Camila Fernández se despertó en la cama de un hotel con un hombre que intentaba matarla, acusándola de haberle tendido una trampa. Pero la realidad era peor de lo ella esperaba.
Su propio hermano había organizado todo con la intención de sacarle dinero a Mateo Vázquez, el hombre con quien paso la noche y cuando obtuvo lo que quería, desapareció.
Dos meses después Camila estaba sola con su abuela, sus padres se habían quitado la vida al irse a la ruina, su hermano estaba desaparecido y ahora ella, estaba embarazada de Mateo.
Cuando su hermano Nicolás regresa y descubre el embarazo, corre con la familia Vázquez para sacar provecho y ahora, Camila está atrapada en un matrimonio con un hombre que la desprecia.
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Capítulo 19
Al día siguiente no bajé en todo el día. Por la noche, la señora Marta me contó que la abuela Mariana se había enfermado. Al otro día, después del desayuno, fui al ala de la casa donde estaba su habitación para hacerle compañía.
Apenas llegué a la puerta del pabellón, me crucé con Mateo que salía. Nos encontramos de frente. Ninguno de los dos mostró ninguna expresión más allá de la indiferencia habitual.
Yo di un paso para seguir adelante, pero él me agarró la muñeca con fuerza.
---Más te vale no decir ni una palabra de más ---me advirtió con voz baja y fría.
Estaba convencido de que yo iba a contarle todo a la abuela.
Me solté de un tirón sin mirarlo y entré.
Mateo se quedó mirando mi espalda con la mandíbula apretada, como si se hubiera tragado un sapo.
La empleada me acompañó hasta el cuarto de la abuela. Ella estaba recostada en la cama, tomando sol junto a la ventana.
---¿Por qué viniste? El médico te dijo que tenías que descansar.
---Estoy mucho mejor. Me enteré de que usted no se sentía bien y quise venir a charlar un rato.
Me senté al borde de la cama. La abuela me tomó la mano con cariño.
---Los viejos somos así. Un resfrío cualquiera nos tira abajo.
---Descanse bien y pronto va a estar como nueva.
---Mi nieta política es la más cariñosa de todas ---dijo ella\, sonriendo.
Yo forcé una sonrisa.
---Mateo acaba de irse. ¿Se cruzaron?
Asentí sin decir nada.
---Me contaron que ese bruto te volvió a tratar mal. ¿Es verdad?
---No pasó nada.
---No me mientas. La señora Marta me lo contó todo. No te preocupes\, cuando me levante le voy a dar una buena reprimenda. ¿Cómo se le ocurre defender a una extraña en vez de cuidar a su mujer y a su hijo? Tiene la cabeza llena de aserrín.
---Abuela\, si de verdad quiere ayudarme\, haga como que no sabe nada.
---¿Por qué?
---Porque las cosas ya pasaron. No quiero volver a hablar de eso.
---Sos demasiado buena\, hija. Demasiado blanda.
No insistí. Me quedé un rato más charlando con ella hasta que la abuela me echó, preocupada por contagiarme el resfrío.
Salí al jardín y caminé un poco sin rumbo. Mirando esa casa enorme y fría, me acordé de la nuestra, la que habíamos perdido. No sabía cuándo podría recuperarla de verdad.
Al volver al edificio principal, escuché a lo lejos la voz de Sofía buscándome. Sabía que nada bueno podía salir de eso, así que intenté esquivarla.
---¡Ey\, vos! ¡Parate ahí!
No llegué a tiempo. Sofía ya estaba frente a mí.
---¿Qué querés?
---Julieta quiere nadar\, pero la pileta está sucia. Vení a ayudar a limpiarla.
Julieta había vuelto.
---Tengo la mano lastimada. No puedo mojarla.
---No es para tanto. Solo te pincharon un dedo. La otra mano está perfecta.
---Señorita\, la señora no está bien de salud. No es conveniente que haga ese tipo de trabajo. Nosotros nos ocupamos ---intervino la señora Marta.
---Parece que la señora Marta está muy desocupada. Entonces andá a darle vuelta toda la tierra del jardín de atrás. Quiero plantar flores.
Sofía estaba claramente usando a la señora Marta para presionarme.
---Señorita...
---¿Qué? ¿Ahora ni mis órdenes obedecés? ¿Te creés que porque llevás años en esta casa ya podés ignorarme?
---No\, señorita. Usted siempre será mi patrona.
---Al menos tenés claro tu lugar. Algunas personas acá solo son un vientre alquilado. Aunque se voltee todo el océano Pacífico\, nunca van a ser dueñas de nada.
---Sofía\, si tenés bronca conmigo\, vení contra mí. No metas a la señora Marta en esto.
---Entonces movete. Vamos a la pileta.
Para no complicarle la vida a la señora Marta, terminé siguiendo a Sofía.
La pileta ya estaba vacía. Julieta estaba parada al borde, dando órdenes a los empleados que limpiaban.
---Hacé lo mismo que ellos. Solo tenés que frotar las paredes ---me dijo Sofía\, tirándome un cepillo.
Bajé a la pileta y me puse a trabajar en cuclillas, como los demás. No era un trabajo difícil. De chica, en el campo con mi abuela, había hecho cosas peores. Pero ahora, con el embarazo, cada movimiento tenía que ser cuidadoso.
---Camila\, ¿no comiste hoy? Poné más fuerza. Así no limpiás nada ---me gritó Julieta desde arriba.
No contesté. Solo apreté un poco más el cepillo.
Después de un rato agachada, las piernas se me durmieron. Me levanté un momento para estirarme.
---¿Otra vez estás holgazaneando? ---Julieta me señaló enseguida---. Hacés todo tan despacio que parece que no querés que yo nade. ¿Es eso?
Me volví a agachar y seguí trabajando en silencio. Esperaba que la señora Marta pudiera encontrar alguna excusa para sacarme de ahí.
Estaba tan concentrada que no me di cuenta de que los otros empleados habían salido de la pileta uno por uno.
De repente, un chorro de agua helada me cayó desde arriba. Grité del susto.
Antes de poder reaccionar, varios chorros más me rodearon. El agua me golpeaba desde todos lados. No podía abrir los ojos. Intenté pedir ayuda, pero el agua fría me entraba en la boca y me ahogaba.
---¡Auxilio...!
Logré ponerme de pie como pude, pero no importaba hacia dónde corriera: el agua seguía cayendo con fuerza, helada, cortándome la respiración.
El frío me calaba los huesos. Sentía que el cuerpo se me entumecía.