la vida de Giovanna no era color de rosa, pero la noche en que todo cambió descubrió que aquella persona que debería haberla protegido, la había condenado.
¿que ocurre cuando el monstruo arrastra consigo a la persona que mas amas en este mundo? ¿puedes perdonar que alguien te arrebate a tu madre por error?
Aleksei creyó que estaba vengando a su hermana, pero descubrió su error y ahora debe pagar las consecuencias.
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Lo que no se ve
La marca había adquirido un tono violáceo durante la noche.
Giovanna observó su reflejo en el espejo del baño mientras apartaba un mechón de cabello de su rostro.
Era peor de lo que había imaginado.
El golpe ocupaba parte de su pómulo izquierdo y se extendía hasta la sien.
No era algo que pudiera ignorarse fácilmente.
Abrió el pequeño neceser de maquillaje que guardaba bajo el lavabo.
Corrector beige.
Corrector melocotón.
Base líquida.
Polvo compacto.
Durante años había aprendido pequeños trucos.
No porque fuera una experta en maquillaje.
Porque había necesitado aprender.
Porque algunas heridas resultaban demasiado difíciles de explicar.
Tomó el corrector anaranjado y comenzó a trabajar sobre la zona afectada.
Con movimientos suaves.
Pacientes.
Mecánicos.
Como alguien que ya había realizado aquel procedimiento demasiadas veces.
Cuando terminó, el golpe seguía allí.
Más tenue.
Más discreto.
Pero seguía existiendo.
Exactamente igual que las otras marcas.
Las que nadie veía.
Las que escondía bajo la ropa.
Las que nunca desaparecerían.
Su mirada descendió lentamente hasta sus hombros.
Hasta la parte superior de su espalda visible en el reflejo.
No podía verlas desde aquel ángulo.
Pero sabía que estaban allí.
Siempre estaban allí.
Finas líneas blanquecinas que atravesaban su piel como viejos relámpagos.
Cicatrices.
Recuerdos.
Pruebas.
Los regalos de una noche que llevaba tres años intentando olvidar.
Tres años.
Y todavía podía recordarlo todo.
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Tenía quince años.
Aquella noche también llovía.
Lo recordaba porque había pasado horas observando las gotas deslizarse por la ventana de su habitación mientras intentaba terminar un trabajo para la escuela.
Su madre preparaba la cena abajo.
El aroma a salsa de tomate llenaba toda la casa.
Por un momento había parecido una noche normal.
Una de las pocas que todavía tenían.
Hasta que escucharon el automóvil.
El sonido del motor entrando en la propiedad.
La puerta cerrándose de golpe.
Los pasos tambaleantes.
Y después...
El olor.
Alcohol.
Mucho alcohol.
Su padre rara vez bebía.
Pero cuando lo hacía, el resultado nunca era bueno.
Aquella noche había regresado furioso.
Lo supieron incluso antes de verlo.
Las puertas golpeaban.
Los objetos eran arrojados sobre las mesas.
Y una tormenta invisible parecía avanzar por toda la casa.
Giovanna había bajado las escaleras preocupada.
Solo para encontrar a su madre inmóvil junto a la cocina.
Como si estuviera preparándose para una batalla.
—Sube a tu habitación —le había pedido.
—¿Qué ocurre?
—Ahora.
Pero ya era demasiado tarde.
Su padre apareció en el pasillo.
Con la corbata aflojada.
Los ojos inyectados en sangre.
Y una ira que parecía no tener límites.
—Todo salió mal —había dicho.
Nadie respondió.
Nadie se atrevió.
—¿Me escucharon?
—Sí —contestó su madre con suavidad.
Aquello no ayudó.
Nada ayudaba cuando estaba así.
—¡Meses de trabajo desperdiciados!
Tomó una copa de la mesa.
La lanzó contra la pared.
El cristal explotó en cientos de fragmentos.
Giovanna dio un paso atrás.
Su madre permaneció inmóvil.
Intentando contener una situación imposible.
—Tranquilo.
—No me digas que me tranquilice.
—Solo intento ayudarte.
—¿Ayudarme?
