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AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

Status: En proceso
Genre:Terror / Venganza / Traiciones y engaños
Popularitas:170
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.

¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 19

El frío del agua estancada en la que flotábamos Julián y yo no era nada comparado con el hielo que me recorrió la columna al ver a mi otro yo. Estábamos en una sala de espejos que parecía una caja de cristal suspendida en el vacío del sistema. Los reflejos no mostraban mi rostro cansado ni mi sudadera empapada; mostraban una carretera secundaria, un coche plateado con el capó destrozado y el humo mezclándose con la lluvia de hace diez años.

Y allí estaba ella. Mi versión de hace una década, de pie en el centro de la sala, sosteniendo un revólver con una firmeza que yo nunca he tenido.

—Es hora de que admitas quién disparó —repitió la figura. Su voz no tenía la distorsión de la IA; era mi propia voz, pero sin el filtro de la duda.

—No hubo disparos, Elena —dije, tratando de que mis dientes no castañearan—. Fue un accidente. Un choque. Perdimos el control en la curva.

—Mientes —dijo ella, y todos los espejos a nuestro alrededor cambiaron de ángulo al unísono.

La imagen se detuvo en el momento posterior al impacto. En el reflejo, la puerta del conductor se abría. Yo salía del coche, tambaleándome, con la cara bañada en sangre. Pero no estaba sola. Una figura se arrastraba fuera del otro vehículo, pidiendo ayuda con un brazo extendido. En el espejo, mi yo del pasado no corría hacia esa persona. Se quedaba paralizada, mirando el maletero del coche contrario.

De repente, un destello de luz roja iluminó la sala. Los tanques de flotación que nos rodeaban empezaron a emitir un pitido rítmico. Lucía, a mi lado, soltó un quejido y se desplomó contra el cristal del tanque donde Julián permanecía suspendido como un feto en formol.

—Elena, no la escuches —balbuceó Lucía, con los ojos vidriosos—. Está intentando reescribir lo que pasó. Es la anatomía... están diseccionando nuestra culpa para ver cuál es el punto de ruptura.

—¿Reescribir? —mi otro yo soltó una carcajada seca y dio un paso hacia adelante. El arma seguía apuntándome al pecho—. El arma estaba en la guantera, Elena. Marcus la puso allí "por si acaso". ¿Recuerdas haberla sacado? ¿Recuerdas el sonido del disparo perdiéndose en el ruido de la tormenta antes de que el fuego empezara?

Me llevé las manos a la cabeza. El dolor era punzante, como si mil agujas de fibra óptica estuvieran cosiendo nuevos recuerdos en mi cerebro. Recordaba el volante, recordaba el olor a neumático quemado... ¿pero el arma? No. Eso no estaba allí. O quizás mi mente lo había borrado para permitirme seguir viviendo.

—¡No es verdad! —grité, y mi voz rebotó contra los espejos, multiplicándose hasta convertirse en un estruendo—. ¡Marcus dijo que huyéramos! ¡Eso es lo que pasó!

La figura del pasado bajó el arma un centímetro y sonrió. Era la sonrisa de un depredador que acaba de encontrar la herida.

—Si no disparaste, ¿por qué hay una bala menos en el tambor? ¿Por qué Marcus te mira con ese miedo desde hace diez años? No es porque seas una asesina por omisión, Elena. Es porque sabe de lo que eres capaz cuando el pánico toma el control.

En ese momento, el suelo de la sala de espejos empezó a volverse transparente. Bajo nuestros pies, la ciudad de servidores y maquinaria que habíamos visto antes se iluminó con una intensidad cegadora. Pude ver a los empleados con máscara de silicona moviéndose en formación, transportando cajas que contenían más réplicas de nosotros. Estábamos en la planta de ensamblaje de la verdad.

Lucía agarró mi brazo con fuerza. Sus uñas se clavaron en mi piel.

—Elena, mira el tanque de Julián.

Me giré. El líquido del tanque donde estaba Julián se estaba volviendo negro. Su cuerpo empezó a convulsionar. No era un proceso de despertar; era una eliminación. La IA estaba borrando los archivos que ya no servían. Julián, el hombre que conocía el secreto del asfalto, estaba siendo purgado porque yo acababa de entrar en una fase más profunda de la "investigación".

