Sara regresa a la granja de sus padres para cuidar a su madre en campania de su esposo Alejandro,
Al llegar Sara comienza a ver el fantasma de una niña en sus sueños y comienza a caminar dormida, despertando cada mañana, en un lugar diferente, cada vez más alejada de la granja
Alejandro pronto trata de investigar lo que esta pasando y poco a poco comienza a descubrir los oscuros secretos del pasado que oculta su Esposa
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INFIERNO EN LA GRANJA
La noche envolvía la granja en un manto de oscuridad, interrumpido solo por el suave murmullo del viento que se colaba entre las rendijas de las ventanas. Alejandro y Sara se habían acurrucado juntos en la cama, buscando consuelo en la calidez del otro. Sin embargo, el ambiente estaba cargado de una inquietud palpable. Sara, con su mente aún atrapada en los sueños inquietantes de la niña, no podía dejar de pensar en la voz que la llamaba. "¿Crees que es real?", preguntó, su voz un susurro tembloroso. Alejandro la miró, su corazón apesadumbrado. "Lo que sientes es real, Sara. Pero estamos aquí para enfrentarlo juntos."
A la medianoche, un grito desgarrador rompió la quietud de la noche. Era un sonido que se apoderó de la calma, un eco de terror que resonó en las paredes de la granja. Alejandro se despertó de golpe, su corazón latiendo con fuerza. "¡Sara, despierta!", exclamó, mientras se lanzaba fuera de la cama. El aire se llenó de un olor a humo, y el pánico lo invadió. "¡Debemos salir!", gritó, pero Sara ya estaba de pie, paralizada por el horror. En su mente, la imagen de su madre la invadió, y un frío helado recorrió su cuerpo.
El fuego devoraba la habitación donde estaba la madre de Sara, y las llamas danzaban como demonios en la oscuridad. Alejandro corrió hacia la puerta, pero el humo lo envolvió, dificultando su respiración. "¡Mamá!", gritó Sara, su voz llena de desesperación. "¡Tengo que salvarla!" Sin pensarlo, se lanzó hacia la puerta, pero Alejandro la detuvo. "No puedes entrar, el fuego es demasiado fuerte. ¡Llama a los demás!" Con lágrimas en los ojos, Sara asintió y corrió a buscar ayuda, mientras Alejandro intentaba abrir la puerta de la habitación, pero estaba atrapada por el fuego.
El caos se desató en la granja mientras Julieta y Nazario llegaban corriendo, sus rostros pálidos por el miedo. "¡¿Qué está pasando?!", preguntó Julieta, su voz temblando. "El fuego, la madre de Sara está adentro", respondió Alejandro, su voz llena de angustia. Nazario, con una determinación feroz, se abalanzó hacia la puerta, pero el calor era insoportable. "¡No hay tiempo que perder!", gritó, y juntos, se unieron para intentar abrir la puerta. Sara, fuera de sí, miraba desde la distancia, sintiendo que su mundo se desmoronaba.
Finalmente, lograron abrir la puerta, pero el fuego había consumido todo. El humo era denso y negro, y la habitación estaba en llamas. Alejandro se adentró, cubriéndose la boca con su camisa, pero lo que encontró fue devastador. La madre de Sara yacía en el suelo, inmóvil, y el horror se apoderó de él. "¡No! ¡No puede ser!", gritó, mientras el fuego rugía a su alrededor. Nazario lo arrastró hacia atrás, sacándolo del infierno. "No podemos hacer nada, Alejandro. Es demasiado tarde."
Cuando finalmente el fuego fue controlado, el silencio que siguió fue ensordecedor. Sara se encontró en el suelo, con las manos cubiertas de cenizas, su rostro descompuesto por la tristeza. "No... no puede ser real", murmuró, mientras las lágrimas caían por sus mejillas. La imagen de su madre, siempre tan fuerte y amorosa, se desvanecía en su mente. Alejandro la abrazó, sintiendo el peso de su dolor. "Lo siento tanto, Sara. Estoy aquí contigo", dijo, pero las palabras parecían vacías en ese momento.
Al día siguiente, la granja se preparaba para el funeral. El ambiente era sombrío, y la tristeza se cernía sobre todos como una nube oscura. La madre de Sara había sido una figura central en la vida de la comunidad, y su pérdida dejó un vacío que nadie podía llenar. Mientras el ataúd era llevado al cementerio, Sara se sentía como si estuviera observando todo desde una distancia lejana. "¿Por qué a mí? ¿Por qué a ella?", pensaba, su mente atrapada en un torbellino de emociones.
La autopsia reveló un hallazgo inquietante: los informes indicaban que la madre de Sara había muerto antes del incendio. La noticia se esparció como un reguero de pólvora, y el murmullo de la incredulidad llenó el aire. "Eso no tiene sentido", dijo Alejandro, con el ceño fruncido. "¿Cómo es posible?" Nazario, que había estado escuchando, se acercó, su rostro grave. "Hay algo más aquí, Alejandro. He tenido sueños... sueños sobre Mariana. Ella no se ha ido, y creo que está conectada con esto."
Alejandro lo miró, su corazón latiendo con fuerza. "¿Qué quieres decir?" Nazario respiró hondo, su voz un susurro. "La niña que se ahogó, la misma que atormenta a Sara en sus sueños. Creo que su espíritu está buscando algo, algo que no hemos comprendido." La tensión en el aire era palpable, y Alejandro sintió una punzada de miedo recorrer su columna. "¿Y si esto no ha terminado? ¿Y si hay algo más que debemos enfrentar?" La inquietud se instaló en sus corazones, como una sombra acechante que no podían ignorar.
Mientras el ataúd de la madre de Sara era enterrado, Sara se sintió más sola que nunca. La pérdida la había destruido, y la incertidumbre de lo que vendría la aterraba. "¿Qué mal me persigue?", se preguntó, mientras el viento susurraba entre los árboles, como si las almas perdidas estuvieran llamando desde la oscuridad. La granja, una vez llena de risas y amor, ahora era un lugar de dolor y sombras, y Sara sabía que su vida nunca volvería a ser la misma.