El Desconocido de mi Almohada es una historia de amor, misterio y autodescubrimiento que te hará cuestionar los límites entre la realidad y la fantasía.
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capitulo 21
Trabajar en el estudio de Seochon se había convertido en una coreografía de supervivencia. Durante la semana que nos dio Madame Kang, el tiempo dejó de medirse en horas y pasó a medirse en líneas de código y tazas de café frío. Min-ho apenas dormía; sus ojos, antes gélidos y distantes, ahora ardían con una fiebre creativa que me asustaba y me fascinaba a partes iguales.
—Si no reescribo el núcleo de la red neuronal antes del viernes, Park nos demandará por plagio —decía él, tecleando con una velocidad maníaca—. Tengo que demostrar que Kkum es una arquitectura totalmente nueva.
—Lo harás, Min-ho. Estás creando algo que él ni siquiera puede soñar —le respondía yo, mientras intentaba dar forma a la presentación para Madame Kang.
Pero la amenaza de Cho Se-bin en el callejón seguía vibrando en mi nuca como un cable de alta tensión. "No hagas que Min-ho acabe viviendo en la miseria por tu ego". Aquellas palabras se habían instalado en mi pecho, robándome el aire cada vez que lo miraba dormir dos horas sobre el teclado.
El miércoles por la tarde, mientras Min-ho estaba sumergido en una prueba de estrés del sistema, recibí un mensaje en mi teléfono. No era de Se-bin. Era un número que conocía demasiado bien por mi etapa en la oficina: la secretaría privada del Vicepresidente Park.
"El Vicepresidente la espera a las 20:00 en el Club Social de Shilla. Venga sola si quiere que el señor Kang conserve su libertad".
Sentí un escalofrío que me recorrió la columna. Miré a Min-ho. Estaba celebrando un pequeño avance en el algoritmo, sonriendo por primera vez en días. No podía decírselo. Si se enteraba, iría allí y lo destrozaría todo. Tenía que ir yo. Tenía que ser el escudo que él no sabía que necesitaba.
—Voy a salir a comprar algo para cenar —mentí, poniéndome el abrigo—. Tardaré un poco, hay cola en el sitio de kimbap.
—No tardes mucho, Valeria. Te necesito para revisar los textos de la interfaz —dijo él, sin levantar la vista de la pantalla.
—Lo sé. Vuelvo pronto.
El Club Social de Shilla era el epítome de la exclusividad coreana. Un lugar donde no entrabas por dinero, sino por linaje o por un poder tan absoluto que el dinero resultaba vulgar. Al bajar del taxi, me sentí ridícula con mis vaqueros y mis botas desgastadas, pero erguí la espalda. Ya no era la consultora asustada; era la mujer que había renunciado a su país por el hombre que amaba.
Me guiaron por pasillos alfombrados en un silencio sepulcral hasta un reservado que olía a madera de cedro y tabaco caro. Allí, sentado frente a una mesa de té de jade, estaba el Vicepresidente Park. A su lado, impecable y gélida, Cho Se-bin.
—Señorita Valeria. Gracias por su puntualidad —dijo Park, sin levantarse. Su voz era como el crujido de hojas secas—. Siéntese.
Me senté frente a ellos. Se-bin me miró con una mezcla de lástima y desprecio.
—Iremos al grano —continuó Park—. Madame Kang es una mujer inteligente, pero es vieja. Cree que puede desafiar al sistema apoyando a un renegado como Min-ho. Lo que ella no sabe es que el Ministerio de Justicia ha iniciado una investigación sobre las cuentas de su fundación. Una investigación que yo puedo detener... o acelerar.
—Está chantajeando a la única persona que cree en nosotros —dije, sintiendo que la rabia me nublaba la vista—. Es usted un cobarde, Park.
Park soltó una carcajada seca.
—En Seúl, la cobardía se llama estrategia. Si Madame Kang firma ese contrato con vosotros mañana, su imperio se desmoronará en una semana. Y Min-ho... bueno, Min-ho acabará en prisión por espionaje industrial. Tengo pruebas fabricadas que lo sitúan robando datos antes de su "colapso" en el aeropuerto.
—¿Qué quiere? —pregunté, aunque ya lo sabía.
Se-bin intervino, inclinándose hacia delante.
—Queremos que te vayas, Valeria. Pero esta vez, de verdad. Sin notas dramáticas, sin llamadas de último minuto. Queremos que le digas que te has cansado de esta vida de miseria. Que echa de menos Madrid. Que el "sueño" se ha convertido en una pesadilla.
—Quieres que le rompa el corazón para que vuelva a vosotros —sentencié.
—Queremos que vuelva a ser el Director Kang —corrigió ella—. Si lo haces, Park retirará los cargos. Él podrá volver a Han-Guk como jefe del departamento, bajo mi supervisión. El proyecto se salvará. Él se salvará. Y tú... tú recibirás una compensación económica que te permitirá vivir como una reina en España.
Me pusieron un sobre sobre la mesa. No lo toqué.
—Tenéis 24 horas —dijo Park, levantándose—. Mañana es la presentación con Madame Kang. Si ella no recibe una llamada vuestra cancelando, o si tú no estás en un avión para entonces, el mecanismo de destrucción se activará. Elija, señorita. ¿Su amor o su futuro?
Salí del club sintiendo que las paredes se cerraban sobre mí. La lluvia de Seúl volvía a caer, fría y persistente. Caminé durante una hora sin rumbo, dejando que el agua me empapara. ¿Cómo podía elegir? Si me quedaba, lo enviaba a la cárcel y arruinaba a Madame Kang. Si me iba, le arrebataba la única razón por la que seguía luchando.
"El éxito en esta ciudad se paga con pedazos de alma", había dicho la madre de Min-ho en mi sueño.
