Ella lo obligó a casarse. Él hará que se arrepienta de haberlo conseguido.
Alexander Ríos tenía poder, fortuna y un solo amor: Andrés. Pero una conspiración lo llevó al altar con Ángela Casamayor, la mujer que más odiaba. Ella creyó haber conquistado al heredero. Sin embargo, Alexander tiene sus propias reglas para aquel matrimonio: convertir la vida de su esposa en una guerra donde el amor no tendrá cabida y la venganza será apenas el comienzo.
¿Qué sucede cuando la mujer que consiguió todo lo que quería descubre que su mayor victoria será también su peor castigo?
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La corrección del plan
Ángela no creía en pesadillas premonitorias, ni en fantasmas, ni en castigos enviados por el destino. Creía en causas, consecuencias, en cálculos y en personas que podían ser utilizadas. Sin embargo, aquella noche, algo había conseguido asustarla antes de que pudiera comprender qué era. Sabía que estaba durmiendo, pero por algún motivo no podía despertar. El rostro de Owen apareció con una claridad desconcertante. Ella lo estaba buscando en secreto y finalmente lo había encontrado. La escena pasó a la voz de su hermano a través del teléfono preguntando "¿Estás segura?" y ella sentía que lo estaba. La escena volvió a cambiar sentía la mano de Alexander como una cadena sobre su espalda durante el funeral. Vio el roce en el hombro que le ofreció Dimitri al despedirse. Se vio dormida a sí misma. Soñó con su madre. Estaba de pie en una habitación blanca. Llevaba un vestido que Ángela nunca le había visto y la miraba de una forma suplicante. No había desprecio. Ni frialdad. Había tristeza.
-No quería dejarlo. -decía su madre.
-Mentira.
-No quería dejarlos a ninguno de los dos.
-¡Mentira! -su madre abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Entonces la habitación blanca desapareció. Ahora estaban en un hospital. Su padre estaba muerto en una camilla. Ángela sostenía el rostro de su madre entre las manos. -¡Habla! ¡Mira lo que nos hiciste! ¡Di algo! ¡Por una vez en tu vida, di algo!
Despertó sobresaltada, incorporándose de golpe entre las sábanas de seda blanca, con una respiración entrecortada que jamás habría permitido que nadie escuchara y el corazón golpeándole las costillas. La almohada estaba empapada de lágrimas. Tardó varios segundos en recordar dónde estaba. El dormitorio permanecía sumido en la penumbra, silencioso, inmóvil. Después recordó. Era su habitación de soltera en la mansión Casamayor, pero el eco de la pesadilla seguía aferrado a su mente con una nitidez aterradora. Había sentido frío, un frío profundo que parecía venir de dentro de sus propios huesos, mientras una voz la llamaba desde algún lugar que no podía alcanzar. "-Angela, estás ahí". Se llevó una mano al pecho y cerró los ojos, intentando recuperar el dominio sobre sí misma.
Sus ojos comenzaban a acostumbrarse a la penumbra. La luz gris del amanecer se filtraba por la ventana. Miró el reloj. Las seis y cuarto. No volvería a dormir. Se levantó. Se duchó. Se puso el traje negro que había preparado la noche anterior. Después se miró al espejo. Los ojos hinchados. La mandíbula tensa. El rostro de una mujer que parecía haber envejecido diez años en una sola noche. No reconoció del todo a aquella mujer, pero tampoco le desagradó. Había algo nuevo que todavía no tenía nombre detrás de sus ojos. A las ocho en punto bajó al garaje. Dimitri ya estaba allí. Apoyado contra el coche. Tenía dos cafés en las manos. Le tendió uno.
-¿Dormiste?
-Lo suficiente.
-Mentirosa.
-No empecemos. -una sonrisa apareció en el rostro de él. Pequeña. Cansada. Real.
-Así que la villana ha vuelto. -Ángela no respondió. Subió al coche.
