Lía Salcedo es una joven enfermera a cargo de los cuidados de Bautista Alcázar, un magnate que termino en coma debido a un accidente. Lo que no esperaba es que esa primera noche, el padre de Bautista pusiera una droga en la habitación con la intención de que su protegida, Renata, lograra quedar embarazada, pero, quien termino pasando la noche con Bautista fue Lía.
Así que lo que parecía un trabajo simple, se vuelve algo más peligroso, viéndose envuelta en disputas familiares, con la madre de Bautista tratando de protegerlo y su padre intentado que Renata conciba un hijo de Bautista usando cualquier medio para lograrlo. Mientras que Lía también lidia con su propia familia que quiere venderla. Pero, en medio de todo esto, se descubre que Lía está embarazada y Valeria la madre de Bautista, aprovechara esto para dejar fuera a Horacio y Renata.
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Capítulo 19
Capítulo 19
Bautista no quería creer que Renata estuviera metida con Ramiro.
No era amor ciego. Eso se repetía. Era lógica.
Renata podía manipular, llorar bonito, hacerse la frágil. Pero aliarse con Ramiro, el mismo tipo que la miraba como trofeo, no tenía sentido.
Lía estaba atando cosas por bronca.
Y Valeria, que ya odiaba a Renata, iba a usar cualquier sospecha para echarla.
Pero esa explicación le sonó demasiado parecida a las de Horacio: siempre había un motivo elegante para no mirar lo incómodo. Bautista odiaba reconocerlo. Odiaba más que Lía, con su voz cansada, le hubiera dejado la duda metida debajo de la piel.
Esa tarde, cuando Lía entró a cambiarle la posición, Bautista siguió dándole vueltas a lo mismo. Ella no habló mucho. Solo revisó su piel, la temperatura y las zonas donde habían trabajado con electrodos.
—Hoy no te voy a exigir —dijo—. Tu cuerpo necesita descansar.
Por primera vez en días, Bautista estuvo de acuerdo.
Valeria entró con el médico y le pidió a Lía que explicara la rutina usada. La joven lo hizo con precisión: zonas, duración, intensidad, respuesta cutánea, signos posteriores.
El médico asintió.
—No veo reacción adversa grave. Sí conviene espaciar sesiones.
Valeria aprobó.
—Entonces se hace así.
Daro, que estaba al lado, murmuró:
—Menos mal. Yo ya veía al joven Bautista echando humo como tostadora vieja.
Lía le clavó una mirada.
—Daro.
—Me callo.
Bautista habría sonreído.
Después de que el médico se fue, Valeria se quedó mirando a su hijo.
—De chico era igual. Cada control de rehabilitación era una guerra.
Lía levantó las cejas.
—¿Bautista?
—A los diez años se escondió debajo de una mesa. A los dieciséis hacía lo que quería sin importar las consecuencias.
Daro abrió la boca, encantado.
—Eso explica muchas cosas.
Bautista quiso desaparecer.
Lía, en cambio, no se burló como él esperaba. Se inclinó un poco sobre la cama.
—Entonces no era soberbia. Era miedo.
Después bajó la voz:
—Tranquilo. Voy a hacer de cuenta que no escuché nada. Aunque Daro ya me lo había contado con lujo de detalles.
—¡Yo no dije lujo! —protestó Daro.
Valeria soltó una risa corta, la primera en días.
Eso lo irritó más que una burla.
Valeria sonrió apenas.
—No se lo digas cuando despierte. Se va a ofender.
—No diré nada —prometió Lía.
Mintió pésimo. Bautista lo oyó en su voz.
La escena se quebró cuando Horacio entró sin llamar.
Venía con Ricardo, padre de Ramiro, y con Don Atilio detrás. Traían la furia mal disimulada.
—Valeria, tenemos que hablar.
—No acá.
—Sí acá. Mi hijo quedó sin descendencia. Esto no va a quedar así.
