El contrato de matrimonio no era solo papel: era una sentencia. A los 26 años, Valeria Varela se convirtió en la esposa de Dante Moretti, el hombre más poderoso, frío y temido de la ciudad —dueño de imperios empresariales y redes que nadie se atreve a nombrar. Ella lo amó desde antes de decir “sí”, creyendo que su amor sería suficiente para derretir su hielo. Pero tres años después, vive invisible: olvidada en sus cumpleaños, humillada en cenas de negocios, siempre relegada a un segundo plano frente a la mujer que él nunca dejó de querer: su exnovia, y ahora asistente personal, Isabella.
Valeria finge sumisión, baja la cabeza y sonríe cuando la insultan, pero detrás de esa máscara hay una inteligencia afilada y un dolor que se convierte en veneno. Cuando descubre que todo su matrimonio fue un acuerdo para saldar una deuda familiar, y que Isabella ha manipulado cada error, cada malentendido, cada lágrima suya, algo se rompe —y algo nuevo nace.
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CAPITULO 18 PARTE II
(Narrado por Valeria Varela)
—¡QUE TE VAYAS! —le grité con todas mis fuerzas, y mi voz sonó rota, desgarrada, llena de todo el dolor que me estaba quemando por dentro—. ¡No quiero escucharte! ¡No quiero que me toques! ¡Todo lo que hay en ti ahora mismo me da asco! ¡Todo!
Dante se quedó clavado en el suelo, desnudo, con el cuerpo todavía marcado por mis uñas, con mi sabor todavía en su boca, con el recuerdo fresco de cómo me había tenido hace apenas unos minutos, gritando su nombre, entregándole todo lo que era mío. Y ahora… ahora yo lo miraba como si fuera un extraño, como si fuera el peor enemigo que había tenido en mi vida. Las lágrimas le corrían por las mejillas, se le caían por la barbilla, le mojaban el pecho, y él no se las secaba. Solo me miraba, con esos ojos oscuros que antes me hacían temblar de amor y deseo, y que ahora solo me hacían sentir ganas de vomitar de rabia y decepción.
—Valeria… por favor… —repitió, dando un paso hacia mí, con las manos levantadas como si quisiera tocarme pero tuviera miedo de que lo quemara—. Escúchame un segundo… déjame explicarte… todo eso fue hace mucho tiempo… yo no sabía lo que hacía… yo era un maldito idiota que no sabía valorar nada… te juro que yo te odiaba entonces porque me obligaron a estar contigo… porque creía que tú eras la culpable de arruinar mi vida… y ella… ella me decía lo que yo quería oír… me daba lo que yo creía que necesitaba… pero eso fue antes de conocerte de verdad… antes de darme cuenta de que tú eras lo único bueno que tenía…
—¿Explicarme qué? —le corté, riéndome con amargura, sintiendo cómo se me partía el corazón en mil pedazos más pequeños todavía—. ¿Qué me vas a explicar, Dante? ¿Que te divertías con ella mientras yo me moría de frío en esta cama? ¿Que te ibas de viaje con ella y me mandabas cartas que ella escribía, para hacerme creer que te importaba un poco? ¿Que te burlabas de mí con ella, que le decías que yo no era nada, que yo solo era el nombre, el papel, la que estaba de adorno? ¿Eso me vas a explicar? ¿Que fui la tonta más grande del mundo, la que te amó con toda su alma mientras tú te reías de mí con otra? ¡Ya lo entendí todo! ¡Ella me lo explicó muy claro! ¡Y tú… tú solo has confirmado cada palabra que dijo!
Me acerqué un paso a él, apretando la sábana contra mi cuerpo, sintiendo cómo me temblaban las piernas de pura rabia, de pura impotencia, de puro dolor. Lo miré de arriba abajo, con desprecio, con asco, con todo lo que me salía del alma.
