Alexa Hills desprecia a su jefe, el arrogante y poderoso Azkarion DArgent, casi tanto como a su asfixiante deuda. Sin embargo, cuando un oscuro incidente destruye su estabilidad, la renuncia parece su única salida... hasta que Azkarion le presenta una oferta imposible de rechazar.
A cambio de su libertad financiera, Alexa deberá firmar un contrato de matrimonio y entregarse al mundo de un hombre con obsesiones ocultas y una tentación secreta que roza lo prohibido. Atada por un papel y rodeada de lujos peligrosos, Alexa descubrirá que el mayor riesgo no es el contrato, sino sucumbir a los deseos irresistibles que su "esposo" despierta en ella.
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capitulo 19
El sonido de los cristales estallando en la planta baja resonó en el ala oeste como un disparo en una catedral. La vibración subió por mis pies descalzos, recordándome que la seguridad de la mansión DArgent era, después de todo, una ilusión de cristal y acero. Azkarion me empujó detrás de él con un movimiento brusco, su cuerpo bloqueando la entrada de la habitación cerrada. En la penumbra, su silueta parecía la de un caballero oscuro enfrentándose a sus propios demonios.
—No te muevas de aquí, Alexa. Ni un paso —susurró, y su voz ya no tenía el rastro de vulnerabilidad de hace unos segundos. El CEO gélido había regresado, pero esta vez estaba armado.
—¡Azkarion, no puedes ir solo! —alcancé a sujetar su brazo, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la camisa negra. La sangre del vendaje que le puse en el almacén empezaba a manchar la tela de nuevo—. El mensaje de los Valois... ellos no vienen a negociar.
Él se giró, y por un instante, la luz parpadeante del pasillo iluminó su rostro. No había miedo, sino una furia concentrada que me hizo retroceder. Me tomó la nuca con una mano, atrayéndome hacia él en un beso que supo a despedida y a promesa de sangre. Fue un choque de labios violento, cargado de la adrenalina del peligro y de la desesperación de la verdad que acabábamos de descubrir.
—Si algo me pasa, en el segundo cajón de la mesa hay un sobre a tu nombre. Ábrelo y huye. No mires atrás —dijo contra mi boca, y antes de que pudiera protestar, se fundió en las sombras del pasillo.
Me quedé sola en la habitación cerrada, rodeada de las pruebas de una venganza que había nacido de una mentira. Miré el contrato de matrimonio de su madre y de mi padre. ¿Cómo pudo Arthur Hills haber sido tan ciego? ¿O cómo pudieron los Valois ser tan maestros en el arte del engaño? El aire se sentía viciado, cargado de veinte años de resentimiento acumulado. No podía quedarme allí esperando a que el destino decidiera por mí.
Salí al pasillo, pegando la espalda a las paredes de madera tallada. El silencio abajo era sepulcral, lo cual era mucho más aterrador que los disparos. Caminé hacia la barandilla de la escalera principal. Desde allí, vi las luces del jardín barriendo el salón. Tres sombras se movían con una eficiencia militar, sus trajes oscuros confundiéndose con el mobiliario de lujo.
De repente, una explosión de luz y sonido estalló en el vestíbulo. Azkarion había activado las contramedidas de seguridad. Las rejillas de acero bajaron en las ventanas, sellando la mansión como un búnker. Escuché el crujido del cuero y el impacto de los golpes. Él estaba allí abajo, peleando por nuestras vidas con una ferocidad que solo un hombre que lo ha perdido todo puede desplegar.
Bajé los escalones con el corazón martilleando en mis oídos. En medio del salón, Azkarion tenía a uno de los intrusos inmovilizado contra la mesa de mármol. Julian Vane había sido solo un peón; estos hombres eran profesionales. El brillo del acero cruzó el aire. Uno de los asaltantes sacó un cuchillo táctico y se lanzó contra la espalda de Azkarion.
—¡Atrás de ti! —grité.
Azkarion reaccionó con un instinto animal, girando sobre sus talones y bloqueando el golpe con su brazo herido. El gemido de dolor que escapó de sus labios me desgarró el alma. Sin dudarlo, tomé una de las pesadas estatuillas de bronce de la entrada y la lancé con todas mis fuerzas contra el agresor. El impacto lo distrajo lo suficiente para que Azkarion le propinara un golpe seco en la tráquea que lo dejó fuera de combate.
Él me miró, jadeante, con el rostro salpicado de sangre y los ojos encendidos.
—Te dije que te quedaras arriba —gruñó, pero se acercó a mí y me tomó del brazo, revisando que estuviera ilesa.
—Soy tu esposa, Azkarion. Y según este contrato, tus enemigos son los míos.
No hubo tiempo para más palabras. El tercer hombre había desaparecido en las sombras de la cocina. Azkarion me arrastró hacia el estudio, cerrando la puerta reforzada. Se apoyó contra la madera, tratando de recuperar el aliento. El vendaje de su brazo estaba empapado en rojo oscuro.
—Están aquí por los documentos, Alexa. Los Valois saben que he descubierto la verdad sobre mi padre. Saben que Arthur Hills es el único que puede testificar contra ellos en la corte internacional.
—Entonces tenemos que sacarlo del hospital. Si lo encuentran allí...
—Ya he enviado a mi equipo de élite —me interrumpió—. Pero nosotros somos el cebo. Mientras crean que estamos atrapados aquí, no buscarán en otra parte.
