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BAJO TU SOMBRA

BAJO TU SOMBRA

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Posesivo / Mafia
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Delenis Valdés Cabrera

Ella era la única testigo. Él, la sentencia de muerte que terminó convirtiéndose en su dueño.
Elena Thomas vivía entre archivos y sombras, convencida de que su invisibilidad era su mayor escudo. Pero una noche, en un callejón donde el aire sabía a hierro y pólvora, vio lo que nadie debía ver: a Viktor Volkov, el heredero más despiadado de la Bratva, ejecutando a sangre fría.
Ella esperaba una bala. En su lugar, recibió unas manos de acero que la arrancaron del suelo y una voz que le prometió un infierno personal. "No te mataré, pequeña", le susurró él al oído, mientras el calor de su cuerpo la envolvía como una trampa de seda. "Pero a partir de hoy, tu nombre, tu cuerpo y hasta tu último suspiro me pertenecen".
Ahora, Elena es la prisionera de oro en una fortaleza de cristal. Viktor es un monstruo que no sabe amar, solo poseer; un hombre que la mira con una mezcla de odio y un deseo que amenaza con quemarlos a ambos.

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capítulo 4

El paquete descansaba sobre la mesa de mármol del salón principal. Era una caja de madera negra, lacada, con el escudo de los Lombardi grabado en oro. Los hombres de Viktor, armados hasta los dientes, rodeaban la mesa con sospecha, esperando que el equipo de explosivos diera el visto bueno.

— Está limpio de pólvora, señor —informó uno de los guardias—. Pero hay algo extraño dentro.

Viktor, con el rostro endurecido, le hizo una seña a Elena para que se mantuviera detrás de él. Sin embargo, ella se adelantó. Sus ojos café brillaban con una mezcla de miedo y esa curiosidad indomable que tanto desesperaba a Viktor.

Él abrió la caja con un movimiento brusco. Dentro no había una bomba, ni una amenaza directa. Había una intrincada escultura de cristal que representaba un laberinto, y en el centro, una pequeña rosa de tela, idéntica a las que Elena solía dibujar en sus cuadernos cuando pensaba que nadie la veía.

Debajo de la escultura había una nota:

> "Para la joya de la corona Volkov. El laberinto es pequeño, pero sus paredes son altas. Solo quien conoce el camino de regreso puede evitar que la rosa se marchite. Tienes 24 horas."

>

— Es un juego psicológico —gruñó Viktor, apretando los puños—. Marco Lombardi quiere hacerme creer que puede entrar en tu mente, que sabe quién eres.

— No es solo un juego, Viktor —dijo Elena, acercándose a la escultura. Su pequeña mano recorrió los bordes del cristal—. Mira las marcas en las paredes del laberinto. No son decorativas. Son coordenadas.

Viktor se inclinó, quedando a la altura de Elena para observar lo que ella señalaba. Sus hombros rozaron, y el calor del cuerpo de él pareció darle fuerzas a ella.

— Son las coordenadas de mi antigua casa —susurró Elena, y su voz tembló un poco—. Y de la biblioteca donde nos conocimos. Me está diciendo que sabe exactamente de dónde vengo y que puede borrar mi pasado si no hago lo que él quiere.

El silencio en la sala fue sepulcral. Los hombres de la mafia miraban a la "pequeña protegida", esperando verla colapsar. Pero Elena no lloró. Se enderezó, haciendo que su pelo castaño se agitara con determinación, y miró a Viktor a los ojos.

— Lombardi cree que soy débil porque soy pequeña —dijo ella con firmeza—. Cree que soy un laberinto en el que te vas a perder. Pero se equivoca. Yo conozco cada rincón de mi historia. Si él quiere jugar, vamos a jugarle una trampa de vuelta.

Viktor la observó con una mezcla de asombro y una creciente devoción. Por primera vez, no vio a una testigo que debía esconder, sino a una estratega.

— ¿Qué tienes en mente, pequeña? —preguntó él, y esta vez la palabra "pequeña" no sonó a condescendencia, sino a un título de honor.

— Él espera que envíes a tus hombres a esas coordenadas —explicó Elena—. Pero eso es lo que él quiere para emboscarlos. Lo que no sabe es que en la biblioteca hay un sótano clausurado que conecta con el alcantarillado antiguo. Si enviamos a un grupo pequeño por ahí...

