En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.
Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.
Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.
Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.
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CAPÍTULO 2: EL PESO DE LAS HERMANAS
El jueves por la noche, Alessandra estaba en su departamento cuando el timbre sonó dos veces, un patrón que reconocía desde la infancia: Fiorella.
Era la única que tocaba así. Clarissa llamaba una vez, larga y segura, como quien sabe que la dejarán entrar. Su madre llamaba con timidez, como pidiendo permiso para existir. Su padre llamaba y esperaba en silencio, sin insistir. Pero Fiorella llamaba dos veces, rápida, impaciente, como si el mundo debiera ajustarse a sus tiempos.
Alessandra abrió la puerta sin preguntar quién era. Sabía que era Fiorella por el aroma a jazmín de su champú, que se filtraba por debajo de la puerta antes de que sus nudillos tocaran la madera.
—No has contestado mis mensajes —dijo Fiorella entrando sin esperar invitación, dejando caer su bolso en el sofá con un gesto que delataba su mal humor.
—He tenido trabajo.
—Siempre tienes trabajo.
Fiorella se giró para mirarla, y Alessandra hizo lo que hacía siempre con su hermana del medio: la observó. Cabello castaño medio, rizado, recogido en una cola de caballo desordenada. Ojos marrones cálidos que en ese momento lanzaban chispas. Llevaba el uniforme de su trabajo de medio tiempo en la tienda departamental—una camisa blanca impecable que contrastaba con su expresión de tormenta contenida.
Alessandra había visto esa expresión cientos de veces. Conocía sus fases: primero la irritación, luego el reclamo, después el llanto si la situación lo ameritaba, finalmente el perdón. Era un ciclo que se repetía con la regularidad de las estaciones, y Alessandra lo había aprendido a navegar con la eficiencia de quien conoce el terreno.
—¿Y bien? —preguntó, cruzando los brazos sobre el pecho.
Fiorella frunció el ceño.
—¿Y bien qué? ¿No vas a preguntarme qué pasó?
—Tú me lo vas a decir. Siempre lo haces.
Esa era la verdad. Fiorella no había venido a su departamento para que le preguntaran. Había venido para desahogarse, para encontrar en la frialdad de Alessandra un espejo donde reflejar su tormenta hasta que esta se disipara.
Su hermana la miró con una mezcla de frustración y algo más suave, algo que Alessandra identificó como cariño.
—La gerente nueva me cambió de horario otra vez. Dijo que mi “actitud” no es la adecuada para atención al cliente.
—¿Tuviste un altercado con un cliente?
—¡No fue mi culpa! El tipo me gritó porque la tarjeta no pasaba, y yo solo le dije que el problema no era mío, que llamara al banco. Con educación.
Alessandra levantó una ceja.
—¿Con educación?
Fiorella enrojeció.
—Bueno, con la educación que merecía.
—Eso es lo que pensé.
Alessandra se dirigió a la cocina. Sabía que Fiorella necesitaba tiempo para enojarse en silencio antes de que pudiera escuchar razones. Preparó dos tazas de té: una de manzanilla para ella, que nunca la calmaba pero era el ritual, y una de frutos rojos para Fiorella, que según ella “le bajaba el estrés”. Alessandra dudaba que el té tuviera algún efecto real, pero si a su hermana le servía creerlo, no iba a ser ella quien le arrebatara esa pequeña ilusión.
—No puedo creer que me cambie el horario otra vez —murmuró Fiorella desde el sofá, con la voz ya más apagada—. Sabes que trabajo mejor por las mañanas. Por las tardes hay más gente, más ruido, más…
—¿Más gente que no sabe comportarse?
—Exacto.
Alessandra volvió con las tazas. Le entregó la de frutos rojos y se sentó en el sillón de enfrente, no en el sofá junto a su hermana. Necesitaba distancia para pensar con claridad.
—¿Has considerado que quizás la gerente no está equivocada?
Fiorella abrió la boca para protestar, pero Alessandra levantó una mano.
—No digo que tengas que cambiar tu personalidad. Pero llevas tres trabajos de medio tiempo en dos años, y en los tres ha habido quejas sobre tu “actitud”. En algún punto, el factor común eres tú.
—¡Me defiendo!
—Te defiendes de gente que no merece que les dediques energía. Y eso te cuesta empleos.
