NovelToon NovelToon
EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Embarazo no planeado / Posesivo
Popularitas:467
Nilai: 5
nombre de autor: Paula_noches de tintas

⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.

Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.

Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.

Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.

Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.

NovelToon tiene autorización de Paula_noches de tintas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Destrucción mutua

El último suspiro de Liam se quedó suspendido en el aire estrecho del pasillo, mezclándose con el olor inconfundible de nuestra propia transpiración y el peligro latente que nos rodeaba. Su pecho subía y bajaba con violencia, y sus manos, que un segundo antes se aferraban a mi nuca como si la vida se le fuera en ello, se deslizaron despacio por mis hombros hasta sujetarme con una posesividad feroz.

Me puse de pie con total lentitud, pasándome la lengua por los labios para saborearlo por completo, saboreando el triunfo absoluto de haberlo deshecho hasta los cimientos a solo unos metros de mi familia.

Liam me miraba desde el suelo, todavía apoyado contra la pared, con los ojos oscuros completamente dilatados, la respiración rota y una mezcla de adoración y furia oscura dibujada en el rostro.

-Estás maldita, Zoé... juro que estás maldita -me gruñó en un susurro grave, estirando una mano para aferrarme de la muñeca con fuerza antes de que pudiera dar un paso atrás, obligándome a inclinarme hacia él-. Me vaciaste el alma y ni siquiera te tiembla el pulso.

-Aprende a agradecérmelo, Black -le reté con una sonrisa insolente, rozando su barbilla con la punta de los dedos antes de bajar con rapidez para ayudarle a ordenar la ropa-. Ahora sube esa cremallera antes de que mi tía de verdad regrese a ver si nos tragamos el pastel entero.

Liam soltó una maldición ahogada, aunque una comisura de sus labios se curvó en una sonrisa perversa. Con manos todavía un poco temblorosas, se acomodó el pantalón y se sacudió la camisa, recuperando esa postura imponente y fría que usaba como armadura frente al mundo.

Tomé la bandeja con el pastel que había quedado olvidada y caminé al frente, marcando el paso con una calma fingida que contrastaba con el fuego que todavía me quemaba por dentro. Él me siguió de cerca, pisándome los talones con una intensidad silenciosa que me ponía los pelos de punta.

Al cruzar de nuevo el umbral del comedor, el bullicio familiar nos golpeó de golpe. Nadie notó nada. Nadie imaginaba que acabábamos de protagonizar el acto más prohibido de nuestras vidas a la vuelta de la esquina.

Me senté en mi sitio, crucé las piernas con absoluta naturalidad y alcé la vista. Liam ya estaba en su lugar, al otro extremo de la mesa. Me miró fijamente, con los ojos cargados de una promesa muda y sucia que me hizo morder el interior de mi mejilla para contener la risa.

El almuerzo continuó, pero la cuerda invisible que nos ataba ya estaba demasiado tensa. Y ninguno de los dos planeaba cortarla.

El bullicio en el comedor seguía su curso, con las risas de mis tíos y el tintineo de las tazas de café llenando el ambiente. Me acomodé en mi silla, tratando de proyectar la imagen de una estudiante aburrida y tranquila, aunque por dentro mi cuerpo seguía vibrando con los restos de la adrenalina.

Mi madre apareció sonriente desde la cocina, sosteniendo el cuchillo y sirviendo generosas porciones del pastel de chocolate en platos pequeños. Se acercó primero a mi padre, luego a mis tíos, y finalmente caminó hacia mí, extendiéndome un plato con un trozo rebosante.

-Toma, mi amor. Seguro que con esto te terminas de despertar, que te vi muy dormida hoy -dijo con total cariño, dejándolo frente a mí.

Miré el pastel con una mezcla de diversión y el estómago todavía revuelto de la mejor manera posible. Alcé la vista hacia ella, negando con la cabeza con una falsa inocencia.

-No, mamá, gracias... la verdad es que paso -respondí, ladeando un poco la cabeza mientras soltaba una risita ligera-. Ya estoy más que llena. Comí demasiado hace un rato y no me cabe ni un solo bocado más.

En el instante exacto en que solté la palabra, mis ojos se desviaron con lentitud hacia el otro extremo de la mesa. Encontré la mirada de Liam fija en mí, oscura, pesada y completamente electrificada.