—¿Sabes lo que es lo peor de todo? —le dije, bajando la voz, marcando cada palabra como si fuera un cuchillo que le clavaba en el pecho—. Lo peor no es que me hayas sido infiel. No. Eso ya lo sabía. Lo peor es la burla, Dante. La burla. Que me hayas tratado como a una estúpida, como a un objeto, como a algo que no tiene sentimientos. Que hayas compartido con ella todo, absolutamente todo. Tus secretos, tus viajes, tu placer, tu risa, tu rabia… todo. Que ella sepa más de ti que yo. Que ella haya sido tu verdadera mujer durante años, mientras yo vivía en una mentira, creyendo que algún día me mirarías, que algún día me querrías. Y lo peor de todo… es que hace una hora, cuando me tenías aquí, debajo de tu cuerpo, follándome como un animal, jurándome amor eterno, diciéndome que yo era la única, que ella no era nada… ¡mentías! ¡Porque tú sabías todo esto! ¡Tú sabías que ella tenía esto guardado! ¡Y me seguías mintiendo, me seguías ocultando la verdad, me seguías haciendo creer que todo estaba bien, que todo lo nuestro era puro y nuevo! ¡Eres un asco, Dante! ¡Eres lo peor que me ha pasado en la vida!
Él sollozaba, se le doblaban las rodillas, y poco a poco se fue dejando caer al suelo, ahí mismo, en medio de la habitación, desnudo, destrozado, convertido en la nada misma. Se cubrió la cara con las manos, y su cuerpo entero temblaba por los sollozos que no podía contener.
—¡Tenía miedo! —gritó de repente, entre lágrimas, levantando la cara llena de dolor hacia mí—. ¡Tenía miedo de perderte! ¡Tenía miedo de que si te decía todo esto, si te contaba hasta dónde llegaba mi maldad, hasta dónde llegaba lo que hice con ella, me dejarías! ¡Tenía miedo de que me odiaras para siempre y me sacaras de tu vida! ¡Porque yo sé que fui un monstruo, Valeria! ¡Lo sé! ¡Me odio a mí mismo por todo lo que te hice, por todo lo que te dije, por todo lo que le conté a ella, por todo lo que nos burlamos de ti! ¡Me dan ganas de matarme cada vez que me acuerdo de lo estúpido y cruel que fui contigo! ¡Pero yo cambié! ¡Te juro que cambié! ¡En cuanto me di cuenta de lo que eras, en cuanto me di cuenta de lo que tenía, en cuanto vi que te podía perder para siempre… todo eso se fue a la mierda! ¡Ella se fue a la mierda! ¡Todo el pasado se fue a la mierda! ¡Y solo quedaste tú! ¡Solo tú! ¡Todo lo que siento ahora, todo lo que te doy, todo lo que te hago… es nuevo! ¡Es mío! ¡Es tuyo! ¡Y es mil veces más grande, más fuerte, más real que cualquier cosa sucia que hubo antes!
Se arrastró por el suelo hasta llegar a mis pies, se agarró de mis tobillos, apretando fuerte, con desesperación, llorando sobre mis pies descalzos.
—Perdóname… por favor… perdóname… —suplicaba, con la voz quebrada, con el alma rota—. Mátame, grítame, hazme lo que quieras… destrúyeme, págame todo el dolor que te causé… pero no me eches… no me dejes… porque sin ti yo no soy nada… yo no soy nadie… todo lo que soy ahora es por ti… todo lo que tengo es por ti… te lo di todo… te lo juré todo…
Lo miré ahí, a mis pies, suplicando, llorando, destrozado… y sentí unas ganas inmensas de patearlo, de apartarlo, de sacarlo de mi vida para siempre. Pero también sentí cómo me dolía el alma, cómo me dolía todo el cuerpo, cómo lo amaba a pesar de todo, cómo lo necesitaba aunque me hubiera hecho el daño más grande de todos. Pero el orgullo… el orgullo me quemaba vivo. Y la verdad que ella me había dicho, esas palabras sucias, esas confesiones que él le había hecho a ella… no se iban de mi cabeza. Resonaban una y otra vez, como un eco maldito: “esto es lo que ella nunca va a tener”, “la que me tiene de verdad eres tú”, “te voy a seguir viniendo a ver, te voy a seguir llenando”.
