Para el mundo, Ada Medina de 35 años es una ingeniera en sistema muy exitosa en un campo dominado por hombres, pero para su familia, es solo la hermana que nunca superó a su amor de la infancia Sebastián Hernández, sin embargo, bajo la sombra de la etiqueta de “pagafantas” que su hermana Victoria con malicia se encargó de difundir, la realidad es que Ada guarda un secreto.
Desde hace años Ada vive un romance clandestino con Damián Hernández un valiente bombero de 37 años, y hermano mayor de Sebastián.
Al ser ambos los eternos postergados y los “segundos” de sus respectivas familias, han preferido mantener en secreto su “vínculo” bajo la imagen de una simple amistad para evitar el estallido de conflictos muy dolorosos.
Pero el silencio tiene un límite y Ada está a punto de demostrar que no es el plan B de nadie, y que el amor de su vida siempre estuvo ahí, esperando el momento adecuado para salir a la luz.
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Capítulo XIX:Dolorosa Aceptación
Era evidente que muchos de sus compañeros deseaban, desde hace tiempo que alguien les diera una lección de humildad a ese grupo de soberbios; ahora con todo lo ocurrido nadie celebraba abiertamente, pero tampoco salían en defensa de los caídos.
Para Ada, ese fingido olvido general era el escenario perfecto porque no la señalaban ni la interrogaban, y así pudo concentrarse en lo único que verdaderamente le importaba en ese momento contar los días para terminar clases y marcharse al otro lado del país.
Constanza llegó a clases con los ojos enrojecidos y la mirada fija en el suelo, se sentó en el pupitre al lado de Ada.
—Augusto descargó toda su furia conmigo por teléfono… Me llamó traidora y terminó conmigo —confesó Constanza con la voz quebrada.
Ada le colocó una mano en el hombro en un gesto de mudo consuelo, aunque en el fondo sabía que esa ruptura era lo mejor que le podía pasar a su amiga.
—Él solo necesita culpar a alguien más de su propio fracaso —le dijo Ada con voz serena, pero firme— Sé que no lo ves así en este momento, pero librarte de él es lo mejor que te pudo haber pasado, eres fuerte, Constanza, y vas a estar bien.
Constanza asintió y se sacudió los restos de su desamor porque en ese momento tenía un objetivo fijo en mente, y no podía permitirse cometer un error, necesitaba obtener el promedio necesario para ingresar a la universidad de sus sueños.
Luego de la llamada tan decepcionante de su madre el día se convirtió en un calvario para Damián, sentía cansancio por el viaje en motocicleta, sumado a las escasas horas que logró dormir antes de que sonara la alarma, para colmo de males, las heridas en sus nudillos al no atenderlas adecuadamente a su llegada comenzaban a infectarse.
Aun así, apretó los dientes e intentó cumplir con su exigente jornada en la academia de bomberos, soportó el dolor físico durante los entrenamientos de contingencia, arrastrando las mangueras y el pesado equipo con su pura fuerza de voluntad, negándose a pedir un descanso que levantara sospechas sobre su escapada de la noche anterior.
Aunque lo que verdaderamente lo desesperaba era la impotencia de no poder comunicarse con Ada, ya no podía llamar a su casa, porque sabía que era una persona considerada como no grata en la residencia de los Medina, y ese silencio era lo más desesperante.
Ada tomó la decisión de retrasar lo más posible su regreso a ese infierno llamado hogar, así que se ofreció como voluntaria para ayudar a organizar los libros de la biblioteca de la secundaria, y al escuchar su propuesta, la encargada, una mujer de la tercera edad que solía lidiar con la indiferencia de los estudiantes, estaba feliz, aunque Ada sintió un poco de culpa porque no lo hacía por bondad, sino para retrasar su regreso a casa y lo más importante esperar la hora adecuada en la que el flujo de personas disminuyera para poder usar el teléfono público con total privacidad y llamar a Damián.
Cuando terminaron de ordenar los estantes, Ada caminó hacia la cabina telefónica, tomó su tarjeta prepagada y la introdujo en la ranura, marcó el número de la residencia de Damián sintiendo mucha expectación, esperando que él estuviera al otro lado de la línea.
A tres horas de distancia, en el comedor, Damián estaba sentado frente a su plato, cabeceando y casi a punto de quedarse dormido.
—¡Hernández, tienes una llamada! —gritó uno de sus compañeros de pabellón, haciéndolo espabilar de golpe.
Se levantó con desconfianza y caminó hacia el aparato arrastrado los pies, descolgó el auricular y la calidez de esa voz tan conocido se escuchó al otro lado de la línea.
—Damián, ¿Estás bien? —preguntó Ada, con una nota de genuina preocupación que lo desarmó de inmediato.