Lentamente, sin apartar ni un solo segundo mis pupilas de las suyas, pasé la punta de la lengua por mis labios, saboreando de forma deliberada el rastro que aún me quedaba, recreando la escena exacta que nos acababa de unir en el pasillo a pocos metros de ellos.

El pecho de Liam dio un vuelco visible. Su mandíbula se tensó al instante y tuvo que apretar con fuerza el borde de la mesa para no perder la compostura, mientras una sonrisa tan peligrosa como sucia se dibujaba lentamente en las comisuras de su boca.

Nadie más en la mesa notó el doble sentido. Para ellos, era solo una broma tonta de sobremesa; para nosotros, era una declaración de guerra en silencio, recordándole exactamente de qué me había alimentado hacía unos minutos.

La larga y pesada comida familiar por fin llegó a su fin entre despedidas, besos en la mejilla y promesas de repetir el encuentro pronto. Cuando los autos de mis tíos y los padres de Liam salieron por fin del garaje, la casa quedó envuelta en un silencio sepulcral que olía a café frío y detergente.

-Me voy a mi habitación a terminar unos trabajos de la universidad -avisé con voz cansada, dirigiéndome hacia las escaleras sin mirar atrás.

-Sí, por favor, descansa un poco que te noto muy alterada hoy -respondió mi madre desde la sala, ocupada recogiendo las últimas tazas.

Subí los escalones con paso firme, sintiendo el peso de la mirada de Liam quemándome en la nuca. Él se había quedado abajo, despidiéndose formalmente de mis padres bajo el pretexto de ayudar a acomodar un par de cosas antes de retirarse. Sabía exactamente lo que eso significaba.

Apenas crucé el umbral de mi dormitorio, cerré la puerta con pestillo y me recosté contra la madera, exhalando un suspiro largo. El ambiente en mi cuarto se sentía cargado, estrecho, como si las paredes mismas recordaran la tensión que arrastrabamos desde la mañana. Me saqué los zapatos, dejándolos caer al suelo con desgano, y me quedé de pie en medio de la habitación, esperando.

No pasaron ni cinco minutos cuando escuché un par de golpes secos, casi imperceptibles, en el marco de mi puerta, seguidos por el giro sigiloso del pomo.

Liam entró sin esperar invitación. Cerró la puerta a sus espaldas con una lentitud mortal y echó el pestillo. Su expresión ya no tenía nada de la fría fachada social que había mantenido ante mi familia; sus ojos oscuros ardían con esa rabia contenida y ese deseo febril que siempre amenazaba con devorarnos vivos.

-Te dije que me las ibas a pagar, Zoé -me gruñó en un susurro grave, avanzando hacia mí con pasos lentos y felinos, como un depredador acorralando a su presa en territorio prohibido.

Retrocedí un paso por pura inercia hasta que mis rodillas chocaron contra el borde de la cama, pero no aparté la vista ni un solo segundo. La oscuridad de la tarde que empezaba a colarse por la ventana encuadraba perfectamente su figura imponente, recordándome que el juego clandestino en la sobremesa había sido solo el calentamiento para lo que verdaderamente importaba entre nosotros.

Liam no se detuvo hasta quedar a escasos centímetros de mí, invadiendo por completo mi espacio personal con ese calor denso y abrumador que siempre me dejaba sin aire. Podía ver el ritmo acelerado de su respiración y la forma en que sus ojos oscuros recorrían cada facción de mi rostro, deteniéndose un segundo de más en mis labios.

-Casi logras que nos descubrieran frente a toda mi familia, Black -le recordé con un hilo de voz, desafiándolo con la mirada a pesar de que el corazón me latía a mil por hora en el pecho.

-¿Y de quién crees que es la culpa, Zoé? -me respondió con un gruñido bajo, áspero, atrapando mis caderas de repente con ambas manos y levantándome sin esfuerzo para sentarme de golpe sobre el borde del colchón.

Su cuerpo quedó encajado perfectamente entre mis piernas abiertas, inmovilizándome. No había a dónde huir, ni fingir que podíamos detenernos.