Viktor sonrió, una sonrisa letal que prometía caos.

— Vamos a quemar su laberinto, Elena. Y tú vas a decirme exactamente por dónde golpear.

Esa noche, en el despacho de guerra, la dinámica cambió para siempre. Elena ya no estaba sentada en un rincón; estaba de pie sobre una silla para alcanzar el mapa, señalando los puntos débiles del enemigo mientras el gigante Viktor Volkov escuchaba cada una de sus palabras como si fueran sagradas.

(...)

La operación comenzó a la medianoche. El plan de Elena era arriesgado: para evitar la emboscada de los Lombardi, el equipo debía entrar al edificio donde se ocultaba Marco por un sistema de ventilación antiguo que había sido sellado hacía décadas.

Había un problema: los conductos eran demasiado estrechos para los hombres de Viktor, que parecían muros de puro músculo.

— Es imposible —gruñó Viktor, observando la pequeña rejilla de hierro en el sótano de la biblioteca—. Ni siquiera mis hombres más delgados caben ahí. Tendremos que entrar por el frente y será una masacre.

— Yo quepo —dijo Elena con voz firme.

Viktor se giró hacia ella con una mirada que podría haber congelado el fuego.

— Absolutamente no. Ni lo pienses.

— Escúchame, Viktor —Elena se acercó y puso sus manos pequeñas sobre el chaleco antibalas de él, obligándolo a bajar la mirada—. Solo hay que colocar el dispositivo de interferencia en el panel central. Si lo hago, sus cámaras se apagarán y sus cerraduras electrónicas se abrirán. Tus hombres entrarán sin que disparen una sola bala. Son solo diez metros de túnel.

Viktor guardó silencio. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía de piedra. Por un lado, su instinto le gritaba que la encerrara en la mansión bajo mil llaves; por otro, sabía que ella tenía razón.

— Si algo sale mal... —empezó él, su voz quebrándose con una vulnerabilidad inusual.

— No saldrá mal. Soy pequeña, rápida y tú estarás al otro lado de la radio —respondió ella, dándole un apretón en la mano.

Viktor mismo la ayudó a prepararse. Le colocó un intercomunicador diminuto en el oído y un cinturón con las herramientas necesarias. Su pelo castaño fue recogido en una trenza apretada para que no le estorbara, y sus ojos café brillaban con una adrenalina pura. Antes de que ella subiera, Viktor la tomó por los hombros y la acercó tanto que ella pudo sentir el calor de su respiración.

— Diez minutos, Elena. Si en diez minutos no escucho tu señal, derribo este edificio entero contigo dentro. ¿Entendido?

Elena asintió y se deslizó por el conducto. El espacio era asfixiante y oscuro, pero su estatura le permitía moverse con una agilidad que ningún soldado profesional poseía. En la radio, solo escuchaba la respiración pesada de Viktor, que se mantenía en silencio, sufriendo cada segundo que ella pasaba lejos de su vista.

— Estoy en el panel —susurró Elena finalmente.

Sus manos pequeñas trabajaron con rapidez, conectando los cables que Viktor le había enseñado a manipular en la mansión.

— Tres... dos... uno... ¡Ahora!

Las luces del edificio enemigo parpadearon y se apagaron. Las puertas de seguridad se desbloquearon con un sonido metálico.

— ¡Buen trabajo, pequeña! —escuchó la voz de Viktor por la radio, ahora llena de una furia combativa—. ¡Entren ahora! ¡No dejen a nadie en pie!

Elena comenzó a retroceder por el túnel, pero de pronto, un ruido de pasos pesados se detuvo justo debajo de su posición. Al mirar por una de las rejillas, vio a Marco Lombardi. Él no estaba huyendo; estaba mirando hacia el techo, como si sospechara que algo pequeño se movía sobre él.

— Te encontré, pajarito de Volkov —susurró Marco, sacando un arma y apuntando directamente hacia la rejilla donde estaba Elena.

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Carmen Ramos
Esta bonita su novela pero cuando la termine comienzo a leer estaré al pendiente ☺️🥰
Delenis: Por supuesto mi corazón 🤭, no te preocupes yo actualizo seguido , la otra que estoy escribiendo "La contadora del mafioso" también, por si le apetece leer . Besos 😘
total 1 replies
Marbe Majano
más capitulos
Delenis: A la orden 👌
total 1 replies
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