Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
NovelToon tiene autorización de Maia_M para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14 – Entre silencios y miradas
Maicol
La puerta se cerró detrás de Daniel y la casa volvió a su calma habitual, aunque el aire todavía parecía cargado con algo que no podía definir. Me quedé unos segundos más con los papeles frente a mí, fingiendo que los revisaba, cuando en realidad estaba repasando lo que acababa de presenciar.
No me gustaba.
No era nada concreto: el chico había sido respetuoso, educado, incluso paciente. Pero había algo en su forma de inclinarse hacia Briana, en la manera en que ella sonreía agradecida, que me revolvía el estómago. No me correspondía sentirlo, lo sabía, pero aun así ahí estaba: un malestar que no podía ignorar.
—¿Quieres que prepare la cena? —preguntó Briana, rompiendo mis pensamientos con su voz suave.
Levanté la mirada. Ella estaba de pie junto a la mesa, con esa disposición que parecía tener siempre. No supe qué responder de inmediato, porque la imagen de sus ojos brillando mientras agradecía a Daniel aún me rondaba.
—Sí —dije al fin, con un leve asentimiento.
—¡Yo te ayudo! —exclamó Pía, corriendo hacia ella con entusiasmo.
—Yo también —añadió Teo, como si no quisiera quedarse atrás.
Me sorprendió. No solía ofrecerse para esas cosas, pero allí estaba, siguiéndola.
Los observé desde el sofá mientras guardaba los planos en silencio. Briana en la cocina, Pía alcanzándole los utensilios, Teo acercando los ingredientes. Había algo en esa escena que me golpeó hondo: parecían… una familia.
Mi familia.
Sacudí la cabeza enseguida, reprendiéndome. No podía pensar en eso. Ella estaba aquí solo de paso, una estudiante de intercambio, la niñera de mis hijos. Pero verlos así, a los tres riendo entre cazuelas y harina, me provocaba una sensación que no recordaba haber sentido en años.
Cuando la cena estuvo lista, nos sentamos todos juntos. Fue sencillo —pasta con salsa—, pero los niños lo devoraron como si fuera un banquete. Escuchar sus risas, ver a Briana corregir a Pía cuando intentaba hablar con la boca llena, o cómo Teo la escuchaba con atención aunque fingiera indiferencia, me desarmó un poco más.
Esa noche, después de acostarlos, volví a la sala. Me senté en el sofá con la laptop sobre las piernas, los planos desparramados alrededor, pero la verdad es que no podía concentrarme. El recuerdo de Briana inclinada sobre la mesa con Daniel regresaba una y otra vez, mezclándose ahora con la imagen de ella en la cocina, con mis hijos a su lado.
Me froté el rostro con una mano, cansado. Había pasado tanto tiempo desde la muerte de mi esposa que había aprendido a ignorar el vacío, a llenar los huecos con trabajo y rutinas. Pero desde que Briana había llegado, ese vacío parecía latir de nuevo, reclamando algo que no quería reconocer.
El sonido de pasos suaves me sacó de mis pensamientos.
Alcé la vista y ahí estaba ella, bajando las escaleras con un vaso vacío en la mano.
Y entonces el aire se volvió más denso.
Llevaba un short que apenas dejaba ver sus piernas y una remera grande que le caía suelta, como si no le perteneciera. El contraste entre la sencillez de su ropa y la naturalidad con la que se movía me atrapó de golpe. Sentí un calor extraño subir por mi pecho, y antes de darme cuenta, mi lengua humedeció mis labios.
Ella se detuvo al notar mi mirada. Por un segundo, nuestros ojos se encontraron. Y vi cómo sus pupilas bajaban, fugaces, hacia mi boca.
Fue apenas un instante, pero suficiente para que mi corazón latiera con fuerza.
Se sonrojó al instante, desviando la mirada hacia el vaso que llevaba en las manos.
—Perdón… —murmuró—. No quería molestarte. Solo vine por agua.
Quise responder algo, cualquier cosa que no delatara el torbellino en mi interior. Pero mi voz parecía haberse quedado atrapada en la garganta. Me limité a observarla mientras llenaba el vaso en la cocina, intentando convencerme de que no pasaba nada, que solo era mi mente jugando conmigo.
Cuando regresó hacia las escaleras, me dedicó una sonrisa tímida, como si quisiera borrar la tensión.
—Buenas noches, Maicol.
—Buenas noches, Briana —alcancé a decir, con la voz más grave de lo que pretendía.
La vi desaparecer en el piso de arriba, y el silencio volvió a llenar la sala.
Me recliné en el sofá, cerrando los ojos. No podía permitir que esto creciera, y aun así… algo en mí lo deseaba.
El eco de su mirada seguía conmigo, igual que la fugaz forma en que observó mis labios. Y entendí, con un escalofrío, que había una línea peligrosa entre nosotros que, tarde o temprano, alguien iba a cruzar.
Enorabuena autora tu historia me parecio una gran historia de amor. Al estilo que antes se usaba antes que viniera la tecnologia. Una mirada aqui otra mirada alla. Y el amor creciendo entre ellos aun ritmo lento pero bien firme. Donde todo el miedo desaparece cuando las personas implicadas acepta como todo lo que es Amor del mas dulce