Mientras salían del garaje y la ciudad comenzaba a despertar. Ángela olvidó su pesadilla y pensó en la reunión. Doce miembros del consejo. Doce pares de ojos esperando verla caer. Alexander estaba sentado a su lado. Fingiendo apoyarla. Esperando, probablemente, que necesitara de él y Dimitri conducía en silencio. Observando. Esperando. Se sintió verdaderamente cansada de todo esto. El accidente de sus padres le hizo tomar consciencia. Fue un antes y un después. Pensó en su madre. Tantas mentiras y secretos para qué. Ahora eran ridículos en aquella habitación de hospital. Pensó en Owen su hermano entrando a verla con una bata de enfermero y sonrisa falsa del que oculta algo. Bueno no era el encuentro que había planificado entre ellos. No había remedio. Su madre había sobrevivido a la noche. El futuro no le dio miedo. Le dio algo peor. Esperanza, porque esta podía ser mucho más peligrosa que el miedo.
El miedo hacía huir. La esperanza hacía luchar y ella, Ángela Ríos, única heredera de los Casamayor estaba a punto de empezar una guerra con el consejo y la junta directiva por un imperio. La reunión comenzó a las nueve en punto. Quince personas. Doce hombres. Tres mujeres. Una mesa de caoba y demasiadas personas esperando que ella demostrara que no estaba preparada. Alexander estaba sentado a su derecha. Su mano descansaba sobre la suya. Un gesto que cualquiera habría interpretado como apoyo. Ángela lo sentía como una cadena. Dimitri permanecía junto a la puerta. De pie. Callado. Observando.
-Buenos días. -su voz sonó más firme de lo que todos esperaban. -Gracias por venir. -nadie respondió. Excepto Horacio Peña, uno de los hombres que llevaba más años en el consejo que Ángela de vida, acomodó sus gafas y dijo.
-Con todo respeto, señora Ríos. Sé que está atravesando un momento difícil, pero esto no puede esperar. Los negocios no conocen el luto. -ahí estaba. Señora Ríos. No directora. No heredera. No presidenta. Señora Ríos. El hombre siguió hablando. -Los estatutos establecen que el heredero debe ser ratificado por mayoría del consejo. -hizo una pausa. -Y algunos consideramos que existen dudas razonables respecto a si usted posee la experiencia necesaria para asumir semejante responsabilidad. -Alexander apretó ligeramente la mano de Ángela. Una advertencia. Déjame hablar. Ángela retiró la mano.
-Sus dudas son razonables, señor Peña. -él pareció sorprendido. -Pero son irrelevantes. -el silencio cayó sobre la mesa. Ángela abrió la carpeta. -Mi padre dedicó los últimos cinco años de su vida a prepararme para este momento. Me sentó en reuniones del consejo desde que tenía dieciocho años. Me obligó a leer contratos que no entendía. Me hizo estudiar balances hasta que podía reconocer un error a simple vista. Me envió a estudiar psicología, economía y derecho. -levantó la mirada. -No estoy aquí porque sea su hija. Estoy aquí porque él decidió prepararme para ocupar este lugar. -Horacio frunció el ceño.
-Eso no cambia...
-Sí cambia. -Ángela deslizó unos documentos sobre la mesa. -Tres contratos deben renovarse antes de fin de mes. Dos contienen cláusulas perjudiciales para nosotros y uno de nuestros socios está utilizando esas cláusulas para transferir parte de sus pérdidas a nuestra empresa. -Nadie habló. -Todos casualmente aprobados por su departamento. -Horacio palideció. Ángela puso su sonrisa más encantadora. -Propongo renegociarlos. Después buscaremos culpables. -Horacio tomó los documentos. Los revisó con mano visiblemente temblorosa. Después levantó la mirada desafiante.
-Adelante señora Ríos. -Ángela sonrió. Esta vez no fue una sonrisa de guerra. Fue algo más tranquilo. Más peligroso. La sonrisa de alguien que acababa de descubrir que no necesitaba permiso para sentarse en su propio trono. La primera batalla acababa con victoria porque el consejo todavía no sabía que Ángela llevaba años aprendiendo a jugar.