El silencio se instaló entre ellas. Fiorella miraba su taza con una expresión que Alessandra conocía bien: la lucha interna entre su orgullo herido y la certeza de que su hermana mayor tenía razón.
Era lo que pasaba con Fiorella. Se enojaba con facilidad, pero también reflexionaba. No era la hermana impulsiva que todos creían. Era una mujer que sentía todo con demasiada intensidad, que se quemaba con la misma velocidad con que encendía, y que luego, en la calma, miraba las cenizas y aprendía.
—Clarissa dice que debería buscar algo relacionado con mi carrera —murmuró Fiorella después de un momento—. Dice que en atención al cliente voy a terminar odiando a la gente.
—Clarissa tiene razón.
—Lo sé. —Fiorella suspiró, dejando la taza en la mesa de centro con un golpe suave—. Pero las pasantías son mal pagadas, y necesito el dinero para el alquiler.
Alessandra no dijo nada. Pero su mente ya estaba calculando. Conocía a alguien en el departamento de mercadotecnia de una de las agencias aliadas. Podía hacer una llamada. Podía conseguirle a Fiorella una pasantía mejor pagada que la mayoría, con un horario que se ajustara a sus estudios. Podía resolver ese problema en menos de una hora.
No lo hizo.
Porque había aprendido que resolver los problemas de sus hermanas no siempre era lo que ellas necesitaban. A veces, lo que necesitaban era aprender a resolverlos por sí mismas.
—Si quieres, puedo revisar tu currículum —ofreció en cambio—. Y puedo darte algunos contactos. Pero el trabajo lo tienes que conseguir tú.
Fiorella la miró con sorpresa, luego con una sonrisa pequeña pero genuina.
—¿Vas a dejar que tu hermana menor se enfrente al mundo laboral por sí sola?
—Alguien tiene que hacerlo.
La risa de Fiorella llenó el departamento. Era un sonido cálido, desordenado, que contrastaba con la precisión fría de todo lo demás.
—Eres la única persona que conozco que puede decir algo tan cruel con cara de estar haciendo un favor.
—Porque lo es.
—Lo sé. —Fiorella se recostó en el sofá, con los pies colgando del brazo, un gesto que su madre le había corregido mil veces—. Por eso te quiero, aunque seas una piedra.
Alessandra no respondió. No porque no quisiera, sino porque las palabras se quedaban atascadas en su garganta, como siempre. “También te quiero” era una frase que había practicado en su mente cientos de veces, pero cuando intentaba pronunciarla, sonaba falsa, hueca, como si las letras no tuvieran peso.
En lugar de eso, se levantó y fue a la cocina a buscar unas galletas que había comprado el fin de semana. Eran las favoritas de Fiorella. Las había comprado sin pensar, o eso se decía a sí misma.
Cuando regresó con el paquete, Fiorella ya había cambiado de tema.
—Clarissa está súper emocionada con lo del fin de semana —dijo, metiéndose una galleta entera en la boca con la falta de delicadeza que la caracterizaba—. No para de hablar de Sebastián, de la finca, de lo bonito que es todo. Parece una película de amor.
—Asumo que tú ya conoces el lugar.
—Sí, fui hace dos meses. Es precioso, Al. En serio. Parece de otro mundo. Los árboles son enormes, y la casa tiene una terraza que da directo a las montañas. —Fiorella hizo una pausa, mordisqueando la galleta con expresión pensativa—. Y Sebastián… no sé cómo explicarlo. Es muy protector. Muy… intenso. Pero con Clarissa es diferente. Con ella se transforma.
Alessandra asintió sin comentar. Había investigado a Sebastián Montesinos a fondo. Empresario exitoso, familia con propiedades en varias regiones del país, sin antecedentes penales, sin deudas importantes. Todo estaba en orden. Demasiado en orden.
—¿No te parece raro? —preguntó Fiorella, como si le hubiera leído el pensamiento.
—¿El qué?
—Que alguien tan joven tenga tanto. Que aparezca de la nada en la vida de Clarissa y en dos años ya le haya pedido matrimonio. Que tenga una finca en medio de la nada que parece sacada de una revista.