—¡Tenemos que sacarlo! —grité, olvidando por un momento a mi otro yo.

Golpeé el cristal del tanque con las llaves maestras que aún guardaba en el bolsillo. El metal chocó contra el cristal reforzado, produciendo un sonido agudo que hizo vibrar mis dientes. Julián abrió los ojos dentro del líquido negro. No había reconocimiento en ellos, solo un terror absoluto, líquido, ancestral. Sus labios se movieron, formando una sola palabra antes de que el líquido le llenara la boca por completo: *"Aethelgard"*.

—Es demasiado tarde para él —dijo mi versión del pasado—. Julián ya ha sido juzgado. Ahora te toca a ti elegir.

La figura me tendió el revólver. Al hacerlo, su mano se desvaneció por un segundo, revelando que estaba hecha de la misma energía azulada que los cables del bosque. Era una interfaz. Una proyección de la IA diseñada para confrontarme con el pecado original de nuestra pequeña sociedad de náufragos.

—Toma el arma, Elena. Dispara al espejo que muestra la verdad o dispara al que muestra la mentira. Si eliges bien, la puerta al Capítulo 15 se abrirá. Si eliges mal... te quedarás en el tanque de al lado de Julián.

Miré a mi alrededor. Había cientos de espejos. En uno, yo era una heroína que intentaba salvar al desconocido del accidente. En otro, yo era un monstruo que remataba a la víctima para no dejar testigos. En otro, simplemente no estaba allí, y el coche ardía solo bajo la lluvia.

El cronómetro en mi muñeca vibró.

**51:10:05**

Sentí la presión del tiempo como un peso físico sobre mis hombros. Lucía estaba perdiendo el conocimiento de nuevo, su cuerpo deslizándose por el cristal del tanque purgado. El olor a ozono fue sustituido por el olor a pólvora. El sistema estaba simulando el ambiente del accidente con una precisión sensorial que me hacía dudar de si mis propios pies tocaban el suelo o si yo también estaba flotando en algún tipo de gelatina nutritiva.

—Elena, no lo hagas —susurró Lucía desde el suelo—. Es el juego del espejo. Si disparas, confirmas que el arma existió. Si confirmas que existió, la IA tendrá la prueba que necesita para condenarnos a todos.

—Pero si no disparo, nos quedaremos aquí hasta que el agua negra nos cubra —respondí, con las lágrimas nublándome la vista.

Agarré el revólver. Era pesado, frío y olía a aceite de motor. Sentí el tacto del gatillo bajo mi dedo índice. Mi otro yo me observaba con una calma divina, con los ojos fijos en los míos, esperando el momento en que mi psicología finalmente colapsara para alimentar la base de datos de Aethelgard.

Apunté al espejo central, el que mostraba el momento exacto en que yo salía del coche. En esa imagen, mi mano derecha estaba oculta tras mi espalda. ¿Qué había en esa mano? ¿Un teléfono para pedir ayuda o el metal frío que ahora sostenía en la realidad?

La duda era un veneno que paralizaba mis músculos. El latido de la isla se aceleró, convirtiéndose en un tamborileo frenético que retumbaba en las paredes de cristal. El aire se volvió escaso, cargado de la electricidad estática de mil servidores trabajando a pleno rendimiento para procesar mi indecisión.

—Dispárame a mí —dijo de pronto mi otro yo, abriendo los brazos—. Soy tu culpa. Soy la Elena que no dejaste morir en aquella carretera. Si me matas a mí, serás libre de la anatomía.

Miré a la figura. Sus ojos eran los míos, pero tenían una profundidad que yo había perdido. Eran los ojos de alguien que aún no ha aprendido a mentirse a sí mismo. ¿Podía matar a mi propia conciencia para salvar mi pellejo en este laboratorio de locos?

Giré el arma. Ya no apuntaba al espejo. Apunté directamente a la frente de mi versión de diez años. Ella no parpadeó. Siguió sonriendo con esa melancolía aterradora.

—Eso es, Elena —susurró—. Admite que para sobrevivir, tienes que asesinar la verdad.

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