-Me parece perfecto. No obstante mi padre me dejó antes de fallecer la transferencia absoluta de todas sus participaciones y acciones, por lo que soy la mayor accionista. Pueden comprobarlo. -y distribuyó copias certificadas. A su lado Alexander se preguntaba en qué momento había preparado todo aquello. Dimitri en la puerta se preguntaba exactamente lo mismo y ninguno de los dos pudo evitar un escalofrío. Ángela era aterradora. Lo que ninguno de los presentes sabía era que Owen a las siete de la mañana le había dejado todo listo antes de escabullirse como un ladrón. El mes pasó rápido para Ángela a partir de ahí. Tenía que dividir su tiempo entre consolidar el imperio Casamayor, su extraña relación matrimonial, su difícil guardaespaldas y la habitación 412 del hospital. Estaba verdaderamente exhausta, pero más alerta que nunca.
Después de varias semanas suspendida entre la vida y la muerte, la madre de Ángela finalmente había regresado, pero despertar no siempre significaba recuperar la vida. Su cuerpo seguía inmóvil, convertido en una prisión de carne de la que no existía llave. Sus labios permanecían sellados, sus manos incapaces de obedecerle y su voz se había perdido en algún lugar al que nadie podía llegar. Solo sus ojos seguían perteneciendo a la mujer que había sido. Dos ventanas abiertas a una conciencia intacta, aterradoramente lúcida, condenada a contemplar el mundo sin poder tocarlo y mientras quienes la rodeaban celebraban aquel despertar como un milagro, ella comprendía una verdad mucho más cruel. Había sobrevivido para recordar, para entender y para ver lo que su hija había hecho.
Desde el primer día Ángela le había contado que sabía de su mayor secreto. Ahora Owen sentía cómo la mirada de su madre subía y bajaba desesperada, porque el resto de su cuerpo había dejado de obedecerle. Pensó en todas las veces que había intentado encontrar una muestra de cariño en aquella mujer. No encontró ninguna. Él venía todos los días a la habitación 412 con una bandeja de comida. Nadie iba a comerla. Cerraba la puerta. La dejaba sobre la mesa y caminaba hacia la cama. Su madre lo observaba. Sus ojos se movían frenéticamente. Arriba. Abajo. Owen se detuvo frente a ella. Durante unos segundos no dijo nada. Después sonrió. La misma sonrisa amable que había utilizado el día anterior. La misma que utilizaría delante de médicos, enfermeras y familiares. La misma que nadie sospecharía.
-Buenos días, mamá. ¿Cómo estás hoy? Pronto iremos a casa. Esperaremos a que mi hermana firme el consentimiento para continuar el tratamiento a domicilio. -los ojos de la mujer se abrieron ligeramente. Owen inclinó la cabeza. -Ahora soy Daniel. Tu enfermero. No es irónico. Tú me abandonaste de bebé y ahora soy quien te cuida. No parece justo, pero así salieron las cosas. -se acercó a la cama. -Hoy vamos a empezar con el baño. -los ojos volvieron a moverse. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Desesperados. Owen sonrió un poco más. -Sí. -se inclinó hacia ella. -Te escucho. -hizo una pausa. -Te escucho perfectamente.
Y comenzó a preparar el agua. Mientras, a kilómetros de allí, Ángela acababa de ganar otra batalla. Hoy había logrado expulsar a Horacio Peña por malversación y espionaje industrial. Pronto sería procesado. Las otras ratas estaban quietas, pero ella las cazaría una por una. Ninguno de los dos sabía todavía cuánto iba a costar aquella guerra, porque el enemigo estaba en casa. El humo del funeral empezaba a disiparse, pero debajo de las cenizas ya comenzaban a aparecer las primeras brasas. Ahora necesitaba sacarse la cadena que por capricho se impuso. Por eso firmó los documentos sin leerlos. No necesitaba hacerlo. Conocía cada cláusula, cada condición leonina que Alexander había diseñado para hacerle la vida imposible si alguna vez intentaba dejarlo. La pérdida económica era astronómica: acciones, propiedades, el control de tres filiales clave del imperio Casamayor, pero ahora era ella quien llevaba las riendas. Podía permitirse ese lujo.