Alessandra la miró con atención. Fiorella no era tonta. Su temperamento la hacía parecer impulsiva, pero su carrera en mercadotecnia le había dado un ojo entrenado para detectar lo que no encajaba.
—Lo investigué —admitió.
—¿Y?
—Todo es legal. Todo está en orden.
—Pero eso no significa que sea normal.
—No. No lo significa.
Fiorella se incorporó en el sofá, con las piernas cruzadas y una expresión que Alessandra no le veía a menudo: seria, concentrada.
—¿Crees que hay algo raro?
Alessandra tardó un momento en responder. Su instinto analítico le decía que sí, había algo raro. Pero no era una rareza que pudiera probar con documentos o números. Era una sensación. Una sombra en el borde de su percepción.
—Creo que no he encontrado nada que me preocupe —dijo finalmente—. Eso no significa que no haya nada. Pero si Clarissa es feliz…
—¿Eso es suficiente para ti?
—Para empezar, sí.
Fiorella la observó en silencio por un largo momento. Alessandra soportó su mirada sin inmutarse, como había aprendido a soportar todas las miradas.
—A veces me pregunto —dijo Fiorella, con una voz más suave de lo habitual— si de verdad no sientes nada o si te has convencido de que no sentir es más seguro.
El silencio se hizo denso. Alessandra sintió algo en el pecho, ese eco otra vez, esa vibración lejana que no podía nombrar.
—La terapia me ayudó a entender que no debo aferrarme a lo que no puedo cambiar —respondió, con la misma voz neutra que usaba en las reuniones de trabajo—. No siento. Y he aprendido a vivir con eso.
—Pero cuando Clarissa te llamó para decirte lo del compromiso —insistió Fiorella—, ¿no sentiste nada?
Mentir habría sido fácil. Alessandra había mentido sobre sus emociones toda su vida, porque “no siento nada” era una respuesta más simple que la verdad incómoda: a veces sentía algo, pero era tan tenue, tan distante, que no podía asegurar que fuera real.
—Me alegré por ella —dijo, y fue lo más honesto que pudo ser.
Fiorella sonrió, pero era una sonrisa triste.
—Eso es suficiente, Al. Para empezar, es suficiente.
Fiorella se fue cerca de la medianoche, después de quejarse de que iba a llegar tarde al trabajo al día siguiente pero sin apurarse realmente para irse. Alessandra la acompañó a la puerta y la vio alejarse por el pasillo, con su paso rápido y desordenado, el cabello rizado saltando a cada movimiento.
En el ascensor, Fiorella se giró por un momento.
—¿Vas a ir a la finca el sábado?
—Sí.
—¿En serio vas a dejar que Clarissa se case con un hombre que conoces solo por una investigación de Google?
Alessandra no respondió. No porque no tuviera respuesta, sino porque la respuesta era demasiado complicada para explicarla en el tiempo que tardaba en cerrarse una puerta de ascensor.
La verdad era que no confiaba en Sebastián. No confiaba en nadie. Había aprendido que la confianza era un lujo que no podía permitirse, porque la confianza se rompía, se traicionaba, se desvanecía. Pero también había aprendido que sus hermanas tenían derecho a vivir sus vidas, a cometer sus errores, a elegir sus propios riesgos.
Ella podía vigilar. Podía estar atenta. Podía estar lista para recoger los pedazos si todo se rompía.
Pero no podía vivir por ellas.
Cerró la puerta y se quedó un momento en la penumbra del pasillo, escuchando el silencio de su departamento. El eco de la risa de Fiorella aún flotaba en el aire, un recuerdo térmico de algo que había estado vivo minutos antes.
Alessandra se dirigió al baño, se cepilló los dientes, se cambió para dormir. Su ritual nocturno era tan preciso como el matutino: crema hidratante, agua en el vaso de la mesita de noche, teléfono en modo silencio, luz apagada a las doce y cinco.
Pero esa noche, antes de apagar la lámpara, tomó el teléfono y buscó otra vez la dirección que Clarissa le había enviado.
La finca se llamaba Valle de las Ánimas. El nombre le pareció extraño, demasiado dramático para un lugar que en las fotos parecía tan sereno. Pero cuando amplió la imagen satelital, algo llamó su atención.
Los árboles alrededor de la finca no estaban dispuestos al azar. Formaban un círculo casi perfecto alrededor de la construcción principal, como si alguien hubiera diseñado el bosque con un propósito que no era solo estético.
