Alexander Sterling Blackwood lo tiene todo: poder, una fortuna incalculable y el control absoluto de un imperio empresarial. Es el Alfa dominante más poderoso del país, pero también el más solitario. Desde la noche en que su esposo murió en un trágico accidente de tránsito, su mundo se tiñó de gris. Para sobrevivir al dolor, Alexander congeló sus instintos, sepultó su aroma a madera de sándalo quemada y whisky, y se escondió detrás de una armadura de hielo y supresores, convirtiéndose en una “sombra" fría que mantiene a todos a distancia… incluido a su hijo Alistair, de apenas cinco años, un cachorro omega que crece en el silencio de una mansión vacía, ansiando desesperadamente un abrazo de su padre.
Liam Miller es un Omega puro que solo busca un empleo estable para reconstruir su vida. Tras sufrir la dolorosa traición de su exnovio, quien lo engañó con su mejor amigo, Liam llega a la imponente Mansión Sterling con el corazón lastimado, pero con la firme intención de salir adelante.
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Capítulo 19: Escudos de hierro y promesas de seda.
La medianoche encontró el despacho de Alexander transformado en un búnker de alta seguridad. La calidez que había empezado a reinar en la mansión se replegó temporalmente para dar paso a la faceta más implacable y letal del magnate. Sentado frente a las pantallas integradas de su escritorio, con la mandíbula rígida y el aroma a sándalo denso como el humo, Alexander movía sus hilos con la precisión de un general en guerra.
Al otro lado de la línea encriptada, Christopher, su jefe de seguridad privada y un alfa de su total confianza, escuchaba las órdenes.
—Quiero el rastreo satelital de la motocicleta que se detuvo en la reja trasera a las tres de la tarde —ordenó Alexander, su voz vibrando en un tono gélido—. Consigue las grabaciones de las cámaras de tránsito de toda la avenida periférica. Si usó una ruta alterna, búscala. Alguien pagó a ese mensajero, Christopher, y quiero el nombre de la cuenta de origen antes del amanecer.
—Entendido, señor Sterling. El perímetro de la mansión ya ha sido reforzado —respondió la voz firme de su subordinado—. He apostado a cuatro hombres en los puntos ciegos del jardín y el sistema de escaneo térmico estará activo las veinticuatro horas. Nadie se acercará al señor Miller ni al joven Alistair.
—Aumenta la seguridad en la escuela de Alistair también. Un solo fallo, un solo cabo suelto, y ruedan cabezas. Encuentra el origen de esa nota.
Alexander colgó la llamada sin esperar respuesta. Se reclinó en su sillón de piel, exhalando un suspiro cargado de una frustración pesada. Miró la tarjeta arrugada sobre su escritorio. El texto no solo era una amenaza para Liam; era la confirmación de una sospecha enterrada hacía cinco años. Si el accidente de su esposo había sido provocado, significaba que un monstruo caminaba libre en las sombras, obsesionado con él. Y ahora, ese monstruo había puesto la mira en su omega.
Dispuesto a no dejar que el miedo ganara terreno, Alexander apagó las pantallas del despacho. Sus músculos protestaban por la tensión, y su lobo interno exigía con urgencia el único bálsamo capaz de calmar su instinto asesino.
Subió las escaleras a paso lento y entró en la habitación principal. La habitación estaba en penumbra, iluminada únicamente por la luz plateada de la luna que se filtraba por las cortinas diáfanas. Sobre la inmensa cama, Liam permanecía despierto, sentado con la espalda apoyada en el cabecero y las piernas encogidas contra su pecho. Al ver entrar al Alfa, los ojos grandes del omega brillaron con alivio, y un sutil pero tierno aroma a lavanda flotó en el aire, buscando suavizar el ambiente.
Alexander caminó hacia la cama, despojándose de los zapatos y del reloj de pulsera. Se sentó en el borde del colchón, luciendo inmensamente cansado.
—Mis hombres ya están investigando, Liam —dijo Alexander, su voz perdiendo todo el filo corporativo para volverse un susurro ronco y vulnerable—. He blindado la casa. La escuela de Alistair está vigilada. Nadie va a tocarte. Te lo juro.
Liam extendió sus manos y acunó el rostro de Alexander, obligándolo a mirarlo. Con delicadeza, sus pulgares acariciaron las líneas de tensión junto a los ojos del Alfa, borrando el ceño fruncido.
—Lo sé. Confío en ti, Alexander —respondió Liam con una sonrisa pequeña y dulce—. Pero no dejes que la furia te consuma. Tu lobo está sufriendo por el estrés. Ven aquí.
Alexander no necesitó que se lo repitieran. Se deslizó bajo las mantas y rodeó el cuerpo de Liam con sus brazos fuertes, apegándolo por completo contra su pecho. Liam suspiró, acomodando su cabeza en el hueco del cuello del Alfa, inhalando el aroma a sándalo y whisky que, al contacto con su piel, comenzó a recuperar su matiz cálido y pacífico.
Estaban tan cerca que sus respiraciones se mezclaban. El calor entre sus cuerpos aumentó, y la atracción biológica del lazo de destinados comenzó a pulsar con fuerza en sus venas. Alexander bajó la mirada hacia los labios semiabiertos de Liam, sintiendo un deseo ardiente de entregarse por completo a él, de reclamarlo en cuerpo y alma para sellar su pertenencia. Liam también lo sintió; su cuerpo vibró, anhelando la unión que su instinto pedía.
Sin embargo, Alexander se detuvo. Con una madurez y un respeto infinitos, tomó aire y besó la comisura de los labios de Liam con una lentitud casi dolorosa, para luego subir hacia sus mejillas y sus párpados.
—Quiero entregarte todo lo que soy, Liam —susurró Alexander contra su piel, sus manos grandes acariciando la espalda del omega bajo la tela de la pijama, manteniéndose en un límite casto pero profundamente íntimo—. Quiero hacerte mío, pero no aquí, no esta noche bajo la sombra del miedo o de una amenaza. El día que nos unamos por completo... quiero que sea el día más especial de nuestras vidas. En un lugar donde solo exista la paz, donde no haya fantasmas ni peligros. Te mereces un santuario, mi omega, no un refugio de emergencia.
Liam sintió que el corazón se le derretía de puro amor ante las palabras del Alfa. La caballerosidad y la devoción de Alexander demostraban que lo veía como su compañero de vida, no como un desahogo instintivo.
—Gracias por cuidarme así, Alexander —respondió Liam con los ojos cristalizados por la emoción. Subió el rostro y lo besó de verdad.
Fue un beso hondo, lento, una comunión de almas que no necesitaba de la intimidad carnal para ser perfecta. Sus lenguas se encontraron en un roce suave, saboreándose con una lentitud que selló un pacto silencioso de fidelidad y espera. El aroma a miel se mezcló con el whisky en una armonía tan perfecta que ambos lobos internos se acurrucaron, dándose por satisfechos.
Cuando el beso terminó, Alexander acomodó a Liam de lado, abrazándolo por la espalda y entrelazando sus piernas. Su mano grande se posó sobre el vientre del omega, protegiéndolo, mientras Liam sostenía sus dedos con firmeza.
Dormir juntos por primera vez, sin barreras y con los aromas perfectamente sintonizados, fue el escudo más poderoso que pudieron levantar. Mientras la seguridad privada vigilaba los exteriores de la Mansión Sterling, en el interior de la habitación principal, Alexander y Liam avanzaban un paso gigante en su relación, unidos por un lazo de seda que ninguna amenaza en las sombras lograría romper.