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Donde Empieza El Deseo

Donde Empieza El Deseo

Status: Terminada
Genre:Romance / Malentendidos / Reencuentro / Completas
Popularitas:5.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Historia romántica

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 3: LA TAREA MALDITA

La profesora Strozzi tiene la culpa de todo.

Eso piensa Mateo el miércoles a la mañana, cuando entra al aula del Istituto Comprensivo Statale y la ve parada frente al pizarrón con una sonrisa de esas que usan los adultos cuando van a pedirte algo que te va a romper. En el pizarrón escribió con tiza de colores: “Albero Genealogico – La mia famiglia”. Árbol genealógico. Mi familia.

Mateo se frena en la puerta. Atrás suyo, dos compañeros lo empujan sin querer. “Muévete, Rinaldi”, dice uno. Él no se mueve. Mira la frase. La lee tres veces. La mia famiglia.

No tiene una. Tiene dos a medias, o ninguna entera. Tiene una que no está y otra que no pidió.

—Avanti, Mateo —dice Strozzi, sin levantar la voz. Nunca levanta la voz. Por eso es peor. Si gritara, él podría gritar de vuelta—. Siéntate, por favor.

Se sienta. En el último banco, al lado de la ventana. Desde ahí ve el patio y la calle. Llueve otra vez. En Milán abril es eso: agua que no se decide si es invierno o primavera. Como él.

Strozzi reparte hojas A3, gruesas. “Vamos a dibujar nuestro árbol familiar”, explica. “Papá, mamá, abuelos, hermanos. Pueden pegar fotos si trajeron. Si no, dibujan. Y al lado de cada uno, escriben algo que los haga especiales. Un recuerdo, una comida, un lugar”.

Mateo agarra la hoja. Está fría. La deja sobre el banco y no la toca. Saca un lápiz y lo hace girar entre los dedos. Uno, dos, tres vueltas. Mira por la ventana.

Pasan tres mujeres con paraguas. Un señor con un perro. Un repartidor en bici.

Y entonces los ve.

Primero cree que es el vidrio empañado. O que es el sueño. Porque no durmió bien. Porque anoche, después del guiso y del pan quemado, se quedó mirando la foto que Lucía dejó en la mesa de luz. La miró hasta que los ojos le ardieron. Elena con el vestido de flores. Martín con él sobre los hombros.

Los que pasan por la vereda de enfrente caminan apurados, tapados por la lluvia. La mujer tiene el pelo más corto, pero es el mismo castaño. Lleva un piloto amarillo. Elena tenía uno igual. Lo usaba para ir a buscar a Mateo al jardín cuando llovía. El hombre va al lado, con una campera oscura y la cabeza gacha. Es más alto que la mujer. Le dice algo y ella se ríe. Mateo conoce esa risa. La escuchó mil veces en El Trébol, cuando Martín le contaba un chiste malo y ella igual se reía para que no se sintiera estúpido.

Se pone de pie de golpe. La silla raspa el piso. Todo el aula lo mira.

—Mateo? —pregunta Strozzi—. ¿Todo bien?

Él no contesta. Tiene la cara pegada a la ventana, dejando una marca de aliento en el vidrio. Los dos ya cruzaron. Doblan en la esquina de Via Melzi. Desaparecen.

—No —dice, y su voz sale rota—. No, no está todo bien.

Agarra la mochila y sale del aula. No corre. Camina rápido, duro, como si tuviera un objetivo. Strozzi lo llama por el nombre, después por el apellido. No la escucha. Baja las escaleras de a dos, empuja la puerta de entrada del colegio y sale a la lluvia sin campera.

La calle está vacía. Solo el repartidor de antes, frenado bajo un toldo. Mateo corre hasta la esquina de Via Melzi. Mira a los dos lados. Nada. Piloto amarillo, campera oscura. Nada. Solo una señora con un carrito de compras y un chico que patea una pelota contra la pared.

—No —dice otra vez, más fuerte—. No, no, no.

Se mete las manos en el pelo y tira. Está empapado. El agua le entra por el cuello de la remera. No le importa. Eran ellos. Tenían que ser ellos. El pelo, la risa, la forma en que él le puso la mano en la espalda a ella para cruzar. Martín hacía eso. Siempre. “Por si viene un auto, gordito”, le decía a Mateo cuando cruzaban en El Trébol.