No era que se hubiera aburrido de jugar con él. Nada más lejos de la realidad. Alexander era un adversario fascinante, un tablero de ajedrez con mil movimientos posibles, pero había algo más importante en juego. Dimitri. La sola mención de su nombre le erizaba la piel. Hacía dos semanas lo había despedido, citándolo en su despacho con la voz más firme que pudo reunir. Le había pedido disculpas sinceras, humillantes por lo de su familia y hasta se había ofrecido a testificar imputándose cualquier crimen que él quisiera, cualquier acusación que necesitara para cerrar su venganza. Cualquier cosa con tal de que desapareciera de su vida. Dimitri se había reído. Una risa baja, profunda, que le heló la sangre.
-Tus disculpas no las necesito, Ángela. -dijo, usando su nombre como si fuera una caricia y una amenaza al mismo tiempo. -Yo jamás te acusaría falsamente. No soy ese tipo de hombre. Esperaré a que cometas un delito real. Con pruebas irrebatibles y entonces, cariño, no habrá poder en el mundo que te salve.
Despedirlo no sirvió de nada. Alexander, en un acto que solo podía describirse como perverso, lo recontrató como asistente personal casi al instante. Como si supiera. Como si siempre hubiera sabido. Ese era el verdadero motivo del divorcio. Desaparecer a Dimitri. Con Alexander fuera, Dimitri también lo estaría. Sin uno de por medio, el otro no tendría razón para merodear por los pasillos de su vida. Desaparecería. Se desvanecería como el humo. O eso creía ella.
-Tienes mala memoria querida. Te dije que no me voy a divorciar de ti. -las palabras resonaron en el despacho de Alexander como un disparo. Ángela parpadeó.
-¿Por qué? Te he concedido todo lo que pediste para recuperar las pérdidas económicas de tu familia.
-Que no. No acepto el divorcio. Las pérdidas económicas me importan una mierda, Ángela. -Alexander se recostó en su silla, una sonrisa depredadora curvando sus labios. -¿De verdad creíste que te dejaría ir tan fácil? ¿Que me desharía de ti solo porque ahora tienes el control?
-Voy a decirte esto una única vez Alexander. No me gusta dar explicaciones. Entiendo que estés enfadado conmigo por haberte obligado a casarte conmigo y también por drogar a Lían.
-A Andrés. Drogaste a Andrés.
-No. Yo drogué a Lían. Mi padre fue quien drogó a Andrés. Yo no lo supe hasta la mañana siguiente cuando envié al médico. -Alexander se quedó de piedra. Sonrió incrédulo. Abrió un cajón y extrajo una carpeta. La deslizó sobre el escritorio hacia ella. Ángela la abrió con dedos temblorosos. Un informe de ADN.
-Tu padre drogó a Andrés. Sorprendente. -dijo, saboreando cada sílaba. -O debería decir, el hombre que creíste que era tu padre. Los resultados son... esclarecedores. No compartes su sangre, Ángela. No eres una Casamayor. Nunca lo fuiste. -Ángela sintió que el suelo se movía bajo sus pies. -Si esto sale a la luz. -continuó Alexander. -Pierdes todo. El imperio, el apellido, el control. Todo lo que acabas de firmar para recuperar y créeme, tengo los contactos para hacerlo público en menos de una hora. Más rápido aún si me pasa algo. -Ángela apretó la carpeta hasta que sus nudillos se volvieron blancos.
-¿Qué quieres?
-Que te quedes. Que sigas siendo mi esposa. Que finjas que todo está bien mientras yo decido cuándo y cómo termina esto.
-Estás loco.
-Puede ser. Pero tú estás atrapada.