Irene Blanch era una señorita proveniente de una familia tranquila, ella igual era alguien de muy bajo perfil, fue por eso por lo que Ezra Markov la eligió como su esposa luego de ser rechazada por su primer amor, Lina Lewel. Irene lo sabía, y acepto de todas formas, porque tampoco estaba enamorada de Ezra, solo vió los beneficios de ese matrimonio y los del divorcio en el que pensaba antes incluso de estar casada.
Irene nunca previo el cambio de actitud de su esposo ni tampoco los de ella misma. Menos aún que el primer amor de Ezra mostrara tanto interés en sus vidas.
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Capitulo 23
—Maldición… —murmuró Ezra en voz baja.
Irene seguía mirándolo con esa sonrisa traviesa que no parecía comprender la tormenta que estaba provocando en él.
Ezra respiró hondo, intentando mantener la calma.
Entonces, sin decir nada más, la levantó entre sus brazos.
Irene soltó una pequeña exclamación de sorpresa al sentir que el suelo desaparecía bajo sus pies. Durante un segundo lo miró con los ojos abiertos, pero enseguida su expresión cambió.
Rodeó el cuello de Ezra con ambos brazos.
Ese simple gesto lo estremeció.
—¡Wow! —rió Irene con un entusiasmo infantil—. ¡Mi esposo es muy fuerte!
Ezra apretó la mandíbula.
Intentaba concentrarse únicamente en caminar hasta la cama.
Nada más.
Con sumo cuidado la dejó sobre el colchón.
Irene cayó suavemente sobre las sábanas.
Ezra quedó inclinado sobre ella por un instante, apoyando una mano sobre el colchón para mantener el equilibrio. Sus rostros quedaron relativamente cerca.
Irene lo observaba con una atención curiosa, casi fascinada.
Ezra sintió su mirada sobre él como si fuera un peso real.
De inmediato intentó incorporarse para alejarse.
Pero antes de que pudiera hacerlo, Irene lo sujetó por la camisa.
El tirón fue inesperado.
—¿A dónde vas? —preguntó ella.
Ezra perdió el equilibrio.
Y en el siguiente instante cayó sobre la cama.
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
—Yo…
Pero las palabras simplemente no salieron.
Irene lo miraba con una expresión concentrada, como si estuviera analizando algo muy interesante.
Entonces habló con absoluta naturalidad.
—Quítate la camisa.
Ezra se quedó inmóvil.
—¿Qué…?
—Quítatela —repitió Irene, impaciente—. Quiero verte sin camisa. Siempre quise ver el cuerpo de un hombre.
Lo dijo como si fuera la petición más lógica del mundo.
—¿Acaso no estamos casados?
El rostro de Ezra se volvió rojo de inmediato.
—Irene… tranquilízate…
Intentó sonar firme, pero su voz traicionó su nerviosismo.
Pero Irene frunció el ceño.
No parecía satisfecha con esa respuesta.
Sin esperar su cooperación, extendió las manos hacia los botones de su camisa.
Sus dedos, torpes por el alcohol, comenzaron a forcejear con ellos.
—Irene… —intentó protestar Ezra.
Pero ella no estaba escuchando.
Con impaciencia terminó desabrochando los botones uno tras otro, hasta que finalmente logró abrir la camisa por completo.
La tela cayó a los lados.
Ezra estaba tan sorprendido que por un momento ni siquiera reaccionó.
Intentaba razonar con ella.
Intentaba decir algo.
Pero ninguna de esas cosas funcionaba.
Y, en algún lugar muy profundo dentro de él, una parte de su mente sabía la verdad.
No estaba luchando realmente.
No quería detenerla.
Tal vez… quería que ella hiciera exactamente lo que quisiera con él.
Por eso ni siquiera se movió cuando Irene, después de quitarle la camisa, terminó sentándose sobre él.
Ella lo observó con atención.
Como si estuviera examinando algo fascinante.
Entonces extendió lentamente una mano.
Sus dedos tocaron el abdomen de Ezra.
El contacto fue ligero.
Pero Ezra reaccionó como si lo hubieran quemado.
Su cuerpo se tensó de inmediato.
Estaba mordiendo con fuerza su labio inferior, intentando contener desesperadamente el torbellino de sensaciones que ese simple toque había provocado.
—Este es el cuerpo de mi marido… —murmuró Irene, completamente ajena al efecto de sus palabras.
Ezra sintió que su respiración se volvía irregular.
No podía soportar la intensidad con la que Irene lo estaba mirando.
Era demasiado.
Así que desvió la mirada.
—Te estás divirtiendo… —dijo con voz temblorosa.
Irene sonrió.
Luego su mano subió lentamente hasta el pecho de Ezra.
Él se estremeció.
—Irene… por favor… —balbuceó.
Pero en ese momento ella se inclinó hacia él.
Lo primero que Ezra sintió fue su cabello.
