Isabella Mondragón es una joven que, en su primera vida, crece sin el cariño suficiente de su padre y se enamora de un duque joven y atento. Por descuido y traiciones en la corte, su vida termina trágicamente; su padre, desesperado, usa un hechizo prohibido para retroceder en el tiempo y tratar de salvarla, pagando un precio alto por ese poder. Gracias a ese retroceso, Isabella vuelve nueve años atrás: recupera una edad distinta y la oportunidad de rehacer su destino sin que todos sepan lo ocurrido en su anterior vida.....
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Capítulo 20
Valeria (Isabella) debe tomar una decisión que cambiará el rumbo de la guerra.
La risa de Héctor resonaba en la cámara, pero Isabella ya no lo escuchaba. Sus sentidos estaban volcados hacia adentro. Buscaba ese rincón de su alma donde guardaba los recuerdos de su segunda vida: las risas de Vladislav, los consejos de Elisa, la mirada orgullosa de su padre y, sobre todo, la calidez de Mateo.
"Si soy el parásito," pensó, "entonces la cura es simple".
—No aceptaré tu oferta, Héctor —dijo Isabella, su voz ahora era un susurro gélido, pero cargado de una autoridad absoluta—. Si mi poder está consumiendo este mundo, entonces dejaré de tomar de él.
Héctor frunció el ceño. —¿De qué hablas? No puedes dejar de ser lo que eres. Los dones están integrados en tu sangre.
—Mi padre me enseñó que el Hielo puede ser Agua, y el Fuego puede ser Luz —dijo Isabella, cerrando los ojos—. Pero nunca me enseñó el quinto estado. El estado del Sacrificio.
Isabella tomó una decisión que cambiaría todo. No usaría sus dones para atacar el vacío de Héctor; los usaría para sellarse a sí misma. Si ella era el ancla que permitía que el vacío entrara en este mundo, entonces ella misma debía convertirse en la cerradura.
—¡Mateo! —gritó ella, usando el Viento para proyectar su voz a través de las paredes de la fortaleza.
En segundos, Mateo irrumpió en la sala, cubierto de sangre enemiga y con su armadura abollada. Al ver a Héctor, se preparó para atacar, pero Isabella lo detuvo con un gesto.
—Mateo, escúchame bien. No hay mucho tiempo —dijo ella, acercándose a él. Sus ojos brillaban con una intensidad aterradora—. Héctor tiene razón en algo: mi conexión con el origen está alimentando la brecha. Si destruyo el ancla de esta fortaleza, no será suficiente. Tengo que renunciar a mis dones. Tengo que devolver el origen a la tierra.
—¿Qué? —Mateo la tomó de los hombros—. Isabella, si haces eso, podrías morir. O peor, podrías perder tu esencia. No serías la misma.
—Seré yo, Mateo. Solo que sin la magia que me hace peligrosa —dijo ella, con lágrimas rodando por sus mejillas—. Pero para hacerlo, necesito que tú hagas algo. Necesito que uses tu don de Sombras para contener la explosión. Si no lo haces, la energía que liberaré destruirá todo en un radio de cien kilómetros, incluyendo la capital.
—¡No puedo pedirte esto! —exclamó Mateo, su voz llena de una angustia desgarradora—. ¡Hemos luchado tanto por esta vida! ¡Por nuestra hija!
—¡Lo hago por ella! —gritó Isabella, tomándole el rostro—. Para que Aurora viva en un mundo donde no tenga que heredar esta maldición. Mateo, confía en mí. Una última vez.
Héctor, dándose cuenta de lo que Isabella planeaba, se lanzó hacia ellos con una lanza de energía oscura.
—¡No te permitiré cerrar la puerta!
—¡Ahora, Mateo! —ordenó Isabella.
La elección hecha tiene repercusiones inmediatas y profundas.
Isabella no atacó a Héctor. En lugar de eso, abrió sus brazos y permitió que su Fuego, Hielo, Rayos y Viento fluyeran hacia afuera en su forma más pura y desenfrenada. Pero en lugar de proyectarlos, los colapsó sobre su propio cuerpo. Fue una inversión mágica sin precedentes.
El dolor fue indescriptible. Sintió como si cada nervio de su cuerpo estuviera siendo arrancado y reemplazado por metal líquido. El salón se llenó de una luz blanca tan cegadora que incluso Héctor tuvo que cubrirse los ojos, gritando mientras su esencia de vacío era desintegrada por la pureza del origen retornando a su fuente.
Mateo, con el corazón roto pero la voluntad de acero, expandió sus sombras. Creó una cúpula de oscuridad absoluta que envolvió a Isabella, absorbiendo la onda de choque que habría nivelado el imperio. Sus manos sangraban por el esfuerzo de contener tal magnitud de poder, pero no soltó la barrera.
—¡Isabella! —rugió él, mientras la luz dentro de su cúpula llegaba a su punto crítico.
De repente, un silencio absoluto cayó sobre la fortaleza. La estructura misma empezó a desmoronarse, ya no por la magia, sino porque el poder que la sostenía había desaparecido. El vacío que se extendía por el imperio se detuvo en seco. Las manchas negras en el mar y la tierra empezaron a retroceder, dejando tras de sí un suelo virgen y fértil, pero la energía vital de las plantas no regresó de inmediato.
Cuando la luz se desvaneció, Mateo corrió hacia el centro del salón. Isabella estaba allí, tendida en el suelo. Su cabello plateado se había vuelto de un negro azabache, corto y deslucido. Su piel ya no emitía ese calor constante que siempre la caracterizaba.
Mateo la tomó en sus brazos, temblando.
—Isabella... respira, por favor, respira...
Ella abrió los ojos lentamente. Estaban cansados, carentes del brillo elemental, pero eran ojos humanos, llenos de una paz que no había tenido en dos vidas.
—Se... se ha ido —susurró ella, con voz débil—. Ya no puedo sentir el viento. Ya no puedo sentir el frío.
—No importa —dijo Mateo, sollozando mientras la besaba en la frente—. Estás viva. Eso es lo único que importa.
Pero las repercusiones fueron inmediatas. En el exterior, los soldados que luchaban vieron cómo sus propias armas mágicas perdían potencia. La era de la "Magia de Origen" en el Imperio del Trébol había llegado a su fin. Isabella había cerrado la brecha, pero al hacerlo, había drenado la mayor parte de la magia del mundo para sellar el abismo.
El sacrificio de Isabella no solo la había despojado de sus dones supremos, sino que había cambiado la naturaleza misma del imperio. Ya no serían una nación sostenida por poderosos magos, sino una que tendría que aprender a vivir con sus propias manos.
Héctor se había desvanecido, pero sus últimas palabras quedaron flotando en el aire: el vacío no se destruye, solo se pospone. Isabella lo sabía, pero mientras miraba a Mateo, entendió que el precio había valido la pena. Había elegido ser una mujer antes que un arma, y esa elección resonaría a través de las generaciones venideras.
Sin embargo, el costo físico para ella era evidente: estaba exhausta, al borde del colapso total, y el viaje de regreso a casa sería una prueba de supervivencia humana, sin la ayuda de los elementos que una vez la hicieron una diosa entre los hombres.
—Llevame a casa, Mateo —dijo antes de perder el conocimiento—. Quiero ver a mi hermano. Quiero ver a mi madre.
Mateo la levantó con cuidado, mientras las piedras de la fortaleza "Ojo de la Nada" terminaban de caer a su alrededor, marcando el final de una era y el inicio de un futuro incierto pero, por primera vez, verdaderamente libre.