"Julián me destruyó, pero Alexander me reconstruyó para ser su arma... y su obsesión."
Micaela era una sombra, una mujer invisible que amó al hombre equivocado. Julián Ferrante no solo la abandonó embarazada en un callejón; se aseguró de que el mundo la olvidara. Pero mientras ella daba a luz en el fango, unos ojos grises la observaban desde la oscuridad.
Alexander Rossi, el implacable CEO de Industrias Rossi, no la encontró por milagro. La eligió. La rescató con un contrato de sangre y oro: su vida y la de su hijo a cambio de su libertad. Ahora, Micaela ha regresado. Ya no pide clemencia, exige deudas. Pero tras la máscara de la esposa perfecta del CEO, Micaela descubre que su salvador es un carcelero mucho más peligroso.
En esta guerra de imperios, Micaela aprenderá que el precio de su venganza es pertenecer en cuerpo y alma al hombre que planeó su ascenso mucho antes de que ella cayera.
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La Intrusa de Seda
El regreso a la ciudad fue triunfal. La prensa se agolpaba a las puertas de la sede central de Industrias Rossi para la inauguración del nuevo proyecto de energía. Micaela lucía espectacular en un traje de sastre blanco, caminando con una seguridad que intimidaba a los fotógrafos. A su lado, Alexander no le soltaba la mano, proyectando una imagen de unidad absoluta.
Sin embargo, en medio del brindis en el penthouse de la corporación, una voz femenina, teñida de un acento extranjero y una confianza irritante, cortó el aire.
—Alexander, querido... veo que los rumores de tu "rescate humanitario" eran ciertos.
Alexander se tensó de inmediato. Se giró lentamente para encontrar a una mujer de una belleza gélida, vestida con un vestido de diseñador que costaba más que una casa. Era Isabella Volkov.
—Isabella —dijo Alexander, su voz volviéndose de piedra—. No recuerdo haberte enviado una invitación.
—No necesito invitación para ver a mi socio favorito —respondió ella, ignorando olímpicamente a Micaela y acercándose para darle un beso en la mejilla a Alexander, quien se apartó sutilmente—. Mi padre quiere saber por qué has desviado tantos fondos al Norte. Y yo... bueno, yo quería ver con mis propios ojos a la mujer que logró atraparte.
Isabella finalmente miró a Micaela, escaneándola de arriba abajo con un desprecio mal disimulado.
—Así que tú eres Micaela —dijo Isabella, con una sonrisa falsa—. He oído que tienes una historia muy... pintoresca. De los callejones a la mansión Rossi. Es como un cuento de hadas, lástima que los cuentos de hadas no suelen durar en el mundo de los negocios reales.
Micaela sintió que la sangre se le subía a las mejillas, pero recordó quién era ahora. No retrocedió. Dio un paso al frente, quedando a la misma altura que la rusa.
—La historia es real, Isabella —respondió Micaela con una voz gélida y firme—. Y si supieras de negocios, sabrías que ahora soy la propietaria de las tierras más valiosas del Norte. Así que, técnicamente, no solo soy la esposa de Alexander, sino también la socia mayoritaria de este proyecto.
Isabella soltó una risa aguda. —El dinero se puede heredar, pero la clase... eso es otra cosa. Alexander siempre ha necesitado a una mujer que sepa manejarse en los círculos de poder de Europa, no a alguien que aprenda a usar los cubiertos ayer.
Alexander dio un paso al frente, rodeando la cintura de Micaela con un brazo protector y apretándola contra él. Su mirada hacia Isabella era letal.
—Isabella, mide tus palabras —advirtió Alexander con un tono que hizo que varios invitados se detuvieran—. Micaela es la Señora Rossi. Ella tiene más clase en su dedo meñique que tú en toda tu genealogía. Si has venido aquí a insultar a mi esposa, te sugiero que te vayas ahora mismo antes de que rompa todos los contratos con tu padre.
—Solo estoy siendo sincera, Alex —dijo Isabella, poniéndole una mano en el brazo con atrevimiento—. Sabemos que esto es un capricho. Cuando te canses de jugar a la familia feliz, estaré en el hotel Alvear. No olvides quién estuvo a tu lado cuando empezaste este imperio.
Isabella se alejó con un contoneo elegante, dejando un rastro de perfume costoso y una tensión insoportable en el aire.
Micaela miró a Alexander. Aunque confiaba en él, la forma en que Isabella lo tocaba y le hablaba le había encendido un fuego de celos que no conocía.
—¿Quién es ella realmente, Alexander? —preguntó Micaela, tratando de que su voz no temblara.
Alexander la tomó del mentón y la obligó a mirarlo a los ojos. —Es el pasado, Micaela. Una mujer que cree que puede comprarlo todo, incluso a mí. Pero se equivoca. Nadie, ni Isabella ni nadie, va a entrar entre nosotros. Eres mi esposa y la madre de mis hijos. Ella no es nada para mí.
Micaela asintió, pero vio a Isabella desde lejos hablando con el detective Vargas, quien seguía merodeando la fiesta. Algo le decía que Isabella Volkov no había venido solo por negocios; había venido a intentar recuperar lo que ella creía que le pertenecía: el lugar al lado del CEO Rossi.