Suave.
Deslizándose sobre su piel.
Las hebras plateadas rozaron su cuello y su pecho, provocándole un cosquilleo que le recorrió la espalda.
Su cuerpo tembló involuntariamente.
Pero nada lo había preparado para lo que ocurrió después.
Irene besó su cuello.
Y luego lo mordió suavemente.
Ezra contuvo la respiración.
Durante un instante pensó que estaba imaginándolo.
Que tal vez su mente, alterada por el deseo, estaba creando esa sensación.
Pero no.
Irene realmente lo estaba haciendo.
Su mente se volvió un caos.
Debía detener aquello.
De inmediato.
Porque la delgada cuerda de autocontrol que sostenía su cordura estaba a punto de romperse.
Con un esfuerzo enorme, tomó a Irene por los hombros.
Y la apartó de él.
Irene lo miró con sorpresa.
Ezra respiraba con dificultad.
—No estás consciente de lo que estas haciendo, Irene…
Su voz era baja, pero firme.
—Vamos a dormir.
La hizo recostarse a su lado.
Durante unos segundos, Irene permaneció en silencio.
Luego parpadeó con pesadez.
El alcohol finalmente parecía reclamar su precio.
—Sí… —murmuró con voz adormilada—. Vamos a dormir.
Se giró hacia Ezra.
Y, sin pedir permiso, acomodó la cabeza sobre su brazo.
Ezra se quedó completamente inmóvil.
Congelado.
Giró lentamente la cabeza.
El rostro de Irene estaba a escasos centímetros del suyo.
Parecía perfectamente cómoda.
Sus ojos ya estaban cerrados.
Respiraba de forma tranquila, como si estuviera a punto de quedarse dormida.
Ezra se llevó una mano al rostro.
—Haces todo este alboroto… —murmuró con cansancio— y luego te duermes como si nada.
Volvió a mirarla.
Con un gesto casi involuntario, llevó una mano temblorosa hasta su rostro y acarició suavemente su mejilla.
Irene se veía… peligrosamente hermosa.
Ezra tragó saliva con dificultad.
Su mirada descendió por un instante.
Y se avergonzó de inmediato.
Su cuerpo había reaccionado con total naturalidad ante ella.
Desvió la vista.
Respiró hondo.
—No hay necesidad de ser impacientes… —pensó.
Sus ojos volvieron a posarse en Irene.
Una expresión tranquila apareció lentamente en su rostro.
—Después de todo…
Su voz fue apenas un susurro.
—Ya eres mi esposa.
La única que descansó aquella noche fue Irene.
Ezra, en cambio, no logró dormir ni un solo momento.
Permaneció despierto durante horas, inmóvil en la cama, con el brazo atrapado bajo la cabeza de Irene, que dormía profundamente apoyada contra él. Cada vez que intentaba moverse para acomodarse, ella se aferraba inconscientemente un poco más.
Ezra había perdido la cuenta de cuántas veces había mirado el techo.
Y de cuántas veces había intentado convencer a su propio cuerpo de calmarse.
La respiración tranquila de Irene rozaba su pecho.
Su cabello se extendía sobre su brazo y su hombro, desprendiendo todavía aquel delicado aroma floral.
Ezra cerró los ojos en algún momento de la madrugada, más por agotamiento mental que por sueño real.
Pero nunca llegó a dormirse.
A la mañana siguiente, Irene comenzó a despertar lentamente.
Lo primero que sintió fue algo extraño.
Calidez y firmeza envolviéndola.
Una sensación a la que no estaba acostumbrada.
Frunció ligeramente el ceño, aún atrapada entre el sueño y la vigilia.
Cuando finalmente abrió los ojos, lo primero que vio fue piel.
Un torso desnudo, músculos marcados. Estaba tan cerca de ella que su respiración chocaba directamente contra él.
Irene parpadeó varias veces.
Su mirada recorrió lentamente aquel pecho… hasta que algo llamó su atención.
Una marca rojiza en el cuello.
Sus ojos se abrieron de golpe.
Ese cuerpo no podía ser otro que el de Ezra.
El shock fue tan grande que se movió bruscamente hacia atrás, intentando alejarse.
Pero no avanzó ni un centímetro.
Antes de que pudiera escapar, unos brazos se cerraron alrededor de ella con suavidad, pero con firmeza suficiente para impedirle huir.
Una voz tranquila habló junto a su oído.
—Ya despertaste.
Irene se quedó completamente rígida.
—¿Descansaste apropiadamente?
La mente de Irene era un caos.
Llevaba puesto únicamente aquel camisón revelador.
Ezra estaba sin camisa.
Y esa marca en su cuello…
Todo parecía indicar que habían pasado su primera noche como pareja.
Pero había un problema enorme.
Ella no recordaba absolutamente nada.
El silencio de Irene se prolongó demasiado.
Ezra lo notó.
Entonces habló otra vez.
