Susana Reyes es fuego puro. Una teniente de la Fuerza Aérea estadounidense de raíces mexicanas que ha pasado su vida desafiando las expectativas de quienes la creen demasiado pequeña para dominar los cielos. Cuando es enviada a una remota base militar en las profundidades de Rusia como parte de un programa de intercambio de élite, espera encontrar resistencia, pero no un muro de hielo impenetrable.
Ese muro tiene nombre: Mikhail Volkov.
Con 1.90 de estatura, una disciplina de acero y una mirada azul que parece congelar el aire a su paso, Mikhail es el capacitador encargado de convertir a Susana en una piloto experta de los imponentes cazas Su-35. Para él, ella es una distracción impulsiva; para ella, él es un gigante arrogante que necesita una lección de humildad.
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capítulo 7
El gimnasio de la base era un búnker de hormigón donde el sudor se condensaba en las paredes frías. El olor a caucho, desinfectante y esfuerzo físico saturaba el aire. No había música, solo el sonido rítmico de los sacos de boxeo y el jadeo de los soldados.
Mikhail estaba en el centro del tatami, con el torso cubierto apenas por una camiseta técnica negra que se adhería a sus músculos como una segunda piel. Sus hombros eran anchos, una arquitectura de fuerza pura que intimidaba a cualquiera. Susana se ajustó las vendas de las manos, sintiendo la mirada de los otros pilotos. Después de lo ocurrido en el pasillo, la atmósfera entre ellos era una granada sin seguro.
—El combate cuerpo a cuerpo no es una danza de salón, Reyes —dijo Mikhail, su voz resonando en el espacio vacío—. En la cabina, el G-suit te protege. Aquí, solo tienes tus reflejos y tu capacidad para soportar el dolor. Atáqueme.
Susana no esperó. Se lanzó hacia adelante con la velocidad de una cobra. Tiró un jab de izquierda seguido de un gancho derecho que Mikhail bloqueó con una facilidad insultante. Ella giró, buscando su flanco, pero él se movió con una agilidad felina impropia de su tamaño.
—Demasiado predecible —provocó él—. ¿Eso es todo lo que enseñan en las bases del desierto?
Susana gruñó, su cabello borgoña escapando de su trenza. Intentó un barrido de piernas, pero Mikhail la atrapó por la cintura. El contacto físico fue un choque eléctrico. La fuerza de sus manos la levantó del suelo antes de derribarla sobre el tatami. Él cayó sobre ella, inmovilizándola con su peso, sus rostros a centímetros de distancia.
La respiración de ambos era errática. El calor que emanaba de Mikhail era sofocante, una mezcla de feromonas y agresividad controlada.
—Suéltame, Volkov —siseó ella, forcejeando.
—Aprenda a salir sola, Teniente —susurró él, su mirada azul recorriendo los labios de Susana con una intensidad que nada tenía que ver con el entrenamiento—. O admita que ha encontrado a alguien que puede someterla.
Susana logró liberar un brazo y le propinó un golpe seco en el hombro, aprovechando el momento para girar y quedar sobre él. Ahora era ella quien lo presionaba contra el suelo, sus rodillas a ambos lados de su cadera.
—Nunca me someterás —le devolvió ella, con los ojos encendidos.
Se quedaron así, una imagen de violencia y deseo estancada en el tiempo, hasta que la sirena de emergencia de la base rasgó el aire con tres tonos largos y agudos. El sonido del deber rompió el hechizo. Mikhail la apartó con firmeza y se puso en pie de un salto, ofreciéndole la mano por un breve segundo antes de retirarla.
—¡Scramble! —gritó Mikhail, su voz recuperando instantáneamente el tono de mando—. ¡Reyes, a los hangares! Esto no es un simulador.
El Gélido Horizonte de la Frontera
Veinte minutos después, el calor del gimnasio era un recuerdo lejano. Susana y Mikhail estaban a doce mil metros de altura, volando en formación cerrada sobre la frontera norte, donde el Mar de Barents se encontraba con el cielo plomizo. El Su-35 cortaba el aire como una navaja.
—Bravo-1 a Base, tenemos contacto visual con dos trazas no identificadas —informó Mikhail por el radio—. Procedemos a la interceptación.
—Recibido, Bravo-1. Tengan cuidado, hay una tormenta magnética desarrollándose en el sector cuatro.