Me solté de su agarre de un tirón, di un paso atrás, y me quedé mirándolo con frialdad, con dureza, con esa rabia que me estaba haciendo ser más fuerte que nunca.
—¿Sabes qué es lo que veo ahora, Dante? —le dije, con voz fría, cortante, sin una sola lágrima ya en mis ojos—. Veo que Isabella tenía razón en todo. Ella dijo que tenía secretos. Ella dijo que tenía cosas que destruirían lo nuestro. Ella dijo que yo no sabía nada. Y acertó en todo. Ella te conoce mejor que yo. Ella tuvo tu confianza, tu complicidad, tu verdadera cara. Ella sabe que tú eres así: mentiroso, egoísta, cruel, capaz de reírte de la persona que te ama con otra persona. Y yo… yo fui la tonta que creyó que un monstruo podía convertirse en príncipe azul de la noche a la mañana. Yo fui la idiota que creyó que el amor lo podía todo, que podíamos borrar tres años de mentiras en tres días de buen sexo.
Hice una pausa, y sentí cómo se me clavaba cada palabra en el corazón, pero tenía que decírselo. Tenía que decírselo todo.
—Ella dijo que lo que tenían era fuego. Dijo que tú volverías a ella. Dijo que yo nunca te haría sentir lo que ella te hacía sentir. Y sabes qué… ahora me doy cuenta de que ella tenía razón también en eso. Porque tú te sentías libre con ella. Con ella no tenías que fingir ser bueno, ni amable, ni cariñoso. Con ella podías ser el animal que eres. Podías ser el mentiroso, el tramposo, el que se burla, el que se divierte a costa de otros. Con ella tú eras tú de verdad. Y conmigo… conmigo solo fingiste ser lo que yo quería que fueras. Fingiste ser el hombre que me ama, el hombre que me respeta, el hombre que se arrepiente. Pero en cuanto ella habló… en cuanto ella sacó la verdad… todo ese hombre nuevo se cayó a pedazos. Y volvió a salir el de antes. El que me oculta cosas, el que me miente, el que se burla de mí.
Él levantó la cara, con los ojos rojos, hinchados, llenos de dolor y desesperación.
—¡No es verdad! ¡Te juro que no es verdad! ¡Todo lo que te he dado, todo lo que te he hecho, todo lo que te he dicho… es verdad! ¡Te amo con toda mi alma! ¡Te deseo más que a nada! ¡Todo lo que siento por ti es más fuerte que cualquier cosa mala que haya hecho! ¡Por favor, Valeria… no la dejes ganar! ¡Ella lo único que quiere es separarnos! ¡Lo único que quiere es vernos destrozados! ¡Ella se está riendo de nosotras ahora mismo! ¡Lo está logrando! ¡Está consiguiendo lo que quería!
Me reí otra vez, con amargura, con dolor, con esa rabia que ya no cabía en mí.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que me quede aquí, abrazada a ti, fingiendo que no pasó nada? ¿Que te perdone todo, que olvide que te fuiste de viaje con ella, que me mandaste cartas escritas por ella, que te burlaste de mí con ella? ¿Que siga follando contigo, sabiendo que todo lo que me haces a mí, todo lo que me dices, todo lo que me das… se lo diste a ella primero, y mil veces mejor? ¿Quieres que crea que yo soy la única, cuando ella misma me acaba de demostrar que ella fue la dueña absoluta de tu vida, de tu cuerpo y de tu boca durante tres años enteros? ¡No puedo, Dante! ¡No puedo! ¡Me duele demasiado! ¡Me da demasiado asco!
