En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad.
NovelToon tiene autorización de yangmi_pushia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Sangre de seda
Dará no permitió que nadie más pusiera un dedo sobre Fah. Con un gesto imperioso de la mano, ordenó a sus guardias que encadenaran a las sicarias en los calabozos subterráneos de la villa.
El interrogatorio y la búsqueda de Duarte podían esperar; en ese momento, la furia de la Reina estaba siendo eclipsada por una necesidad visceral de reclamar y sanar lo que le pertenecía.
Dará cargó prácticamente con el peso de Fah mientras subían las escaleras hacia la suite principal. Fah intentaba caminar por sí misma, pero el dolor en las costillas y la pérdida de sangre del hombro la hacían tambalearse. Al entrar en la habitación, Dará cerró la puerta con llave, aislando al resto del mundo.
El silencio de la suite solo era interrumpido por la respiración pesada de Fah. Dará la sentó con cuidado en el borde de la cama de seda negra.
Sin decir una palabra, fue al baño y regresó con un cuenco de agua tibia, vendas y un antiséptico.
Con una delicadeza que contrastaba con la frialdad con la que había disparado minutos antes, Dará comenzó a quitarle la chaqueta de cuero y la camisa a Fah. Al descubrir el hombro, Dará soltó un siseo de rabia: el corte de la sicaria había cruzado justo por encima de una de las marcas que Dará le había dejado la noche anterior.
—Se atrevieron a marcar lo que es mío con acero —murmuró Dará, sus ojos oscurecidos por una mezcla de ternura y odio—. Pagarán por cada gota de sangre que has vertido, mascota.
Dará humedeció un paño y comenzó a limpiar la herida. Fah siseó de dolor, apretando las sábanas con las manos.
—Mírame, Fah —ordenó Dará suavemente.
Fah levantó la vista, sus ojos nublados por el cansancio pero brillantes de lealtad. Dará se acercó tanto que sus alientos se mezclaron. En lugar de seguir limpiando, Dará sopló suavemente sobre la herida y luego depositó un beso casto justo al lado del corte. El contacto hizo que Fah se derritiera por completo, olvidando el ardor físico.
—Te duele porque aún eres humana —dijo Dará, recorriendo con sus dedos la clavícula de Fah, trazando las marcas que aún permanecían intactas—. Pero hoy has luchado como algo más. Has protegido mi vida con la tuya.
Dará dejó los implementos de curación a un lado. El ambiente cambió instantáneamente de lo médico a lo intensamente posesivo. Dará se posicionó entre las piernas de Fah, tomándola del rostro con ambas manos.
—Viktor cree que puede apartarte de mí enviando a sus perras de guerra. No entiende que cuanto más intentan dañarte, más te fundes conmigo.
Dará bajó la cabeza hacia el cuello de Fah, justo donde estaba el chupetón original que ya empezaba a desvanecerse. Con una intensidad renovada, volvió a succionar y morder la misma zona, reclamando el territorio que las sicarias habían intentado arrebatarle. Fah soltó un gemido, una mezcla de dolor por sus heridas y un placer abrumador por la posesión de su dueña.
—Esta noche —susurró Dará contra su piel mientras sus manos bajaban por la espalda de Fah, ignorando las vendas— no vas a dormir. Voy a recordarte con cada caricia que ni Viktor, ni sus asesinas, ni el mundo entero tienen poder sobre ti. Tu vida, tu dolor y tu placer... todo me pertenece.
Fah se aferró a ella, hundiendo sus dedos en el cabello de Dará. En ese momento, las heridas en su cuerpo no eran más que recordatorios de su valor. Se sentía invencible porque, a pesar de la sangre y los golpes, seguía estando allí, en el corazón de la tormenta, siendo la única persona capaz de hacer flaquear la armadura de la Reina.