Alessandra frunció el ceño. Había estudiado algo de simbología en un curso optivo de la universidad, y esa disposición le recordaba…
Apagó la pantalla antes de terminar el pensamiento.
No tenía sentido. Era un bosque. Eran árboles. La paranoia era otra emoción que no podía permitirse.
Apagó la luz y se tendió en la oscuridad, con los ojos abiertos mirando el techo que no podía ver.
Las sombras estaban ahí otra vez. En los bordes de su visión, en los rincones de la habitación, en el espacio entre el respiradero y la pared. No las veía realmente, no como cuando era niña, pero las sentía. Una presencia que no podía nombrar, un susurro que no podía entender, una respiración que no era la suya.
Cerró los ojos y esperó a que el sueño la alcanzara.
No soñó con nada. Pero algo en la oscuridad de su mente, en ese espacio que no había explorado en décadas, se movió. Algo que había estado dormido, olvidado, enterrado.
Algo que estaba empezando a despertar.
A tres horas de distancia, en el Valle de las Ánimas, Aeron Thorne Nightshade no dormía.
Estaba en la terraza de la casa principal, con las manos apoyadas en la baranda de piedra, mirando la luna que se reflejaba en el lago cercano. Su lobo estaba inquieto, moviéndose bajo su piel como un río subterráneo que amenazaba con desbordarse.
—No has dormido en tres días —dijo una voz a sus espaldas.
No se giró. Conocía esa voz, la había escuchado durante más de un siglo.
—Tampoco tú.
Nicolás Fuentes, su Beta, se apoyó en la baranda a su lado. Era un hombre de apariencia ruda, con cicatrices en los brazos que contaban historias de batallas olvidadas. Pero sus ojos, de un azul tan pálido que parecían hielo derritiéndose, eran los de alguien que había visto demasiado y seguía eligiendo la lealtad.
—Sebastián me dijo que viene este fin de semana —dijo Nicolás—. La hermana mayor de Clarissa.
Aeron no respondió.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Vas a decirme que no la has estado sintiendo desde que Sebastián te dijo que vendría? Porque tu lobo no ha dejado de moverse en tres días, y yo conozco ese movimiento. Lo he visto en otros Alfas cuando encuentran a su Luna.
El silencio de Aeron fue su respuesta.
Nicolás soltó una risa baja, sin humor.
—Doscientos años. Doscientos años esperando, y viene en forma de una humana que ni siquiera sabe lo que somos.
—No es humana —dijo Aeron, y su voz salió más áspera de lo que pretendía.
Nicolás lo miró con atención.
—¿Qué es entonces?
Aeron se apartó de la baranda, girándose para enfrentar a su Beta. En la penumbra de la terraza, sus ojos dorados brillaban con una intensidad que no era completamente humana.
—No lo sé. Pero su sangre… —Cerró los puños, luchando por encontrar las palabras—. Su sangre huele a algo que no he olido en siglos.
—¿A qué?
—A magia antigua. De la que ya no queda.
El viento sopló desde la montaña, trayendo consigo el aroma de los árboles y la tierra húmeda. Aeron cerró los ojos y respiró hondo.
Por un instante, entre los olores familiares del bosque, creyó percibir algo más. Un aroma lejano, tenue, casi imperceptible. Como jazmines en la noche, como cenizas después de un incendio, como el vacío que deja una estrella al morir.
Abrió los ojos.
—Llega el sábado —dijo, más para sí mismo que para Nicolás—. En dos días.
—¿Y qué vas a hacer cuando llegue?
Aeron miró la luna, blanca y redonda sobre las montañas. Su lobo rugió en su pecho, impaciente, desesperado, después de dos siglos de silencio.
—Lo que he estado esperando hacer doscientos años —respondió, y en su voz había algo que Nicolás no le había escuchado nunca: incertidumbre—. Encontrar las palabras correctas para que no huya cuando me vea.
Nicolás lo miró en silencio por un largo momento.
—Eso —dijo finalmente, con una sonrisa torcida— no suena nada como el Alfa de Alfas que conozco.
—Porque el Alfa de Alfas que conoces —respondió Aeron, con la mirada fija en el horizonte— nunca había tenido algo que perder.