Al escucharla y darse cuenta de que estaba sana y salva, Damián soltó una carcajada, y una sensación de alivio invadió todo su cuerpo.
—Sí, yo estoy perfectamente —le respondió con tono cómplice—Aunque no puedo decir exactamente lo mismo de tu papá.
Ada no pudo evitar sonreír al otro lado de la línea, y tras la descripción de Damián ya se imaginaba el rostro de su padre, deformado por la hinchazón y los hematomas, luciendo como una obra de Picasso.
La conversación entre ambos era amena y se convirtió en un oasis de paz en sus vidas, Damián olvidó su dolor por la indiferencia de su madre y sus nudillos inflamados y Ada dejó de pensar que debía regresar a esa casa para esperar el momento de su partida.
Sin embargo, lo bueno a veces tiene el tiempo en contra y la bibliotecaria se acercó con amabilidad a Ada, le mostró el reloj de reojo y le hizo una seña con la mano para indicarle que ya era hora de cerrar las instalaciones, Ada asintió y con un toque de pesar, pensó en que debía terminar la llamada.
—Me tengo que ir... Te llamo mañana a la misma hora—prometió en un susurro.
Damián apretó el teléfono contra su oído, esbozando una sonrisa que no ocultaba su cansancio, pero que mostraba mucha sinceridad.
—Voy a estar esperando por tu llamada, Ada. Cuídate mucho —le respondió, quedándose parado en el mismo lugar incluso después de escuchar el clic que daba por terminada la llamada.
Fue justo en ese momento que Damián sintió que el viaje de tres horas, así como sus nudillos rotos valieron completamente la pena porque una chica tan dulce como Ada merecía ser protegida.
Ada regresó a la casa cerca de las nueve de la noche, pero la planta baja estaba sumida en un silencio sepulcral, no encontró a Gerardo el cual alegando enfermedad decidió tomarse unos días libres lo que nadie sabía es que esa mañana recibió una llamada de Don Aurelio y necesitaba apaciguarlo, ni a Mónica la cual había salido con sus amigas, en su lugar solo se escuchaban los gritos ahogados y las maldiciones que salían de la habitación de Victoria, la cual permanecía bajo un estricto castigo, obligada a repasar todo el contenido para el examen de admisión universitaria.
Esa rutina se convirtió en el refugio de Ada durante los siguientes días, asistir a clases, mantener un perfil bajo y quedarse hasta tarde ayudando a la anciana empleada a organizar los libros de la biblioteca escolar, estirando las horas para usar el teléfono público y hablar con Damián antes de volver al nido de víboras, un par de veces durante ese tiempo Sebastián la llamó para intentar convencerla de que fuera a estudiar con él, pero siempre obtenía la misma respuesta ella no estaba en casa.
Del contenido de la conversación entre Don Aurelio y Gerardo nada se supo solo que Gerardo desde su regreso apenas si le hablaba a su hija y le advertía a Mónica que la dejara en paz y que solo se dedicara a que Victoria aprobara el examen que del resto se encargaría el mismo.
Cuando llegó el fin de semana, Ada buscó una vía de escape diferente, se citó en la biblioteca pública para estudiar con Constanza y el grupo de “cerebritos” de la secundaria, todos tenían una meta fija en sus mentes rendir un buen examen y para Ada cuya admisión había sido completada era solo por el placer de ayudar a sus compañeros y evitar un ambiente tan tóxico.
Ella sabía perfectamente que bajo la aparente calma de Mónica se escondía algo más turbio y que no se quedaría tranquila tras la humillación de Victoria y seguro estaba buscando el momento más adecuado para cobrarse el agravio.
A tres horas de distancia, en el comedor de la academia de bomberos, la realidad de Damián era otra.
—¿En serio no vas a avisarle a tu familia sobre el acto de graduación? —preguntó Martínez, interrumpiendo el almuerzo.
Damián negó con la cabeza porque ya lo habían decepcionado demasiadas veces, además de que era el día del examen de admisión a la universidad de Sebastián y nunca lo elegirían a él.
—Ellos no van a venir —sentenció Damián con una calma plana.
—Pero eres el mejor de todo el batallón, hermano… ellos deberían estar aquí.
Damián se encogió de hombros, manteniendo la vista en su plato, como si lo que acababa de decir careciera de toda importancia, estaba resignado a no ser importante para sus padres, pero por primera vez en su vida lo había aceptado de verdad, y esa dolorosa aceptación, paradójicamente, lo hacía sentirse en paz.
hermosa me encantó 💕
en ningún momento ella se dejó almedendrar x esos atorrantes poca cosa , dejan mucho q desear como personas especialmente el padre