Susana sentía la adrenalina correr por sus venas. A su derecha, el ala del avión de Mikhail estaba tan cerca que podía ver los remaches del fuselaje. Eran una sola unidad.
—Reyes, mantenga mi ala. Si cruzan la línea roja, usaremos maniobras de intimidación —ordenó Mikhail—. No dispare a menos que yo lo autorice o que nos disparen primero. ¿Copia?
—Copia, Capitán. Mis sistemas de armas están en espera.
De repente, dos cazas extranjeros surgieron de entre las nubes. Eran rápidos, agresivos. Empezaron a realizar maniobras de acoso, volando peligrosamente cerca de los rusos. La tensión en la frecuencia de radio era casi insoportable.
—Están intentando provocarnos —dijo Susana, su voz tensa mientras compensaba las turbulencias—. El líder está haciendo un tonel sobre mí.
—Mantenga la calma, Susana. Es un juego de nervios —respondió Mikhail. Su uso del nombre de ella, y no de su rango, hizo que algo se estremeciera en su interior—. No les dé lo que quie...
Un destello de luz cegadora interrumpió la comunicación. Un rayo de la tormenta magnética golpeó el estabilizador vertical del avión de Mikhail. El Su-35 del ruso dio un bandazo violento y empezó a soltar una estela de humo negro.
—¡Mikhail! —gritó Susana, viendo cómo el avión de su líder perdía altitud rápidamente—. ¡Tu motor izquierdo está en llamas! ¡Tienes una falla hidráulica!
—He perdido el control de los alerones —la voz de Mikhail llegó con estática, pero seguía extrañamente tranquila—. Estoy entrando en una barrena plana. Reyes... tienes que escoltarme. Los intrusos están volviendo para aprovechar la debilidad.
Susana no lo pensó dos veces. Realizó un viraje agresivo de 9G, colocándose entre el avión averiado de Mikhail y los dos cazas extranjeros que ya daban la vuelta con intenciones hostiles. Activó su radar de combate, bloqueando a los objetivos. El sonido de alerta de "Lock-on" llenó su cabina.
—¡Aléjense de él! —gritó al vacío, aunque sabía que no la oían. Movió el morro de su avión con una precisión letal, demostrando que no era una aprendiz, sino una guerrera—. Mikhail, eyecta. El fuego se está extendiendo hacia el tanque de combustible.
—No voy a perder este avión, Reyes —respondió él. El humo ya envolvía su carlinga—. Si eyecto aquí, el viento me llevará a territorio enemigo. Tengo que intentar un aterrizaje de emergencia en la planicie de hielo.
—Entonces yo voy contigo —sentenció ella.
Los cazas extranjeros, al ver la agresividad de Susana y notar que estaba dispuesta a disparar si daban un paso más, decidieron retirarse hacia el mar. Pero el peligro real estaba ahora abajo: una inmensidad blanca y traicionera.
El avión de Mikhail caía como una piedra de acero. Susana descendió con él, guiándolo con su propia posición, gritándole instrucciones de altitud mientras los sistemas de él morían uno a uno.
—¡Ahora, Mikhail! ¡Nivela el morro o te vas a desintegrar! —chilló ella.
Vio cómo el Su-35 impactaba contra la nieve compacta, levantando una nube gigantesca de cristales blancos. El avión se deslizó por cientos de metros, desprendiendo piezas de metal, hasta que finalmente se detuvo en medio de la nada.
Susana sobrevoló la zona, con el corazón en la garganta. No había señales de vida. No había movimiento.
—Bravo-1, responde. Mikhail, por favor, responde —suplicó ella por la radio, su voz quebrándose por primera vez.
Solo el siseo de la estática le devolvió el saludo. El frío de Rusia, el mismo que Mikhail siempre le advirtió que mataba en silencio, estaba ahora envolviendo al hombre que, minutos antes, la había tenido contra el suelo de un gimnasio.
Susana miró su indicador de combustible. Tenía lo justo para volver, pero sabía que si lo dejaba allí, Mikhail no sobreviviría a la noche. Miró el horizonte de hielo y tomó una decisión que arruinaría su carrera, pero que salvaría su alma.
—Base, aquí Bravo-2. Iniciando aterrizaje no autorizado en el sector de impacto. Voy a buscarlo.
—¡Reyes, es un suicidio! ¡La tormenta se acerca!
—Entonces asegúrense de que el café esté caliente cuando volvamos —respondió ella, desplegando el tren de aterrizaje mientras bajaba hacia el desierto blanco.