuatro de la tarde, la puerta del despacho de Víctor se abrió. Él salió vistiendo su impecable traje azul marino, con esa imponente presencia física de treinta años que mandaba en toda la habitación. Su rostro serio y maduro no delataba nada, pero al acercarse al escritorio de Cecilia, su voz profunda bajó una octava.
—Señorita Morales, necesito que prepare los informes de cierre antes de las seis. Hoy no nos quedaremos hasta tarde en la oficina —ordenó Víctor, manteniendo la distancia formal—. Saldremos temprano. Tengo planes para cenar y usted me acompañará.
—Entendido, señor Moreira. Todo estará listo a su debido tiempo —respondió Cecilia con un hilo de voz suave, bajando la cabeza en ese gesto sumiso que a él tanto lo encendía, pero dedicándole una sonrisa de lado, pequeña y oculta para los demás.
Lo que nadie en la empresa imaginaba era que el destino de esa cena no era un restaurante ejecutivo, sino la casa de Víctor. Él había tomado la decisión de integrar a Cecilia en su vida personal, convencido de que su felicidad ya no dependería de los chantajes de su pasado. Quería que conviviera con su hija Angélica, buscando establecer una normalidad en su relación fuera de las cuatro paredes de la oficina.
Sin embargo, el pasado de Víctor se resistía a desaparecer. Mientras Cecilia terminaba de organizar los archivos, el teléfono personal de Víctor, que estaba sobre el mostrador, comenzó a vibrar con insistencia. El nombre *"Ángela"* brilló en la pantalla. Víctor, que salía de su oficina con el saco en el brazo, apretó la mandíbula al verlo. El acoso de su exesposa era una constante que parecía no tener fin.
Víctor contestó con un tono gélido, alejándose un par de pasos hacia el ventanal de la recepción.
—Ángela, te he dicho mil veces que no me llames a estas horas a menos que sea por algo de Angélica —soltó, controlando la rabia en su voz.
—*¡No me vengas con tus malditos horarios, Víctor!* —el veneno en la voz de su exesposa se escuchaba perfectamente en el silencio del piso—. *Me enteré de que te fuiste a la costa y que ni siquiera te dignaste a contestar mis correos sobre la renovación de la póliza del auto. Te crees muy libre ahora que estás divorciado, pero te recuerdo que sigues teniendo obligaciones conmigo. No me vas a dejar de lado tan fácil.*
—La póliza está paga y tú lo sabes perfectamente. Estás buscando cualquier excusa para seguir jodiendo, Ángela. Ya tomé una decisión sobre mi vida y tu opinión dejó de importarme el día que firmamos los papeles. No me vuelvas a fastidiar —sentenció Víctor, colgando de golpe.
Tiró el teléfono en su bolsillo con brusquedad, respirando agitadamente. Cecilia se levantó de su silla con parsimonia, se acercó a él con pasos silenciosos y, aprovechando que el pasillo estaba vacío, rozó sutilmente su mano con la de él. El contacto eléctrico y la mirada dócil de su secretaria calmaron la tormenta en el pecho de Víctor en un segundo.
—Estoy lista, señor —le susurró con un atrevimiento salvaje en los ojos.
Víctor asintió, recuperando el control de su imponente porte, y ambos salieron rumbo al estacionamiento.
El trayecto a la casa de Víctor fue silencioso pero cargado de una intimidad expectante. Al llegar al moderno departamento, la atmósfera cambió por completo. Angélica, la adolescente de quince años, los recibió en la estancia. Llevaba ropa cómoda de casa y una mirada perspicaz que analizó la entrada de ambos de inmediato.
La cena transcurrió de manera extrañamente agradable. Cecilia, haciendo gala de su inteligencia, dejó de lado la provocación ardiente para mostrarse como una joven educada, atenta y sumamente madura, ganándose la simpatía de Angélica poco a poco. Hablaron de la escuela, de los proyectos de la adolescente y de música. Víctor observaba la escena desde la cabecera de la mesa, sintiendo un orgullo profundo. Ver a la mujer que dominaba en secreto debajo de las sábanas convivir de manera tan perfecta con su prioridad absoluta, su hija, le confirmaba que había tomado la decisión correcta al romper las cadenas con Ángela.
Al terminar la cena, Angélica se despidió con una sonrisa sincera y se retiró a su habitación a estudiar, dejando a los adultos solos en la penumbra de la sala.
Víctor se aflojó la corbata con lentitud, dejando caer el saco sobre el sofá. Caminó hacia el gran ventanal que daba a la ciudad y llamó a Cecilia con un movimiento de cabeza. Su voz volvió a adquirir ese tono de mando, posesivo y dominante, que a ella tanto la volvía loca.
—Ven aquí, Cecilia —ordenó.
Ella se acercó despacio, descalza sobre la alfombra, vistiendo aún la blusa de seda perla. Al quedar frente a él, la diferencia de altura y la imponente contextura física de Víctor la hicieron sentir pequeña, sumisa, lista para adorar su autoridad.
—Cumpliste las reglas a la perfección hoy, tanto en la oficina como con mi hija —le dijo Víctor, rodeando su cintura con sus manos grandes y cálidas, pegando el cuerpo de ella al suyo con una firmeza que le cortó la respiración—. Me gusta que seas tan obediente, Cecilia.
—Le prometí que sus órdenes serían mi única ley, Víctor —respondió ella en un susurro ronco, deslizando sus manos por el pecho de él, desabrochando los primeros botones de su camisa—. Me fascina ver cómo tomas el control de todo, incluso cuando tu exesposa intenta arruinar el día. Saber que me eligiste a mí sobre todo ese caos me vuelve loca.
Víctor soltó un gruñido bajo, posesivo, y la tomó de la nuca con fuerza, enredando los dedos en su cabello rubio. La atrajo hacia él con brusquedad y atrapó sus labios en un beso ardiente, profundo y lleno de una posesividad salvaje. Cecilia correspondió con urgencia, rodeando su cuello con los brazos, extasiada por el delicioso peso de su dominación en la intimidad de su hogar.
Las manos de Víctor bajaron por la curva de su espalda, subiendo la falda gris con urgencia, reclamando su piel con una confianza renovada. En la penumbra de la casa, con su hija durmiendo a unos metros y el teléfono ignorado sobre la mesa, Víctor demostró que la rutina de la empresa había cambiado para siempre, y que debajo de las sábanas de su nueva vida, el control absoluto le pertenecía únicamente a él.