—Eran ellos —dice, al aire, a la lluvia, a nadie.

Atrás escucha pasos. Strozzi, con un paraguas enorme, y dos preceptores. Lo alcanzan.

—Mateo, basta —dice Strozzi, sin retarlo. Tiene la cara preocupada, no enojada—. Estás empapado. Vení adentro.

—No eran ellos —dice él, pero no suena convencido. Suena a un chico de 12 años que vio un fantasma y quiere que sea real—. Pero… se parecían. Mucho.

Strozzi lo tapa con el paraguas. Lo lleva de vuelta al colegio. No le pregunta nada. Lo deja en la enfermería, con una manta y un té que no toma. Llama a Franco.

Franco llega en veinte minutos. No entra corriendo. Entra como siempre: despacio, mirando todo. Cuando ve a Mateo en la camilla, con el pelo chorreando y la hoja del árbol genealógico arrugada en el puño, no pregunta qué pasó. Se sienta al lado y espera.

Mateo le da la hoja. Está mojada, la tinta corrida. No dibujó nada.

—Los vi —dice Mateo. Es la primera vez que le habla a Franco de ellos sin que lo obliguen—. En la calle. Elena y Martín. Iban caminando. Ella tenía el piloto amarillo. Él le puso la mano en la espalda.

Franco no dice “no puede ser”. No dice “era otra gente”. No dice “estás confundido”. Franco hace algo peor: le cree en silencio. Y eso duele más.

—Yo también los vi una vez —dice Franco, después de un minuto largo—. Hace tres años. En el mercado. Una mujer comprando libros usados. Juro que era Elena. La seguí dos cuadras. Cuando se dio vuelta, no era. Tenía la cara distinta. Pero el pelo, la forma de agarrar los libros…

Mateo lo mira. Por primera vez, no ve a Franco como el adulto que lo adoptó. Lo ve como alguien que también perdió algo.

—¿Y si volvieron? —pregunta Mateo. La pregunta le sale chica, de 6 años—. ¿Y si están acá y no nos buscan?

Franco niega, pero no con la cabeza. Con el cuerpo entero, como si el peso lo venciera.

—Si tu mamá y tu papá estuvieran vivos, Mateo… —dice, y usa “tu mamá y tu papá” a propósito, por primera vez en años—. Si estuvieran vivos y en Milán, ya habrían derribado la puerta de casa para abrazarte. No caminarían por la vereda de enfrente.

Mateo quiere gritarle que no sabe nada. Que él no los conoció. Pero se acuerda del guiso de anoche. Del pan quemado a propósito. De que Franco no tenía por qué hacer eso.

—Entonces eran otros —murmura.

—Eran otros —confirma Franco. Le pone una mano en el hombro. No lo sacude, no lo consuela. Solo la deja ahí. Pesa.

Van a casa en silencio. Carla los espera en la puerta con cara de haber llorado. Lucía está en el colegio todavía. Mejor.

En la cocina, Franco le sirve guiso recalentado. Mateo no quiere, pero el frío y la lluvia le ganaron. Come. Dos cucharadas. Después deja la cuchara.

—¿Por qué nos adoptaron? —pregunta de golpe. No lo planeó. Le sale—. Sabían que estábamos rotos. Sabían que no íbamos a quererlos. ¿Por qué?

Carla y Franco se miran. Es una mirada de esas que tienen los matrimonios cuando hablan sin hablar. Franco asiente. Carla se va a la pieza. No aguanta.

Franco se sienta enfrente. Se saca los anteojos y los limpia con el pulóver. Sin ellos se le ve más viejo, más cansado.

—Hace ocho años —empieza—, antes de ustedes, Carla quedó embarazada. Después de intentarlo mucho. Era una nena. Le íbamos a poner Sofía.

Mateo no esperaba eso. Baja la cuchara.

—A los siete meses, la perdimos —sigue Franco. La voz no se le quiebra. Está gastada de tanto decirlo por dentro—. Carla se enfermó. No pudimos intentar más. El médico dijo que no.

El silencio de la cocina pesa más que la lluvia.