La risa amarga que escapó de los labios de su padre había resultado aterradora.
—Nadie puede ayudarme.
Entonces comenzaron los gritos.
Acusaciones.
Insultos.
Palabras que Giovanna preferiría olvidar.
Su madre intentó soportarlo.
Como siempre.
Intentó mantener la calma.
Como siempre.
Hasta que él la empujó.
Aquello cambió todo.
—¡Basta! —gritó Giovanna.
La joven se colocó inmediatamente delante de su madre.
Sin pensar.
Sin medir consecuencias.
Exactamente igual que la noche anterior.
La diferencia era que aquella vez tenía quince años.
Y todavía creía que podía detenerlo.
Qué ingenua había sido.
—Apártate.
—No.
—Giovanna.
—No voy a dejar que la golpees.
Durante un segundo creyó que sus palabras habían funcionado.
Porque él se quedó inmóvil.
Observándola.
Luego sonrió.
Y aquella sonrisa la había perseguido durante años.
No tenía humor.
No tenía cariño.
No tenía humanidad.
Solo furia.
—Muy bien.
Su padre se quitó lentamente el cinturón.
El sonido de la hebilla metálica todavía aparecía en sus pesadillas algunas noches.
Su madre palideció.
—No.
—Aprenderá a respetarme.
—Por favor.
—Aprenderá.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Su madre intentó interponerse.
Él la apartó.
Giovanna intentó correr.
Pero la atrapó del brazo.
Y entonces llegó el primer golpe.
El dolor fue inmediato.
Brutal.
Inesperado.
El segundo llegó apenas unos segundos después.
Luego el tercero.
Y el cuarto.
Y el quinto.
Había perdido la cuenta.
Lo único que recordaba era el dolor.
Los gritos de su madre.
Y la sensación de que aquello jamás terminaría.
Cuando finalmente acabó, estaba llorando.
Su espalda ardía.
Cada respiración dolía.
Y su madre la abrazaba mientras repetía una y otra vez que todo estaría bien.
Una mentira.
Una mentira hermosa.
Pero una mentira al fin.
Porque nada volvió a estar bien después de aquella noche.
---
Giovanna regresó al presente lentamente.
La imagen del espejo volvió a enfocarse frente a ella.
Su respiración era irregular.
Y sus manos temblaban.
Como siempre ocurría cuando recordaba demasiado.
Escuchó un golpe suave en la puerta.
—¿Giovanna?
La voz de su madre.
Inmediatamente cerró el neceser.
—Pasa.
La mujer entró despacio.
Y al verla, el corazón de Giovanna se encogió.
El labio seguía inflamado.
Un leve moretón comenzaba a formarse bajo uno de sus ojos.
Las marcas de la noche anterior.
Las mismas que ella intentaba ocultar.
Las mismas que ambas llevaban años ocultando.
—¿Cómo estás?
—Bien.
Las dos sonrieron.
Las dos mintieron.
Otra vez.
Su madre se acercó lentamente.
Observó el maquillaje.
Observó el golpe.
Y algo parecido a la culpa apareció en su mirada.
—Lo siento.
Aquellas palabras rompieron algo dentro de Giovanna.
—No tienes que disculparte.
—Si no me hubieras defendido...
—Volvería a hacerlo.
La respuesta salió inmediata.
Sin dudas.
Sin vacilaciones.
Porque era verdad.
Lo haría mil veces.
Mil veces más.
Su madre cerró los ojos durante un instante.
Y cuando volvió a abrirlos, había lágrimas en ellos.
—No quiero que termines como yo.
Giovanna sintió un nudo en la garganta.
Porque por primera vez comprendió algo.
Su madre no estaba hablando del golpe.
Ni del maquillaje.
Ni siquiera de las cicatrices.
Estaba hablando de la vida.
De los secretos.
Del miedo.
De la prisión invisible en la que llevaba años viviendo.
Y por primera vez, Giovanna se preguntó si tal vez aquella casa había dejado de ser un hogar mucho tiempo atrás.
Quizás antes incluso de que ella naciera.
Quizás desde el momento en que su padre eligió un camino del que ya no podía regresar.