-Me provocaste en la mesa, me obligaste a aguantar una erección a medio metro de tus padres y después me vaciaste el alma en un pasillo donde cualquiera pudo habernos visto... -continuó, con la voz temblando de una furia que era más deseo que enojo, mientras se inclinaba hasta rozar su nariz con la mía-. ¿De verdad pensaste que te ibas a librar tan fácil de esto?

Sin darle tiempo a responder, sus labios cayeron sobre los míos con una voracidad desesperada, hambrienta, borrando cualquier intento de réplica. Me besó con una rudeza que me hizo arquear la espalda, mordiéndome el labio inferior con la fuerza justa para arrancarme un gemido que se ahogó directamente en su boca. Sus manos grandes y ásperas recorrieron mis muslos por debajo de la tela, subiendo con urgencia hasta aferrarse a mi cintura y apretarme con más fuerza contra su cuerpo duro.

Las barreras que habíamos intentado mantener durante toda la tarde se hicieron añicos en cuestión de segundos, recordándonos por qué éramos nuestra propia y favorita destrucción.

El sabor de su boca era una mezcla peligrosa de urgencia y posesión, y cada roce de sus labios contra los míos encendía una chispa que amenazaba con quemarlo todo. Sus manos apretaban mis muslos con tanta fuerza que sabía que dejarían marcas al día siguiente, pero en ese momento el dolor y el placer eran exactamente la misma cosa.

Apenas me dio un segundo de tregua al separar nuestros labios para respirar, dejándome la piel ardiendo y el pecho agitado. Aproveché ese minúsculo espacio de aire para mirarlo con una sonrisa burlona, ladeando la cabeza mientras mis manos subían lentamente por su pecho hasta enredarse en los botones de su camisa.

-Oye, Black... -le susurré, sintiendo cómo su cuerpo entero se tensaba bajo mis dedos ante el tono retador de mi voz-. Tengo una duda existencial. Mis padres se quedaron abajo recogiendo los platos y tú desapareciste de la sala mágicamente... ¿Qué ridícula excusa le inventaste a mi madre para subir a mi habitación y encerrarte conmigo?

Liam soltó una exhalación corta, una mezcla de risa incrédula y frustración contenida, mientras sus ojos oscuros destellaban con una chispa de picardía peligrosa.

-Por favor... ¿crees que necesito ensayar mentiras para tratar con tus padres? -replicó con esa arrogancia intocable que siempre lograba sacarme de quicio, aunque las comisuras de sus labios se curvaron en una media sonrisa-. Le dije a tu madre que me había dejado el cargador del teléfono en la sala de estar la noche anterior, y que como necesitaba buscarlo antes de irme, pasaría directo a tu cuarto por si habías visto algo tirado por ahí.

Solté una carcajada suave, incrédula ante la frialdad con la que manejaba las mentiras frente a mi familia.

-Eres un cínico de primera, Liam... -le murmuré, pegando mis labios a los suyos otra vez con una lentitud deliberada.

-Y tú eres la única que va a terminar matándome, Zoé -me gruñó antes de volver a devorarme la boca con una urgencia salvaje, haciendo que me olvidara por completo de cualquier excusa, de la casa y del mundo entero.

El sonido de la puerta cerrada con pestillo y el eco de su risa cínica todavía flotaban en el aire cuando Liam decidió que ya habíamos perdido demasiado tiempo jugando a las preguntas.

Sin apartar los ojos de los míos, me agarró de las muñecas con una firmeza implacable y me inmovilizó las manos contra el colchón, justo a los lados de mis caderas. La fachada de control se le había roto por completo; el verdadero Liam, el que estaba tan obsesionado y retorcido como yo, había tomado el control absoluto.

-Ya no hay pretextos, Zoé. Ya no hay pasillos oscuros ni tías a punto de doblar la esquina -me gruñó muy cerca de la cara, con la voz tan ronca y cargada de veneno que me hizo arquear la espalda por puro reflejo-. Ahora estás encerrada conmigo, y te vas a tragar cada una de tus provocaciones.

Una corriente de electricidad pura me recorrió la columna vertebral. No protesté; al contrario, abrí más las piernas para invitarlo a meterse de lleno en mi espacio, desafiándolo con una mirada llena de soberbia.

