Rachell Takahashi Zhang nunca creyó en el amor, solo en el poder. Pero cuando su boda se derrumba y es obligada a casarse con un desconocido, no imagina que ese hombre perfecto es, en realidad, su peor enemigo. Damien Bloodworth no llegó para amarla... llegó para vengarse. Y mientras ella le entrega su confianza, él se acerca cada vez más al momento de destruirlo todo.
"Se casó con su enemigo...
y terminó entregándole el arma perfecta para destruirla: su corazón."
¿El amor puede vencer el odio?
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Impacto controlado
Han pasado semanas.
Semanas compartiendo una casa que no se siente compartida.
Coincidimos lo justo.
Eventos. Reuniones. Apariciones estratégicas donde debemos ser la pareja perfecta.
Fuera de eso…
Nada.
Silencio.
Distancia.
Control.
Y, sin embargo…
Siempre está.
Presente.
Como una sombra que no se mueve… pero tampoco desaparece.
Termino de ajustar el vendaje en mis manos frente al espejo. Ropa deportiva negra, ajustada, cómoda. Cabello recogido en una coleta alta.
Nada elegante.
Nada calculado para impresionar.
Esto es real.
Salgo de la habitación sin prisa y camino hacia el gimnasio de la mansión.
Es grande.
Demasiado.
Pesas, sacos, ring, armas, espacio abierto.
Todo lo necesario para romper… o mejorar.
Empujo la puerta.
Y me detengo.
Damien está ahí.
De espaldas.
Golpeando el saco.
Ritmo constante.
Fuerte.
Preciso.
El sonido de los impactos llena el lugar.
No me voy.
Entro.
Mis pasos resuenan levemente en el suelo.
Él se detiene.
No gira de inmediato.
—Pensé que entrenabas afuera —dice, sin mirarme.
—Pensé que no te quedabas tanto tiempo en un mismo lugar.
Se gira.
Sus ojos se posan en mí.
—Depende del lugar.
Camino más adentro.
—Deberías irte —añado sin rodeos—. América no se maneja sola.
—No lo hace.
—Entonces estás descuidando algo.
—O estoy manejando todo mejor de lo que crees.
Lo observo.
—No lo creo.
—Lo haces.
—No.
Silencio.
Tenso.
—Cuéntame —digo, apoyándome contra una de las columnas—. ¿Cómo manejas tu imperio desde aquí?
Una leve sonrisa cruza su rostro.
—No es algo que te interese.
—Todo lo que te involucre… me interesa.
—Control.
—Información.
—Curiosidad.
—Estrategia.
Se acerca un poco.
—No confío en eso.
—No necesitas hacerlo.
—Y tú no necesitas saber.
Sonrío apenas.
—Entonces estás ocultando algo.
—Siempre.
Eso me hace entrecerrar los ojos.
—Eso es un error.
—No para mí.
Silencio.
La tensión vuelve a crecer.
—Golpeas mal.
La frase sale sola.
Directa.
Él levanta una ceja.
—¿Perdón?
Me acerco al saco.
—Ahí —señalo—. Cuando haces ese movimiento…
Imito el golpe.
—Dejas el lado abierto.
Lo observa.
Luego a mí.
—No es un error.
—Sí lo es.
—Depende del oponente.
—Depende de que quieras perder.
Él suelta una risa baja.
—Muéstrame.
Perfecto.
Me coloco frente al saco.
Golpeo.
Rápido.
Preciso.
Cambio el ángulo.
—Aquí —repito—. Si haces esto…
Lanzo el golpe.
—Y no cubres…
En un movimiento rápido, giro y simulo un contraataque directo.
—Te abren.
Él no aparta la mirada.
—Interesante.
—Básico.
—Para ti.
—Para cualquiera que quiera sobrevivir.
Silencio.
Luego se quita los guantes lentamente.
—Ven.
No lo dudo.
Subo al ring.
Él hace lo mismo.
Nos colocamos frente a frente.
Sin sonrisa.
Sin cortesía.
—Primera regla —dice—. No te contengas.
—Nunca lo hago.
—Bien.
Nos movemos.
Lento al principio.
Midiendo.
Calculando.
Doy el primer golpe.
Él lo esquiva.
Contraataca.
Bloqueo.
Rápido.
Más rápido.
El aire se vuelve denso.
Cada movimiento es una prueba.
Cada golpe… un mensaje.
—Eres buena —murmura entre impactos.
—Lo sé.
Intento abrir su defensa.
Él responde con precisión.
No falla.
No duda.
—Tú también —admito.
—Lo sé.
Chocamos.
Cuerpo contra cuerpo por un segundo.
Demasiado cerca.
Demasiado consciente.
Me separo con un giro.
Ataco de nuevo.
Él responde.
Fuerza.
Control.
Peligro.
Esto ya no es entrenamiento.
Es medición.
—No eres fácil —dice.
—Nunca lo he sido.
Un golpe roza mi costado.
Sonrío.
—Eso fue lento.
—Eso fue intencional.
Intento otro ataque.
Pero esta vez…
Él anticipa.
Me bloquea.
Me detiene.
Su mano rodea mi muñeca.
La otra se posiciona cerca de mi cuello.
No aprieta.
Pero podría.
Nos quedamos así.
Inmóviles.
Respirando.
Mirándonos.
Demasiado cerca.
Siento su respiración.
Él la mía.
—Ahí —murmura—. Dejas la zona abierta.
No me muevo.
—Solo si el oponente es lo suficientemente rápido.
—Lo soy.
—Lo estoy notando.
Silencio.
El aire cambia.
No es solo tensión.
Es algo más.
Algo que no me gusta.
Pero no puedo ignorar.
Tiro de mi brazo.
Me suelto.
Retrocedo.
—No estuvo mal —digo.
—Para ti tampoco.
Bajo del ring sin mirarlo.
Pero lo siento.
Su mirada.
Pesando.
Analizando.
Como yo hago con él.
Tomo una botella de agua.
Bebo.
—Eres letal —añado sin mirarlo.
—Tú también.
Asiento levemente.
—Eso complica las cosas.
—Las mejora.
Lo miro.
—Para ti.
—Para ambos.
Silencio.
Más pesado.
Más peligroso.
Esto ya no es solo un contrato.
Ni una alianza.
Es algo más.
Algo que está creciendo sin permiso.
Y lo peor…
Es que ninguno de los dos lo está deteniendo.