Caminó hacia la licorera y bebió directamente de una botella de whisky, vertiendo un poco sobre su herida abierta. Vi cómo sus músculos se tensaban por el dolor punzante, pero no soltó ni un suspiro. En ese momento, en la penumbra del estudio, rodeado de libros antiguos y el olor a pólvora, Azkarion se veía más vulnerable que nunca, a pesar de su poder.
Me acerqué a él y le arrebaté la botella. Tomé un pañuelo de seda de su escritorio y empecé a limpiar la sangre de su rostro. Sus ojos grises se clavaron en los míos, y la tensión entre nosotros cambió. Ya no era el pánico del combate, sino una sensualidad pesada, una necesidad de reafirmar que estábamos vivos en medio de la carnicería.
—¿Por qué no me dejaste morir en ese almacén? —preguntó en un susurro ronco, sus manos rodeando mi cintura y atrayéndome hacia él. La seda de mi camisón negro se sentía eléctrica contra su piel—. Hubiera sido más fácil para ti. Las deudas se habrían cancelado. Serías libre.
—Porque la libertad sin ti se siente como una celda más grande, Azkarion —respondí, y la verdad de mis palabras me asustó—. No firmé ese contrato para ser libre. Lo firmé para salvar a mi familia, pero ahora... ahora me doy cuenta de que tú eres parte de lo que necesito salvar.
Sus manos subieron por mi espalda, sus dedos trazando la línea de mi columna con una lentitud tortuosa. El contraste entre la violencia de afuera y la calidez de su tacto me hacía vibrar. Me besó, y esta vez el beso no fue una despedida, sino una posesión absoluta. Sus labios reclamaron los míos con una voracidad que me dejó sin aliento, su lengua explorando mi boca como si buscara el ancla de su cordura.
Me levantó y me sentó sobre el escritorio, apartando los papeles de la fusión y los contratos millonarios. El cristal frío contra mis muslos contrastaba con el fuego que emanaba de su cuerpo. Azkarion se metió entre mis piernas, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello, su respiración agitada quemándome la piel.
—Alexa... —gemía mi nombre como si fuera un mantra—. Te he hecho tanto daño. He pasado años odiando tu apellido, deseando ver a tu padre en la miseria... y ahora solo quiero quemar el mundo por haberte puesto en peligro.
—Entonces quémalo —susurré, mis manos desabrochando los botones de su camisa, necesitando sentir su pecho contra el mío—. Quémalo todo, Azkarion. Pero quédate conmigo entre las cenizas.
La sensualidad en el estudio se volvió asfixiante. Sus manos recorrieron mis piernas, subiendo por la seda del camisón hasta encontrar mi piel desnuda. Cada caricia suya era una marca de propiedad, una forma de decirme que, contrato o no, nuestras almas estaban entrelazadas por una tragedia que nos superaba. Respondí con la misma intensidad, mis uñas enterrándose en su espalda, queriendo borrar las cicatrices de su pasado con mi propia urgencia.
Nos fundimos en un baile de sombras y deseo, ignorando las alarmas que todavía sonaban débilmente en la distancia. Por un momento, no hubo Valois, ni deudas de sangre, ni mentiras de veinte años. Solo existía el roce de nuestras pieles y la certeza de que, pasara lo que pasara al amanecer, ya no podíamos ser los mismos que empezaron este juego de odio.
Horas después, el silencio volvió a la mansión, pero era un silencio de victoria amarga. El equipo de seguridad de Azkarion había asegurado el perímetro y los asaltantes habían sido extraídos para ser interrogados en una de sus instalaciones privadas. Nos quedamos en el estudio, envueltos en una manta frente a la chimenea que Azkarion había encendido para combatir el frío de la adrenalina que se disipaba.
—He hablado con el hospital —dijo, mirando las llamas—. Tu padre está a salvo. Mi equipo lo ha trasladado a una casa de seguridad en las afueras. Está bajo protección federal ahora.
—¿Federal? ¿Has llamado a las autoridades?
—He llamado a los contactos que mi padre tenía antes de que lo destruyeran. Los Valois han estado bajo el radar durante demasiado tiempo. Pero ahora tengo el contrato original y las transferencias de fondos. Esta noche ha sido su último error.
Me apoyé en su hombro, sintiendo el latido constante de su corazón. Parecía increíble que hace solo unos meses yo fuera una asistente que temía su mirada en la oficina, y ahora era la mujer que compartía sus secretos más oscuros.
—¿Qué pasará con nosotros, Azkarion? —pregunté, mirando el anillo de diamantes en mi mano. Ya no brillaba como una cadena, sino como un símbolo de una alianza forjada en el fuego—. El contrato de 60 capítulos... la planificación de NovelToon... todo eso parece insignificante ahora.
—El contrato sigue vigente, Alexa —respondió él, tomando mi mano y besando mis nudillos—. Pero las cláusulas han cambiado. Ya no eres mi prisionera por deuda. Eres mi socia. Y si tú quieres... eres la mujer que quiero ver al despertar cada mañana de mi vida, sin necesidad de papeles que lo obliguen.
Se levantó y caminó hacia la caja de madera negra que contenía la llave de plata. La cerró con llave y la guardó en la caja fuerte.
—Mañana tenemos que presentarnos ante la junta directiva. Los Valois intentarán un último movimiento legal para invalidar la fusión. Dirán que Arthur Hills es un criminal y que nuestro matrimonio es una farsa.
—Entonces les daremos la mejor actuación de nuestras vidas —dije, levantándome también—. O quizás, por primera vez, no tengamos que actuar.