Liam no se hizo rogar. Con movimientos bruscos y desesperados, arrancó los botones de mi blusa de un solo tirón, haciendo que la tela se abriera de par en par y dejando mi piel expuesta al aire frío de la habitación. Su respiración se volvió un silbido pesado al verme así, con los pezones duros y el cuerpo temblando de anticipación. Bajó la cabeza con voracidad, atrapando uno de mis pechos entre sus labios y mordiéndome con la fuerza justa para arrancarme un gemido agudo, salvaje, que arañó las paredes de la habitación.

-Mierda, Zoé... eres un vicio del que jamás voy a poder desintoxicarme -babeó contra mi piel, dejando una marca roja y ardiente antes de deslizarse hacia abajo, recorriendo mi abdomen con besos húmedos y ásperos hasta llegar al borde de mi ropa interior.

Las manos que me sujetaban las muñecas se soltaron, pero en su lugar, sus dedos ásperos se engancharon en la tela de mi braguita y la desgarraron sin piedad, abriéndome por completo a su merced. No hubo preámbulos suaves, ni caricias innecesarias; Liam me metió dos dedos de golpe, con una rudeza que me hizo gritar su nombre contra las sábanas. Me encontró empapada, ardiendo de una fiebre que solo él sabía cómo encender y apagar a su antojo.

-Por favor... -le rogué por lo bajo, perdiendo toda la compostura, arqueando las caderas hacia arriba para buscar un roce más profundo mientras mi cuerpo se convulsionaba de deseo.

Liam soltó una carcajada oscura, vibrando contra mi intimidad antes de apartar los dedos y enderezarse de golpe. Se desabrochó el pantalón con manos frenéticas, liberando esa erección dura, pesada y palpitante que apenas unos minutos antes me había llenado por completo en el pasillo. Se colocó entre mis muslos abiertos, encajando su peso sobre el mío y rozando la punta caliente contra mi entrada hasta hacerme perder la cabeza.

-Te voy a destruir, Zoé. Te voy a hacer mía hasta que no te queden fuerzas ni para respirar -me prometió al oído, justo antes de empujar las caderas con una fuerza devastadora.

El impacto fue tan profundo, tan lleno de una violencia contenida y urgente, que me arrancó el aire de los pulmones. Me llenó de golpe, estirándome y quemándome por dentro de la manera más deliciosa posible. Las sábanas se convirtieron en un nudo de tela revuelta bajo nuestras manos mientras Liam comenzaba un ritmo implacable, brutal y sin pausas.

Cada embestida era un golpe seco contra la base de mi columna, una mezcla perfecta de odio, obsesión y una pasión tan sucia que rozaba el dolor. Las manos de Liam se clavaron en mis caderas con tanta fuerza que supe que al día siguiente tendría los dedos marcados en mi piel, pero en ese momento los hematomas se sentían como trofeos.

-Mírame, carajo. Mírame a los ojos -me exigió con la voz rota, mientras sus embestidas se volvían cada vez más erráticas, más profundas y desesperadas.

Alcé la vista, encontrándome con sus pupilas completamente dilatadas, oscuras como un abismo sin fondo, reflejando el mismo delirio que me estaba carcomiendo por dentro. Las paredes de mi interior se apretaron con fuerza alrededor de él, respondiendo al castigo con una necesidad feroz.

-Házme pedazos, Black... -le reté entre jadeos, clavándole las uñas en la espalda con la fuerza suficiente para arrancarle un rugido gutural.

Eso fue lo único que necesitó para perder el último rastro de cordura. Liam soltó un grito ahogado contra mi cuello, embistiéndome con tres golpes seguidos, tan salvajes y profundos que me empujaron directamente al borde del precipicio. Mi cuerpo entero se contrajo en un espasmo violento; gemí su nombre con desesperación mientras el orgasmo me golpeaba como una ola eléctrica, vaciándome por completo.

Al mismo tiempo, Liam se rindió al abismo. Con un último gemido ronco, su cuerpo se puso rígido como el acero y se vació dentro de mí en una descarga caliente y pesada, sincronizando nuestros temblores en medio del silencio absoluto de la habitación.

Ninguno de los dos se movió durante varios minutos. Quedamos atrapados en el calor del otro, con el pecho agitado, la piel pegada por el sudor y el eco de nuestra propia destrucción resonando en cada rincón del cuarto.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play