"El Frágil Lazo de Ciela" es una historia conmovedora sobre la identidad, el perdón y la valentía de amar cuando el tiempo corre en contra. Una novela que demuestra que, a veces, para sanar el cuerpo, primero hay que reconstruir el alma.
NovelToon tiene autorización de SherlyBlanco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15: Sombras en el Jardín de Invierno
La primera noche en la mansión de Beatriz se sentía como una tregua armada. El silencio de las hectáreas de bosque que rodeaban la propiedad era absoluto, roto solo por el crujido ocasional de la madera vieja y el viento golpeando los inmensos ventanales.
Ciela estaba en su nueva habitación, una estancia tres veces más grande que la de su antigua casa, decorada con sedas y muebles de caoba que olían a historia. Se miró en el espejo de cuerpo entero, tocando la cicatriz de su costado. Sentía que su cuerpo ya no le pertenecía solo a ella; era un rompecabezas de sacrificios y secretos.
—¿No puedes dormir? —La voz de Lucía la sorprendió desde el marco de la puerta.
—Es demasiado silencio, Lucía —respondió Ciela, invitándola a pasar—. En mi casa siempre escuchaba los autos pasar, o a mi mamá Elena moviendo cosas en la cocina. Aquí parece que el mundo se detuvo.
—Es el silencio de la seguridad, o eso dice mi mamá —susurró Lucía, sentándose a los pies de la cama—. Pero yo sigo esperando que Valenzuela aparezca en cualquier rincón. Ese hombre no se escapó para esconderse, Ciela. Se escapó para terminar lo que empezó.
Mientras las hermanas intentaban conectar, en el gran salón de la planta baja, la guerra fría entre las madres continuaba. Elena se negaba a desempacar sus cosas de las maletas, como si admitir que se quedaría allí fuera una rendición total. Roberto intentaba hablar con ella, pero Elena caminaba de un lado a otro, criticando cada cuadro y cada adorno de la mansión.
—¿Viste cómo la mira, Roberto? —siseó Elena—. Ciela mira a Beatriz como si fuera una heroína de novela. Y a mí... a mí me mira con lástima. Me trata como si yo fuera la villana que la compró, cuando yo fui la que le curó las fiebres y le enseñó a caminar.
—Elena, por favor, baja la voz —suplicó Roberto—. Beatriz pasó un infierno. Lo mínimo que podemos hacer es agradecer que nos abrió su casa cuando Valenzuela destrozó la nuestra.
—¡Nos abrió su casa para restregarnos su fortuna! —replicó Elena—. Ella tiene el riñón, tiene el dinero y ahora tiene el control. ¿Qué nos queda a nosotros?
De repente, un estruendo de cristales rotos resonó desde el comedor principal. Diego y los guardias de seguridad de la mansión corrieron hacia el origen del ruido. Al llegar, encontraron una de las inmensas ventanas del jardín de invierno destrozada. Pero no había nadie.
En el centro de la mesa de mármol, entre los restos de vidrio, reposaba un objeto que hizo que Beatriz se tambaleara y tuviera que sostenerse de una silla: era un viejo par de zapatos de bebé, amarillentos por el tiempo, pero perfectamente conservados. Los mismos zapatos que Ciela llevaba puestos el día que se la arrebataron de los brazos hace veinte años.
—Él estuvo aquí... —susurró Beatriz, con el rostro blanco como el papel—. Pasó la seguridad. Entró a mi jardín.
—Es imposible, señora —dijo el jefe de seguridad, revisando los monitores—. Los sensores de movimiento no marcaron nada.
—No es imposible si él conoce esta propiedad mejor que yo —dijo Beatriz, recuperando una calma aterradora—. Valenzuela pasó años estudiando cada detalle de mi vida mientras me tenía encerrada. Él no quiere entrar para matarnos todavía. Quiere recordarnos que no hay muro lo suficientemente alto para mantenerlo fuera.
Elena, que había llegado al comedor, soltó una carcajada histérica.
—¡Bravo! Tu fortaleza de cristal es de papel, Beatriz. Estamos atrapados aquí como ratones, esperando a que el gato decida cuándo darnos el zarpazo final. ¡Felicidades por tu seguridad "infalible"!
Miriam, que acababa de llegar tras dejar a Anais y al bebé en un lugar seguro (la casa de una tía lejana), miró a Elena con severidad.
—Tía, ya basta. No es momento de celos. Diego, revisa las cámaras del perímetro otra vez. Si él dejó esos zapatos, es porque quiere que perdamos la cabeza. No le den ese gusto.
Ciela y Lucía bajaron las escaleras, atraídas por el alboroto. Al ver los zapatitos sobre la mesa, Ciela sintió un escalofrío. Miró a Beatriz y luego a Elena, que seguía murmurando veneno.
—Mañana mismo —dijo Ciela con una voz que hizo que todos se callaran—, voy a ir a ver al fiscal. Si Valenzuela cree que nos va a asustar con fantasmas del pasado, se equivoca. No voy a vivir con miedo en mi propia piel otra vez.
El capítulo termina con la imagen de los zapatitos de bebé bajo la luz de la luna, mientras en la oscuridad del bosque que rodea la mansión, un par de binoculares se guardan lentamente. Valenzuela no está solo; tiene a alguien dentro de la casa informándole de cada movimiento, y el asedio psicológico apenas está comenzando.