Don Atilio golpeó el bastón.
—Ramiro era el futuro de esta familia si Bautista no despertaba.
Lía sintió náuseas. Bautista estaba vivo en la cama y ellos ya hablaban de reemplazos.
Valeria se puso de pie.
—Qué lástima que el futuro de la familia fuera un abusador.
Ricardo dio un paso hacia ella.
—Vos no sabés lo que es perder la continuidad de un apellido.
Valeria miró la cama.
—Mi hijo está vivo y ustedes ya estaban contando herederos ajenos.
Don Atilio golpeó otra vez el bastón.
—La familia necesita sangre Alcázar.
—Entonces cuiden la poca decencia que les queda.
Ricardo señaló a Lía.
—Todo empezó por esa mujer.
—Todo empezó porque tu hijo la tocó.
Horacio apretó los dientes.
—Estás disfrutando esto.
—No. Si lo disfrutara, estarías llorando vos también.
El silencio pegó fuerte.
Cuando por fin se fueron, Valeria parecía más cansada que victoriosa. Se apoyó un segundo en el respaldo del sillón.
Lía entendió algo en ese gesto. Valeria no peleaba porque le gustara pelear. Peleaba porque, si bajaba un minuto los brazos, Horacio, Don Atilio, Ricardo, Renata y cualquiera con apellido o ambición avanzaban sobre Bautista como si ya fuera una habitación vacía.
Lía la miró con cuidado.
—Señora, perdón si me meto, pero...
—Decilo.
—Renata esta mañana quería abrir mi cuarto. Y antes la vi con un hombre que tenía la pulsera de serpiente. Ramiro ya había intentado encerrarme lejos de las cámaras. Ahora queda así. Siento que hay una línea, aunque no la vea completa.
Valeria no la interrumpió.
—¿Creés que Renata y Ramiro intentaron tenderte una trampa sexual?
Lía se puso roja de rabia y vergüenza.
—Sí.
—Lo voy a investigar.
En la cama, Bautista ardía de indignación.
Renata no podía caer tan bajo.
Pero Horacio tampoco podía haber sido tan miserable con Lía, y lo fue. Don Atilio tampoco debía hablar de él como si ya estuviera muerto, y lo hizo. Ramiro tampoco debía usar el miedo de una embarazada como entretenimiento, y lo hizo.
El mundo no estaba respetando las reglas que Bautista creía conocer.
Al anochecer, cuando todos se fueron, Lía quedó sola con él.
—No me creés, ¿verdad?
No esperaba respuesta.
Le acomodó la sábana.
—Está bien. Yo tampoco me habría creído hace un mes.
Bautista quiso mover un dedo.
No para confirmar. No para negar.
Solo para que no se fuera con esa voz apagada.
No pudo.
Lía apagó la luz pequeña y caminó hacia la puerta.
—Descansá. Mañana va a ser otro día raro.
El cuarto quedó en penumbra.
Más tarde llegó Mateo. Cerró la puerta, revisó que nadie escuchara y se sentó junto a Bautista.
Antes de hablar, pasó un detector pequeño por la mesa, la cortina y la parte baja del respaldo. Bautista lo oyó moverse con paciencia. No encontraron nada, pero el gesto bastó para confirmar lo que todos fingían no saber: en esa casa, hasta las paredes podían vender una conversación.
—Tu madre quiere mover a Lía unos días. Sacarla de la Quinta. La cosa se está poniendo espesa.
—No es castigo. Es protección.
Mateo suspiró.
—Si se queda, Ramiro ya no puede acercarse, pero hay más gente mirando. Si se va, respira.
Bautista no quería que respirara lejos.
—No podés tener todo bajo control desde una cama.
Eso fue cruel porque era verdad.
—Voy a apurar tu plan de traslado seguro. Pero no me odies si ella se va sin despedirse.
Bautista no respondió.
No lo imaginaba.
Todavía no.