Llegué al estudio de Seochon cerca de las once de la noche. Min-ho estaba esperándome en la puerta, visiblemente angustiado. Al verme empapada, corrió hacia mí y me envolvió en una manta.
—¡Valeria! ¿Dónde estabas? Me tenías aterrorizado.
—Me perdí, Min-ho. Me quedé mirando las tiendas y me perdí —mentí, dejando que él me secara el pelo con una toalla.
—No vuelvas a hacer eso —dijo, abrazándome con fuerza—. No puedo hacer esto sin ti. El código está listo. Mañana Madame Kang verá que somos independientes. Vamos a ganar, Valeria. Lo presiento.
Lo miré a los ojos. Estaban llenos de una esperanza tan pura que sentí que el corazón se me partía en mil pedazos. Me besó, y ese beso supo a despedida, aunque él no lo supiera.
Esa noche no pude dormir. Me quedé mirándolo mientras descansaba. Recordé cada momento: el primer encuentro en el despacho, el mercado nocturno, el frío de la autopista. Entendí que amarlo significaba, a veces, ser el sacrificio que él no podía hacer.
A las cinco de la mañana, mientras el primer rayo de sol iluminaba los pimientos rojos del callejón, tomé mi decisión.
Me levanté y encendí mi portátil. No escribí una carta de amor. Escribí una confesión falsa. Escribí que me había puesto en contacto con Park porque tenía miedo de la pobreza. Que me habían pagado para convencerlo de que se fuera de Han-Guk y que, ahora que el plan había fallado, me iba con el dinero.
Era la única forma. Si él creía que lo había traicionado por dinero, me odiaría. Y el odio es un motor mucho más fuerte que el duelo para sobrevivir en una corporación.
Dejé el sobre de Park —que había traído conmigo para que pareciera una prueba— sobre la mesa, junto a mi ordenador. Hice mi maleta en silencio absoluto. Cada prenda que doblaba era un trozo de mi vida que tiraba a la basura.
Salí del estudio a las seis de la mañana. Seúl estaba despertando, envuelta en una bruma matutina que ocultaba los rascacielos. Me subí a un taxi y le di la dirección del aeropuerto, pero a mitad de camino, le pedí que se detuviera frente a la oficina de Madame Kang.
Tenía una última cosa que hacer.
Logré que el guardia me dejara pasar entregándole una nota para ella. Diez minutos después, Madame Kang me recibía en su despacho, vestida con su bata de seda, tomando su té matutino.
—Vienes temprano, española. ¿Dónde está el chico?
—Se ha quedado trabajando —dije, con la voz firme a pesar del temblor de mis manos—. Madame Kang, necesito pedirle un favor. Un favor que va más allá del negocio.
Le conté todo. El chantaje de Park, la amenaza a su fundación, mi decisión de irme. Ella me escuchó sin pestañear, con esos ojos de cuchilla observando cada gesto de mi cara.
—Quieres que lo proteja —dijo ella cuando terminé.
—Quiero que invierta en él aunque yo no esté. Quiero que le diga que usted sabía que yo era una traidora, que me vio salir de su despacho con dinero. Haga que me odie, Madame. Pero no deje que Park lo destruya. Él tiene el algoritmo. Tiene el futuro. Solo necesita que alguien crea en él.
Madame Kang se quedó en silencio durante un largo rato. Se levantó y caminó hacia el ventanal, mirando la ciudad que ella misma había ayudado a construir.
—Eres una estúpida, Valeria —dijo, sin girarse—. Una estúpida romántica. Park ganará si te vas.
—Park ganará si él va a la cárcel. Si yo me voy, Min-ho vivirá para luchar otro día. Y algún día, él será lo suficientemente fuerte como para derribar a Park. Pero necesita tiempo.
—¿Y tú? ¿Qué será de ti?
—Yo volveré a Madrid. Volveré a ser la Valeria que encaja en los moldes. Pero siempre sabré que, por un momento, fui la mujer que amó al hombre de hielo.
Madame Kang se giró. Vi algo en sus ojos que no había visto antes: respeto.
—Vete al aeropuerto —dijo—. Yo me encargaré del resto. Pero recuerda esto: Seúl es una ciudad que nunca olvida una deuda. Si alguna vez Min-ho se convierte en el rey que prometes, yo misma iré a buscarte para que cobres lo que te corresponde.
Salí de allí sintiendo que el alma me pesaba menos, pero el corazón estaba muerto. Llegué a Incheon por segunda vez en una semana. Esta vez no había persecuciones por la autopista. No había llamadas desesperadas.
A las diez de la mañana, mientras yo pasaba el control de inmigración, Min-ho se despertaría en Seochon. Encontraría la nota, el sobre con dinero y mi ordenador encendido con la confesión falsa. Se sentiría morir. Me buscaría en el aeropuerto, pero esta vez, Madame Kang lo interceptaría antes. Le diría que yo no valía la pena. Le diría que el "sueño" era una estafa de una extranjera ambiciosa.
Valeria estaba sentada en la puerta de embarque, viendo cómo el avión hacia Madrid se acercaba a la pasarela. Había salvado a Min-ho de la cárcel. Había salvado su proyecto. Había salvado a Madame Kang.
Había salvado todo, excepto a sí misma.
Mientras el avión despegaba y Seúl se convertía en una miniatura de luces y sombras bajo mis pies, cerré los ojos. No quería soñar. No quería recordar. Solo quería que el silencio me envolviera.
Pero en mi bolsillo, apretada contra mi muslo, todavía guardaba la pequeña figura de cerámica de Namdaemun. El último hilo que me unía a la realidad de un hombre que, a partir de hoy, me odiaría por el resto de su vida.