Y esta vez había algo ligeramente diferente en su tono.
Casi… divertido.
—¿Qué es lo que pasa?
Irene respiró hondo.
Reunió el valor suficiente para levantar la mirada hacia él.
En sus ojos podía verse claramente la confusión y la conmoción que la invadían.
—Bueno… nosotros anoche…
Tragó saliva.
—¿Qué fue lo que pasó?
Durante un instante, una sonrisa casi imperceptible apareció en los labios de Ezra.
—¿No lo recuerdas…? —murmuró.
Irene negó lentamente con la cabeza.
Ezra inclinó apenas la cabeza, como si reflexionara.
—¿De verdad no recuerdas cómo te lanzaste sobre mí…? —continuó con voz tranquila.
Irene se quedó paralizada.
—Quitándome la camisa… —añadió él.
Sus mejillas comenzaron a teñirse de rojo.
—Tocando aquí y allá…
El corazón de Irene comenzó a latir con fuerza.
Entonces Ezra señaló su cuello.
—Y luego haciéndome esto.
La mirada de Irene siguió el gesto.
La marca rojiza.
Sus ojos y su boca se abrieron al mismo tiempo.
Su rostro se volvió completamente rojo.
¿Ella había hecho todo eso?
Estaba tan avergonzada que no logró pronunciar una sola palabra.
Ezra observó su reacción con atención.
—Parece que no lo recuerdas en absoluto…
Hubo una breve pausa.
Y entonces añadió con un tono suave.
—¿Qué tal si te muestro cómo fue?
Antes de que Irene pudiera reaccionar, Ezra giró el cuerpo con rapidez.
En un instante, las posiciones cambiaron.
Ahora ella estaba debajo de él.
La intensidad de su mirada hizo que Irene contuviera la respiración.
Ezra bajó lentamente la mano.
La apoyó sobre el vientre de Irene.
El simple contacto hizo que ella se estremeciera.
Sus dedos comenzaron a moverse despacio.
Subieron lentamente.
Hasta alcanzar su pecho.
Rozó apenas el contorno de uno.
El cuerpo de Irene comenzó a temblar.
Su respiración se volvió irregular.
Ezra la observaba con una mezcla de fascinación y curiosidad.
—Ezra… por favor…
La voz de Irene temblaba.
Las sensaciones que él provocaba en ella eran completamente nuevas.
Desconocidas.
No sabía cómo enfrentarlas.
La mano de Ezra se detuvo en el tirante del camisón.
Lo deslizó lentamente hacia abajo.
La tela comenzó a caer sobre su hombro.
Pero justo antes de revelar por completo su pecho… se detuvo.
Sus dedos volvieron a subir.
Hasta el cuello de Irene.
Sin pensarlo demasiado, se inclinó.
Y repitió exactamente lo que ella le había hecho la noche anterior.
La besó.
Luego mordió suavemente su cuello.
Un pequeño sonido escapó de los labios de Irene.
Un jadeo húmedo.
Ezra sintió que su autocontrol se debilitaba peligrosamente.
La suavidad de su piel.
Su aroma.
El calor de su cuerpo bajo el suyo.
Todo lo estaba enloqueciendo.
—¡Ah… Ezra, espera…!
Irene intentó protestar.
Pero su voz carecía de verdadera fuerza.
Las sensaciones que recorrían su cuerpo la dejaban casi sin voluntad.
Ezra continuó unos segundos más.
Pero entonces se detuvo.
Sus miradas se encontraron.
Los ojos de ambos estaban ligeramente nublados.
Extasiados.
Ezra levantó una mano y acarició suavemente los labios de Irene.
Los separó con delicadeza.
Y luego se inclinó.
Atrapó su boca con la suya.
El beso fue profundo.
Intenso.
Las manos de Ezra comenzaron a deslizarse por el cuerpo de Irene mientras sus labios no se separaban.
Pequeños jadeos escapaban entre beso y beso.
La situación escalaba rápidamente.
Y entonces—
Toc. Toc.
Ambos se congelaron.
Un carraspeo incómodo se escuchó al otro lado de la puerta.
—Mmm…
Luego una voz habló.
—Duque… ¿están bien?
Una pausa.
—Pronto será mediodía… Me preguntaba sí tal vez había pasado algo...
Era la voz de Rohan.
Los ojos de Ezra se clavaron lentamente en la puerta.
La expresión de su rostro era tan fría que, si Rohan pudiera verla, probablemente pensaría que acababa de firmar su sentencia de muerte.
Antes de que Ezra dijera una sola palabra, Irene se escabulló con rapidez.
Su voz respondió con cierta prisa.
—Rohan… estamos bien.
Se aclaró la garganta.
—Pronto nos veremos.
Hay Ezra m imagino tu cara de celos
estos celos me hacen daño me enloqueceeeen~🤣🤣
pobre ezra la cara que debe de tener