—Dos años después, nos llamaron del juzgado —dice Franco—. Había dos hermanitos en Argentina. El nene tenía 7, la nena 3. Los padres habían desaparecido. No tenían familia que los reclamara. Necesitaban casa. Carla dijo que sí antes de que yo terminara de leer el mail.

Mateo traga. El guiso se le hace un nudo.

—No los adoptamos para reemplazar a Sofía —aclara Franco. Lo mira fijo—. Los adoptamos porque vimos la foto de ustedes dos en el hogar. Vos con la cara de enojado, abrazando a Luli para que no tuviera miedo. Y pensamos: esos chicos no necesitan padres perfectos. Necesitan a alguien que se quede aunque den portazos.

Mateo quiere decir algo. No le sale. Se levanta, agarra la mochila y se va a la pieza. No azota la puerta. Eso es nuevo.

Adentro, Lucía ya volvió del colegio. Está sentada en el colchón del piso, con la bolsita celeste en la mano. Lo mira asustada.

—¿Te retaron? —pregunta.

Mateo niega. Se tira en la cama, boca arriba. Mira el techo.

—Hoy vi a mamá y a papá —dice, sin mirarla—. En la calle. O eso creí.

Lucía se queda quieta. Después se levanta y se sienta al lado de la cama, en el piso. No se sube. Respeta.

—¿Eran lindos? —pregunta, chiquito.

Mateo se tapa los ojos con el brazo.

—Sí —contesta—. Como siempre.

Lucía saca la foto de la bolsita. No se la muestra. La deja sobre la mesa de luz, entre los dos. Igual que anoche.

—Si volvieron —dice Lucía, con esa lógica de 8 años que corta como vidrio—, nos van a buscar. Mamá siempre me encontraba cuando jugábamos a las escondidas. Siempre.

Mateo no contesta. Pero baja el brazo y mira la foto. Elena con el vestido de flores. Martín con él sobre los hombros.

Esa noche, cuando Carla va a taparlos, los encuentra dormidos. A Lucía en el colchón, a Mateo en la cama. Y la foto en la mesa de luz, entre los dos, boca arriba. No escondida.

Carla no la toca. Apaga la luz y sale.

En el pasillo, Franco la espera. No se dicen nada. Solo se agarran la mano. Porque hoy Mateo preguntó por qué los adoptaron. Y porque hoy creyó ver a sus padres. Y porque eso significa que, por primera vez en cinco años, dejó de hacer fuerza para olvidarlos.

Y eso duele. Pero también es empezar.

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Liliana Maria Pico
Que hermosa novela! te felicito!
Liliana Maria Pico
totalmente diferente de otras novelas! me encantó!
Liliana Maria Pico
me encanta!!
Melu♡
HOLA MIS BELLAS LECTORAS, SAQUE LA SEGUNDA TEMPORADA. LAS ESPERO EMOCIONADA, OJALÁ LES GUSTE. 💋💋💋💋
Maria Rosa Ascani
linda historia, cortita como me gustan las novelas, pero muy lai (perdón no se como se escribe) para mi gusto, le falto fuerza 💪
Zulema Neme
Maravillosa Novela. Autora Bella Historia Me Encanto Muchas Gracias por Compartir 💖💖💖💖💖💖💖💖💖💖💖💖💖💖💖💖
Melu♡: 🥰muchas gracias!!! te invito a leer mis otras novelas. espero que te gusten también. besos 💋💋
total 2 replies
Zulema Neme
Que Historia tan.dulce.Autora..Me.Encanta 🥰🥰🥰
Graciela Saiz
cuando comenzó la historia,ella no trabajaba en librería , estaba caminando y entró a librería,dijo que nunca había entrado y que olía a papel viejo y madera , ahora trabaja ahí 🤨
Yohana Diaz: Y DE PASO YA SE HABIAN BESADO
total 1 replies
Maria M. Rosario
muy bonita historia. la realidad de el amor donde existe de todo.
Melu♡: Muchas gracias María. Te invito a leer mis otras historias. besos 💋💋
total 1 replies
Sandra Moreno
Hermosa historia 😍😍🥰
Melu♡: Muchísimas gracias. Te invito a seguir leyendo mis otras historias. besos 🥰
total 1 replies
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