Me acerqué al armario, abrí las puertas de golpe, saqué ropa, me la puse rápido, sin importarme nada, cubriendo mi cuerpo, borrando todas las marcas que él me había dejado, borrando cualquier rastro de lo que habíamos hecho hacía un rato. Él se quedó ahí, en el suelo, mirándome, sin atreverse a detenerme, sin saber qué hacer, destrozado.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó bajito, con voz muerta—. ¿A dónde vas?
Me di la vuelta, lo miré por última vez, y sentí que algo se rompía dentro de mí para siempre.
—Me voy de aquí —le dije, firme, decidida—. Me voy de esta habitación. Me voy de esta casa. Me voy de tu lado. Necesito tiempo. Necesito pensar. Necesito saber si alguna vez podré perdonarte esto. Necesito saber si podré volver a mirarte a la cara sin ver a ella detrás de ti, riéndose, diciéndome todas esas cosas horribles. Y sobre todo… necesito saber si podré volver a tocarte, sabiendo que esas manos que me acariciaban, esa boca que me besaba, ese cuerpo que me juraba que era solo mío… fueron suyos primero, y de la peor manera posible.
Caminé hacia la puerta, la abrí, y antes de salir, me detuve un segundo, sin mirarlo, con la voz temblando pero firme.
—Y dile a tu querida Isabella que lo consiguió. Que ganó. Que metió la cizaña donde quería. Que destruyó todo lo que construimos con tanto dolor y esfuerzo. Pero dile también… que esto no se va a quedar así. Que ahora yo sé quién eres tú, y sé quién es ella. Y que la guerra acaba de empezar de verdad. Porque yo no soy la misma tonta de antes. Y ahora… ahora voy a jugar a su mismo juego. Y te aseguro… que cuando yo ataque… voy a ser mucho peor que ella.
Salí de la habitación, cerré la puerta con fuerza detrás de mí, y me quedé apoyada contra la madera, escuchando cómo él se quedaba solo, llorando, gritando de dolor, golpeando las paredes, destrozando todo lo que encontraba a su paso. Me cubrí la boca con la mano para ahogar mis propios sollozos, para no dejar que me oyeran, para no dejar que nadie viera cuánto me dolía todo esto.
Bajé las escaleras rápido, salí de la mansión, respiré el aire fresco de la noche, y me di cuenta de algo: Isabella había ganado esta batalla. Había logrado separarnos, logrado sembrar la duda, logrado que yo odiara y temiera lo que tenía con Dante. Pero lo que ella no sabía… lo que ella nunca entendería… es que al hacerme daño, al humillarme, al revelarme la verdad sucia de todo lo que pasó… no me estaba destruyendo. Me estaba convirtiendo en un monstruo igual que ellos. Me estaba dando las armas que necesitaba para destruirla a ella. Y para destruirlo a él también, si era necesario.
Miré hacia arriba, hacia la ventana de nuestra habitación, donde él estaba ahora, destrozado, arrepentido, sufriendo… y sentí que mi corazón se endurecía, se hacía de piedra.
“Disfruta tu victoria, Isabella”, pensé con rabia, con odio, con todo lo que me hervía en la sangre. “Disfrútala ahora, porque muy pronto… yo voy a devolverte todo este dolor multiplicado por mil. Y te voy a hacer desear no haberte metido nunca conmigo”.
Caminé hacia el coche, me subí, y me fui, dejando atrás todo lo que había sido mi vida hasta ahora. Dejé atrás al hombre que amaba, dejé atrás la casa que quería, dejé atrás el sueño de ser feliz… y me llevé conmigo solo una cosa: sed de venganza. Sed de sangre. Y la certeza absoluta de que esto no había hecho más que empezar. Y que la verdadera guerra… la guerra sucia, la guerra sin reglas, la guerra a muerte… apenas estaba por comenzar.